El Corcel
Capítulo 35, 1993
1993
—Cindy, me encantaría poder ofrecértelo —dijo Bob Carpenter mirando el cuadro que Amanda había pintado de él y que todavía continuaba en su estudio esperando que se lo llevase a California.
—Me sería difícil explicar su procedencia.
—Ya lo sé, pero me gustaría poder hacerlo.
Amanda había salido y disponían del estudio y el dormitorio para ellos dos solos.
Carpenter estaba de pie mirando su retrato que se encontraba sobre un caballete al lado del sofá. Nadie que lo viese podría dejar de admirarlo; ese cuadro era algo que atesoraba. Haber sido retratado por Amanda Finch halagaba su ego. Le había preguntado a Cindy, por lo menos una docena de veces, si Amanda no le había sacado falsamente favorecido y cuando ella le aseguró otra docena de veces que no era así, se había sentido lleno de satisfacción y orgullo.
Cindy se había convertido en un problema para él. Había empezado a estimarla de verdad.
Era imposible no hacerlo. Tenía siete años más que él pero eso era algo difícil de adivinar contemplando su cara y cuerpo todavía jóvenes. Era inteligente, astuta y optimista, toda una mujer con sentido de la aventura, sensual y cariñosa. Por lo que habían hablado no estaba resentida por las frecuentes y prolongadas ausencias de su marido. Estaba volcada en sus hijos, el más pequeño solo tenía diez años, pero no se había limitado a hacer el papel de madre y esposa. Tampoco era la salsa de todas las asociaciones benéficas; dirigía su propio negocio en la ciudad y solo disponía de un tiempo limitado para dedicarse a recoger fondos para las obras benéficas locales y cosas parecidas.
Desde su perspectiva de profesor de historia del arte le merecía todo su respeto como marchante. Si no tenía la misma erudición que él, sí sabía distinguir lo que era válido de lo que no, tenía un buen instinto.
Si no hubiera sido por los Hardeman, nunca la hubiera conocido y tampoco hubiera podido adquirir los Finches, pero era consciente de que había caído en las garras de una pareja carente de todo escrúpulo que lo estaba utilizando para intentar hacer todo el daño posible a Cindy y a su marido y, muy a menudo, tenía la tentación de devolverles los Finches y anunciarles que abandonaba el juego. Tenía la tentación pero no lo hacía: les tenía miedo.
Se dio la vuelta desentendiéndose del cuadro.
—Tenemos suerte de que tu marido pase tanto tiempo fuera de Estados Unidos — dijo—, pero no puedo evitar pensar en lo que eso vaticina para el futuro industrial de este país. ¿Quiere eso decir que la mayoría de las piezas del coche serán de origen alemán y japonés? ¿Es que los americanos hemos perdido la capacidad para innovar?
—Los tres grandes —contestó ella— pueden permitirse tener grandes departamentos de investigación y desarrollo. XB Motors no tiene la capacidad para invertir millones de dólares en investigar nuevas tecnologías. Angelo tiene que buscarlas y negociar sus licencias para poder usarlas.
—Debe de ser un hombre brillante para poder distinguir lo que es aplicable de lo que, por el momento, solo son experimentos más o menos prometedores.
Cindy cabeceó afirmativamente.
—Mi marido es un gran hombre. Estar casada con él es algo así como estar casada con el presidente de Estados Unidos. Respetas lo que hace, pero tienes que saber aceptar su absoluta dedicación a un trabajo, lo que le obliga a viajar la mayor parte del tiempo, o a estar pegado al teléfono cuando se encuentra en casa.
—Me gustaría poder entender ese tipo de cosas. Las baterías…
—Una batería de volante —le interrumpió— es una batería que se carga mediante un volante interior que gira ininterrumpidamente sobre sí mismo. Bueno, de hecho, cuanto más me lo explica menos lo entiendo, pero él está absolutamente convencido de que funcionará.
—¿Piensas ir a las primeras pruebas?, al fin y al cabo una vez fuiste piloto de pruebas.
—Me encantaría conducirlo —dijo Cindy—, tendrá una aceleración igual a la de cualquier coche americano. Y no utilizará frenos convencionales, excepto como sistema de apoyo en caso de fallo del sistema principal.
—¿No tendrá frenos?
—Frenará y parará invirtiendo la polaridad del motor eléctrico, algo parecido a lo que hacen los aviones de reacción, que para frenar invierten el impulso de los motores. Y la energía cinética del coche en movimiento alimentará la batería transformándola en energía eléctrica y, por lo tanto, cargando la batería.
—¡Dios mío! Yo…
—Estoy hablando demasiado —contestó ella cogiendo su copa de brandy y levantándola como si eso justificara su verborrea.
Carpenter se colocó detrás y le acarició la nuca y las mejillas.
—Te quiero, Cindy —le susurró.
Estaba diciendo la verdad.
Después de medianoche conectó el módem de su ordenador portátil al enchufe del teléfono y envió un mensaje a la casa de los Hardeman en Detroit.
La tecnología de baterías, que Angelo Perino está investigando en Berlín, es la llamada de volante
con movimiento continuo. Está a punto de cerrar las negociaciones para conseguir la licencia.
El 000 no utilizará frenos convencionales, excepto como sistema de respaldo, utilizando la
inversión de la polaridad de las baterías para desacelerar y detenerse, al mismo tiempo que la
energía generada en ese proceso servirá para alimentar la batería y recargarla. Eso dicen.
Loren y Roberta estaban desayunando. Peter Beacon había acudido convocado por una llamada telefónica al amanecer. Le acompañaban dos jóvenes ingenieros que no eran empleados de XB Motors.
Beacon señaló a uno de los jóvenes, de nombre Simpson.
—¿Es eso posible? —preguntó.
Simpson se encogió de hombros.
—Imposible no es. Hay varias compañías en los Estados Unidos y en otros lugares que están trabajando en ese tipo de tecnología, pero hasta la fecha ninguna de ellas, que yo sepa, ha podido instalarla en un coche para que funcione de manera satisfactoria en la carretera.
—Hay dos posibilidades —añadió Beacon—, o Perino está confiando en una tecnología tan experimental que puede o no que funcione, o tendrá que adoptar una solución intermedia e instalar un pequeño motor de gasolina en su coche para apoyar la batería de volante.
Loren se volvió hacia Simpson.
—¿Funcionará?
—Ya hay precedentes —contestó Simpson—, de veinte o treinta caballos, respaldando una batería de volante.
—Una chapuza de híbrido —resopló despreciativamente—, un bastardo de…
—Sería mejor que no subestimaras a Angelo Perino —dijo Roberta—, si él…
—No he tenido más remedio que aceptar su reestructuración —dijo Loren—. Nos había metido tanto en todo este lío que lo único que haríamos sería arruinar la compañía si hubiéramos intentado dar marcha atrás. Daría cualquier cosa por poder repetir aquella asamblea general de accionistas del 93 y cambiar sus conclusiones.
Roberta miró a Simpson.
—¿Se puede realmente recuperar parte de la energía que el coche usa para acelerar cuando se frena?
—Es un concepto muy ingenioso, pero no podría decir hasta qué punto funciona al cien por cien. Lo que sí es seguro es que parte de esa energía utilizada se puede recuperar.
—Angelo Perino siempre ha sido una persona muy audaz.
—Sí, pero hay una gran diferencia entre ser audaz y ser un insensato —dijo Simpson.
El primer prototipo de coche alimentado por un conjunto de baterías de polímero de litio y de volante se probó en abril, en el circuito, con Angelo al volante. El asiento del copiloto y todo el asiento trasero estaban ocupados por instrumentos de medición, así que salió a probarlo solo.
Cindy y Roberta lo observaban desde detrás de la barrera de protección, mientras Loren y Beacon se quedaron en el taller observando el progreso del coche en los indicadores de los instrumentos. Keijo Shigeto y Alex McCullough seguían a Angelo en un Corcel convencional con otros instrumentos que Alex controlaba mientras Keijo conducía.
En la primera vuelta al circuito Angelo no le exigió mucho al coche. Aceleró progresivamente y después recorrió el circuito a cincuenta kilómetros por hora. Todo el tiempo mantenía contacto por radio con Alex.
—Todo ha funcionado normalmente —dijo ella al final de la primera vuelta.
—Voy a darle a tu ordenador algo en lo que pensar —dijo Angelo.
—No ha hecho otra cosa todo el tiempo. La descarga de las baterías está dentro de los parámetros normales.
—Veamos cómo acelera.
Debido a que varias generaciones de conductores se habían acostumbrado a que el acelerador estuviese controlado por un largo pedal bajo el pie derecho del conductor, el 000 continuaba con esa configuración. Cuando alcanzó los noventa kilómetros por hora dejó de acelerar.
—No parece que le guste mucho —observó Alex—, la descarga de la batería supera los parámetros aceptables. No por mucho, pero es más de lo que podemos aceptar.
—Me imagino que estarás tomando notas —dijo Angelo— para saber en lo que tenemos que continuar trabajando.
—Intenta frenar un poco.
Una vez más, para evitar construir un coche que alterara los hábitos de conducción de millones de personas, Angelo había diseñado el coche de manera que la frenada se produjera al apretar un pedal. El coche de pruebas no tenía un circuito de frenos convencional de respaldo. Frenaría utilizando la inversión de polaridad de los motores o no frenaría en absoluto.
No frenó lo más mínimo.
—¡Mierda! —exclamó Alex—, ya sé lo que está pasando, ese jodido ordenador no está recibiendo la orden. Suelta el acelerador y deja que pierda velocidad.
El coche se deslizó por sí solo hasta perder velocidad y cuando había bajado a diez kilómetros por hora Angelo lo llevó hasta el box.
Cindy era la única espectadora que quedaba, Loren, Roberta y el resto de los ingenieros hacía tiempo que se habían marchado.
—Una primera prueba bastante satisfactoria —observó Keijo.
Angelo dio un palmetazo sobre el guardabarros.
—Así es —dijo—. ¡Tenemos una semana para solucionar los problemas!
Una semana porque…
Wilma Worth, la periodista del Wall Street Journal que había descrito a Angelo como un ejecutivo playboy, era una mujer de unos treinta y cinco años, pequeña, rellenita y con un aire solemne.
—Ya sé que la ética profesional no te permite viajar por todo el país en un jet de nuestra compañía —dijo Angelo—, pero los dos vamos a viajar a Detroit el mismo día, así que, ¿qué diablos?, sería una buena oportunidad para que echaras un vistazo a ese jet del que tanto hablaste en tu artículo.
Embarcaron en el Lear a las ocho de la mañana. Para sorpresa de Angelo aceptó un bloody mary y poco después un segundo.
—Lo que se dice sobre su persona, señor Perino, es que el mundo todavía no ha visto a la mujer capaz de resistírsele.
—El mundo quizá no las haya visto, pero yo sí —contestó—. En la Edad Media había algo que se llamaba la tregua sagrada, que permitía a la gente olvidar la guerra durante un rato y dedicarse a otras cosas. ¿Qué le parece una tregua similar durante el día de hoy y el de mañana?, pasado ese tiempo… —concluyó encogiéndose de hombros con una sonrisa.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Tregua sagrada —afirmó.
—Eso significa que podrías llamarme Angelo, si te parece bien.
—Y tú puedes llamarme Wilma. Dime, ¿funcionará ese coche, después de todo, para poder probarlo?
—Espero que sí —contestó—, nuestra tregua no incluye, que yo sepa, ninguna cláusula que diga que tienes que ocultar cualquier defecto que hayas podido descubrir.
—Trato hecho.
—Me has hecho una pregunta y ahora soy yo el que quiere hacerte otra. Te han estado contando historias de que el coche no funciona, ¿no es verdad?
—Bueno, cambiemos la terminología —contestó ella—. No se puede utilizar mi periódico para contar historias, pero sí hemos recibido informes de que el coche ha fallado miserablemente en su primer test.
Angelo cabeceó afirmativamente.
—Esa es solo la mitad de la historia —contestó—, en algunos aspectos respondió según esperábamos, aunque en otros no cumplió las expectativas, pero no olvidemos que después de todo era su primera prueba. La semana pasada realizamos dos más y ahora las cosas marchan mucho mejor; aunque todavía no es perfecto ni cumple con todas nuestras exigencias.
—No puedo dejar de sorprenderme de que me hayáis invitado precisamente a mí para probarlo.
—Tal como yo lo veo, eres la periodista ideal para tomar contacto con el Cero-Cero-Cero, antes de su presentación. Has escrito un artículo crítico sobre mí, pero no hostil. Y… lo que todo el mundo tiene claro es que no eres precisamente mi periodista faldero, por eso creo que eres la persona más indicada para darle ese primer vistazo. ¿No te parece?
El XB Cero-Cero-Cero marcha sobre ruedas
LOS RUMORES DE SU FRACASO SON PREMATUROS
Dando unas vueltas por la pista.
Por Wilma Worth
Un coche de pruebas es un vehículo extraño. No es precisamente lo que
uno escogería para pasear a la familia. El asiento trasero está ocupado por
cajas de acero repletas de misteriosos instrumentos y todo el coche tiene un
aire de provisionalidad, que continuamente está sufriendo cambios.
Los ingenieros de XB Motors me enseñaron todos sus recovecos interiores
para demostrarme que no existía ningún motor de gasolina oculto por alguna
parte. El 000 está alimentado por cuatro motores eléctricos, uno para cada
rueda. La energía la suministra una serie de baterías cuyo funcionamiento se
escapa de la comprensión de esta periodista. Todo el conjunto está controlado
por un sofisticado ordenador que regula el uso de la energía de una manera
tan eficiente que se supone que el coche puede funcionar durante horas sin
tener que recargar las baterías.
Aparte de encontrarme sentada rodeada por todos esos cajones de
instrumentos, conducir el 000 es muy parecido a conducir cualquier otro
coche americano. El señor Angelo Perino, presidente de la compañía, se sentó
al volante. El coche aceleró bien hasta los 110 kilómetros y recorrimos los
ocho kilómetros de la pista sin bajar de ritmo. Después de cinco o seis vueltas,
lo que significa que recorrimos entre cuarenta y cincuenta kilómetros, las
baterías continuaban cargadas.
Entonces el señor Perino me propuso que lo condujera yo, y así lo hice.
Era lo mismo que conducir cualquier otro coche americano, excepto al apretar
el freno. Fue entonces cuando me dijeron que no los llevaba. La inversión de
la polaridad de sus motores eléctricos es suficiente para que se detenga. El
coche definitivo tendrá frenos convencionales como sistema de respaldo, pero
el de pruebas no los incluía. Si no lo hubiera sabido, no hubiera notado la
diferencia. Perdimos velocidad hasta detenernos igual que si hubiera tenido
frenos convencionales.
Conduje durante cinco o seis vueltas, y hasta el final, el coche mantenía
una buena respuesta de aceleración. El señor Perino me dijo que los
instrumentos indicaban que todavía teníamos carga para dar otra docena de
vueltas antes de que agotáramos las baterías. Sin necesidad de recargarse,
actualmente tiene una autonomía de 250 kilómetros y la compañía espera
aumentar su autonomía hasta 500 cuando aparezca en el mercado.
Sea lo que sea lo que el XB 000 acabe resultando, en este momento de su
desarrollo es demasiado pronto para poder calificarlo como fracaso o éxito.
Henry Morris vino a Nueva York y él y Cindy dejaron la galería y se fueron al Bull & Bear en el Waldorf para poder hablar con más tranquilidad.
—Hice que nuestro departamento de personal investigara a tu profesor Carpenter —le dijo Henry—. En gran parte es lo que te dijo: un profesor de historia del arte en la Universidad estatal de California, en Long Beach. Este año, ha pedido la excedencia y la está disfrutando. Vive en un apartamento modesto y conduce un Chevrolet de cuatro años.
—¿De dónde saca entonces el dinero para comprar todas esas obras de arte? — Cindy preguntó intrigada—. Ese es el misterio.
—De su padre desde luego que no. Tenía una barbería.
—Entonces me mintió, me dijo que su padre vendía yates.
—¿Como cuánto dinero se ha gastado?
—Compró una escultura de DeCombe por quince mil dólares, más otros cincuenta y tres mil por los desnudos de Amanda Finch, incluyendo su retrato. Además, está volando continuamente entre California y Nueva York y se aloja en los mejores hoteles.
—¿Has tenido problemas para cobrar sus cheques?
—No.
Henry Morris levantó sus cejas en un gesto de extrañeza.
—Me parece que vamos a tener que continuar investigando. Déjame que hable con la compañía de seguridad que trabaja para nosotros en Morris Mining.
—¿En qué me he metido? —se preguntó en voz alta—. ¿Qué está pasando? ¿Cómo he dejado que este hombre se introduzca en mi vida?
—Ten cuidado. No dejes que vea que sospechas de él. ¿Por cierto, cuál es su banco?
—United California.
—Lo has visto utilizar alguna vez su tarjeta de crédito.
Cindy sonrió.
—Espero que no hayas pensado que era completamente tonta —contestó abriendo su bolso y sacando un recibo de tarjeta de crédito—. Un hombre como él no debería dejar su recibo en la mesa mientras va al cuarto de baño.
George, vizconde de Neville, rompió la cáscara del huevo de su desayuno con la cucharilla. Había estado echando un vistazo al Times pero lo había dejado cuando Betsy se había reunido con él. Generalmente intentaba bajar a desayunar unos minutos antes que Betsy para leer por encima el periódico y poder estar después disponible para charlar. Su esposa era una conversadora fascinante, siempre con algo interesante que comentar, y él había arrinconado su hábito de leer el Times mientras desayunaba.
Era un hombre alto de pelo blanco, con una mirada enmarcada en unos párpados pesados y caídos que le daban un aire de arrogancia, pero en realidad era un hombre de lo más sencillo que saludaba sin afectación a basureros y a taxistas para sorpresa o escándalo de algunos de sus vecinos y amigos. No era nada tonto; sabía perfectamente que su bella esposa americana mantenía relaciones desde hacía mucho tiempo con Angelo Perino y que también se distraía ocasionalmente con otros. Le importaba, pero no lo suficiente para montar una escena que pudiera poner en peligro su matrimonio, del cual estaba orgulloso por un buen número de razones, entre las cuales estaba que había durado mucho más de lo que su escandalizada familia y amigos habían profetizado. Betsy cumplía con todos sus deberes conyugales y él hacía lo mismo y ninguno de los dos tenía la menor queja a ese aspecto.
—Hay algo de lo que me gustaría hablar contigo esta mañana.
—Nada de lo que preocuparse, espero.
—No. Me temo que hay razones para preocuparse. Van llegará aquí mañana. Esta es la segunda vez que viene desde sus vacaciones de Navidad y sé la razón. Es esa chica.
—¿Es algo de lo que debamos preocuparnos?
—Es un chico muy inocente, George. Ha ido directamente de un colegio público en Inglaterra a un internado en Francia y después a Estados Unidos donde se enamoró inmediatamente de Anna Perino. Se encontró a esta nueva amiga durante el intermedio en un teatro, y está absolutamente colado por ella. Quiere ir a visitarlo en Estados Unidos y como lo haga va a romper su relación con Anna y eso sería una auténtica tragedia.
—No hay mucho que uno pueda hacer en ese tipo de cuestiones —contestó George.
—Hay algo que puedes hacer. Ella dice llamarse lady Penelope Horrocks. Averigua quién es esta lady Penelope. Averigua todo lo que puedas sobre ella.
—No es exactamente mi especialidad.
—Alguien en la audiencia te podrá recomendar a un detective que pueda hacer averiguaciones. Necesito saberlo, George. Necesito saberlo cuanto antes.