El egiptólogo

Arthur Phillips · Capítulo 10 de 41

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El egiptólogo

Diarios de Ralph Trilipush, 1922

Diarios de

Ralph Trilipush,

1922

Domingo, 15 de octubre de 1922

A Margaret: Acaba de dar la medianoche, mi amor. Me siento en la terraza, pongo a prueba a los camareros, me relajo con una fotografía tuya que tengo ante mí, sobre la mesa.

Tu bruscamente truncada carta me trastornó, cariño mío, no debido a la evidencia de una medicación errónea, sino porque sé que te has estado esforzando por ocultarme los síntomas, y, cuando te diste cuenta de lo que me habías enviado, estoy seguro de que te preocupaste y tensaste tus nervios más de lo debido. Y, por supuesto, como ésta era tu primera carta tras mi partida para Egipto, tu afligido estado emocional probablemente se había ya cobrado algún tributo en tu cuerpo todavía en proceso de curación.

Eres adorable, Margaret. Siempre has restado importancia a tus días malos, como si yo no notara la diferencia entre tu buen estado de salud y tu enfermedad. Cuando finalmente me confesaste tu estado, al día siguiente de la fiesta, yo debería haber parecido más sorprendido. Mi amor, lo siento si estuve poco convincente, pero el verano pasado, un día, tu padre me lo contó todo. No debes enfadarte con él. C. C. F. es el padre de los dos ahora. Cuando le pedí tu mano, él se sintió moralmente obligado a contarle a tu futuro marido toda la historia. Quiso contarme lo peor y comprobar que mi amor por ti no sufría mengua alguna. C. C. F. habló claramente, y, mucho antes de tu tímido y pequeño informe, yo ya estaba enterado de todo lo referente a los especialistas de los nervios, al agotamiento causado por la medicación, al carácter raro de tu enfermedad. Supe también de tu excelente pronóstico, tu inminente y segura curación. Y, Margaret, te doy mi palabra, nunca he tenido un momento de preocupación desde entonces. Sé que cada día te encuentras más fuerte, y que Inge es sólo una enfermera temporal para administrar la última parte de tu medicación y nada más. Si vendrá con nosotros los primeros días de nuestro matrimonio, o si tú ya estarás completamente recuperada… el tiempo lo dirá. Mientras tanto, no debes preocuparte, y menos aún por la fuerza de mi amor hacia ti, ángel mío.

Tu padre es un hombre de muchas facetas. Presenta un exterior duro al mundo y, desde luego, el ambiente de negocios en que se mueve no permite otra cosa, pero yo le he visto hablar de ti. Le he visto bajar la guardia y revelar su profunda preocupación y ternura. He visto cómo se le nublaban los ojos cuando hablaba de la inquietud que tu enfermedad le había causado, y su determinación al decirme: «Ralph, ella está ganando la batalla. No tienes nada de qué preocuparte por ella en tanto que tu sana, saludable y lozana mujer». Es todo un padre, bendito sea su corazón.

Yo lamento cada día la pérdida de mi propio padre, y tú deberías pensar en C. C. F. con cariño, como hago yo, porque el amor de un padre es uno de los más preciosos dones.

Recuerdo la ilusión que sentía, siendo niño en Trilipush Hall, cuando sabía que padre debía regresar pronto de una expedición. Se había marchado para semanas o incluso meses, y yo no anhelaba otra cosa que me cogiera entre sus fuertes brazos y verme instalado sobre sus rodillas, delante de la gran chimenea, para oír sus aventuras. ¿Sería hoy el día de su llegada? ¡Cómo paseaba por las enormes, resonantes habitaciones de la mansión!

¡Ah, Trilipush Hall! Siempre había maravillas que descubrir allí. Las paredes atestadas de retratos de sonrientes y empelucados antepasados. Las interminables series de armaduras y montones de alabardas, lanzas, picas, las paredes llenas de ballestas de cuerdas aflojadas. Los tapices con escenas de caza y bailes medievales. El cajón donde padre arrojaba descuidadamente sus honores y medallas militares, y los de nuestros antepasados. Las reliquias que él había traído de África, Malaca, China. El abrasador fuego en la chimenea de tres metros de altura —un pedazo de tronco en forma de jamón, pero con franjas grises y negras como una cebra allí donde estaba quemado, que parece revolotear a través de sus largas, anaranjadas lenguas llameantes—, frente a la cual yo me echaba boca abajo, en soledad, y practicaba jeroglifos. Algunos días, por la ventana del este de la sala principal, podías ver cómo caía la lluvia a raudales, y, en el mismo momento, por la ventana del oeste, el sol brillando a través de las nubes; y yo corría arriba y abajo, de ventana en ventana, imaginándome en diferentes países al lado de padre, luchando con bandidos mientras él sacaba asombrosos objetos de la tierra. Yo miraba por la ventana (veteada con la lluvia o centelleando por el recién llegado sol), y observaba a los pájaros sobre las tierras color esmeralda… El omnipresente faisán y el urogallo se habían vuelto más abundantes y más arrogantes en ausencia de padre, y no se celebraba ninguna cacería sin él. Y yo anhelaba ardientemente oír el ruido de las ruedas del carruaje delante de la casa. ¿Sería hoy el día de su regreso? La gran sala se iba oscureciendo más y más hasta que sólo los anaranjados rescoldos del hogar iluminaban mi cara, así como los muebles de oscura madera tallados con escenas de triunfos trilipushianos que databan de la época de Guillermo el Conquistador, y me quedaba dormido allí, bajo las mantas, ignorando las llamadas de los sirvientes que iban de cámara en cámara, arriba y abajo de las escaleras de roble.

¡Pero cuando llegaba el día! Cómo corría hacia la gran puerta de la casa y el sendero de grava, cómo saltaba a su carruaje mientras éste aún se movía y cómo la puerta se abría de golpe y él me aupaba dentro, sobre su regazo, y sentía el cosquilleo de su bigote, que olía a tabaco y a tierras lejanas, y cómo disfrutaba ante la risueña mirada de sorpresa que brillaba en sus ojos mientras gritaba:

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué es esto? ¿Quién es usted, jovencito? ¡Yo dejé a un niño cuando me fui! ¿Dónde está mi hijo? ¿Qué ha hecho usted con Ralph, eh, sinvergüenza?

—¡Soy yo, papá, soy yo!

—¿Qué? ¿Ralph? ¿Eres tú, de verdad? ¡Vaya, te había tomado por uno de los peones!

—¡Soy yo, papá, soy yo!

Lunes, 16 de octubre de 1922

Diario: Correos. Almuerzo en la ciudad. Correos. Servicio de Antigüedades, para ver si ha habido una rápida resolución sobre mi solicitud. Correos. Visita a un fotógrafo retratista para enviar a mi prometida el recuerdo perfecto. La tarde está bien empleada: Tengo una docena de hermosas opciones para ofrecerle.

Noche, regreso al hotel para continuar ocupándome de los detalles, el blando relleno que sirve de encaje para esta obra, como si dijéramos, en el cual sus preciosos tesoros serán sacados de la tumba y mostrados al mundo.

Sobre la inmortalidad y «La Paradoja de la Tumba»: Atum-hadu reinó en un…

Martes, 17 de octubre de 1922

Diario: El trabajo de ayer terminó prematuramente por una ardiente y vengativa indigestión de explorador, los brutales, agrios residuos de la disentería. Perdí la mitad del día en recuperarme, dormí para recuperarme, gastando docenas de agujas en el gramófono modelo maleta HMV que he colocado en el retrete sólo para hacer tolerables tardes como ésa. Antes de retomar el trabajo de ayer, me dirigiré a la ciudad para desayunar y visitar Antigüedades y la oficina de correos.

22 de sept.

¡Hola, cariño!:

¿Quién es tu chica guapa? Soy yo, príncipe mío. Me marqué el objetivo de

escribirte cada día mientras estás «en el campo» y he mantenido mi solemne

promesa. Te envío una carta esta mañana, que escribí y sellé anoche, aunque por

mucho que lo intente no logro recordarme escribiéndola, pues Inge me dio algunas

cosas muy fuertes para ayudarme a dormir, porque, después de que tú te fuiste, me

sentí trastornada, aun cuando sé que tú dirás que yo me comportaba simplemente

de una manera absurda, pero tú eres mi Héroe, y cuando el Héroe de la chica deja

la ciudad, todo parece un poco desolado, ¿no es así? Y aquí estoy escribiéndote de

nuevo, porque esta mañana tenía algo que quería incluir, pero la carta de anoche

estaba ya sellada y lista, así que se la di a Inge hace un momento, para que la baje

a Arlington Street mientras te escribo ésta, y luego voy a dársela para que la lleve

enseguida otra vez a Arlington Street en cuando vuelva, porque está gorda y

necesita tomar el aire.

Anoche tuve un sueño espantoso. La verdad es que Inge me dio cosas contra el

dolor y para dormir, y no me acordé de decirle que hacía poco que había tomado

un par de copas. Mira, anoche, la verdad es que me escapé, engañé a Inge. Ella

llevaba varios días observándome muy atentamente. Se iba haciendo difícil salir

de casa, y empezaba a sentirme espantosamente aburrida, lo cual es lo peor que

me puede pasar. Así que finalmente me escabullí y me fui al local de J. P. O'Toole.

Cuando volví, ella me estaba esperando, furiosa como se pone cuando le

demuestro que soy más inteligente que ella. Y me dio cosas para dormir y para el

dolor (después de un par de copas), cosas que pueden provocar un sueño profundo

cuando se mezclan. Cuando estemos solos tú y yo, sólo el clásico «marido y

mujer», estaré encantada de ponerla de patitas en la calle. ¿Sabes que el otro día

tuvo el valor de decirme que tú te enamoraste de mí por el dinero de papi? Casi la

abofeteé, a ese pendón sueco, pero ella fue más rápida.

Claro que, aun cuando yo haya acabado con ella, no te sorprendas si se queda

a «trabajar» para papi. Sé adónde va él cuando yo estoy profundamente dormida.

No soy, después de todo, una mema. No querrías a una mema como esposa,

¿verdad, inglesito mío?

¿Eres feliz en tu expedición? No sé dónde estarás ahora. Probablemente

todavía en el mar, consultando con el capitán del barco, mostrándole tus mapas y

tus pícaros poemas del faraón. Probablemente estarás rodeado otra vez de chicas,

igual que cuando te conocí. Pero sabes que no son para ti, Ralphie. Sólo tu fiel y

futura Reina es para ti, y tú eres sólo para ella.

Papi me preguntó qué teníamos pensado tú y yo sobre nuestra futura

residencia después de la expedición y la boda, y si viviríamos en Boston o nos

mudaríamos a Trilipush Hall. Me lanzó una de esas miradas sentimentales de que

es capaz y dijo que siempre había deseado verme en una gran mansión rural

inglesa. ¿Qué piensas tú? ¿Considerarías la posibilidad de volver a Inglaterra o

eso aún sería demasiado doloroso? ¿Tendremos suficiente dinero para volver a

abrir el Hall?

Papi a veces es un tonto, pero en esto pienso que puede tener razón. Creo que

yo sería muy feliz como una dama inglesa.

Esto me recuerda: el sueño de la noche pasada, entre la niebla de la

medicación. Transcurría un poco en el futuro. Tú y yo estábamos casados. Yo me

encontraba muy fuerte y sana. Éramos muy felices y nunca te causaba ningún

problema con mi estado de ánimo ni nada. Tu profesión de excavador nos había

hecho maravillosamente ricos, y tú eras famoso, y todo el mundo nos recibía

estupendamente en todas partes, y tú me llevabas a Inglaterra a conocer al rey y a

la reina. Y luego volvíamos a casa y yo iba a tener mi primer hijo. Ralph Chester

Crawford Trilipush era una criatura preciosa. ¡Y, nada más nacer ya hablaba! Al

principio nos sentíamos muy orgullosos, pero luego al escucharlo veíamos que

sólo decía las más terribles palabrotas, y lo hacía sin parar… el lenguaje más soez

que puedas imaginar, y los médicos movían la cabeza, consternados, y las

enfermeras sollozaban todas, y yo no sabía qué pensar, porque me daban

medicinas cada vez más fuertes, y volvía a caer en ese sueño especial, pero antes

de que pudiera dejarme llevar por él, levantaba la mirada, y, Ralph, tú, tú te

estabas riendo y decías: «Oh, sí, éste es mi chico, éste es».

Sinceramente, escribir esta carta resulta agotador. Tengo que decírtelo. Aquí

sigue haciendo un calor horroroso, y yo estoy siempre durmiendo. Inge volverá

pronto, lo cual es bueno, porque quiero mandarte esto, pero también porque

necesito algo para el dolor, que hoy es muy fuerte. No te puedes hacer una idea. Es

como un picor tan fuerte que te arrancarías la cabeza si así podías rascarte mejor.

Las cosas que me da Inge me calman durante un rato, y cuando estoy dormida no

pica tanto. Si dejara de picar y no me sintiera siempre tan espantosamente

cansada (perdona por decir esto tan directamente), iría a pasar algún rato

agradable en la ciudad con mis amigos, o con hombres. Oh, sí, Ralphie, será

mejor que vuelvas pronto a casa coronado de laureles ¡o encontraré a algún otro

que me secuestre!

No pienses que no lo haré, inglés. Un buen americano, guapo y valeroso,

podría conquistarme en un segundo.

Pero estoy muy cansada.

Te mando un beso, al igual que lo hacen Antonio y Cleopatra. Ellos te mandan

un lametón. No menean tanto la cola desde que te fuiste. Es cierto. La verdad,

pienso que te echan de menos, igual que yo.

Tu Margaret

(Martes, 17 de octubre de 1922, continuación).

A Margaret: Querida mía. Tu segunda carta llegó hoy, pisándole los talones a tu primer esfuerzo, y mi corazón rebosa gratitud. Tu encantador sueño Atum-haduano era delicioso y me recordó nuestro primer encuentro. Nunca te he dicho lo que estaba pensando aquel último día de abril, pero el recuerdo me resulta dulce en la soledad en que vivo ahora.

Mi contribución a las charlas para el Desarrollo del Público de la Sociedad Histórica de Boston había sido presentada como una conferencia sobre la antigua cultura egipcia, y aunque yo les había prometido a los organizadores que no lo haría, siempre había pensado leer en voz alta fragmentos de Deseo y engaño. Los que trabajan para el público deben enfrentarse a los hechos: el tamaño del auditorio convocado no deja ninguna duda respecto a cuál es la atracción principal en los carteles que anuncian la velada. Aunque yo amo mi trabajo, no era tan tonto que creyera que centenares de damas bostonianas se habían reunido para una discusión genérica sobre Egipto. Dado que el orador sería nada menos que el apuesto y no del todo respetable traductor de aquel escandaloso rey, bueno, no hubiera sido justo para nuestros seguidores negarles un cuarteto aquí y allá, rehusar responder a esas preguntas (históricas, sociológicas, anatómicas) que brotan naturalmente en una charla sobre nuestro rey.

¿Sabes cuán temprano te descubrí aquella noche, Reina mía? Yo estaba disertando sobre la crónica tendencia del antiguo Egipto a la mórbida nostalgia, un rasgo que paradójicamente aparecía muy pronto en el desarrollo del país, una enfermedad que se manifiesta en la persistente idea política de los egipcios de restaurar una práctica religiosa «desvalorizada», repetida siglo tras siglo; en su estúpida memoria popular de un Occidente perdido que fuera antaño un rico pasto verde, lleno de poderosos bueyes; y en su recurrente sensación de que estaba viviendo en las postrimerías de una época corrupta. Por lo general, tales sensaciones eran absurdas: nostalgias de cosas que nunca existieron, restaurar algo que ya se encuentra en perfecto estado, paranoia de que el final está cerca o de que los valores morales se han degradado peligrosamente. Sin embargo, en ciertos momentos dramáticos, de transición, tales como el final del reinado de Atum-hadu, estos temores se vieron repentinamente justificados. «Al final de su vida, Atum-hadu debió de creer realmente que Egipto iba a desaparecer para siempre», estaba diciendo yo cuando te descubrí en la primera fila; dormitando, hermosura mía, y eso no podía ser, así que tomé nota de tu posición, y unos minutos más tarde te miré intencionadamente a los ojos cuando recité el cuarteto 35 (que únicamente aparece en el Fragmento C):

Ella será mía, ella será mía.

Ella será mía, ella será mía.

Y su madre y sus cabras y sus nueve hermanas.

Serán todas mías hasta que me canse de ellas, genial.

Éste era un momento excitante en mis lecturas, y por lo general escogía a una mujer joven al azar para que ella sintiera el feroz ardor de las atenciones de Atum-hadu. En este caso, amor mío, sencillamente no me di cuenta de lo que había desencadenado.

Te reconocí más tarde, cuando tú no eras sino una de las muchas personas que se amontonan a los pies de la tarima para hacer una última pregunta, demasiado tímidas para hacerlo delante de todo el auditorio, o simplemente deseando estrechar la mano del explorador. Yo estaba respondiendo a preguntas y firmando ejemplares de Deseo y engaño, de manera que no te presté atención, pero tú no abandonabas tu posición delante del estrado, ¿verdad? Cuando volví a mirar, tú seguías allí. Yo había visto antes aquella cara: la mujer que había escuchado la canción del antiguo rey.

—¿Profesor Trilipush? —murmuró una tranquila pero resonante voz—. Profesor Trilipush, me ha interesado mucho su charla.

—Bueno, para ser estrictamente precisos —dije, bajando de la tarima—, no puedo pretender ser un profesor del todo, todavía. Las distinciones técnicas en Harvard como en toda sociedad primitiva, son de la mayor importancia.

—Bien, entonces —replicaste tú con los ojos entrecerrados y sacando el labio inferior—, tampoco yo puedo fingir que estoy de verdad interesada en su charla. Con los aspectos más técnicos me perdí un poquito.

—Oh, señorita, qué cosas de decir —regañó la nórdica belleza que estaba a tu lado, toda ella redondeces y medias lunas.

—Cierra el pico, Inge —dijo mi futura amada—. ¿Por qué no te vas a tomar una sauna o lo que sea?

Tú te presentaste audazmente, y yo no pude resistirme a citar los anuncios que se ven por todas partes en Boston: «La vida es más fina cuando encuentras fantasías finas en Finneran's Finer Finery». Pero debo recordarte, por si acaso acabas creyendo en la malicia noruega de Inge, que yo no sabía que la tienda era de tu familia. Y recuerda: tú te reíste pero no confesaste tu relación con ella, así que supuse que la coincidencia de nombres era fortuita. Atum-hadu estaba ya tirando de los hilos, querida, y el lucro nunca fue su principal preocupación.

Después de que la multitud finalmente se marchó por las puertas, tú y yo nos sentamos a hablar a los pies de la tarima, y decidí confiar en ti, probarte, y te mostré cómo se escribía Atum-hadu en jeroglifos. Mientras tanto, tu glacial dueña se paseaba ante la puerta principal, hablaba con los miembros de la Sociedad Histórica (encantados éstos de la multitud que habían atraído, y aliviados de que la policía no hubiera disuelto la celebración con acusaciones de atentar contra la decencia). ¿Cuáles fueron las impresiones que tuve de ti entonces? Bueno, Miss Finneran era una alegre joven, un poco pero no irremediablemente mimada, y evidentemente un poco embriagada por su primera exposición a Atum-hadu. No me sorprendió cuando ella dijo que se sentiría muy honrada de que la acompañara al Museo de Bellas Artes en alguna fecha posterior, donde ella pudiera tener el placer de que yo le descifrara las reliquias egipcias que allí se exhiben. Oh, sí, no permitas que la desconfiada Inge reescriba la historia, querida mía. Tú sugeriste que nos volviéramos a encontrar, mi atrevidísima coqueta. He sido tu criatura desde entonces.

Por supuesto, no me engañé creyendo que tú te habías prendado de mí. No. Pude ver que otra mujer del siglo a XX había encontrado que las palabras del rey de la XIII.

dinastía constituían una abrumadora eau de cologne.

Querida mía, estoy atascado en El Cairo, esperando a que el Servicio de Antigüedades me conceda el permiso para actuar, y no sé qué estás haciendo en este mismo momento. Estamos a 17 de octubre, a las 11.36 p.m. Cómo me gustaría tener un aparato que me permitiera verte ahora mismo, un telescopio de los más potentes. Te observaría continuamente, amor mío.

Miércoles, 18 de octubre de 1922

Diario: Nada en el correo. Cuatro días antes de que mi Maestro de Generosidad y los inversores telegrafíen y vuelvan a llenar mis cofres, parto para seguir comprando suministros en los mercados y especialmente mercancías destinadas a hombres en mi situación. Un día completo, y la actividad alivia el aburrimiento que estaba sintiendo debido a mi forzado retraso. Pinturas, pinceles, lápices, cinceles, cuchillo, linterna eléctrica, catre de campaña…: Mi lista está empezando a completarse cuando, en una tranquila callejuela lateral, descubro el rótulo de un sastre. Necesitaré varios trajes más, para trabajar y tener relaciones sociales, y algo formal para una apertura de tumba oficial (un acontecimiento que generalmente implica la presencia de altos funcionarios de los gobiernos británico, francés y egipcio, posiblemente del general Allenby, etcétera).

Me abrí paso a través de la cortina de cuentas y entré en un pequeño espacio bien iluminado donde se encontraba un alto egipcio prematuramente encorvado por haber pasado años bajo ese techo bajo, y pronto me hallé en un sillón de mimbre acolchado, sorbiendo café de cardamomo con el propietario mientras dos muchachitos entraban empujando carretilla tras carretilla cargadas de telas. El sastre y yo tocábamos aquí y allá, discutíamos los méritos de algunos tejidos para resistir el calor sin que perdieran su atractivo. Me quedé lo bastante impresionado con diez de las muestras para encargar otros tantos trajes (C. C. F. hubiera pagado diez veces ese precio en Boston) y me puse de pie para que me tomaran las medidas. Los triples espejos me ofrecían versiones mías de izquierda y derecha, perfiles míos en calzoncillos, con los pies descalzos desde el talón a la punta, mientras a mis pies un agachado sirviente medía mis piernas y gritaba los números a un escriba que se encontraba con las piernas cruzadas sobre un cojín, sus mangas enrolladas revelando unos brazos sin vello de marcadas venas, como mapas en relieve de un delta; y en algún lugar detrás de una cortina, fuera de la vista, oía unos susurros de mujer y risas sofocadas.

Dejo un pequeño depósito, y los trajes estarán listos para dentro de una semana, el 25. Voy a la agencia de viajes a posponer la marcha y tomo un pasaje para el Keops.

Y entonces, mientras paseaba por las calles, encantado con mi compra, pensando en mi prometida, me tropecé con una visión inspiradora en la esquina de una calle; un caballete de madera con dos taburetes plegables donde los turistas podían pagar para que les pintaran su retrato en un trozo de cerámica convincentemente roto, ataviados con vestiduras faraónicas, rodeados de un batiburrillo de glifos. Un gordo egipcio estaba pintando el perfil de un niño americano mientras sus padres observaban, riendo, efectuando de vez en cuando audibles apartes burlándose del artista.

Bueno, sin duda no voy a posar para una atracción turística, pero un retrato oficial, empezado antes de la apertura de la tumba de Atum-hadu y completado posteriormente, sería bastante apropiado, marcaría un hito en mi carrera, para ser admirado en una pared de Boston, o de Londres o de El Cairo. Gracias al retraso de esta semana, todavía tengo tiempo. A mi regreso al hotel, le pido al conserje que concierte una cita, en mis habitaciones, con el mejor retratista que pueda encontrar. Empiezo mis sesiones mañana.

Una noche en el cine. En la oscurecida sala, masticando dátiles e higos, los nativos y yo nos quedamos igualmente pasmados por la película: un inglés lucha con un león, que penetra en una tienda donde una hermosa mujer de almendrados ojos lo espera. Más tarde pelea con unos bandidos y entra en una tumba faraónica donde desliza sus manos entre montañas de oro y joyas. Una momia se alza como si estuviera viva y ataca al inglés, pero éste despacha al macabro espíritu con un disparo de pistola.

Jueves, 19 de octubre de 1922

Diario: Entre las actividades de hoy figuraban dos horas de meditación mientras el artista dibujaba a lápiz sus primeros bocetos sobre la tela. Descubrí también a un excelente artesano de la marroquinería, una joya sin adulterar, que sé que mi hermano Atum-hadu hubiera saboreado al prepararse para sus viajes… la suave escama de la piel del cocodrilo, el resplandeciente latón de los cierres, el negro monograma grabado a fuego (la «A» cuesta sólo la tercera parte de «RMT», desde luego, pero ésa es una de las ventajas de la realeza). Nada en el banco todavía, aunque el cable no se espera oficialmente hasta dentro de tres días.

Esta noche estoy trabajando de lo lindo en medio del clamor de un pequeño cabaret donde el humo de la chicha forma un espíritu que envuelve a sus amos de hinchadas mejillas. Observo al fumador que está situado junto a la puerta: se forma lentamente un nido alrededor de su cabeza, el débil eco de una momia lo envuelve, pero cada vez que la puerta se abre a su derecha, inmediatamente el humo sale por ella con rapidez, hacia el cielo color ciruela salpicado de estrellas. La puerta se cierra y él empieza otra vez, envolviéndose en humo de la cabeza a los pies; la puerta se abre e invisibles saqueadores de nuevo frustran sus esfuerzos.

Sobre la inmortalidad y «La Paradoja de la Tumba»: La inmortalidad es, por supuesto, el tema central del desierto. Los antiguos reyes, quiero recordar a mis lectores profanos, compartían todos un saludable deseo de vivir para siempre en una eternidad bien provista. Para conseguir esta permanencia, eran necesarios dos elementos:

— La conservación de sus restos físicos, eternamente seguros.

— La conservación de sus nombres, cantados por siempre por los vivos.

Margaret: M., se forma un recuerdo como un humo que se estuviera amontonando alrededor de mi cabeza: aquel párroco de pueblo que aparecía cuando yo me escapaba lejos de padre y de la mansión: «Dime, niño. ¿Crees en la inmortalidad del alma?». Aparte de él, no recuerdo haber tenido miedo de nadie en mi infancia, pero en el caso de ese párroco, puedo evocar hoy las variedades e intensidades del terror infantil que sentía ante la mera mención de su nombre, ante la visión de su rostro al otro lado de la calle (calibradas antes y después de que él me descubriera), el sonido de su voz, la sensación de su enorme, pecosa mano sobre mi hombro, el olor de su respiración, sus humores parecidos a un clima duro y cambiante, y aquel hormigueante pavor, sumamente intenso, que sentía por todo mi cuerpo cuando me hacía algún regalo.

—Sí —murmuré, casi ahogándome con el caramelo obsequiado.

—¿Y cuáles son los requisitos para la inmortalidad del alma en el eterno paraíso?

El hombre se inclinó muy cerca de mi cara para oír la respuesta, y colocó la oreja directamente ante mi boca, donde debía de haber oído el crujir del caramelo, y yo pude ver entonces lo más profundo de aquella concha marina llena de erizados pelos, enrojecida y agrietada por el frío invernal.

Yo no traté de burlarme de él. A esa edad no, Margaret. Yo me sentí aliviado, ¡porque sabía la respuesta a su pregunta! Daba la casualidad que la había leído aquel mismo día, absorto hasta bien entrada la noche en los Reyes del Nilo, de Bendix (una obra que a estas alturas no puedo recomendar a los estudiosos). Me sentí aliviado, muy aliviado, y hablé antes de oír una débil voz tartamudeante en mi cabeza que me decía que me detuviera: «La supervivencia de tus restos y de tu nombre. Tu nombre en las crónicas, tu cuerpo en el envoltorio de momia, y tu corazón, intestinos e hígado en canopes. Figurillas de sirvientas para excitarte para el acto de recreación…». Mi voz se iba aminorando con la misma rapidez que su espantosa oreja se retiraba y era sustituida por la bien afeitada cara (con una mancha pardo-rojiza de sangre seca) y aquellos ojos de un azul tan penetrante, así como las escamas de piel atrapadas y temblorosas en su ceja.

Y con todo, a partir de ahí, la paliza que siguió no parece que me fuera administrada a mí. En vez de eso, puedo (en medio de esta música oriental de aquí, que apenas debe de haber cambiado en 3.500 años) ver que la paliza se la dieron al niño Atum-hadu, todavía un plebeyo en el creciente torbellino de sus tiempos, comprendiendo lentamente pero con delicia que estaba dotado con unos dones que nadie a su alrededor poseía, que su ascenso a la cúspide de su mundo (aunque ese mundo se estaba derrumbando mientras él lo escalaba) parecía inevitable. Si en su ascenso ofendía —o se veía obligado a abandonar— a los que le rodeaban, los crueles «párrocos» de su mundo, eso era algo que cabía esperar, incluso disfrutar, hasta de las palizas. («¿De qué te estás riendo, desgraciado?», recuerdo haber oído preguntar a mi clérigo, mientras el antiguo boxeador reconvertido en hombre de Dios descarga una lluvia de golpes sobre el muchachito, que de alguna manera es ya el más fuerte de los dos).

Pero la inmortalidad… ése es el tema central, y la base para lo que yo llamo «La Paradoja de la Tumba», que, observo ahora, es un título tan bueno para este libro como cualquier otro. La Paradoja de la Tumba: Atum-hadu, Ralph Trilipush y la solución al rompecabezas que ha durado tres milenios.

Sobre la inmortalidad y «La Paradoja de la Tumba»: Los antiguos reyes precisaban de un abultado equipaje para un viaje venturoso al otro mundo, y como ese equipaje, para el habitante corriente del Nilo, debía ser en buena medida oro, joyas y muebles lujosos, el temporalmente muerto rey estaba seguro de atraer visitantes no deseados a su tumba privada mientras él se encontraba en el incómodo período intermedio entre la agonía y el renacimiento. La miel de sus adornos atraía suficientes hormigas para destruir su campamento eterno y quizás incluso su cadáver. (Y los potenciales saqueadores de tumbas superaban significativamente en número a los potenciales residentes de tumbas, pues ni siquiera el antiguo Egipto prometía inmortalidad a un simple granjero o lavandera). Por ello, los reyes se encontraban divididos entre construir, por un lado, ostentosas pero impenetrables tumbas, y, por otro, tumbas completamente ocultas.

El problema reside en lo primero: la impenetrabilidad para toda la eternidad no existe. Incluso si los arquitectos reales conseguían engañar a los más astutos saqueadores de tumbas durante 500 años… eso son sólo 500 años, una gota en el océano. El problema con la segunda solución es: aunque el rey trague saliva y acepte la humillación de ser enterrado en una tumba sin distintivo alguno, lejos de los templos construidos para celebrar los rituales que acelerarán su entrada en el inframundo, aunque dejara de ser visto como el tipo de rey que sabe organizar un funeral y proveer una bonita tumba, todo a fin de mantener la ubicación de su sepulcro en secreto (aceptando trocar un tipo de inmortalidad por otro), se enfrenta entonces a otra maligna pregunta: ¿Qué grado de secreto es suficiente?

Porque, ahora, veamos, tu arquitecto ciertamente sabe dónde está tu temporal y ricamente amueblado lugar de descanso, y cómo entrar en él. Utilizará, por turno, a algunos centenares de obreros y esclavos, al menos, para construir, decorar y almacenar. Bueno, podemos resolver eso, tú y yo: usar prisioneros de guerra, y luego, cuando la tumba esté lista para ser ocupada, simplemente matar a los hombres que la hicieron. Por supuesto, ahora tenemos que enterrarlos en algún lugar lejos del emplazamiento de la tumba. ¿Cómo transportarlos allí? ¿Vivos o muertos? Bien, veamos, ¿quién más lo sabe? ¿Quién les dijo a sus primos que lo esperaran a la vuelta del trabajo a última hora de la noche, de su trabajo en Deir el Bahari? Y los hombres que, por orden tuya, liquidaron a los prisioneros… ¿sospecharon el motivo por el que lo hacían? ¿Se chivará alguno de ellos a un cuñado que necesita dinero? Proliferan los cabos sueltos. En cuanto al arquitecto, el hombre que conoce todos tus secretos: ¡recompénsalo! ¡Cierra su boca con tesoros, placer e inmortalidad! Palacios y oro y una hermosa tumba para él solo, desalentándole así de vaciar la tuya el día después de que tú tomes posesión de ella. Respiras tranquilo, por un momento, y entonces recuerdas las tumbas saqueadas de tus antecesores, todos los cuales creyeron que habían dado a la eternidad gato por liebre. Sus vacíos pozos están ahí, para tu consideración, siempre que te apetece dar un paseo lejos de tu capital, en Tebas, dar una vuelta por los riscos y valles, a la luz de la luna, para ver dónde fueron saqueadas sus tumbas y dónde, las autoridades, presas del pánico, descargaron los restos de sus cuerpos y posesiones en escondites apresuradamente construidos, fosas comunes donde los que otrora fueron poderosos hombres y mujeres residen ahora uno encima del otro, en informes montones, con sus vendajes deshilachándose, esperando que cuando llegue el día Osiris averiguará a quién pertenecen esos o aquellos intestinos.

De modo que hacer ostentación de uno mismo falla. Trabajar en secreto falla. La siguiente idea natural es erigir una necrópolis dirigida por el Estado y protegida, el Valle de los Reyes, en la cual nadie intenta mantener el secreto, sino que las momias confían en bien pagados seres vivos para proteger la atestada, cercada, ciudad de los muertos. «Estaremos juntos —dicen los reyes durante un tiempo de optimismo—. Construiremos a la luz del día, con inmortales alardes de riqueza y poder, y yaceremos, mejilla momificada junto a enmohecida papada, y crearemos una institución, un ministerio gubernamental de administración y protección de tumbas. Los reyes que vengan después de nosotros verán que mantener una necrópolis segura es de su interés para el futuro; cada rey confiará en su sucesor, porque cada rey sabrá que su sucesor debe, a su vez, confiar en su sucesor para que le devuelva el favor». Una regla de oro para proteger todo aquel oro subterráneo. «Tú, también, necesitarás al falible ser viviente algún día; oh, sí, lo necesitarás, de modo que haz esto por mí hoy, y el futuro nos protegerá a los dos». ¡Ah, pero! Pero no pasa mucho tiempo antes de que el presente encuentre que las piadosas pretensiones del pasado y las hipotéticas necesidades de un lejano futuro son, ambas, de escaso peso cuando aparecen urgentes necesidades inmediatas. Veamos: para un gobierno necesitado de dinero para guerras o monumentos, el seguro de inmortalidad que brilla bajo las arenas empieza a tener un aspecto muy parecido al de un tesoro bien localizado, y el pasado parece estarse ofreciendo para financiar el presente, y los problemas de la futura inmortalidad le parecen al actual y manirroto rey confortablemente lejanos.

De repente, tu inmortalidad, que te importa más que cualquier otra cosa en todo el universo, parece horriblemente poco sólida, pues tú te haces cada día más viejo y tus enemigos se acercan. ¿Cómo reunir todo lo que necesitas para un incierto futuro sin perder nada o atraer una atención indeseada hacia ti? El dilema de todo viajero, el mío al dirigirme al sur, el del rey encaminándose al inframundo: ¿qué llevar?

Tres días para que llegue el telegrama.

Los bailarines del estrecho escenario de aquí me recuerdan un verso de los de Atum-hadu:

Atum-hadu admira a dos hermanas.

Se las lleva a sus habitaciones.

Demasiado tarde, ellas comprenden los peligros

de un rey cuyo amor produce escozores.

(Cuarteto 9, Fragmentos A y C, de

Deseo y engaño en el Antiguo Egipto,

de Ralph M. Trilipush).

¡Las fatigosas contorsiones que el pobre Harriman realizó para sortear incluso ese relativamente suave pasaje! «El desacertado comportamiento de dos hermanas llama la atención del rey», y «la cámara de justicia de Atoom-Hadoo», y «el calor de la furia real», y así sucesivamente. Un ofendido mojigato que recurre al lenguaje de la jurisprudencia.

19 de octubre, El Cairo, un cabaret, última hora de la noche

Mi querida y futura Reina:

Acabo de releer tu carta del 22 de septiembre, como llevo haciendo una y otra vez desde hace tres días, y veo tu cara en todas partes adonde miro, incluso en este espectáculo oriental. Las mujeres sobre el escenario se quitan sus pañuelos de seda al son de las panderetas y los gimientes violines, y los velos se extienden como perfume. Parecen prácticamente desnudas cuando suben al escenario, pero después, incluso tras haberse quitado velo tras velo durante interminables minutos, dejándolos en montones sobre el escenario y mi mesa, no las veo mucho más desnudas de como llegaron, aunque las sedas que han arrojado forman una pila tan grande como un farallón del desierto que ocultara una tumba real.

El Cairo rebosa de recuerdos tuyos. Las palmeras, por la noche, se parecen mucho a un gigantesco ramo marchito, como aquel que yo sostenía para ti la pasada primavera, cuando tú bajaste del taxi, con una mirada distante en tus ojos, apenas reconociéndome, mientras yo acababa de pasar dos horas esperándote bajo la torrencial lluvia. Precisamente ahora estaba recordando la noche de mayo en que tú y yo montamos en los botes en forma de cisne de los Jardines Públicos y yo te recitaba el verso de Atum-hadu, y tú te reías de nosotros:

Atum-hadu ve a su más reciente reina por primera vez.

Su corazón y su cuerpo se hinchan e inflaman.

Se volverá loco, cometerá algún crimen,

si no se la traen inmediatamente, desnuda, sin pudor.

Allí estabas tú, sonriéndome con aquella tranquila actitud divertida. Me veías, veías más allá de lo escandaloso de la poesía y de los apetitos del rey, y veías el auténtico yo, cómo soy yo. Supe en aquel instante qué extraordinario hallazgo había hecho, lo supe como si hubiera abierto una tumba llena de joyas y resplandeciente oro. Tú me miraste y vi lo que era valioso y merecedor de tu amor. No hay nada enterrado bajo ninguna arena que se pueda comparar con la última primavera pasada contigo, descubriéndote, enamorándome de ti, conquistándote. Eres una chica maravillosa, Margaret. En pocas palabras, eres todo lo que siempre había deseado.

Y, pronto, nada se interpondrá en nuestra boda. Te suplico que esperes, seas paciente, permanezcas fuerte y saludable, y esperes, esperes por mí; espera. Estaré en casa antes de que te des cuenta, llevándote conmigo, cubriéndote de tesoros, instalándote en una casa que supera todos tus sueños, llenando tus días de entretenimiento y descanso en la proporción que desees. En tu carta me preguntabas dónde viviríamos. Mira, viviremos en un palacio, tú y yo, en un palacio, al lado de un río, bajo palmeras, y sin que nada nos falte.

Tu rey,

R. M. T.

P.S. Espero que veas esta expresión de mi preocupación bajo la luz adecuada. Me parece que tu padre está confiando demasiado en Inge para curarte. Sea cual sea el diagnóstico, tus fatigas y ataques los curaría un buen doctor y una medicina que te diera más energía, pero a juzgar por el fragmento de una carta que me enviaste en un delirio producido por la medicación, parece que ella te está administrando sustancias que exacerban tus síntomas. Deja que te diga que nadie te conoce mejor que yo, especialmente cuando estás totalmente sana y vivaracha, y cuando seas mi esposa no ahorraremos gastos para que te vean los mejores especialistas en estos temas. Tienes todo mi amor. Eres mi Reina.