El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 45 de 45

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El Corcel

Capítulo 39, Abril 1994

treinta y nueve

Abril 1994

 

El XB 000, oficialmente el Corcel E, pero conocido como el Corcel, no era un coche de aspecto aparatoso, más bien un pequeño coche deportivo de color negro parecido al Mazda MX-6. Era un coche de aspecto sólido que se asentaba sobre su chasis como si estuviera pegado a la carretera. En abril inició un viaje de prueba y promoción desde Los Ángeles a Nueva York.

Los medios de comunicación congeniaron inmediatamente con el grupo de atractivos y simpáticos jóvenes que Angelo había elegido para conducir el coche en su viaje de costa a costa. Loren Van Ludwige, Van, era el conductor principal con John Perino de copiloto tomando los relevos. En la parte trasera viajaban Anna y Valerie Perino. Van tenía veintitrés años, John veintidós, Anna veinte y Valerie dieciséis.

La ruta desde Los Ángeles pasaba por Flagstaff, Alburquerque, Amarillo, Oklahoma City, Tulsa, St. Louis, Indianápolis, Columbus, Akron para, por último, subir por la Interestatal 80 y, cruzando el puente de George Washington, entrar en Nueva York donde el coche se exhibiría en el Centro de Convenciones y Exposiciones de la ciudad. La idea era que los cuatro jóvenes condujeran el coche como lo haría cualquier familia; o sea, haciendo turismo, parándose para comer y pasando la noche en los moteles del camino. El coche tenía que ir a una velocidad cercana al límite permitido o poco más, y podían conectar el aire acondicionado cuando fuera necesario, escuchar cintas o encender la radio cuando les apeteciera. Se pretendía que condujeran el coche exactamente de la misma forma en que lo hubieran hecho con un coche de motor de gasolina convencional.

Pero, por supuesto, su viaje cruzando el país no podía ser exactamente igual: les seguía un camión con un generador, porque solo en Oklahoma City, St. Louis y Columbus podrían recargar las baterías en una estación de servicio. Sin embargo, como recordaban constantemente los comunicados de prensa de XB Motors, el equipo necesario para la recarga se podría incorporar fácilmente en todas las gasolineras del país con la misma facilidad y rapidez con la que en su día se añadieron las bombas de combustible diésel, incluso en este caso más rápidamente, ya que el mercado era mayor.

Lo más importante era que el Corcel E podía recargarse por completo mientras los pasajeros comían o en su primera media hora de estancia en un motel. No era necesario emplear toda la noche en ello. En St. Louis, donde XB Motors había dispuesto el equipo para la recarga en el aparcamiento de un MacDonald’s, Van sonrió a las cámaras de televisión mientras conectaba el Corcel a un cargador que tenía el aspecto de una bomba convencional de gasolina. Tardó veinte minutos en realizar la operación, y, mientras tanto, los pasajeros se comieron un Big Macs con patatas fritas y se bebieron grandes vasos de Coca-Cola. Van pagó dieciséis dólares por la carga.

La noche del lunes se alojaron en un motel en las afueras de Akron. Al día siguiente atravesarían Pennsylvania hasta Stroudsburg, donde pasarían su última noche antes de realizar una entrada triunfal en Nueva York, el miércoles al mediodía.

Anna también se turnaba conduciendo con ellos. En una parada en el área de servicio de DuBois cogió el volante. Antes de salir, esperaron que el camión auxiliar se les uniera y Van aprovechó para charlar un par de minutos con los mecánicos. Lo normal era que el camión fuera tres o cuatro kilómetros detrás de ellos para no aparecer en las fotografías que les sacaban por dondequiera que pasaran. Finalmente Van se acomodó en el asiento del pasajero y Anna se incorporó a la autopista para conducir los siguientes doscientos kilómetros.

Sin habérselo propuesto le tocó conducir uno de los tramos más montañosos de todo el viaje, pero ella era una buena conductora, era una autopista interestatal y la potencia y capacidad del Corcel había sido probada en pendientes fuertes y prolongadas, donde los motores convencionales a menudo experimentaban problemas de calentamiento. De hecho, por su lado pasaron un par de coches con ese problema, con chorros de agua y vapor saliendo de sus radiadores como si fueran géiseres. No pudieron menos que reírse cuando vieron que uno de ellos era nada menos que un Sundancer.

Cruzaron el puerto y la autopista comenzó a descender por la cara este de los Apalaches. Llegados a este punto, los conductores estaban ansiosos por recuperar el tiempo que habían perdido subiendo trabajosamente por las empinadas curvas y pocos hacían caso a los avisos de tráfico que les recordaban que debían meter la marcha corta y reducir la velocidad. La circulación de camiones era intensa en la I-80, una de las arterias principales del país y los de dieciocho ruedas podían ir muy rápidos en las prolongadas bajadas, llegando a superar los 120 kilómetros por hora.

En ese momento, un enorme tráiler amarillo surgió imponente detrás de ellos con su motor rugiendo y los faros lanzando ráfagas.

—¿Qué diablos quiere que haga?, ¿que salga de la carretera? —se preguntó Anna.

—Eso parece —contestó Van.

Otro camión de dieciocho ruedas, de color rojo, ocupaba el carril de delante y sus luces posteriores indicaban que estaba frenando, Anna lo alcanzó y tuvo que frenar para mantenerse a una distancia segura.

—No vas a tener más remedio que pasarlo. Ese hijo de puta que llevamos atrás está demasiado cerca —dijo John desde el asiento trasero.

Anna conectó el indicador de la izquierda y comenzó a maniobrar hacia él, pero el camión amarillo hizo una maniobra brusca y se colocó en el carril izquierdo poniéndose a la altura del Corcel.

—¡Hey! —gritó Van—. ¡Ese cabrón que va delante de nosotros no lleva matrícula!

No solo eso, los números de identificación, pintados en el remolque, estaban tapados con cinta aislante.

Anna sujetó con fuerza el volante y miró hacia su derecha, solo un guardarraíl separaba la autopista de un largo y profundo salto hasta el bosque.

—Están intentando hacernos saltar por encima del guardarraíl —murmuró Van.

—¡Se van a enterar!

La enorme rueda delantera del camión amarillo se les echó encima cerrándose a la izquierda, Anna se acercó poco a poco y, como por sorpresa, lanzó el Corcel contra la rueda, haciendo que su parachoques la golpeara con fuerza. El neumático escupió una bocanada de humo y jirones de goma salieron despedidos golpeando el parabrisas y el capó del Corcel. El tejido de cuerdas de acero se veía perfectamente; repitió la operación y esta vez estalló la rueda. Anna frenó dando un volantazo a la derecha. De repente, el Corcel estaba detrás del enorme camión que empezó a coletear sin control de un lado a otro de la carretera, embistiendo por detrás al camión rojo al que lanzó contra el guardarraíl. Su conductor frenó y fue alcanzado de nuevo por el camión amarillo que lo embistió de lleno por detrás. Finalmente camión y remolque derraparon fuera de control hacia la derecha, arrancando la barrera para deslizarse por la empinada ladera arbolada hasta volcar y continuar su caída rodando incesantemente sobre sí mismos.

Anna volvió al carril izquierdo y aceleró echando una rápida mirada a Van con los ojos llenos de lágrimas.

—Acabo de matar a un hombre.

—Alguien ha intentado matamos —contestó Van—, no me gustaría estar en sus zapatos cuando tu padre averigüe quién fue.

Esa noche en el aparcamiento del motel, en las afueras de Stroudsburg, los mecánicos del camión auxiliar cambiaron el parachoques delantero del Corcel que resultó ser la única parte dañada del coche.

Las noticias sobre el choque de los dos camiones y de la muerte de uno de los conductores hacían mención a un pequeño coche negro que había escapado milagrosamente de la trampa mortal que los dos remolques, fuera de control, habían creado, pero todos los posibles testigos estaban lejos en ese momento, a varios cientos de metros, y ninguno de ellos tenía la menor idea de qué tipo de coche era o hacia dónde se había ido.

 

Cuando los cuatro jóvenes abandonaron su motel en Stroudsburg, Angelo todavía no tenía noticias de lo que les había pasado. Había ido a la suite de Betsy en el Waldorf para desayunar, o al menos eso había dicho.

Ahora, acostada a su lado, cubierta de sudor que se mezclaba con el suyo, Angelo olfateó los característicos e inconfundibles olores del cuerpo humano después de entregarse a los arrebatos del placer.

Betsy era poseedora de una rara belleza. Ya se lo pareció la primera vez que la vio, cuando solo tenía dieciséis años, y ahora, con cuarenta y dos, era si cabe más hermosa. Los mismos ojos azules pálidos de mirada tranquila y desafiante que tantas veces habían hecho perder la cabeza a los hombres, el mismo pelo rubio que continuaba llevando en una melena lisa y un cuerpo delgado y fuerte con un estómago liso y culo tenso. Le gustaba nadar desnuda y estaba totalmente bronceada. El sol había incluso ennegrecido los prominentes y lustrosos pezones que coronaban sus grandes pechos, firmes y duros.

—Angelo Perino —dijo—, puede que tengas un pie en el geriátrico, pero continúas siendo el mejor polvo que conozco.

Él sabía que estaba diciendo la verdad.

—Tú me inspiras —contestó.

—Eso sería un maravilloso cumplido —repuso—, si no pudiera contar por lo menos otras cien mujeres que también te han inspirado.

Angelo tenía sesenta y cuatro años; en algunos aspectos los aparentaba pero en otros estaba a salvo. Las mujeres siempre lo habían considerado atractivo y las líneas que habían cincelado su cara durante los últimos veinte años habían añadido un sello de madurez perfilando su encanto. Sus sienes estaban plateadas y sus carnes continuaban duras, sin la flacidez característica de muchos hombres de su edad. La gente que lo había conocido en sus tiempos de piloto de carreras seguía reconociéndolo sin la menor dificultad.

Hacía dos semanas que había empezado a posar desnudo para Amanda Finch a petición de Cindy. Era una experiencia nueva y estimulante, algo que nunca había pensado que pudiera hacer pero con lo que ahora empezaba a encontrarse cómodo. Su retrato y el de Cindy colgarían uno al lado de otro en su dormitorio.

—Tú me inspiras un montón, vizcondesa —le dijo.

Ella suspiró.

—Por lo menos no continúas llamándome señorita Betsy.

Angelo sonrió maliciosamente.

—Bueno, señorita… No parece lo más apropiado desde que… bueno… a decir verdad tampoco era apropiado que todos nos refiriéramos al viejo como Número Uno.

—Él era el único con agallas para matarte. Cuando se enteró de lo nuestro fue lo que probablemente le hubiera gustado hacer.

—Hizo lo que pudo.

—No del todo, no creo que lo entendieras, no creo que realmente te dieras cuenta de lo malvado y cruel que era… o de lo mucho que te respetaba.

—Creo que yo era el único que realmente lo entendía, aunque solo después de algunas experiencias bastante dolorosas.

—Cariño —susurró ella—, ¿te quedan fuerzas para otro? Tendrás que darte prisa; tienes todavía que cruzar el puente George Washington. ¡Venga!, uno rápido. —Ella deslizó sus manos por su cuerpo, todavía musculoso y firme, para apoderarse de su órgano semierecto—. ¿Uno más?

—Al diablo con el Corcel E. Si no tengo tiempo para otro, me lo tomaré.

 

Disponía de tiempo suficiente. Afortunadamente no tendría que cruzar el puente, lo sobrevolaría. Cuarenta minutos después de que hubiera accedido a uno rápido, un pequeño helicóptero Bell despegó del helipuerto que estaba en la orilla del río, ascendió sobre Manhattan y cruzó el río Hudson manteniéndose por debajo de las torres del puente George Washington.

No importaba cuántas veces hubiese volado en uno de estos pequeños helicópteros ruidosos y trepidantes, en cada ocasión, Angelo sentía una mezcla de miedo y fascinación. No era lo mismo que volar en un avión a gran altura cuando todo parecía de juguete y ligeramente irreal. Esto era algo parecido a como debían ver el mundo los dioses; desde las alturas pero al mismo tiempo con toda clase de detalles. Podía ver desde los coches en los cinturones de circunvalación, hasta las mujeres conduciendo con las faldas recogidas enseñando sus atractivas piernas. El pequeño aparato vibraba y era zarandeado por ráfagas repentinas de viento, acusando bruscamente los cambios ascendentes y descendentes. Daba miedo. Pilotar ese chisme se parecía mucho a afeitarse el lado izquierdo de la cara con una navaja de barbero frente al espejo: un ejercicio peligroso de concentración y de movimientos a la inversa.

En contacto continuo con la torre de control de Teterboro, el piloto guio el helicóptero sobre los suburbios de New Jersey, manteniéndose la mayor parte del recorrido a menos de cien metros por encima de los edificios para acabar posándose delicadamente en el aeropuerto de Caldwell-Wright. La mayoría del tiempo habían tenido a la vista la Interestatal 80 y Angelo la había estado observando pensativamente; esa junto con la 1-95 eran sus rutas habituales de entrada en Manhattan.

No le gustaba bajar del helicóptero hasta que los rotores estaban completamente parados y se puso muy nervioso cuando vio venir corriendo de la mano a Anna y a Van. Corrían con las cabezas encogidas entre los hombros para evitar el peligro de ser decapitados por los rotores. Valerie no se precipitó y esperó a que las palas parasen, probablemente siguiendo los consejos de su hermano mayor John.

Los equipos de televisión y los periodistas se agolparon contra la cinta de la policía. Los objetivos de las cámaras captaban todas las expresiones de los protagonistas desde que Angelo bajó del helicóptero y abrazó a Van y a Anna.

Anna le pidió a Angelo que subiera al Corcel con ellos para hablar unos momentos y allí le explicaron lo que les había pasado en el puerto de montaña.

Su cara enrojeció de cólera pero les dijo:

—Muy bien, ahora tenemos que ofrecer una buena representación. Olvidad lo que ha pasado; ya me ocuparé yo.

 

Unos minutos más tarde la caravana de coches dejó el aeropuerto con dos coches de la policía de New Jersey abriendo camino. Le seguía el Corcel conducido por Van con Anna a su lado.

Un atractivo monovolumen familiar iba inmediatamente detrás. Mantenía el nombre de Sundancer aunque oficialmente era el 000. Estaba también impulsado por un motor eléctrico y lo conducía Angelo Perino. Cindy se sentaba a su lado y en los asientos traseros viajaban Morris Perino, Mary Perino y John Hardeman.

Un camión con cámaras de televisión seguía a los dos coches eléctricos y a continuación media docena de coches llenos de periodistas y dos coches de la policía cerraban la caravana. Dos helicópteros sobrevolaban el convoy con otras tantas cámaras de televisión ofreciendo planos a vista de pájaro.

—Un triunfo —le dijo Cindy a Angelo.

Angelo cabeceó afirmativamente.

—Siempre que lleguemos al centro de exposiciones sin tener una avería por el camino.

Ella se inclinó hacia él y le dijo por lo bajo:

—Eso le encantaría a Loren.

—Esa es la razón por la que los dos vehículos han sido custodiados noche y día por un pequeño ejército de guardias de seguridad, con un potencial de fuego como para empezar otra guerra mundial.

—No se atrevería.

—Espera a que te lo cuente. Ya lo ha hecho. ¡Lo voy a matar!, ¡juro que lo voy a matar!

—¿Qué ha podido hacer tan malo?

—Espera a que te lo pueda explicar.

Angelo se volvió para mirar a la mujer de su lado, a su esposa, a la madre de sus cinco hijos, pero también era mucho más que todo eso. Fue un golfillo vestido con tejanos rotos, que había zascandileado por los boxes de los circuitos del Grand Prix como la típica fan de los pilotos, y se había destapado como una mujer sofisticada y culta. Amaba a Angelo, él nunca lo había dudado, pero nunca había dependido de él. Cindy era Cindy: amorosa, solícita, erótica, pero también astuta, lista, objetiva y realista.

Había madurado bien. Era diecisiete años más joven que Angelo y aunque no podía pretender volver a frecuentar los boxes de los circuitos, todavía estaba de buen ver como para frecuentar los atraques de los puertos deportivos y ligarse a los propietarios de los yates. Los pilotos de carreras quizá carecían de la sofisticación necesaria para apreciarla, pero los patronos de los yates sí que lo hubieran hecho; tenían gustos más refinados y maduros y la habrían encontrado fascinante. Todo lo que ella había tenido una vez continuaba conservándolo, incluyendo su espíritu aventurero.

Aparte de eso seguía teniendo una gran figura y el paso de los años y sus señales solo habían contribuido a hacerla más interesante. Todavía conservaba en su retina aquella imagen de ella: un culo prieto dentro de unos tejanos tan ajustados que parecía que se los había pintado encima y unas tetas bamboleándose pesadamente dentro de su camiseta de algodón.

Una típica fan de los circuitos a la que no vio con vestido hasta que pasó un año. Esa imagen se sobreponía a los retratos que Amanda había pintado de ella esos últimos años.

No existía un matrimonio perfecto. Ella continuaba manteniendo su espíritu aventurero intacto y había tenido sus historias, quizá incluso estuviera teniendo una ahora mismo. Bueno, él también tenía las suyas, pero ella era el único amor de su vida y no la hubiera cambiado por nada del mundo.

En el peaje del puente George Washington los coches de la policía de New Jersey los abandonaron para ser sustituidos por los coches blancos y azules de la policía de Nueva York. Al cruzar el puente se les unieron otros dos helicópteros.

—Es un gran triunfo, y es un triunfo que pertenece a los Perino, no a los Hardeman —dijo Cindy hablando por lo bajo a Angelo.

—Compartido —contestó Angelo—, esa es la razón por la que Van está al volante.

—Es el hijo de Betsy —dijo Cindy—, no el nieto de Loren Tercero. Me pregunto si se le puede considerar un Hardeman.

—No te engañes —contestó Angelo—, puede que sea un Van Ludwige, pero también es un Hardeman, lo mismo que Betsy.

Cindy se encogió de hombros y dirigió la mirada hacia el World Trade Center y el resto de Manhattan que era visible desde la calzada superior del puente en un día tan claro como este.

A la salida del puente, la caravana de automóviles recorrió la autopista del West Side, hasta la calle cincuenta y siete, y después atravesaron la ciudad hasta Broadway y tomaron la calle que conducía al centro de exposiciones y congresos de Javis.

La idea era dar un rodeo por las calles de Nueva York, para brindar a sus habitantes la oportunidad de ver el Corcel E y el Sundancer monovolumen, pero pocos se pararon a mirarlos. Los neoyorquinos estaban acostumbrados a todo y la caravana solo era un motivo más para congestionar el tráfico.

La gente de los medios de comunicación era más manejable y se dejó seducir más fácilmente. Cuando el Corcel E y el Sundancer entraron en el centro y se dirigieron al stand, donde quedarían expuestos durante toda una semana, los flashes no cesaron de dispararse mientras periodistas y cámaras rodearon tumultuosamente los dos vehículos.

Las declaraciones de los cuatro jóvenes ya habían sido escuchadas numerosas veces durante su viaje. La televisión y los periódicos ya habían reseñado ampliamente que el coche era cómodo y rodaba suavemente, sin tirones, tenía una buena aceleración y no había dado problemas con sus baterías. Ahora, lo que los periodistas querían escuchar eran las declaraciones de Angelo Perino.

—¿Cuándo saldrá el coche al mercado, señor Perino?

Angelo se acercó al grupo de micrófonos preparados para la ocasión.

—El próximo año —contestó—. Los primeros Corceles E se venderán en el área de Los Ángeles; y ya hemos realizado convenios con las dos principales cadenas de gasolineras para que añadan equipos de recarga a sus estaciones de servicio.

—¿Cuánto costará recargar las baterías?

—Algo más que llenar un tanque de gasolina, unos dos dólares más. Conducir un Corcel E costará más o menos un céntimo adicional por cada 4,5 litros, si lo comparamos con un coche con motor de gasolina. Pero, en este caso, nunca habrá que cambiar el aceite o el líquido de la transmisión, no hay que reemplazar filtros ni bujías y tampoco lleva anticongelante. Creo que el coche será tan económico de conducir como uno tradicional y quizá, más adelante, cuando las compañías petrolíferas reduzcan el coste de la recarga, incluso más barato.

—¿Cuánto costará cambiar las baterías?, ¿no es esa la cuestión principal?

Angelo hizo un gesto de asentimiento.

—Nuestros coches de pruebas han realizado una media de 130.000 km, antes de tener que reemplazar sus baterías. Y en ese momento comprar unas nuevas costará 2000 dólares. ¿Cuántos coches convencionales son capaces de recorrer 130.000 km, con solo 2000 dólares de costes de mantenimiento? Cuando un coche normal llega a ese kilometraje, normalmente hay que cambiar las camisas de los pistones, válvulas, piezas del carburador, la bomba del agua, etc., eso sin mencionar todas las bujías que ha habido que reemplazar.

Dos agentes de seguridad abrieron paso, a través de los periodistas, a la vizcondesa de Neville, bisnieta del fundador de XB Motors, y a Roberta Hardeman, esposa del nieto del fundador.

Betsy corrió hacia su hijo y lo abrazó cariñosamente.

Tan pronto como pudo Angelo se llevó a Betsy y Roberta a un lado.

—Vamos a ver, ¿dónde se ha metido?

—¿Dónde está quién?

—Loren. ¿Dónde está?

Betsy miró a Roberta.

—A mí no me ha dicho nada.

Roberta enrojeció visiblemente y sacudió la cabeza.

—Se fue a Florida ayer por la noche, a Palm Beach; todavía mantiene la casa que Número Uno le dejó. ¿Por qué?

—¡Voy a matarlo!

 

Angelo no apareció por la casa de los Hardeman en Palm Beach hasta una semana después. Llegó en un taxi. Loren había resucitado la vieja costumbre de mantener dos feroces perros guardianes en la propiedad y cuando Angelo se dirigió a la casa se tiraron hacia él gruñendo. Iba preparado para esa eventualidad, y los roció con un spray de Mace, parando a los dos perros en seco. Mientras se retorcían y aullaban, les dio una segunda dosis para asegurarse de que no le volverían a molestar.

Roberta contestó al timbre de la puerta y al verlo le hizo un gesto en dirección a la veranda. Betsy también se encontraba allí. Loren estaba estirado en una tumbona, empuñando un revólver del calibre 38 con su mano derecha. Iba descalzo y vestía un albornoz de baño por el que asomaban sus peludas piernas.

—¿Esperabas que viniera antes?

—Así es, ¿dónde has estado?

—Me he tomado la molestia de asegurarme que no estaba equivocado. No quería venir aquí y acusarte antes de estar completamente seguro.

—¿De qué diablos estás hablando?

—La policía del Estado de Pennsylvania ha tenido problemas para averiguar por qué se mató ese conductor, por qué razón el camión no llevaba las placas de su matrícula y por qué su remolque tenía los números de identificación cubiertos con cinta y papel. También querían saber por qué el otro camión estaba en las mismas condiciones. Es decir, estaban teniendo esos problemas hasta que les di una declaración jurada de cuatro testigos.

—Por favor, Angelo —preguntó Betsy—, ¿de qué diablos estás hablando?

Angelo se dirigió a Betsy.

—Ha intentado matar a Van, a Anna, a John y a Valerie, tres de mis hijos y uno tuyo. Contrató a dos camioneros para que sacaran al Corcel de la carretera despeñándolo por un precipicio. El atentado falló y uno de los camioneros resultó muerto.

Loren dirigió su revólver a Angelo.

—Ten mucho cuidado con lo que dices, querido espagueti. Tienes que saber… tienes que saber que si te pego un tiro tengo testigos que pueden testificar que me amenazaste con matarme. Alegaré defensa propia.

—¿De qué testigos hablas? —preguntó Betsy.

—Tú misma me has dicho que él iba a…

—No cuentes conmigo para que testifique que te amenazó —contestó Betsy fríamente.

—¿Puedes probar tu acusación? —preguntó Roberta con la cara encendida y su voz quebrada.

—No soy yo el que tiene que demostrarlo. El fiscal del condado de Centre County, en Pennsylvania, lo hará por mí.

—¿Qué mentiras le has ido a contar? —preguntó Loren elevando el tono.

—No he hablado con él. La policía del Estado de Pennsylvania lo hará: ha abierto una investigación. Los cuatro jóvenes han testificado que esos dos remolques intentaron sacarlos de la carretera. Anna estaba conduciendo y gracias a Dios tuvo la suficiente habilidad para escapar de la trampa, aunque no tuvo más remedio que hacer que los dos camiones chocaran entre sí, matándose uno de los conductores.

—Ella lo mató, yo no lo hice. Y solo será la palabra de esos chicos contra la…

—El camionero que sobrevivió no ha podido explicar por qué llevaba sus placas de matrícula dentro de la cabina o por qué llevaba tapados los números de identificación del tráiler. En estos momentos está en la cárcel y sabe que se ha metido en un buen lío, así que ha hecho una confesión jurada siguiendo el consejo de su abogado.

—Muy bien, así que ese conductor y el otro intentaron sacar al Corcel de la carretera, y ¿qué tiene que ver esto conmigo?

—Los dos camioneros eran propietarios de sus camiones pero todavía debían algunas letras. Curiosamente sus préstamos fueron liquidados por completo una semana antes del accidente. Al contado, ciento cincuenta y cinco mil dólares. El fiscal ha pedido una copia de tus transacciones bancarias. ¿No sacarías por casualidad ciento cincuenta y cinco mil dólares al contado recientemente, verdad Loren?

Roberta comenzó a chillar frenéticamente.

—¿Es eso lo que hiciste? ¿Intentaste matar a esos muchachos? Eres un estúpido, un borracho, un loco…

Loren sonrió con una mueca.

—El asesinato… no te había preocupado antes.

Roberta se dirigió a Angelo y a Betsy.

—Burt Craddock intentó chantajearnos. —Y se volvió hacia Loren mirándolo con seriedad—. Suelta ese maldito revólver. Si disparas contra Angelo nadie testificará a tu favor. Desde luego yo no lo haré, de eso sí puedes estar seguro. Y no olvides que estás en Florida y aquí existe la pena de muerte.

Loren se quedó mirando su arma como si, por un momento, se hubiera planteado ponérsela en la boca, finalmente se encogió de hombros y la dejó a un lado. Betsy la recogió.

—Es mejor que metas tu cepillo de dientes en una bolsa, Loren —dijo Angelo sin la menor nota de simpatía—. Un jurado de Pennsylvania está a punto de acusarte formalmente y va a pedir tu extradición.

Betsy llenó un vaso de whisky y se lo pasó a su padre.

—¡Echa un trago, viejo! —dijo cargada de desprecio—. Te hará sentirte mejor.

 

El veinticuatro de junio, por la tarde, Anna Perino se casó con Loren Van Ludwige. La ceremonia se desarrolló bajo una carpa listada blanca y roja montada sobre el césped en el jardín trasero de la casa de los Perino. Un cuarteto de cámara tocó durante toda la celebración, haciendo solo una pausa para la ceremonia. Todas las mujeres vestían sus mejores galas y algunas lucían sombreros de ala ancha. El sol brillaba espléndidamente y las mujeres en sus alegres colores parecían flores, comentó Amanda Finch.

Anna tenía esa atractiva belleza suave y mediterránea de sus antepasados. Sus ojos oscuros eran tiernos y vaporosos.

Con veinte años era una mujer madura en todos los aspectos. Su plena madurez era evidente incluso en su casto traje blanco de novia.

Van era alto y atractivo; no podía ser de otro modo siendo hijo de Betsy Hardeman y Max Van Ludwige. Max era un hombre guapo, pero los genes de los Hardeman predominaban en Loren como en el resto de los jóvenes del clan. Había heredado la cara franca de su madre y sus ojos azules.

La joven pareja estaba claramente enamorada.

—Incluso yo, no conozco a la mayoría de la gente —le confió Betsy a Angelo. Ella y el vizconde de Neville estaban juntos bebiendo champán—. No sé cómo presentárselos a George.

—Bueno, todo el mundo está aquí —dijo Angelo—, o, al menos, casi todo el mundo.

Efectivamente todo el mundo estaba allí: los hijos e hijas de las dos familias; la abuela de la novia, Jenny Perino, con ochenta y cinco años, feliz, con una pequeña corte de familiares rodeando su silla; Max Van Ludwige, padre orgulloso, con su atractiva mujer; los príncipes Alekhine supremamente elegantes; Alicia Grinwold, distinguida como siempre, con Bill Adams; Henry Morris y su familia, algo confundidos respecto a quién era el resto de los invitados; una deslumbrante Amanda Finch, con Marcus Lincicombe y Dietz von Keyserling; el cortés Keijo Shigeto, con Toshiko y sus hijos; el bullicioso Tom Mason; una aturdida Alexandra McCullough; el signor Giovanni Di Costanzo con unos cuantos exuberantes miembros de la comunidad italiana que trajeron generosos regalos de dinero, además de numerosos vecinos, amigos y compañeros de clase.

—No todo el mundo, gracias a Dios —dijo Betsy—, aunque por primera vez en mi vida siento algo parecido a un sentimiento de compasión por mi padre. Quiero decir, ¡está en la cárcel! Eso es una caída mucho mayor de lo que nunca habías anticipado, Angelo.

—Bueno, él intentó…

—Sí, ya lo sé, pero aun así…

—Va a declararse culpable. Dentro de seis, siete u ocho años estará fuera de la cárcel.

Betsy miró a su alrededor.

—Siento haberlo mencionado. No quiero continuar pensando en él.

El cuarteto, que se había tomado un descanso, comenzó a interpretar música de baile.

—Deberías bailar —dijo Angelo—; ya que he instalado una pista de baile lo menos que podías hacer es usarla.

El sol comenzaba su ocaso aunque todavía brillaba con fuerza. El viento soplaba mansamente cálido y suave, lleno de fragancias. Van bailaba con su esposa. Más tarde, Angelo aprovechó para bailar con su hija.

—Gracias, papá —susurró con los ojos llenos de lágrimas—. Gracias por todo, por tantas cosas.

—Gracias a ti —murmuró él—, estoy orgulloso de ti. Ya ves, la vida puede ser buena… para los buenos.

Terminaste El Corcel

Harold Robbins

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