El egiptólogo
Correspondencia: H. Ferrell a L. Macy III, 1954-1955
Correspondencia:
Harold Ferrell a
Laurence Macy III,
1954-1955
Después del descubrimiento de Trilipush encontré Boston repentinamente fría. Allí no había ni dinero, ni amor. Sólo tenía aquella bronca que recibí de Finneran y la renovada insistencia de que Trilipush, y sólo Trilipush, lo era todo para ella. Los días pasaban y no sabía nada de Margaret, y yo ya no iba a su casa. Estaba dispuesto a lavarme las manos respecto de los malditos Finneran. Si Trilipush había encontrado su sucio oro, tal vez volvería a casa, o tal vez no, y usted ya sabe cuál era mi apuesta. Eso no cambiaba nada para mí, porque si había matado a Paul Caldwell, yo tendría que ir a Egipto a demostrarlo, a gritarlo lo bastante alto para que incluso los testarudos Finneran lo oyeran, al otro lado del mundo.
Pasaba días lentos, vacíos, comprobando mis transcripciones, corrigiendo notas, enviando mis informes y gastos a Londres, entrevistando a otro de los alumnos de Trilipush, o explicando al cuartel general por qué mi búsqueda de Paul Davies había requerido tanto tiempo en Boston. No creía que les preocupara mucho. Escribí a mis otros clientes, Tommy Caldwell, Emma Hoyt, Ronald Barry y los Marlowe, contándoles mis progresos.
Estaba sentado en mi hotel, ocupado en todo ese papeleo, aguardando el día en que tendría que marchar a Nueva York, esperando a que Margaret viniera a verme por última vez, o si (con cierta rabia) veía finalmente que eso era improbable, esperando noticias, cualquier cosa. Sentía que algo claro y clarificador ocurriría; llegaría un momento en que resultaría evidente que había llegado para mí la hora de irme a Egipto, o, en vez de ello, quedarme cerca de Margaret, para protegerla, para sostenerla ante la tempestad que seguro que vendría. Yo era joven, Macy. Algo había cambiado con ella. La vida podría dar muchas vueltas, sabe, y por tanto, si algunas veces permanecía allí, de pie, ante su casa, rabiando en la oscuridad, sé que usted podrá comprenderlo, como hombre de mundo que es.
Y nos vimos algunas noches más. En una ocasión se dejó caer, y en toda la noche no mencionó el nombre de su prometido ni una sola vez; se limitó a quedarse dormida con su cabeza en mi regazo y su mano en la mía, maltratándome cruelmente, y estuve contemplando su respiración horas y horas. Aparecía por mi hotel esas últimas noches, y cada vez yo tenía mi pequeño discurso preparado; quizás ésa sería la noche en que caería en mis brazos y yo la salvaría. Pero el momento nunca era el adecuado. Era cruel, me llamaba llorón o pelmazo si dejaba de hacerla reír o me negaba a bailar. De camino al club, me contaba las últimas noticias de Trilipush (siempre buenas, siempre vagas), y en cuanto entrábamos en el J. P., ya estaba subiendo por las escaleras en busca de aquel hombre y su droga. Yo permanecía luego allí sentado, acariciándole la cabeza, y, cuando ella se sentía capaz de andar, la acompañaba a su casa, esforzándome, a la grisácea luz del día, por encontrar las palabras, por encontrar la oportunidad de decir esas palabras. Y volví a jurarme que iba a ponerle fin a aquello.