El egiptólogo

Arthur Phillips · Capítulo 9 de 41

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El egiptólogo

Correspondencia: H. Ferrell a L. Macy III, 1954-1955

Correspondencia:

 

Harold Ferrell a

Laurence Macy III,

1954-1955

Residencia Sunset on the Bayview

Sydney, Australia

16 de diciembre de 1954

Macy:

Pido excusas por los días perdidos. He estado enfermo, no quiero aburrirle con los detalles, pero hoy es el primer día que puedo levantarme en una semana. Veo en las caras de mis cuidadores un poco de decepción al verme vivo todavía, pero ellos se encontrarán en mi lugar algún día, y eso me consuela bastante.

Escribir sobre el viaje a Boston me abruma. Estoy un poco cansado, imagino, por mi enfermedad. Pero incluso mientras recuerdo mi subida a bordo del Angel of the Azores, preparándome para cruzar el Atlántico, dando gracias al cielo de que un individuo como yo tuviera la oportunidad de ver América, debido a mis habilidades profesionales, estoy aquí sentado bajo el espantoso calor de la sala de juegos (dos tableros incompletos de damas y uno de ajedrez, algunos mazos de naipes, y un montón de viejos babosos), y tengo que superar algo en mí, que es la resistencia a ponerme nuevamente manos a la obra.

No siento ningún placer en recrear esta parte de mi aventura. Recuerdo demasiado bien el precio que pagué en Boston por mi duro trabajo y por ir a pecho descubierto. Pero ahí está mi montón de sobres y el papel en blanco. (¿Horrible, no, ese emblema de la casa? ¿Pensaron que un pequeño dibujo del mar lo convertiría en algo real? Créame; no se puede ver la bahía desde este edificio, aunque saltes desde el tejado. Lo cual resulta tentador).

Tomé notas y más notas, catalogando mis sospechas y los cabos sueltos del caso durante aquel viaje de una semana a través del Atlántico: Trilipush, Marlowe y Quint son compañeros de universidad, pero la universidad nunca ha oído hablar de Trilipush. Aunque sí estudiantes de paso, años después de que él estuviera allí. Trilipush y Marlowe son amigos, camaradas de filas, probablemente algo más incalificable, y Trilipush escribe a los padres de Marlowe, refiriéndose cariñosamente a un tiempo pasado con los viejos, cuyos nombres no conoce y al que nunca conocieron, aunque su hijo hablaba a menudo de él en Oxford. Y los archivos indican que jamás estudió allí. Y el gobierno británico dice no tener registro alguno de que participara en aquella guerra, aunque el poco fiable Quint afirma que Trilipush estuvo junto a Marlowe hasta que lo enviaron a Gallípoli. Pero no olvidemos que nadie conserva recuerdo alguno de Caldwell, el cual, por su parte, no tiene ninguna razón en el mundo para conocer a Marlowe, un oficial británico. Sin embargo, Marlowe lo recomienda para los ascensos, y desaparecen juntos en una misión anónima, después de que terminara la guerra, mientras Trilipush se encuentra todavía allá en Turquía, «sobreviviendo». En mis diagramas del caso, había más signos de interrogación que conclusiones.

Hice que una muchacha del cuartel general de Tailor mandara un telegrama por adelantado para asegurar la presencia de Trilipush en Harvard, utilizando un nombre falso porque no quería asustarlo todavía, no quería darle tiempo para borrar sus pistas. No. Quería que estuviera aturullado y farfullando cuando le echara el guante. La muchacha, sin embargo (me enteré más tarde, cuando telegrafié a Londres en busca de una explicación), tontamente preguntó si Trilipush «enseñaba» en Harvard, en vez de si «se encontraba» en Harvard.

De manera que, el 13 de octubre de 1922, llegué a la Universidad de Harvard, cubierta ésta de hiedra, vagué de edificio en edificio buscando el departamento de Egiptología, donde pregunté por Mr. Trilipush, para enterarme por una secretaria que había partido para Egipto hacía apenas un mes, con el fin de llevar a cabo una excavación, y estaría en el extranjero hasta bien entrado 1923. Pues vale. Descubriría lo que pudiera allí y luego me tomaría unas vacaciones en el soleado Egipto a cargo de los chelines de los Marlowe y Davies. De manera que pregunté por el jefe de Trilipush y me condujeron a la oficina de un pequeño y redondo holandés llamado Terbroogan, el jefe de los especialistas de Egipto en Harvard. Cuando le dije que estaba buscando un poco de información sobre su Mr. Trilipush, me replicó con una especie de babeante defecto del habla y fuerte acento germánico: «Mi querrido amigo, zea lo que zea, bajo ningún esfuerso de la imatinazon, es mi Tchiliputh».

Terbroogan tuvo algunas amables (y secas) palabras para su empleado, y el tono general de la conversación fue pronto agradable y franco, completamente de mi gusto cuando se compara con los tímidos esnobismos de los Marlowe y las vagas medias verdades de Quint. «Insubordinado, arrogante y equivocado», canta el tipo. «Insubordinado, arrogante y equivocado. Si uno es arrogante, al menos debería tener razón. Pero su libro es una sarta de estupideces. Espero que se lo coman los cocodrilos». Por un momento encontré sospechoso ese violento lenguaje, y me pregunté cómo podían encajar en nuestro cuadro el profesor Terbroogan y sus toscas fantasías. No me hubiera sorprendido en absoluto enterarme de que había estado en el mismo peligroso regimiento del desierto, o de que tenía alguna otra siniestra relación; pero no, fue una nube pasajera; gran parte de ese lenguaje, Macy, como he llegado a comprender con el tiempo, es bastante corriente entre los universitarios, y reconozco que aunque yo tenía intención de tomar notas cuidadosamente de las quejas de Terbroogan sobre Trilipush, perdí el interés rápidamente y ahora tengo cierta dificultad en distinguir con precisión lo que quiero decir con mis notas, como: «el libro de R. T. trata de Atoomadoo, de si fue o no un rey, y de si fue o no un poeta, o de si está enterrado o no allí donde va a ir R. T., y de si los poemas egipcios tienen o no rima. ¿Es eso lo que hacen estos hombres todo el día? ¿Para trabajar?». Quizás fuera el clima, o la comida, o la conversación. Pero yo estaba encontrando América bastante agotadora y no me sentía muy bien. No puedo recordar ninguna de las palabras de Terbroogan hasta que pregunté a qué lugar de Egipto había ido Trilipush. «Deir el Bahari», replicó Terbroogan, y le hice que me lo deletreara para asegurarme. («¿Lo capta, Macy?». Más tarde interrogaré a mi digno pero torpe asistente, al volver al hotel, estudiando los mapas; pero él movía la cabeza negativamente y se mordía el labio. No le importa, ¿verdad, Macy? Me lo estoy imaginando con una especie de alivio algo cómico).

«Y, como usted tenía tantos problemas con el profesor Trilipush —le pregunté al jefe cara de nabo, que se estaba secando la boca con un pañuelo—, lo mandó a esa excavación, ¿no? Una manera cara de quitárselo de encima, ¿verdad?».

Pero no lo había hecho. Había sido decisión suya, cierto, pero Terbroogan se negó a darle el dinero a Trilipush para el viaje, precisamente por las discrepancias sobre la calidad de los conocimientos de Trilipush. (Sinceramente, Macy, esta gente está totalmente loca). «Y da la casualidad que yo sé que fue rechazado por la MFA, el Met y el Carnegie». De modo que está viajando de su bolsillo, ¿no? «En absoluto. Vendió acciones de su quimera a algunos hombres de negocios de la ciudad».

Mi querido Macy, entramos ahora en un tipo de lenguaje que tal vez usted no aprecie. Me he estado preguntando si debía suavizar ciertas duras verdades tal como las descubrí en aquellos días y quizás arrojar un poco de favorecedora luz sobre las cosas, en honor a usted. Bueno, no voy a hacer eso. Soy demasiado viejo para ello, usted me ha pedido una versión honesta y, francamente, no es mi estilo hacerlo de otro modo. Pendiente resbaladiza esta. Soy un hombre sincero y pienso que éste debe de ser exactamente el motivo por el que me sentía tan reacio esta mañana a iniciar la parte de mi relato que se refiere a Boston. Bueno, pues eso. Me excusaré aquí, por esta vez, y será la última; lamento si lee usted cosas en esta crónica, Mr. Laurence Macy III, que sean dolorosas para usted o alteren la idea que usted tenía de su familia. O de su pobre y difunta tía Margaret.

«En absoluto. Vendió acciones de su quimera a algunos hombres de negocios de la ciudad, unos indeseables, si se me permite decirlo, de pésima reputación». Mencionó a su tío abuelo Chester Finneran, así como a Heinz Kovacs.

¿Por qué no se limitó a despedir a Trilipush, si era una china en el zapato? El tipo me explicó con cierto tonillo que la «Universidad, en general, prefiere no hacer eso». (Hay que ver, qué gente). Pero «cuando vuelva de Egipto con las manos vacías, cosa que sin duda ocurrirá, eso será suficiente para desacreditarlo», añadió con una bonita dosis de veneno. Dándose cuenta de la imagen que daba, el profesor se esforzó por suavizar un poco su tono: «Trilipush es un buen profesor, fue un soldado heroico en Turquía y lo educaron en Oxford, lo cual contribuye a mejorar las credenciales de nuestro departamento; y Atoomadoo no carece de interés; sólo que no es definitivo y, por tanto, cuando uno tiene problemas, pues sencillamente prefiere poner a las personas donde hagan tranquilamente su trabajo. Pero éste, Dios mío». Con eso se agotó más o menos la buena voluntad del viejo. «Cuando llegó por primera vez, el año pasado, se mostraba decididamente obsequioso conmigo, pero la cosa no duró mucho».

Creo que debí de decirle algo parecido a esto, Macy, aunque desde luego no tomé nota exacta de mis palabras:

—Sería útil para usted y para la universidad emplear discretamente a alguien que fuera capaz de proporcionarle material extra para «desacreditar a Mr. Trilipush», como usted ha dicho. Sí, por ejemplo, se descubrieran anomalías en su expediente en Oxford…

—Pero yo vi sus credenciales, todas estampadas, selladas y firmadas, no hay la menor duda.

—Los documentos, profesor Terbroogan, son sólo pedazos de papel que pretenden representar la verdad. No son la verdad en sí misma. Seguramente, en su campo de estudio, se habrá encontrado usted con documentos engañosos, incluso falsos.

No habrá visto usted en su vida a un profesorcito holandés más feliz, Macy, y nosotros teníamos a un nuevo cliente en el Caso Davies-Caldwell-Barry-Hoyt-Marlowe-Trilipush.

Terbroogan me acompañó por el corredor decorado con estatuas de esfinges y fotografías suyas en pozos arenosos, y le pedí ver el despacho de Trilipush. Era un pequeño cuarto, sin ventanas, en el sótano, lleno de estanterías con libros y fotos de excavaciones y hallazgos. La mesa de Trilipush aparecía limpia, excepto por un pequeño montón de correo que había llegado desde su partida a Egipto. ¿Y qué se veía allí, encima de todo? Un sobre de tamaño descomunal con un remitente familiar, timbrado con franqueo inglés. Oh, sí, Macy, de nuestro Beverly Quint. Me había preguntado la dirección de Trilipush, y debía de haberse puesto a escribir en el mismo momento en que salí de la habitación: alguna advertencia o recuerdo revelador, seguramente alguna prueba de conspiración en lo que yo estaba empezando a sospechar que habían sido los asesinatos de Marlowe-Caldwell a manos de Trilipush, y con la lasciva anuencia de Quint. Aquel sobre debía de haber viajado en mi propio barco. Quint y yo habíamos surcado el Atlántico, uno encima del otro, completamente inconscientes de ello, y ahora llegábamos a nuestro común destino, sólo a unos metros de distancia. Así que muchas cosas podrían encontrar su respuesta allí, pero, maldita sea, mi cliente más reciente estaba revoloteando a mi alrededor, preguntándome si necesitaba alguna cosa más, y mirándome con una de esas caras que uno ve de vez en cuando en nuestra profesión, Macy, esa mirada de superioridad de los que están tan alejados de las sucias realidades de la vida que no son capaces de distinguir entre la porquería del criminal y la simple mancha en el individuo que tiene que luchar con el criminal para salvar al inocente. Yo podría haber estrangulado allí mismo al profesor, que aguardaba con su actitud ceremoniosa, empujándome hacia la puerta, cuando podríamos habernos ahorrado tantos pasos intermedios, quizás incluso salvando dos vidas más, y evitado a su adorable tía Margaret más sufrimiento. Pero no, salimos por la puerta al corredor, y la puerta se cerró y el mensaje enviado por correo de Quint se quedó intacto allí, en la mesa de Trilipush, esperando el regreso de éste. El profesor Terbroogan sujetaba el pomo con toda la intención y me veía contemplar el paquete de Quint a través del cristal de la puerta. Así es, Macy: desde el otro lado del globo un inglesote maricón podía enviar un paquete fraudulento como si tal cosa, ¡y contar con la protección de algún esnob universitario holandés al que nunca había conocido! Fuera lo que fuese lo que le había pasado al pobre Paul Caldwell —y yo ya tenía serias sospechas— iba a resultar diabólicamente difícil desenredarlo, porque tan deprisa como yo lo desenredaba, aquellos pijos, inglesotes y pervertidos, y profesores iban a enredarlo nuevamente, quizás para ocultar algo malvado, quizás sólo porque les gustaban las cosas ordenadas y eso suponía no permitir que un simple trabajador australiano hiciera su trabajo. «¿Necesita usted alguna cosa más, Mr. Ferrell?», preguntó Terbroogan con un inconfundible tono que quería decir: «Caballero, no hay que leer el correo de los demás». No, por supuesto que no, aunque el caballero sea un asesino.

Obtuve la dirección de Chester Finneran por Terbroogan. Recuerdo que estuve de pie, en la puerta de la Universidad de Harvard, llamando un taxi. Debo de haber ido a su casa, al otro lado del río, porque no tengo notas de otras entrevistas entre las que hice a Terbroogan y Finneran, fechadas el mismo día. Pero no guardo recuerdo alguno del viaje en taxi. Me siento muy mal en este momento. No sé si seré capaz de continuar. Echaré esto al correo inmediatamente.

H. F.