El Corcel
Capítulo 6, 1975
seis
1975
La galería VKP estaba situada en Park Avenue, unas cuantas manzanas al norte del Waldorf. Un lunes por la noche del mes de abril, Cindy y Dietz inauguraron la exposición individual de Amanda Finch, una joven artista que Cindy había descubierto a través de una compañera de universidad.
Amanda nunca había sido miembro de su hermandad de estudiantes pero sí lo era su amiga Mary Wilkerson. Mary, que vivía en Greenwich, se había matriculado en unas clases de arte en el Silvermine Guild, donde Amanda trabajaba como modelo para las clases de dibujo, pintura y escultura. Las dos mujeres se habían conocido cuando Amanda se paseaba entre los atriles para ver cómo la estaban retratando los estudiantes. Cuando le hizo un par de sugerencias sobre su cuadro, Mary se había enterado de que Amanda era pintora y que posaba como modelo porque era una buena manera de ganarse la vida de una forma poco exigente. Este trabajo le dejaba libre gran parte de su tiempo y de sus energías para dedicarlas a la pintura. Mary había visto algunos cuadros de Amanda y había invitado inmediatamente a Cindy para que viniese a Connecticut a echarles un vistazo.
El trabajo de Amanda Finch encajaba dentro de la línea de realismo que la galería VKP quería promover. Su técnica prestaba una meticulosa atención al detalle de tal manera que, a distancia, sus cuadros podían confundirse con fotografías de gran resolución. Los estambres y pistilos de sus flores estaban meticulosamente reproducidos, igual que las venas y las estrías de sus pétalos. Sus retratos tenían reminiscencias de la escuela de Rembrandt por su exactitud y la manera casi fotográfica con la que reproducían exactamente los diferentes tonos de color de la piel, incluyendo sus manchas y cicatrices. Las cejas y las pestañas parecía que habían sido pintadas pelo a pelo.
Lo que más impresionaba de su trabajo eran sus desnudos. Como no podía pagar un modelo durante las muchas horas que exigía su técnica tan extremadamente realista, ella misma se había convertido en su propio modelo utilizando un espejo de cuerpo entero para poder retratarse. En dos de sus cuadros posaba de pie. En el tercero se sentaba en un taburete con los pies enganchados por el empeine a sus patas delanteras. La pose abría sus piernas y revelaba sus partes íntimas reproducidas con la misma exquisita atención al detalle que sus otras pinturas de estambres y pistilos.
Estaba claro para todos los invitados a la exposición que esa mujer tímida, vestida con una falda sastre gris y una blusa de seda blanca —ropas a las que era evidente que no estaba acostumbrada— no solo era la artista sino también la modelo. Su retrato, abierta de piernas, se vendió en la primera noche de la exposición por 7500 dólares.
Angelo solo la conoció el segundo día de la exposición. Había vuelto demasiado tarde de Chicago para poder asistir a la inauguración. Era una mujer atractiva pero no un modelo de belleza. Ella, por su parte, dejaba bien claro con su aspecto que tenía mejores cosas que hacer y de qué preocuparse. Llevaba su pelo castaño con una melena descuidada y sus cejas pobladas cobijaban unos miopes ojos marrones que se asomaban desde unas gafas doradas de montura metálica meticulosamente reproducidas en todos sus autorretratos. La boca era amplia, los labios finos. Su figura, como mostraban sus cuadros, no era nada especial. Además de sus ojos, que parecía que flotaban detrás de los espesos cristales, lo único que llamaba la atención eran sus manos desmesuradamente grandes, demasiado grandes para su cuerpo; como las manos del David de Miguel Ángel.
—Tengo una deuda con la señora Perino que nunca podré pagarle —le dijo a Angelo—. Esta exposición es lo que siempre he soñado. Si muriera esta noche lo haría feliz, sentiría que mi vida había merecido la pena.
Cindy escuchó lo que Amanda decía y se acercó para darle un abrazo.
—¿Quieres aceptar mil quinientos dólares por el cuadro de las violetas? —le preguntó—. Y creo que vamos a conseguir otros tres mil por los gladiolos.
—¡Madre mía!
—Tenemos una oferta para uno de los desnudos, pero no la he aceptado todavía.
—¡Madre mía!
—Ya puedes irte preparando para pasar los próximos seis meses desnuda, enfrente del espejo —dijo Cindy con una sonrisa.
Cindy estaba embarazada otra vez y, aunque su estado no era avanzado, se hacía evidente cuando estaba desnuda.
—Si no fuera por tu estado, le encargaría un retrato tuyo —dijo Angelo.
—Es un estado precioso —contestó Amanda con sencillez.
Angelo se quedó mirando a Cindy durante un momento.
—Lo colgaríamos en una de las habitaciones privadas en el piso —dijo Angelo—. No aquí.
Quedaron de acuerdo para que a principios de julio, Amanda se trasladara al apartamento de los Perino. Cindy posaba durante una hora y después Amanda pintaba otras seis. El resultado fue un retrato que, para Angelo, era la obra más hermosa que jamás había visto. De pie, de perfil para dramatizar la curva de su barriga distendida, Cindy posaba serenamente orgullosa. Su mirada se posaba sobre su gravidez como si pudiese ver la vida que anidaba dentro de ella. Una mano descansaba cerca del ombligo y la otra reposaba sobre su cadera. Durante aquellos días de verano su piel había brillado tenuemente, húmeda por la transpiración, y Amanda había capturado también eso como había hecho con todos y cada uno de los detalles del cuerpo de Cindy, con esa técnica consumada del artista, sin caer nunca en la del mero ilustrador.
Colgaron el retrato, como habían pensado, en su dormitorio pero invitaron a unos pocos amigos íntimos a verlo, entre los que se encontraban Dietz y Mary Wilkerson.
Angelo pagó quince mil dólares por el cuadro y encargó otro retrato suyo tan pronto como pudiera encontrar tiempo para posar.
Número Uno, aunque lo tenía prohibido por los médicos, dio otro trago a su vaso de Canadian Club. Estaba sentado en su silla de ruedas en la terraza con la mirada perdida en el Atlántico. Loren Tercero estaba a su lado en una tumbona y Roberta, ahora la señora Hardeman, descansaba en un sillón de madera, entre cojines de motivos florales, con un whisky escocés en una mano y un Chesterfield en la otra.
—Las acciones cerraron ayer a dieciocho por ciento —dijo Número Uno—. Hace dos años cotizaban a sesenta. Hoy somos más pobres que ayer.
—Es la economía —contestó Loren—. Se salieron con la suya y echaron a Nixon de la presidencia.
—A duras penas conseguimos mantener una cuota del dos por ciento en el mercado del automóvil —continuó Número Uno—, y la línea de neveras tampoco funciona muy bien, a pesar de haber contratado a esa tía tan cara para abrir y cerrar la puerta en esos anuncios de la televisión.
—El precio del plástico ha subido —contestó Loren.
—Ha subido lo mismo para todo el mundo —repuso Número Uno.
—Sí, pero aprietan más a las compañías pequeñas —intervino Roberta—. Siempre pasa lo mismo. Es una regla de economía elemental: General Motors y General Electric pueden conseguir economías de escala que nosotros no podemos. Así son las cosas.
A Número Uno no se le escapó el nosotros y enarcó las cejas.
—Yo fui capaz de competir eficientemente durante muchos años —contestó—. ¿Cómo explicas eso?
—Construiste el automóvil que la gente quería comprar —contestó Roberta—. Como lo hicieron Studebaker, Hudson, Packard o Nash. Todo el mundo podía comprar un Ford o un Chevrolet, pero algunos preferían un Sundancer. El diseño de la parte delantera y trasera del Studebaker era muy peculiar, pero sin embargo le gustaba a mucha gente. Era diferente, lo mismo que el Sundancer.
—Sí, y conseguimos sobrevivir —dijo Número Uno—. Hoy no se puede comprar un Studebaker pero sí un Sundancer.
—Pero perdemos dinero con cada coche que vendemos —contestó Loren.
—Más perdemos con tus malditas neveras. No vuelvas a repetirme eso de que tenemos que dejar de fabricar coches. ¡No lo voy a hacer!
—La compañía irá a la quiebra —observó Loren tristemente.
Número Uno miró a Roberta.
—No, no lo hará —dijo ella—. Entre vosotros dos hay suficiente ingenio como para vender hielo a los esquimales. —Y se inclinó, acercándose a Loren para darle unas palmadas en el hombro—. Tengo una enorme confianza en la capacidad de este caballero, señor Hardeman.
Número Uno se quitó el sombrero unos momentos para abanicarse la calva con él.
—Hijo —dijo dirigiéndose a su nieto—. Quítate esa idea de la cabeza de abandonar la fabricación de automóviles, y concéntrate en hacer que nuestros coches se vendan. Sé que puedes hacerlo.
Loren dirigió una mirada a Roberta y esta le contestó con un cabeceo afirmativo.
—Abuelo, odio tener que decir esto… pero tenemos que afrontar el hecho de que Angelo Perino tenía razón. El Sundancer es demasiado grande y consume demasiada gasolina. Tenemos que construir coches que…
—¡Con motores transversales de mierda! —estalló Número Uno— y tracciones delanteras en vez de cigüeñales, y claro… terminarás diciéndome que nosotros no podemos fabricarlos.
Loren sacudió la cabeza afirmativamente.
—Así es: no los podemos fabricar por ahora, pero lo podríamos hacer más adelante si contáramos con el capital necesario. La competencia nos lleva demasiada ventaja en este momento; si compráramos los motores en Japón…
—Y construyéramos una mierda de coches híbridos…
—Es nuestra última oportunidad —anunció Loren sin rodeos.
—De acuerdo, hijo —dijo Número Uno pacientemente—. Suéltalo de una vez: si queremos continuar en el negocio no tenemos más remedio que fabricar coches que sean medio amarillos.
—Abuelo, si queremos continuar en el negocio no tenemos más remedio que fabricar esos coches que tú llamas medio amarillos, recitó Loren hoscamente.
—¿Tenemos la gente para poder llevarlo a cabo?
—Podemos encontrarla.
—No necesito decirte a quién vamos a tener que recurrir.
Loren sacudió la cabeza negándose.
—¡No!, ¡no!, ¡por favor!, no quiero nada con ese espagueti hijo de mala madre.
—¡Lo necesitamos, maldita sea! Pero con una condición: trabaja para ti. ¿No le hemos enseñado acaso la lección? Quien paga, manda.
—No querrá ni oír hablar de ello.
—Ya lo verás. Estará aquí en menos de veinticuatro horas y entre nosotros dos le haremos bailar al son que nos convenga.
Número Uno se fue a la cama inmediatamente después de cenar. Antes había llamado a Angelo Perino a Nueva York pero su secretaria le había contestado que estaba fuera y que no se le esperaba hasta el día siguiente.
Loren y Roberta se quedaron sentados a la mesa después de que se llevaran a Número Uno en su silla de ruedas. Desecharon la idea de salir esa noche y decidieron dar un paseo por la playa antes de subir a sus habitaciones.
Eran más de las diez antes de que cualquiera de ellos volviese a mencionar el nombre de Angelo Perino. Para entonces Roberta se había cambiado y llevaba una ligera falda de color melocotón, y un corpiño transparente que dejaba ver sus monumentales pechos. Estaba fumando un Chesterfield y tenía un whisky al alcance de su mano.
Loren estaba desnudo, sentado en el suelo, y se inclinaba de vez en cuando para chuparle los dedos de los pies.
—El secreto es utilizar a Perino y al mismo tiempo tenerlo controlado —dijo Roberta.
—Sí, ya lo sé, pero ¿cómo lo hago?
—Tu abuelo te ayudará y yo también.
—No sé…
—Ten confianza en ti mismo, Loren —le reconvino en tono autoritario—. Hoy has ganado una batalla: el viejo siempre decía que nunca permitiría que un coche de Bethlehem Motors montara un motor japonés.
—Angelo Perino me odia. Bueno, ¡qué diablos!… me imagino que tiene razones para hacerlo.
Ella se inclinó hacia adelante para acariciarlo en la mejilla.
—Estás cometiendo un error —dijo suavemente—. Todo el mundo tiene derecho a equivocarse una vez en la vida. Pero tú no volverás a hacerlo: mamá te estará vigilando y no dejará que vuelva a pasar.
Él le levantó la falda y comenzó a lamerle la cara interna de sus muslos.
—Y de todas formas ahora tienes al viejo de tu parte.
—Tiene que estarlo —dijo Loren amargamente—. ¡Imagínate… mi abuelo se estaba tirando a mi madre! ¿En qué convierte eso a Anne? ¿En mi tía o mi medio hermana?
—Las dos cosas —le contestó Roberta—. ¿Pero qué diferencia hay?, está en Europa y no se entromete.
—Perino también se tiró a mi segunda mujer.
—Pero solo antes de casarse contigo. No puedes odiarle por ello. ¿O es que también odias a mi difunto marido?
—Es diferente. Perino sabía que yo quería a Bobby y estaba planeando casarme con ella.
—¡Olvida todo eso de una vez, Loren!
—No voy a dejar que ese espagueti de mierda me vuelva a joder, Roberta. Lo odio y mi abuelo va a suplicarle que vuelva a trabajar en la empresa. Me gustaría que su avión se estrellase mientras vuela hacia aquí… Mira, quizá podría prepararle algo parecido más adelante.
Ella sonrió sacudiendo la cabeza.
—Creo que es mejor que hagamos algo para mejorar tu estado de ánimo —dijo subiéndose la falda alrededor de sus caderas y abriendo las piernas.
—Ven aquí —ordenó— y házmelo bien, si no mamá tendrá que darte unos buenos fustazos en el culo.
Cindy se había sentido incómoda posando desnuda para Amanda. No podía evitar que la au pair la viese y claro, también estaba Angelo entrando y saliendo. John, el bebé, era demasiado niño para que se extrañara con el hecho de que su madre fuera la única persona desnuda en el apartamento.
Se encontraba posando cuando Angelo entró para darle la noticia de que había recibido una llamada de Número Uno, pidiéndole que fuera a verlo a Florida para una breve entrevista.
—La voz del amo —exclamó Cindy—. ¿Vas a ir?
—Creo que debo hacerlo. Quizá quiera despedirse. Tiene noventa y seis años, ¿sabes?
Estaban acostumbrados a hablar de todo excepto de los asuntos más íntimos con Amanda delante. Cindy hizo un gesto de desprecio.
—Vivirá hasta que alguien le atraviese el corazón con una bala de plata.
—Más de una vez me ha dicho que tiene la intención de vivir cien años.
—¿Qué vas a hacer si te hace una propuesta?
—¿Como cuál?
—Darte el control de la compañía.
—Nunca haría nada parecido.
—Mejor que no. La compañía se está hundiendo.
Angelo dirigió una mirada a Amanda. Parecía como si no hubiese escuchado nada, pero claro que lo había hecho, y desde luego sabía de quién estaban hablando.
—El viejo no puede confiar en Número Tres —continuó Cindy—. Es obvio. Te está llamando para que los saques de apuros y si lo haces eres un auténtico tonto. Ya intentó matarte una vez. ¿Cómo puedes haberlo olvidado?
Angelo volvió a mirar a Amanda.
—Voy a ir y ver qué es lo que quiere, pero no tomaré una decisión hasta que tú y yo hayamos hablado antes.