El egiptólogo
Diarios de Ralph Trilipush, 1922
Diarios de
Ralph Trilipush,
1922
Domingo, 24 de diciembre de 1922
Trabajo. Mis miserables tripas. El gramófono no sirve de ayuda. El trabajo es duro. Le hace a uno pensar en la inmortalidad. Para el hombre corriente, supongo, la idea egipcia de la inmortalidad es la más estúpida superstición. Pero eso es así sólo porque nuestra idea de vida eterna ha cambiado, tanto si somos cristianos como si no. Aunque coincidimos con nuestros antepasados del Nilo en que la inmortalidad es aún la realización más importante del hombre (más importante que el amor, o cierta reputación de virtud, y mucho más necesaria que la amistad), no estamos tan locos que pensamos que nuestros cuerpos sean transportados a una vida futura. Usamos un vocabulario diferente «salvación del alma, fama imperecedera». Llamémoslo como queramos, pero hacer que nuestro nombre se oiga después de que los nombres de nuestros inferiores y enemigos se han desvanecido, eso es algo que todos nosotros aún seguimos esperando. (Y, lo más delicioso de todo, hacer que esto ocurra antes de que su vida física termine, de modo que ellos puedan sentir que el último vestigio de su nombre se esfuma mientras aún respiran y saben —saben, Ter Breuggen— que cuando sus enmohecidos cadáveres sean desnudados y arrojados a la tierra, serán ya anónimos cabello y piel, en su alegre camino a convertirse en unas anónimas cenizas, mientras algunos de nosotros nos convertiremos en estrellas y soles). Yo no sé de nadie que no aspire a esta permanencia, aunque afirme lo contrario. El mundo está atestado de arcos de triunfo e intentos más simples, artistas charlatanes ansiosos por saber si su trabajo perdurará, poetas que se suicidan para asegurar su fama, últimas voluntades y testamentos que tratan de controlar a sus herederos, nombres que anualmente se leen en iglesias y sinagogas, adornadas lápidas y te-amos en lecho de muerte, legados y donaciones con nombres y apellidos, dinero dejado a partidos políticos y obras de caridad. Somos todos muy egipcios todavía, sin discusión. No soy un idiota. Cuando llegue el momento, sé que estaré muerto.
No estaré rasgando un objeto de cuerdas con alas, o siquiera (como planeaba de niño) saboreando los cálidos, carnosos deleites de un inframundo egipcio bordeado de palmeras, guardado por Anubis, asistido por Isis. Hablo de algo más sutil, más fino, más intelectual y espiritualmente inasequible e inagotable. La inmortalidad para nosotros, aunque será sin un cuerpo, no lo será sin conciencia: la conciencia, en el preciso momento en que expire nuestro cuerpo, de que nuestro nombre perdurará.
C. C. F. está de acuerdo conmigo.
Lunes, 25 de diciembre de 1922
Diario: La barriga protesta como si me hubiera tragado sables, pero C. C. F. y yo continuamos nuestro trabajo a última hora de la tarde. Luego limpiamos los escombros, vaciamos cubos y quemamos esto y aquello.
Margaret: Acabo de recibir una visita. Hacía bastante tiempo que no hablaba con nadie, aparte de tu parlanchín padre, quiero decir.
Ella vino a verme, la dulce y vieja muchachita. Yo acababa de vaciar los cubos. Así que me pilló bastante cansado, casi al límite de mis recursos, sentado fuera de la tumba, masajeándome mi dolorido muslo.
—Querido muchacho, me dijeron que le encontraría aquí.
Pensé que quizás estaba teniendo alucinaciones… La repentina aparición de una de las personas que más me habría gustado ver. Había sido tan amable conmigo en el barco… Se cubría los ojos del resplandor y subía por los últimos escalones, levantándose su vestido pasado de moda para encaramarse a una roca con sorprendente agilidad.
—Querido Ralph, no tiene usted buen aspecto. ¿Qué le ha pasado aquí?
—Nada. Haciendo investigación. Un trabajo duro. He hecho un extraordinario hallazgo.
Se sentó a mi lado en la roca, recobró la respiración y me cogió la mano. De haber sido tú, hubiera caído en sus brazos.
—Pobre muchacho, mírese. Está usted mucho más delgado.
—Pero hábleme de usted, Sonia, ¿qué ha visto usted en la excursión de su vida? ¿Las tumbas de los Ramsés? ¿Ese circo que han montado allí en el agujero de Carter?
—Oh, querido, ¿está usted un poco celoso, no? No tiene necesidad, créame. Veo estas cosas con mucha claridad. No tiene importancia.
—¿Qué no tiene importancia?
—Todo eso. He visto más de lo que quería de este país. Este país es frío y duro.
Y entonces, de pronto, ella estaba llorando en mis brazos, estremeciéndose, y luego con la misma rapidez cesó de llorar y se sentó, secándose delicadamente la cara con el pañuelo.
—He perdido a mi Len, sabe, hace dos días. Así que estoy muy deprimida. — Miró hacia el oeste, a los acantilados que se iban suavizando y penetrando en el desierto—. La gente parece muy transitoria aquí; todo este espacio e historia. Me lo llevo a casa mañana. Parece que siente usted lo mismo que yo. Le gustaba usted, sabe.
Oh, mucho. Me lo dijo así la primera noche en el barco. Confío en que esos espíritus no le hayan enviado a usted en la mala dirección. No debe usted tomarlos demasiado en serio. Les gusta divertirse un poquito, sabe. Fueron humanos, también, y morir no le hace a uno más inteligente, me parece a mí. O más honesto. O siquiera más interesante, ahora que pienso en todas las conversaciones que Len y yo teníamos con ellos. He terminado con los fantasmas.
—Pobre Len. Pobre Sonia.
—Debería usted volver conmigo, sabe. Me vendría tan bien su ayuda. Todo ese difícil trabajo que me aguarda. Mis hijos viven demasiado lejos, y están demasiado ocupados.
—¿Ayuda?
—Para llevar a Len a casa. Podría usted ver nuestro hogar y nuestra casa de verano sobre el lago. Reina mucha paz allí. En invierno, sabe, hay demasiada nieve, así que hay que sacarla con la pala de delante de la casa. Len lo hacía, pero yo no puedo pedir a los chicos que me ayuden. Oh, querido Ralph. Venga y rescáteme de todo eso. Venga usted a asearse a mi hotel, compremos algunas ropas, y veamos a un doctor que le eche una ojeada a esa pierna. Y luego rescatará usted a esta vieja que le necesita tanto.
Margaret. Hace sólo unos días, hubiera ido, sólo unos días antes. Y podría haberte cablegrafiado para que nos encontráramos allí. Tú y yo cuidándola a ella en su casa de irregular distribución, los veranos en el lago, trabajando el jardín. Como guardas recién casados en la otra casa, yendo al mercado, cocinando. Arreglando esto y aquello. Tiempo de sobras para leer, jugar al tenis, llevarte a ti en su velero. Habría sido una solución para todo.
—Estoy demasiado cerca del final de mi hallazgo, Sonia. Tremendamente cerca.
—Por supuesto. Por supuesto, querido muchacho.
—Quizás podría reunirme con usted más tarde, cuando haya terminado aquí.
—Eso sería estupendo. Me gustaría mucho. Eso, si no quiere reconsiderarlo y simplemente venir ahora, ahora mismo, sencillamente venir conmigo…
Inició su camino de regreso por el sendero rocoso. Yo me senté delante de la puerta de la tumba, demasiado exhausto para mantenerme de pie. Ella se dio la vuelta y se despidió con la mano mientras bajaba por el serpenteante sendero. Cuando las altas rocas la ocultaron, pude imaginarme que ella pensaría que me había visto por última vez, pero entonces el sendero daba un giro y ella volvió a aparecer. Más pequeña, y sorprendida por volver a verme, hizo nuevamente un gesto de despedida. Sólo se paró una vez más, tan pequeñita. Saludó con su pañuelo, una diminuta figura allá lejos debajo de mí. Sacando nieve con la pala.
Martes, 26 de diciembre de 1922
C. C. F. y yo nos pasamos el día limpiando, analizando la Cámara 8, leyendo las inscripciones e ilustraciones de la pared, tomando medidas del mobiliario, etcétera.
Miércoles, 27 de diciembre de 1922
Hoy Carter empezó a sacar a la luz lo que hasta ahora solamente unos pocos elegidos habían visto bajo el suelo, pero está enseñándolo a las multitudes y cámaras de la manera más horrorosa, como si se hubiera convertido en un príncipe de la muerte. Las camillas, las vendas para envolver: es una visión de la guerra. Sospecho, por su forma, que la figura envuelta que ahora está surgiendo a órdenes de Carter es la estatua portadora de la lanza que vi allí, pero toda cubierta de vendas, como si los pulmones del antiguo soldado borbotearan a consecuencia del gas mostaza y sus ojos lloraran aquellas pardas y arenosas lágrimas. La recargada exposición: las cajas más pequeñas emergen transportadas por tres hombres, en marcha hacia la cueva de Lucas, cada adornada babucha destinada a ser rociada con una capa protectora y pegada y restaurada en esa factoría de antigüedades. Es un monumento a la vanidad de un hombre esta violación de las últimas esperanzas de paz de un pobre rey-niño.