El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 27 de 45

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El Corcel

Capítulo 25, 1987

venticinco

1987

 

Loren y Roberta habían ido a comer con Betsy a su nuevo domicilio, la casa en Grosvenor Square que Neville poseía en la ciudad. Era una casa estilo regencia y, aunque no era tan elegante como la casa a la que Betsy había renunciado en Regent’s Park, disponía de más espacio para los tres niños que todavía vivían en casa: John Hardeman, y Charlotte y George Neville. La madre del vizconde se había mudado a regañadientes, y solo después de enterarse de que los tres niños vendrían también a vivir con ellos, en vez de ir a un internado. Disgustada se llevó con ella la mayoría de los muebles, lo cual le pareció perfecto a Betsy, que siguiendo el consejo de Angelo (un secreto bien guardado) contrató a Marcus Lincicombe como decorador. Ella corrió con la mayoría de los gastos y juntos rebuscaron por todas las tiendas de Londres los muebles y objetos artísticos que convirtieron la casa en una referencia obligada en las revistas de decoración.

Betsy tenía ahora treinta y cinco años. Otro secreto, conocido solo por su marido y Angelo, era que después de ser madre de cinco hijos había decidido finalmente esterilizarse. No era ya aquella chica ligera y frívola de años atrás, pero tampoco se había convertido en una matrona. Seguía siendo extraordinariamente atractiva, con una belleza intemporal que prometía desafiar el paso del tiempo. No tenía la elegancia de la princesa Anne Alekhine, era demasiado vitalista para eso, pero la vizcondesa Neville había merecido que la presentaran a la reina a pesar de tener un hijo y una hija ilegítimos, y se desenvolvía con tal soltura que la prensa del corazón la había adoptado inmediatamente declarándola la nueva celebridad de la temporada.

El primer plato del almuerzo en familia consistía en sopa rusa de remolacha fría. El tercer whisky de Loren le hacía compañía cerca de su plato. Estaba con el típico humor de los Hardeman.

—¿Podrías jurarle a tu marido que sus hijos son realmente suyos y no son de Angelo Perino? —preguntó.

—¡Vete al diablo! —contestó Betsy—. ¿Puedes tú acaso jurar que soy hija tuya? Después de todo Anne tampoco es la hija de tu padre. A lo mejor Número Uno volvió a hacer una de las suyas. ¿Quién me asegura que tú eres mi padre?

Loren enrojeció de cólera.

—¡Maldita sea! Has ido demasiado lejos.

Roberta agitó las manos.

—¡Basta ya! ¡Los dos! Betsy… Loren. Por favor.

Betsy suspiró.

—En la familia Hardeman nadie sabe quién es quién. ¿Cómo puede cualquiera de nosotros estar seguro de algo? De lo único que estoy segura es de una cosa: tú tienes dos criaturas, padre, y las dos son de Angelo.

—¡Betsy! ¿Qué diablos…?

—Los dos XB Corceles que han hecho posible que la compañía sobreviva. Sin ellos…

—Nadie discute eso —interrumpió Roberta—, ya sabemos que ese hombre es genial diseñando automóviles.

—Ese hombre es solo un ladrón genial —saltó Loren—. Lo único que busca es robarnos todo lo que es nuestro. ¡Todo! ¿Es que sois incapaces de ver que ese Angelo Perino es solo un mafioso?

—Sin él no quedaría nada que robar —contestó Betsy tranquilamente—. Salvó en su momento a Número Uno y ahora te ha sacado a ti las castañas del fuego.

—Le estás dando demasiada importancia —dijo Roberta—, y tu padre se merece más reconocimiento del que le das.

—¿Por qué? —preguntó Betsy despreciativamente.

—Dices que no existiría la compañía si no fuera por el Corcel; pero tampoco hubiera habido un Corcel si no hubiera sido por tu padre. Angelo Perino es solo un ingeniero y sin un equipo directivo de reconocida capacidad no hubiéramos conseguido la financiación necesaria para fabricar los automóviles.

—Fue el nombre de Angelo Perino, encabezando el proyecto, lo que decidió a los bancos a financiarnos con esos cuatrocientos setenta y cinco millones de dólares — contestó Betsy.

—Porque se me adelantó —contestó Loren—, hubiese podido conseguir el dinero yo solo.

—¿Dónde?

—Mi amigo Herbert Froelich me lo hubiera proporcionado.

Betsy sonrió sacudiendo la cabeza condescendientemente.

—Habrías tenido que darle en garantía todas tus acciones además de las de la fundación y cuando Froelich te hubiera exigido el pago —antes de que el Corcel hubiera comenzado a dar beneficios— y no hubieras podido hacerlo, te habría ejecutado la garantía, quedándose con la empresa.

—¿Y qué crees que está planeando hacer Perino?

—Convertirse en el presidente ejecutivo de la compañía —contestó brutalmente.

—Por encima de mi cadáver.

—De esa forma o de cualquier otra.

—Tengo una sorpresa para ti, putita. Cuando venda…

Betsy asintió con la cabeza.

—Sí, ya lo sé: no habrá una compañía de la que apoderarse. Pero no estés tan seguro de que vas a poder venderla. Puede que no sea así.

—Claro que puedo —replicó Loren obstinadamente—, ya lo verás.

Angelo y Betsy estaban acostados, abrazados, en una cama grandiosa en una suite de un hotel en Tokio. Angelo había ido a Japón para hablar con Tadashi Komatsu y, con su habitual habilidad, Betsy se había enterado de su viaje y de dónde se hospedaba. De alguna manera había convencido a su marido de que tenía que ir a Detroit, donde él pensaba que se encontraba ahora, pero allí se había limitado a hacer un transbordo de aviones.

—Tenía que verte cuanto antes —dijo ella—. Va a hacerlo. Va a vender la compañía.

—Bueno, él es quien tiene el control —contestó Angelo tranquilamente.

—Eso es. Número Uno le dio a mi padre y a Anne hace años un diez por ciento a cada uno en acciones de la compañía. Mi padre perdió la mitad de su participación cuando mi madre se divorció de él. Después de la muerte de Número Uno heredó otro veinticinco por ciento, lo que le da ahora un treinta por ciento, pero ha donado posteriormente un cinco por ciento a Roberta y yo tengo un quince por ciento. Número Uno repartió un tres por ciento entre un grupo de empleados que le eran leales y además fundó la Fundación Hardeman, a la que dotó con un treinta y cinco por ciento. La fundación siempre vota de acuerdo con lo que dice mi padre y esos votos son los que le otorgan el control.

—Tú y Anne también sois miembros de la junta directiva de la fundación — puntualizó Angelo—, pero estáis en minoría.

—Randolph y Mueller son simples hombres de paja de mi padre. Además, también ha nombrado a Roberta como miembro de la junta. Número Uno hizo una tontería permitiendo que mi padre nombrara a Randolph y a Mueller miembros de la junta directiva. En sus últimos años no estuvo tan alerta como debía.

—Así que tú tienes un quince por ciento, Anne diez, Alicia cinco y yo tengo un dos.

—Solo nos faltan unos cuantos votos para estar en mayoría.

—Ese treinta y dos por ciento puede ser más importante de lo que te crees. He estado hablando con Paul Burger. Los accionistas minoritarios tienen sus derechos. Si yo fuera tú hablaría con él, puede que consigamos nombrar por lo menos a un consejero y puede que incluso dos.

—¿Qué diferencia habría con eso respecto de la situación actual?

—Bueno, voy a plantear a Loren una nueva propuesta; esa es la razón por la que he venido a Japón. Un coche nuevo y revolucionario para el siglo veintiuno.

Betsy le mordisqueó la nuca.

—¿Cuántas veces podemos estar juntos, mi amor? —susurró—. ¡Al diablo con los coches! Siempre podremos hablar de eso en cualquier restaurante de Londres delante de George. ¡Quiero hacer el amor! ¿Para qué he hecho si no todo este viaje hasta Japón? Tenemos dos noches… tres en el mejor de los casos antes de que tenga que volver a casa. ¡Dime que me amas, Angelo Perino! ¡Dímelo y te lo recompensaré! Dímelo, y la vizcondesa Neville, la amiga de la reina, te chupará la polla hasta que seas incapaz de correrte una vez más.

 

—Cuando hayamos devuelto todos los préstamos, Froelich volverá a la carga —le dijo Angelo a Bill Adams, en el Four Seasons, mientras se servían un plato de cangrejos.

—Lo que de verdad le interesa es esa planta ultramoderna que construiste, donde se fabrica el nuevo Corcel —contestó Bill—. Se la podría vender a… bueno, de hecho se la podría vender a cualquier compañía que quisiese. Es una obra maestra de ingeniería. Cualquiera de los tres grandes fabricantes de coches estaría interesado en comprarla, por no hablar de los japoneses o los alemanes; incluso los rusos, si pudiesen encontrar el dinero para hacerlo. En cualquier caso, el…

—Todo lo que Froelich tiene que hacer es dejar de fabricar coches —dijo Angelo —. Liquidar el Corcel.

Bill Adams cabeceó concordando.

—Podría conseguir solo por la nueva planta lo mismo que está ofreciendo por todas las acciones. Después puede continuar liquidando el resto de la empresa y eso ya sería beneficio limpio.

—Betsy dice que Loren va a vender sus acciones. La fundación también lo hará, porque esos consejeros son sus marionetas. Eso significa cien millones de dólares para la fundación en dinero contante y sonante que es mejor que…

—Esa es la clave —dijo Bill.

—¿Clave?

—Dinero contante. Supón que Froelich & Green no pueden reunir suficiente efectivo para comprar las acciones de la Fundación Hardeman y las de Loren. Tendrán que ofrecer otra cosa: acciones de Froelich & Green, obligaciones, bonos, lo que sea. Loren Hardeman puede ser lo suficientemente estúpido para aceptar lo que le ofrezcan, pero la fundación está sujeta a las leyes de Michigan y estas establecen unas normas sobre la clase de bonos que una fundación caritativa puede incluir en su cartera. Los bonos basura que les ofrezcan Froelich & Green, tenlo por seguro, no van a reunir las condiciones necesarias para poder ser aceptados.

—¿Qué quieres decir?, ¿y si son capaces de reunir el dinero? —preguntó Angelo —, me imagino que tienen el músculo financiero para hacerlo. Han llevado a cabo anteriormente varias Opas con éxito.

Bill Adams sonrió.

—Lo dudo mucho —contestó—. Hoy en día, no gozan de muy buena reputación en el mercado.

 

Angelo descargó a Keijo Shigeto de todas las responsabilidades relacionadas con el Corcel. Convencido de que su socio japonés era un auténtico genio en ingeniería quería que se dedicara exclusivamente a su nuevo proyecto.

Estaban todos reunidos en el cuarto de estar de los Perino: Angelo, Cindy, Keijo y Toshiko. Ya se había abandonado la idea de que Keijo estaba en préstamo temporal con Angelo. La familia llevaba cinco años en Estados Unidos y ninguno de ellos expresaba el menor deseo de volver a Japón, excepto para visitar a sus respectivas familias.

Numerosos fabricantes de aviones utilizaban la resina de epoxy para fabricar las alas y los fuselajes. Shizoka les había renovado recientemente su licencia y CINDY S.A. estaba produciendo buenos ingresos y sustanciales beneficios. De hecho Tadashi Komatsu había reconocido las mejoras introducidas en el proceso de fabricación y el nuevo contrato constituía más un contrato de asociación que una concesión de licencia. Shizoka estaba convencido de que la resina de epoxy, debido a sus grandes ventajas, acabaría siendo empleada de forma generalizada en la manufactura de carrocerías y su utilización con pleno éxito en el Gran Corcel habría servido para reafirmar su viabilidad.

Los cuatro habían estado charlando sobre ese tema mientras tomaban unos Martinis antes de la cena. Angelo, sonriendo, comentó:

—Claro, pero ese no es el gran cambio que está en el horizonte. Ese cambio tiene que ser mucho más radical.

Keijo asintió con un cabeceo.

—El coche eléctrico —dictaminó.

—He leído dos artículos en las últimas semanas diciendo que no era posible. Incluso iban más allá y afirmaban que nunca sería posible —dijo Angelo—. Bueno, pues ¡maldita sea!, yo estoy convencido de que es posible y lo que es más, tiene que hacerse. No podemos continuar quemando eternamente combustibles fósiles; incluso si no se acabaran nunca —que lo harán más tarde o más temprano—, son ineficientes, caros y contaminantes.

—¿Has visto esa caricatura que muestra un coche arrastrando un remolque lleno de baterías? —preguntó Cindy.

—Baterías químicas con celdas de plomo llenas de ácido —contestó Angelo—. Pero la nueva tecnología supondrá una revolución tan grande como la que en su día fueron los ordenadores y los procesadores de texto respecto de la vieja máquina de escribir.

—Mayor todavía —añadió Keijo—, como el jet en relación al barco de vela.

—Energía enlatada —dijo Toshiko con una gran sonrisa.

—Es una posibilidad —contestó Angelo.

—¿Cómo vas a conseguir utilizar hidrógeno como combustible en los automóviles? —preguntó Cindy—. Es muy peligroso; se puede producir una explosión, como la que destrozó al dirigible Hindenburg. ¿Y cómo se va a manipular en las estaciones de servicio?

—Los experimentos que tienen más éxito en este momento —contestó Angelo— calientan metanol hasta que se disgrega en dióxido de carbono e hidrógeno. El hidrógeno pasa a un contenedor y el C0 se libera en el aire. Un contenedor, lo 2 suficientemente pequeño como para caber debajo del capó de un coche, puede producir unos ochenta caballos de potencia. Desde luego, hay algunos inconvenientes, como por ejemplo su coste.

—Hay otras alternativas —añadió Keijo—: la batería que se recarga mediante un volante, que gira como una peonza dentro de un campo magnético, es otra de las posibilidades prometedoras.

—¿Realmente piensas que XB Motors sacará algún día un coche eléctrico? — preguntó Cindy—. Loren…

—Al diablo con Loren —repuso Angelo—, vamos a construir ese coche con o sin él.

—La diferencia —hizo notar Cindy— es que con él tenéis una importante capacidad de producción y sin él lo único que tendréis será una pequeña compañía que construye coches experimentales en un garaje.

—De una forma parecida a la que emplearon en sus inicios Apple y Microsoft — dijo Keijo con una sonrisa grave y mesurada.

 

—Es un chico muy guapo —dijo Amanda hablando bajo y señalando con un movimiento de la cabeza a John, que posaba desnudo sobre la plataforma.

—Creo que ha dejado de ser virgen —contestó Cindy hablando también en un susurro.

—¡Con catorce años!

—Si vosotras dos vais a estar hablando de mí todo el tiempo, no creo que vaya a poder continuar con esto —dijo John.

—Lo siento, John —contestó Cindy alejándose de Amanda y del caballete para sentarse en el sofá del estudio.

—¿Estás absolutamente seguro de que lo quieres hacer? —le preguntó Amanda mientras continuaba bocetándole al carboncillo sobre una tela—. No quiero que nadie pose para mí a menos de que esté absolutamente seguro.

—Es una tradición familiar —contestó John con una sonrisa divertida.

—Ya lo hemos hablado entre nosotros —intervino Cindy—. No quiero que pienses que lo he presionado para que lo haga.

—Me apuesto a que soy el único chico de mi clase al que van a pintar de esta manera —dijo John—. No lo haría si no fueras una artista de talento y con renombre. Me gustaron los retratos que pintaste de mi madre y el que le hiciste a mi padre.