El Corcel
Capítulo 17, 1980
diecisiete
1980
Cindy dio a luz a su cuarto hijo en abril; una niña a la que llamaron Valerie. John, al que le habían dado el nombre de su abuelo, tenía ya siete años, Anna cinco y Morris tres.
Los antiguos propietarios habían dejado que la piscina que había detrás de la casa se deteriorase y luego la habían convertido en un estanque con peces y nenúfares. Aquella primavera, Angelo contrató una empresa local para que excavasen y construyeran en su lugar una piscina de contorno irregular, más decorativa. Instaló también un calefactor, para que el agua estuviese lo suficientemente caliente para poder bañarse en mayo, cuando todavía hacía demasiado frío para meterse en el mar. Colocó, además un detector de movimiento que disparaba una alarma si un niño o el perro entraba en el agua sin que estuviese presente un adulto.
El perro resultó ser un problema peor que los niños. Cindy había comprado un labrador negro, el perro de moda en Greenwich, y le había puesto el nombre de Número Uno. «Porque siempre se mea encima de todo lo que no se aparta de su camino.» Al perro le encantaba la piscina, más que a cualquier otro miembro de la familia, y hacía sonar la alarma diariamente, a cuyo reclamo generalmente acudía la au pair, que, harta, pidió que se instalara una valla alrededor de la piscina. En julio sus deseos fueron cumplidos y pudo descansar.
Durante meses, los Perino habían sido ignorados por la buena sociedad de Greenwich, pero una vez que fueron vistos en compañía de Alicia Hardeman y Bill Adams se les abrieron las puertas en casi todos los sitios. Ofrecieron una recepción en su casa e invitaron a todos sus vecinos y empezaron a recibir más invitaciones de las que podían atender.
Angelo entró en una rutina. Volaba a Detroit los lunes por la mañana, se quedaba en un estudio cerca de la fábrica hasta el jueves por la noche, trabajaba el viernes por la mañana en la oficina, y por la tarde volaba de regreso a Nueva York.
Solo interrumpió esa rutina por dos viajes que realizó a Japón y tres largos fines de semana que él y Cindy pasaron navegando con Alicia y Bill.
En abril, Shizoka les remitió dos mil transmisiones y motores del Corcel y en mayo XB Motors envió a su vez a Japón mil chasis y carrocerías. Se tomó la decisión de que el Corcel sería lanzado el martes siete de octubre. En esa fecha cada concesionario tenía que disponer de un mínimo de diez Corceles en su exposición. El plan era muy ambicioso y Angelo trabajó intensamente para poder cumplirlo.
—Nunca lo hemos hecho así —protestó Peter Beacon.
—Pete, me importa un bledo cómo lo hayáis estado haciendo hasta ahora. —Un día, Angelo se prometió a sí mismo que escribiría un artículo donde detallaría las excusas más habituales para no hacer algo. Entre las que había tenido que oír las últimas semanas «Nunca lo hemos hecho antes así» era la más frecuente. Otras eran: «Número Uno no lo hubiera aprobado», «no dice nada en el plan sobre esto», «no podemos hacerlo hasta que el encargado…» y «el comité no lo ha estudiado todavía».
Había llegado a la conclusión de que Peter Beacon no quería que se fabricara el Corcel, y esperaba un futuro sin Angelo Perino. Beacon era vicepresidente de ingeniería y Angelo vicepresidente de investigación y desarrollo. Desde el punto de vista jerárquico, Beacon podía rehusar poner en marcha cualquier procedimiento de fabricación propuesto por investigación y desarrollo hasta que hubiese sido aprobado por Loren y, en algunos casos, por todo el consejo. Pero la posición política de Angelo dentro de la empresa era fuerte y normalmente conseguía lo que quería.
Por el momento Loren estaba contento. Su humor había mejorado después de realizar una segunda prueba con el prototipo del Corcel al que le habían corregido la suspensión y repuesto el parachoques trasero. Había visto a Angelo dispararlo a través del portón a setenta y él mismo lo había hecho a cincuenta. El Corcel era un coche estable, con una línea atractiva y por el momento Loren estaba plenamente comprometido con la lubricación del automóvil.
—Nos va a costar dieciocho dólares la unidad —dijo Beacon sacudiendo su cabeza en señal de disgusto.
—No, no lo hará. Si tú no puedes lograrlo por siete cincuenta lo compraré a Merckel y haré que lo instalen allí.
—Bethlehem Motors nunca ha producido un coche con piezas que no fueran de fabricación propia.
—Y esa es precisamente una de las razones por las que el Sundancer sale tan caro y está a punto de enviar esta compañía a la quiebra —contestó Angelo—. Si no te sientes capaz de hacerlo, preséntame tu dimisión.
—¿Presentarte mi dimisión?
—Me importa un pepino a quién se la presentas. Pero, o empiezas a funcionar o es mejor que te largues. Y no me vuelvas a decir que Número Uno nunca lo hubiera hecho de esa forma. ¡Número Uno está muerto y enterrado!
La reputación de Amanda aumentó, lo mismo que la cotización de sus cuadros. Empezó a experimentar con un nuevo estilo, todavía decididamente realista pero con una pincelada más suelta y pictórica. A unos cuantos metros del cuadro, el espectador contemplaba una reproducción casi fotográfica de un dedo, pero, cuando se acercaba, la reproducción, aparentemente tan realista, no era otra cosa que cuatro pinceladas maestras.
Angelo finalmente encontró tiempo para posar vestido para su retrato —rechazó con firmeza, pero amablemente, hacerlo desnudo—. Amanda se quejaba de que la pintura se le secaba entre las espaciadas ocasiones en las que aparecía por su estudio, pero finalmente pudo terminar el cuadro y entregárselo a Cindy. El retrato era mucho más que una reproducción fiel; como Angelo reconoció, no se paraba en la epidermis, capturaba lo que latía debajo de su superficie.
Alicia Grinwold no se amilanó y posó desnuda pagando a Amanda 20 000 dólares por el suyo.
Como Alicia era una de las accionistas de XB Motors, ella y Angelo habían desarrollado una buena amistad, y él tenía la costumbre de mantenerla informada sobre todo lo que pasaba en Detroit.
Un sábado por la tarde del mes de agosto, de vuelta a casa desde la barbería, Angelo pasó por su casa en Round Hill para enseñarle las fotos del Corcel que iban a ser utilizadas en la campaña de publicidad.
Se sorprendió de no encontrar a Bill Adams como era habitual. Alicia le invitó a pasar. Había estado tomando el sol en la piscina y solo llevaba un corto albornoz de toalla, que supuso cubría un bikini.
—Me parece —le dijo mientras le hacía entrar— que eres un auténtico entendido en Martinis. ¿Cuándo lo dejaste por el whisky?
—No lo hice. Un buen whisky es fácil de conseguir pero un Martini bien mezclado es un auténtico arte.
—Ponme a prueba —dijo mientras entraba en la cocina.
Cogió una botella de ginebra Beefeater y machacó unos cubitos de hielo sobre la palma de su mano con un pequeño martillo que tenía un fleje flexible en el mango. En un agitador alto de fino cristal puso hielo, ginebra y un toque de vermut y lo agitó con una varilla de cristal. Con gestos expertos cortó una serpentina de peladura de limón y la introdujo en un largo vaso de cristal para, a continuación, servir la bebida. Él le dio un sorbo.
—Un Martini bien mezclado —anunció Alicia.
—Bien mezclado —coincidió Angelo, saludando con la copa en alto.
Cortó otra peladura de limón y se sirvió otro para ella.
—Cuando no puedes fabricar automóviles, o sacar compañías a bolsa, o presentarte al Congreso solo te resta cultivar pequeños refinamientos; como mezclar un buen Martini.
Una vez más Angelo levantó su copa en homenaje.
—Las carreteras están atestadas de coches, la mayoría horribles, pero los buenos Martinis son toda una proeza.
—Demasiados americanos —dijo ella— se contentan con Bud Lite por toda cerveza y se creen que el café descafeinado instantáneo tiene algo que ver con el verdadero café.
—Qué se puede esperar de una generación que se ha alimentado a base de McDonald’s y Burger King.
—Angelo, ¿has visto ya el retrato que Amanda me ha hecho?
—No, creo que estás…
—Sí, por supuesto. Estoy desnuda y es maravilloso. Algún día, cuando yo ya no esté, colgará en un museo. Ven, quiero enseñártelo. Está en el piso de arriba. No se lo enseño a todo el mundo, aunque si el Museo Bruce me lo pidiera para exhibirlo no me importaría en absoluto.
La siguió escaleras arriba hasta la antecámara de su dormitorio donde el cuadro ocupaba toda una pared de la habitación.
Se había imaginado a Alicia desnuda pero mirando el cuadro se dio cuenta que la mujer que le miraba indolentemente desde el cuadro era más auténtica que la Alicia real.
Estaba en el estudio de Amanda, sentada en una silla de estilo Victoriano tapizada con un tejido negro de pelo de caballo. Igual que la Olympia de Manet, llevaba una cinta negra con un camafeo alrededor del cuello. Con un lazo había recogido su oscuro pelo castaño y su cara estaba animada por una leve sonrisa, quizá desafiante. Sentada con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y plegadas hacia la izquierda, la pose solo revelaba su vientre hasta el nacimiento del vello púbico donde Amanda había pintado algunos mechones indiscretos.
Alicia tenía cuarenta y ocho años y Amanda no había intentado hacerla más joven. Sus pechos estaban caídos y blandos. Era esbelta pero tenía una ligera barriga y Amanda no había ocultado las estrías en su piel, que le había dejado el embarazo de su única hija, Betsy.
—No está mal para una mujer de mi edad, ¿eh?
—Estás muy hermosa, Alicia —contestó Angelo.
Ella suspiró.
—Quería tener un retrato mío antes de que tuviera que empezar a engañarme a mí misma —dijo—. También le he pedido a Bill que me saque unas Polaroids. Cuando de verdad sea vieja, quiero tener la evidencia de que no siempre fue así. ¿Capisco?
Angelo cabeceó afirmativamente.
—Capisco.
Ella se acercó a la ventana de la habitación y abrió los visillos para mirar fuera.
—A medida que pasan los años, te vas dando cuenta con mayor fuerza de que no has vivido todo lo que podías y a veces piensas en las oportunidades que no aprovechaste.
—Te entiendo.
—Tú no puedes entenderlo —contestó—, piloto de carreras… y todo lo demás. Todavía estás en activo y me parece que no te pierdes nada, ¿me equivoco? ¿Tienes idea de cuánto te envidia la gente?
—Alicia…
—Bill, por ejemplo. Bill Adams. ¡Un excelente muchacho! Pero tú vas detrás de lo que quieres.
—Alicia…
—Sí… ¿No puedes adivinar lo que estoy deseando ahora?
—Alicia…
—Quiero que me lleves a la cama y me hagas el amor, Angelo. Puede que sea la última oportunidad que tenga de…
—Podría ser un gran error… —contestó él.
Ella sonrió negando con la cabeza.
—No estropees esa imagen del romántico e intrépido Angelo Perino. No te vuelvas el señor «como es debido». Tal como eres ahora, es perfecto. Nadie se va a enterar. Quizá tengamos otra oportunidad, quizá no. No soy una histérica, Angelo: sé que no tenemos futuro, pero ¡por todos los santos!, tenemos el ahora. Una vez y quizá no más, Angelo.
Llevaba un minúsculo bikini debajo de su albornoz. Se lo arrancó de un solo movimiento y se quedó con los brazos en jarras dejando que él la contemplara desnuda. Después se ofreció en la posición del misionero y gimió y murmuró su pasión todo el tiempo que él estuvo dentro.
Era una experiencia poco habitual para Angelo. Alicia no era una bomba sexual como su hija, y tampoco era una mujer de apetitos poco habituales como Roberta. Era el tipo de persona que disfrutaba con una copulación sin fantasías y que gozaba sintiendo un pene duro y grande golpeándola con fuerza hasta el fondo. Cuando él se vació en ella, lo abrazó con las piernas para clavárselo bien dentro y evitar que saliera. Durante un buen rato lo mantuvo de esta manera mientras poco a poco abatía su pasión.
—Tiene que haber otra vez, Angelo —susurró—. Cuando estemos totalmente seguros. No te preocupes: no te pondré en evidencia. No correremos riesgos, solo lo haremos cuando sea posible.
Mientras conducía hacia casa, se le ocurrió un pensamiento indigno de la excelente mujer con la que acababa de estar. Ahora se había tirado a todas las mujeres de Loren, incluida su hija.
El lunes seis de octubre, por la tarde, guardaron el Porsche de Cindy en el garaje y cerraron la puerta. Les entregaron dos XB Corceles, uno de color blanco y el otro azul metalizado, y los aparcaron en el camino de entrada a la casa. Sus conductores se llevaron el Sundancer de Angelo.
Toda la familia salió a mirarlos. De todos los niños, solo John, de siete años, entendió lo que significaban y declaró con seriedad que eran estupendos. Un poco más tarde llegó Alicia acompañada por Bill Adams al volante de un Corcel rojo.
—Me parece que tienes el éxito asegurado —le dijo a Angelo.
—Solo tengo una pregunta, Angelo —le murmuró por lo bajo Cindy—. ¿Cuánto tiempo he de conducir este maldito utilitario antes de que pueda usar de nuevo mi Porsche?
—Una semana —contestó—. En lo que a mí respecta, estoy encantado. No tendré que volver a conducir ese ruidoso trasto del Sundancer.
Varios vecinos pasaron a verlos y comentaron lo bonitos que eran, opinando que sería un auténtico éxito de ventas.
Al rato, todo el mundo entró en la casa donde se había preparado un bufé frío. Iban a anunciar el Corcel a toda América por primera vez durante el programa El Lunes Fútbol.
El teléfono comenzó a sonar. Loren llamó para decir que el coche le gustaba y Roberta añadió unas cuantas frases de felicitación. Llamó también el doctor Perino. Desde Japón el señor Tadashi le telefoneó para decirle que les deseaba «lo mejor a él y a Loren».
Poco después llegó Dietz von Keyserling en compañía de Amanda Finch.
Angelo fue a la biblioteca para sintonizar en la televisión el canal de la WABC. Alicia le siguió; estaban solos en ese momento.
—Me gustaría hablar contigo un momento.
—Claro.
—No sé lo que hacer con Betsy —dijo Alicia sombríamente.
—¿Cuál es el problema? —preguntó.
—Se ha quedado embarazada otra vez.
—Bueno, puede suceder. ¿Quién es el afortunado padre?
—Su psiquiatra. O eso dice ella. Ha estado yendo a la consulta de este médico en Londres y aparentemente le ha administrado su terapia favorita.
—Imagino que está casado.
—Con tres niños. Quiere que venga a los Estados Unidos para abortar, pero ella quiere tenerlo. Dice que puede cuidar perfectamente de otro. Tiene un hogar y una niñera que la ayude. Además, dentro de poco, el pequeño Loren irá interno a un colegio inglés de los más exclusivos, así que la niñera podrá dedicar todo su tiempo al nuevo bebé. Lo realmente extraño es que, a pesar de esa vida tan poco convencional y de sus constantes viajes, ha sido una buena madre. Dice que el ser madre le da un propósito en la vida.
Angelo cogió una mano de Alicia entre las suyas.
—Comenzaste esta conversación diciendo que no sabías qué hacer con Betsy y creo que no vas a tener más remedio que dejarla hacer lo que quiera. Aparte de darle tus mejores consejos, no sé de qué otra manera puedes ayudarla.
—Supongo que no. De lo que sí estoy segura es de que su maldito padre no puede. Creo que ese psiquiatra se ha aprovechado de ella.
—¡Oh, al fin os he encontrado! —interrumpió Bill Adams—. El partido está a punto de comenzar. ¿Cuándo sale la publicidad, Angelo?
—Un par de veces en la primera parte y dos veces más en la segunda. Cada uno de los cuatro anuncios es diferente.
En el descanso fueron hasta el bufé para tomar algo y después al bar para coger unas bebidas.
—Los anuncios son fantásticos —dijo Amanda.
Angelo pensaba lo mismo. Había encargado los anuncios a una agencia de Nueva York, llevándose la cuenta de la agencia publicitaria que había realizado las campañas del Sundancer desde 1966. El Corcel tenía que ser presentado por una estrella y no solo eso, tenía que ser una estrella que no hubiera hecho muchos anuncios antes. La agencia había logrado convencer a Natalie Wood para que presentara el nuevo automóvil. Sus honorarios eran astronómicos pero la mitad de ellos se destinarían a obras benéficas que ella misma había escogido; algo que había sido ampliamente difundido por las tres cadenas principales de televisión durante las últimas tres semanas.
Eso aseguraba que por lo menos algunos espectadores se quedaran en sus butacas, en el descanso del partido, para echar un vistazo a Natalie Wood.
Estuvo magnífica. Angelo había autorizado el texto: «No es mi coche porque vivo en Europa donde las carreteras son estrechas y no hay límite de velocidad. Allí conduzco un Lamborghini. Pero cuando vuelva a casa y alquile un coche espero que sea un XB Corcel. Para nuestra manera americana de conducir es, con toda seguridad, el mejor coche que se puede encontrar: seguro, económico y sólidamente construido.»
La secretaria de Angelo en Nueva York llamó a la puerta antes de entrar.
—Tengo una llamada extraña al teléfono. Un hombre insiste en hablar con usted pero no quiere darme su nombre. Me dice que a usted le conviene recibir su llamada.
—Le voy a enviar a tomar viento —dijo cogiendo el teléfono—. ¡Diga!
—¿Nos conocemos, señor Perino?
—No lo podría decir, ya que se niega a dar su nombre.
—Mi nombre no le diría nada. Tengo algo que le va a interesar. Puedo hacer que se lo entreguen a cambio de una muestra de su gratitud.
—No me diga. ¿Y de qué se trata?
—Es una cinta de vídeo, señor Perino. Fue rodada en 1974, en la residencia del señor Hardeman en Palm Beach. Puede que recuerde a mi madre, la secretaria del señor Hardeman.
—La señora Craddock —contestó Angelo.
—Ya veo que la recuerda. Bueno, yo también trabajaba para el señor Hardeman cuidando sus perros y manteniendo los sistemas de alarma. En aquella época el señor Hardeman me pidió que instalara cámaras ocultas y micrófonos por la casa, y que grabara ciertos acontecimientos que tenían lugar en los dormitorios. Hay una cinta en particular que era una de sus favoritas. Usted y Elizabeth Hardeman son los protagonistas. ¿Quiere que se la describa?
Por unos segundos Angelo se preguntó si ese hombre no habría copiado las cintas de Número Uno, pero solo fueron unos momentos. Número Uno era demasiado listo para permitirlo y en todo caso ¿por qué había esperado este idiota más de dos años para intentar chantajearle? No, Betsy las había destruido todas como le había dicho y la persona al otro lado del teléfono solo las había visto.
—¿En qué está pensando? —preguntó Angelo fríamente.
—Estos últimos años, desde la muerte del señor Hardeman, no nos han ido muy bien las cosas a mi madre y a mí. No fue muy generoso con nosotros en su testamento. Pensé que quizá unos cuantos miles de dólares servirían para aliviar nuestra situación.
—Déjeme que le diga algo, Craddock. En primer lugar no hay ninguna cinta. Todas han sido destruidas.
—¿Es eso lo que piensa? No sabe lo fácil que es copiar una cinta, señor Perino.
—Y en segundo lugar, solo conozco dos formas de tratar a un chantajista, una es pagarle y la otra es matarlo. ¿De cuál de las dos maneras cree que me voy a ocupar de usted?
El XB Corcel no fue un éxito instantáneo. Un analista de Wall Street recordó a sus lectores que el nuevo modelo era el producto de una compañía que en los cinco últimos años había estado al borde de la quiebra porque se había empeñado en fabricar durante demasiado tiempo un coche desfasado como el Sundancer, y que todavía estaba por ver si la compañía lograba remontar la crisis. Pero a pesar de todo, los concesionarios vendieron todas sus existencias antes de Navidad y pidieron más coches. A comienzos de febrero estaban vendiendo una media de cuatro Corceles a la semana y al finalizar marzo la media era de seis.
El coche estaba bien construido, tenía una gran estabilidad y no consumía mucha gasolina. La gente que lo había comprado estaba satisfecha con él, y el boca a boca surtía el efecto deseado para incrementar las ventas.
En junio de 1981 XB Motors anunció que no ofrecería un nuevo modelo en el 82. El coche original no necesitaba modificaciones y de esa manera los actuales propietarios continuarían conduciendo el último modelo de la compañía un año más. Se habían introducido pequeños cambios y habría otros, pero por razones de marketing, ninguno sería simplemente cosmético.
En la reunión del consejo en la que Angelo propuso que no se sacara un nuevo modelo en el 82 también se recomendó que el Sundancer se retirara de la producción. Loren respaldó la propuesta y la venerable antigualla diseñada por Número Uno murió discretamente. Los concesionarios habían dejado de pedirlo; querían dedicar todo su espacio de exposición al Corcel.