El Corcel

Harold Robbins · Capítulo 2 de 45

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El Corcel

Capítulo 1, 1972

uno

1972

 

El doctor John Perino, padre de Angelo, levantó su vaso de vino tinto y recorrió con la mirada la mesa presidida por una enorme fuente llena de pasta. El resto de los comensales, Jenny Perino, la madre de Angelo, Angelo y Cindy Morris siguieron su ejemplo y levantaron los suyos.

—Por un futuro mejor para vosotros dos, Cindy y Angelo —dijo el doctor—. Doy gracias al Señor de que el viejo te despidiera. Ya has perdido demasiado tiempo con los Hardeman. No hay nada que pueda redimir a esa familia. El nieto, Loren Tercero, es igual de ruin que su abuelo; ese al que llaman Número Uno.

—Es mucho peor —contestó Angelo y se unió a los otros dando un trago a su copa de vino. Tuvo que beber utilizando la comisura derecha de su boca, porque la zona izquierda de su mandíbula estaba todavía sujeta con grapas y los labios en esa parte estaban tremendamente hinchados.

—Otro brindis, por favor —dijo Cindy suavemente—. Por vosotros, padre y madre. Me atrevo a llamaros así, porque Angelo y yo, esta tarde, hemos decidido casamos.

Jenny Perino apuró su copa, mientras empezaron a asomar lágrimas en sus ojos que se deslizaron por sus mejillas, y continuó sirviendo la comida. Todos los presentes sabían que solo sería más feliz si su futura nuera fuera católica, pero también sabían que había aprendido a valorar y a querer a Cindy y estaba muy contenta de que su hijo hubiese encontrado una chica tan buena.

Siguiendo la tradición familiar, llenó cada plato con más cantidad de la que cualquiera de ellos podía comer. Además de la pasta casera cubierta con una espesa salsa de carne, sirvió como guarnición una ensalada aliñada con aceite y vinagre, mientras un plato lleno de pan de ajo circulaba de mano en mano.

—Será una gran boda —anunció Jenny.

—Queremos celebrarla cuanto antes —dijo Angelo con delicadeza—. Nos vamos a Europa. Voy a hacer otra visita al doctor Hans para que me arregle los huesos rotos e intente reconstruirme la cara como la tenía antes. Quiero decir como antes de la primera operación plástica.

Hacía unos tres años, Número Uno había insistido en que Angelo fuera a Suiza, a la consulta del doctor Hans, a que le eliminaran las cicatrices que le habían dejado las quemaduras sufridas en el accidente del Gran Premio de Sebring. Pero el cirujano se había excedido, y no se limitó a arreglarle la cara, sino que, además, lo había rejuvenecido. Entonces Angelo se lo tomó a broma y dijo que pocos hombres tenían la oportunidad de modificar su cara y menos aún de estrenar otra: y en verdad era una segunda cara, porque tenía un aspecto de veinticinco años cuando, en realidad, pasaba de los cuarenta. Ahora, después de la paliza, volvía a tener un aspecto grotesco. Tenía que regresar a la clínica del doctor Hans, pero esta vez le iba a pedir que lo recompusiera como el hombre maduro que realmente era.

—Ha habido un montón de cambios este año —observó el doctor Perino—. Estoy seguro de que todos ellos serán para mejor.

—Alguno quizá no te vaya a gustar del todo —contestó Angelo—. Hemos decidido que no vamos a continuar viviendo en Detroit. Cindy y yo hemos hablado sobre eso esta tarde en el hotel y queremos irnos a vivir a otro sitio.

—¿Os podremos visitar con frecuencia? —preguntó su madre.

—Nosotros seremos quienes lo hagamos —contestó Cindy—, tanto que estaréis cansados de vernos.

—¿Queréis tener hijos? —preguntó Jenny con una sonrisa que se hizo más amplia al terminar la pregunta.

—Por lo menos seis o siete.

—¿Por qué no te gusta Detroit?

—Es sucio y peligroso —dijo Angelo.

—Eso cambiará —contestó el doctor—. A medida que la gente de color adquiera mayores cuotas de poder y esta se convierta en su ciudad, querrán mejorarla. Como hasta ahora no la sentían como algo propio, no les importaba lo que pasara con ella. Sin embargo, ahora…

—Hay un par de razones más —dijo Cindy—. La primera es… bueno, siento que sea tu ciudad, pero cuando ya se ha vivido en una ciudad de provincias, ya las conoces todas. Quiero vivir en Nueva York.

—¿Y la otra razón? —preguntó Jenny—. Dijiste que tenías dos.

Cindy sonrió maliciosamente.

—Si nos quedamos aquí no tendríamos más remedio que ser sociables con esos horrendos nuevos ricos como los Hardeman y los Ford y eso sería difícil de aguantar. ¡Líbreme Dios! Tener que ir a una fiesta y verme obligada a bailar con ese borracho patoso de Henry Ford Segundo que es peor que un pulpo. Creo que vomitaría.

—Ya lo veis: nos marchamos. ¿Creéis que soy capaz de convencerla de lo contrario? —dijo Angelo con una sonrisa.

—No podrías —contestó su madre—, y tampoco deberías intentarlo. ¿Te acuerdas todavía de tu abuelo Angelo?

—Sí, desde luego.

—Es una pena que no fueras a Sicilia a visitarlo. Ahora no podrás hacerlo hasta que te reúnas con él en el cielo, pero quizá podrías ir a Sicilia y ver…

—No, mamá —interrumpió el doctor Perino—. Quizá algún día Cindy conocerá al tío Jake, pero ir a Sicilia… ¡No! Nuestra familia no mantendrá más esa conexión.

—Mi abuelo fue deportado a Sicilia —explicó Angelo—. Se decía que era un don de la mafia.

—Mi bisabuelo Morris fue un famoso tiburón financiero —contestó Cindy sonriendo—. ¿Cómo si no iba a tener tanto dinero? Raras veces se consigue trabajando.

—Tienes una filosofía de la vida algo cínica —dijo Angelo restándole importancia.

—Olvidemos las cuestiones filosóficas —observó Jenny Perino—. Ha llegado el momento de que te centres en lo que es verdaderamente importante. Tienes una buena educación, pero te has dedicado a la competición automovilística y casi te matas. Has querido diseñar coches, te has metido en una pelea para ayudar a un viejo a recobrar el control de su empresa, y lo único que has sacado de todo eso ha sido una paliza que te ha dejado medio muerto. Ahora que ya ha terminado todo, mantente alejado de ellos. ¡Cásate con esta chica adorable! Crea una familia con Cindy, Angelo. Eso es lo importante.

 

—¡Dios mío! —exclamó Betsy Van Ludwige mirando la cara de Angelo en su apartamento de Ámsterdam—. Realmente te han dado una buena paliza.

—Había en juego pasiones muy crudas, señorita Elizabeth —contestó recostándose en el sofá, con un brazo alrededor de la cintura de Cindy, que estaba sentada junto a él.

—Si me llamas señorita Elizabeth una vez más, voy a tirarte lo primero que tenga a mano. Proyectaste un coche que llevaba mi nombre, el Betsy, así que ¿por qué no me llamas Betsy?

—No lo sé, siempre pienso en Betsy como el nombre de un coche.

—Es mi nombre, Angelo… por favor. Bueno, ¿y… qué hay de Suiza?

Cindy contestó a la pregunta.

—El doctor Perino dice que tiene que estar bien cicatrizada la cara antes de que los cirujanos plásticos puedan volver a intervenir. Hemos pasado un mes en Londres y nos quedaremos dos semanas en Ámsterdam, después pasaremos una temporada en la Riviera y finalmente… la operación.

—Espero que todo salga bien —dijo Max Van Ludwige.

Betsy y Max no habían querido casarse, pero los Hardeman, especialmente Número Uno, habían insistido en que el bebé debía llevar el apellido de su padre. Todo el mundo, excepto Betsy, cuyas opiniones no contaban mucho, había decidido que lo mejor era que la mujer de Max se divorciara en seguida para que él pudiera casarse con Betsy y legitimar al niño. Más tarde se divorciarían y él podría volver a casarse con su primera mujer. El dinero sirvió para sellar el acuerdo.

Conociendo la historia, Angelo se quedó sorprendido al comprobar que Max era, a pesar de todo, un tipo bastante decente. El niño era suyo y había decidido hacer lo que era correcto. Su primera mujer se quedó en la casa familiar, y él y Betsy compartían un agradable apartamento en el cuarto piso de un edificio del siglo XVII, a orillas de un canal.

Observando a Max, tan bien situado, con una belleza de veintiún años como Betsy, Cindy se preguntó si la última condición del acuerdo llegaría a llevarse a cabo.

Conocía lo suficiente a Betsy para saber que le gustaba vivir con clase en cualquier lugar o en cualquier circunstancia, y eso se reflejaba en el apartamento. Las paredes blancas estaban decoradas con cuadros de pintores holandeses; nada de Rembrandts o de Vermeers, nada tan espectacular, pero pintores pertenecientes a sus escuelas, con trescientos años de antigüedad. Su casa era pura fragancia gracias al aroma de flores repartidas por infinidad de vasos y jarrones.

Hicieron la visita de rigor al cuarto del bebé para conocer a Loren Van Ludwige, que tenía unos dos meses, y a quien Betsy llamaba ya Loren Cuarto. El niño estaba a cargo de una niñera inglesa. Después de contemplar al bebé, volvieron al salón para tomar unas copas y comer un poco de queso holandés.

—Espero que os guste el restaurante donde he reservado una mesa para esta noche —dijo Max—. La comida holandesa es muy buena y si no conocéis un rijsttafel esta es una buena oportunidad.

 

El rijsttafel era un restaurante balinés donde se cocinaban cerca de cien platos diferentes. Colocaron una enorme fuente de arroz en la mesa y, después de haberse servido cada uno un poco, lo completaron con aquello que más les apetecía de una gran variedad de cien pequeñas fuentes con carnes variadas, verduras, platos calientes y fríos, y frutas que les ofrecían desde carritos ambulantes.

Era la primera vez que Angelo probaba ese tipo de comida y estaba encantado. Siguiendo la recomendación de Max, pidieron unas copas de ginebra holandesa y después una botella de Burgundy y otra de Chablis.

—¿Qué es lo que piensas hacer, ahora que has dejado de estar bajo el conjuro de los Hardeman? —le preguntó Betsy a Angelo.

—Bueno, tengo varias opciones —contestó—. Para empezar, las acciones que poseo de Bethlehem Motors valen unos seis millones. Puede que las venda.

—Por favor, no lo hagas —dijo Betsy sin rodeos—, aunque, si estás decidido a hacerlo, véndemelas a mí. Ya sacaré el dinero de algún lugar. Tú solo pagaste un millón por ellas.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Angelo secamente.

—A mi padre casi le da un síncope cuando se enteró. Número Uno nunca había vendido antes acciones fuera del círculo familiar.

—Bueno, resultó que necesitaba fondos para financiar el proyecto del Betsy y tu padre intentó ahogar la idea negándole el acceso a los fondos de la empresa. Eso fue antes de que Número Uno decidiera pisar a fondo el pedal del freno y hacerse de nuevo con el control de la compañía.

—¿Y cuáles son tus otras opciones? —preguntó Max, obviamente ansioso por desviar la conversación en otra dirección.

—Podría irme a trabajar con la competencia —contestó Angelo—. He tenido algunas ofertas.

—A pesar de todo lo ocurrido, no me lo puedo imaginar —dijo Betsy.

—Pero tendríamos que ir a vivir a Detroit y eso es algo que ya hemos descartado —intervino Cindy.

—No tenemos que tomar una decisión inmediatamente —contestó Angelo—. No vamos a regresar a Estados Unidos hasta que me hayan operado y esté totalmente recuperado.

—Ya que estáis pensando quedaros una buena temporada por Europa, no dejéis de visitarnos otra vez antes de iros —dijo Max.

—A lo mejor para entonces Max y yo ya no estemos viviendo juntos —comentó Betsy—. Me parece que vamos a cumplir nuestro acuerdo dentro de poco.

—Bueno, pero eso no será antes de dos o tres meses, supongo —dijo Max.

—Imagino que no —concedió Betsy—. Pero, desde luego, antes de que vuelvas a dejarme otra vez embarazada.

—¿Vosotros?… —Angelo sonrió—. Perdonad, no tenía que haberlo preguntado.

—Mejor con Max, que con cualquier otro —contestó Betsy—. No voy a pasarme sin ello.

Cuando abandonaron el restaurante, Cindy dijo que quería conocer el famoso barrio chino de Ámsterdam. Estaba lo suficientemente cerca como para ir dando un paseo y Max los llevó a visitarlo. El barrio se extendía entre dos calles paralelas: la Voorburg y la Achterburwal. La mayoría de las chicas se paseaban por las calles o estaban apoyadas en el quicio de los portales, cubiertas solamente por una gabardina, otras se sentaban detrás de unas cristaleras, como si estuvieran en un escaparate, mostrando desnudas distintas partes de su cuerpo. Todo el negocio transcurría con un sorprendente decoro.

—Una de cada cuatro o cinco personas es un policía de paisano —explicó Max— y aplican la ley de una manera estricta. La chica no puede iniciar el contacto ni de palabra ni con un gesto. Es el hombre quien debe empezar la conversación. Pero estoy seguro de que si le preguntas a una ¿qué hora es?, te responde cincuenta florines.

Como eran dos parejas, nadie les prestó la más mínima atención. Era evidente que eran turistas visitando la calle como tantos otros a esa hora.

Mientras paseaban por el barrio comenzó a lloviznar. Las chicas que andaban por la calle abrieron sus paraguas o se cubrieron con sombreros impermeables que sacaron de sus bolsillos, pero ninguna de ellas abandonó su puesto.

Max se emparejó con Cindy mientras Angelo lo hacía con Betsy, que empezó a caminar deliberadamente despacio para distanciarse de la otra pareja.

—Pensaba que me habrías esperado.

—¿Esperado?

—El pequeño Loren tenía que haber sido hijo tuyo.

—Betsy… —Angelo dudó antes de continuar—, la familia Hardeman en pleno se hubiera subido por las paredes.

—Si te importara todo eso tanto como a mí…

—Será mejor que empiece a importarte. Tu abuelo, Número Uno, es capaz de…

Al verlo dudar ella terminó la frase.

—De asesinarte. Pero sería mi padre quien de verdad se hubiera enfadado. En más de una ocasión le escuché decir que no eras más que el nieto del contrabandista de whisky que abasteció a Número Uno durante la prohibición. No se ha dado cuenta de que los Hardeman también somos unos nuevos ricos. Número Uno, al fin y al cabo, empezó en un taller de bicicletas y construyó su primer coche de la misma manera que Henry Ford. No eran más que buenos mecánicos y nada más. No sé de dónde saca mi padre esos aires de que es mejor que el nieto del hombre que le vendía la bebida a Número Uno. Por cierto, ¿es verdad esa historia?

—Sí. Mi abuelo era proveedor del tuyo. Eso sí: solo licor de primera. Número Uno siempre tuvo su trago durante todos esos años.

—Eso es lo que más odia de todo lo que le ha sucedido —comentó Betsy—; no poder continuar bebiendo su whisky canadiense favorito.

—Lo comprendo perfectamente.

Ella le cogió una mano.

—¿Es verdad que te has casado? ¿Es cierto? ¿Está embarazada?

—No, todavía no. Por lo menos eso creemos.

Betsy movió su mano y después la soltó.

—Angelo Perino, voy a tener un hijo tuyo. Acabo de decidirlo. Solo espera y verás.

—Lo que Betsy quiere, lo consigue —canturreó Angelo con la melodía de Malditos Yankees.

—Y la pequeña Betsy te quiere a ti.

—Dicho con la frase favorita de Franklin Delano Roosevelt, «primero tendrás que consultarlo con mi mujer» —contestó riéndose.

 

Esta fue su tercera cara. La primera, aquella con la que había crecido, acabó quemada y desfigurada en la pista de carreras. Nunca le gustó la que le quedó como resultado de la operación que le había realizado el doctor Hans y que habían destrozado aquellos matones en un callejón de Detroit. Aquella cara siempre le había parecido falsa, demasiado juvenil para un hombre de su edad. Ahora lucía su tercera cara; la segunda reconstrucción que se hacía en menos de tres años.

Cindy insistió en que quería estar presente cuando le quitaran las vendas, a pesar de que el doctor Hans le había advertido que su aspecto no sería muy bueno durante los primeros días. Al verlo contuvo el aliento.

—Parece como si estuviese quemado por el sol.

—Sí —contestó el cirujano con tranquilidad—, está rojo e hinchado, ya se lo habíamos advertido, pero dentro de una semana…

En una semana era una tercera persona. No era la misma cara de antes del accidente, puesto que reconstruirla era algo imposible para los cirujanos, pero tampoco era esa cara falsa de joven que había tenido que lucir durante los últimos años. No le habían devuelto su nariz aguileña, continuaba siendo recta, teutónica, siguiendo el canon de belleza del doctor Hans. Los huesos destrozados de sus mejillas se los habían recompuesto con injertos extraídos de su pelvis. Otro implante de la misma zona remplazaba un trozo de la barbilla que destrozaron los matones cuando lo apalearon. Sin duda, lo mejor de su nueva cara era que la gente ya no se volvía a mirarlo cuando pasaba.

—Me gusta —dictaminó Cindy.

Eso, para Angelo, era lo más importante.

 

En Londres, en Ámsterdam o en la Riviera, solo aceptaron una llamada telefónica que no fuera de un miembro directo de sus respectivas familias. El presidente Nixon llamó a su hospital en Suiza para felicitarlos por su matrimonio y enviarles sus mejores deseos. Discretamente insinuó que una persona como Angelo quizá estuviese interesado en un cargo en el gobierno y le pidió que lo llamara cuando estuviera totalmente recuperado.

Más adelante, durante las semanas que pasaron en el hospital, Angelo y Cindy se ocuparon de la correspondencia y aceptaron otras llamadas telefónicas. Lee Iacocca los llamó para expresar sus condolencias por la paliza, deseando que se recobrara pronto y sugiriéndole que lo llamara tan pronto como volviera a casa. Henry Ford Tercero envió flores al hospital con una nota pidiéndole que lo llamara cuando volviera a Detroit. Las flores de Ford llegaron el mismo día que un telegrama de Bunkie Knudsen, su segundo, aconsejándole que no se le ocurriera acercarse a Ford. Ed Cole, de General Motors, telefoneó para sugerir un encuentro y, con gran sorpresa de Angelo, también recibió un telegrama de Soichiro Honda.

Pero, de todas las llamadas, la que tuvo mayor interés fue la de Robert McNamara, del Banco Mundial, quien le ofreció a Angelo la posibilidad de trabajar como consultor en el campo de la ingeniería y diseño de automóviles. En el mundo financiero siempre se pedían análisis y opiniones a personas expertas como él; gente capacitada para ofrecer una información sólida y unos consejos bien fundados sobre el presente y el futuro de la industria y de las compañías del sector. Era una invitación en toda regla para trabajar como analista. El tipo de ocupación abierta y desdibujada que a los dos les atraía, así que Cindy y Angelo decidieron estudiar cuidadosamente la propuesta.

De vuelta en Estados Unidos fueron a Detroit e hicieron las visitas obligadas. Los Perino se declararon satisfechos con la nueva cara de Angelo y le agradecieron al doctor Hans su trabajo. «¡Quiera Dios que no tenga que volver a operarte!», dijo Jenny. Almorzaron con Lee Iacocca, cenaron con Bunkie Knudsen y fueron a un cóctel con Ed Cole y todos ellos aplaudieron los planes de Angelo de comenzar una carrera como analista, en lugar de unirse a una empresa de la competencia para diseñar nuevos coches.

—He oído que estáis a punto de sacar un nuevo modelo que podría ser una auténtica bomba —le comentó Angelo a Iacocca—. ¿Cómo vais a llamarlo? ¿Mustang?

—Vas a ser un excelente analista —contestó Iacocca con ironía—. Se supone que nadie debería saber su nombre.

—¿Y qué crees que te va a reportar todo eso? —dijo Angelo—. No pensarás que Hank Ford te lo va a agradecer y te dará un sillón vitalicio.

Iacocca se encogió de hombros.

—Ya sabes cómo son las cosas —terció Cindy—, si el coche resulta un éxito se convencerá a sí mismo de que fue idea suya, y si no lo es habrá sido tuya. Estoy segura de que en este momento, Loren Hardeman Primero está absolutamente convencido de que a él nunca se le pasó por la cabeza construir el Betsy y Loren Tercero no tiene la menor duda de que fue Angelo, él solo, quien impulsó ese proyecto.

—Yo no tengo una visión tan descarnada de las cosas como tú, Cindy.

Ella apoyó la mano en su brazo y sonrió.

—Lee, si dentro de cinco años volvemos a comer juntos aquí… ya veremos. Seguro que no continúas en Ford.

—Y tú, señora de Perino, te habrás convertido en la esposa del presidente de Bethlehem Motors.

En Nueva York se alojaron temporalmente en una suite del Waldorf hasta que el apartamento que habían comprado en Manhattan estuvo preparado.

Una tarde, Cindy entró en el cuarto de baño y se encontró a Angelo, recién salido de la ducha, de pie frente al espejo, examinando su cara.

—¿Sabes lo que les sucede a los hombres que se pasan demasiado tiempo mirándose al espejo? —le preguntó—. Que se distraen de lo que es realmente importante. —Y rodeándolo con sus brazos por la espalda, le cogió el pene con las dos manos.

—Bueno… —contestó—, esa no es una parte que cuente mucho para hacer negocios.

—Pero es importante para follar —contestó ella—, y debo decir que ha pasado la prueba con honores.

—¿Qué?

—El médico me ha dicho que estoy embarazada.

—¡Cindy!

—Bueno, no te hagas el sorprendido. ¿Qué creías que iba a pasar cuando dejé de tomar la píldora y continuamos haciendo el amor?

Angelo se volvió y la abrazó cuidadosamente, de esa manera delicada que un marido emplea cuando se entera de que su mujer está embarazada.

Ella lo abrazó a su vez con fuerza.

—¡Hey! No me voy a romper, ni tampoco nuestro hijo. Cuando llegue el momento de dejar de hacerlo ya te lo diré, pero ahora lo necesito.

Angelo sonrió.

—¡Como siempre!