El egiptólogo
Correspondencia: H. Ferrell a L. Macy III, 1954-1955
Correspondencia:
Harold Ferrell a
Laurence Macy III,
1954-1955
6 de enero de 1955
A uno le gusta tener razón, Macy. Y tener la razón por las razones correctas, es algo que también está bien. Esta mañana, mientras echaba una ojeada a lo que escribí ayer, tuve la desagradable, casi vergonzosa sensación de que quizás a veces tengo razón por las razones equivocadas. Hoy, al leer esto, no resulta bastante claro para mí dónde y de qué manera cogí a Trilipush en una mentira. Y sin embargo, recuerdo la sensación —una sensación, Macy, tan clara y real como el sabor del chocolate o el roce del viento en el rostro— de que él estaba mintiendo. Y ciertamente escribí entonces en mis notas que sabía que estaba mintiendo. Pero al volver a leerlo hoy, esa seguridad parece desvanecerse. Tal vez yo le hablé a Margaret del interés de Caldwell por la arqueología. Y ella pudo haber escrito a Trilipush mencionándoselo, supongo. No importa: si no fue eso, fue otra cosa. Resulta demasiado tentador decir que la perspectiva trae claridad. Lo más probable es que el tiempo confunda la verdad. No pongo en cuestión lo correcto de mi certeza de entonces, sino sólo mi capacidad para expresarlo ahora. No soy hombre de letras, Macy, ése es su trabajo en esta sociedad. Así que aclare usted cómo cogí a Trilipush.
E, igualmente, puedo acusarme ahora, supongo, de que fui incapaz de convencer a la policía de que echaran una mirada al lugar de inmediato. La desaparición de un inglés y un australiano, cuatro años antes, durante la guerra, no le pareció al policía de servicio que tuviera la más mínima importancia. Me dijo que informara de ello al consulado británico, y si éste ordenaba una investigación, echarían la ojeada. No conseguí que cediera, y pude observar su orgullo nativo al decirme no, como si yo fuera el Rey de Inglaterra, y no en realidad otro de los engañados habitantes de una colonia inglesa. Eso fue el sábado día 30.
Regresé a mi hotel a esperar las noticias de mis observadores. No aparecieron. Permanecí despierto hasta medianoche. Nada. Bajé a la calle, a buscarlos. Me pareció que veía a uno de ellos, pero cuando me acerqué, resultó que no hablaba inglés, y no pude estar seguro de si era o no uno de los de mi equipo. La verdad es que los niños egipcios no parecen muy diferentes entre sí. Empecé a temer lo peor: Trilipush, en su desesperación, había causado a mis pobres niños un grave daño.