El egiptólogo

Arthur Phillips · Capítulo 31 de 41

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El egiptólogo

Correspondencia: H. Ferrell a L. Macy III, 1954-1955

Correspondencia:

 

Harold Ferrell a

Laurence Macy III,

1954-1955

¡La tarde del día 30, nuestra paciencia se ve finalmente recompensada, Macy! Estoy de vuelta en el hotel después de inspeccionar otra vez el emplazamiento de la excavación de Trilipush en vano. Y ahora, de repente, Trilipush se mueve desde la invisibilidad a la omnipresencia. Llaman de las oficinas del barco fluvial. Se acaban de hacer unas reservas para Trilipush y Finneran en el barco que se dirige al norte, a El Cairo, para el lunes, primero de enero. Me llega también un telegrama desde El Cairo: en el Hotel de la Esfinge han recibido un aviso de que se espera la llegada de los Messrs. F. y T. la noche del 2 de enero. Y luego llaman a mi puerta. Uno de mis pequeños bandidos de Luxor, con una de sus palmas extendida. «Bock Sheesh», dice, el saludo local. «Bock Sheesh —respondo—. ¿Qué noticias hay?». Su palma permanece extendida. Tan pronto como su mano recibe el peso adecuado de dinero, su sistema de poleas interno le abre la boca: Trilipush había llegado a correos hacía una hora; no había recibido nada y no envió nada, ¡y se encontraba ahora sentado a menos de diez metros de mi mismísimo hotel!

Corrí tras el niño escaleras abajo, saliendo bajo el cegador sol, cruzando la calle. Me oculté detrás de una palmera. Mi corazón latía con fuerza. En cualquier momento iba a conocer finalmente al demonio que había asesinado al muchacho australiano y al oficial inglés, el cerdo que había roto el corazón de aquella maravillosa chica, su tía, Macy. Recordé una foto suya que ella me había mostrado, su brazo rodeando el hombro de Marlowe. Trilipush parecía un hombre corriente de cabello rubio rojizo, pero con algo codicioso e inmoral en su boca y sus ojos. Miré ahora a donde el chico estaba señalando, pero no vi a Trilipush. «Allí, está allí». El niño señaló nuevamente a un hombre barbudo con ropas de nativo, que estaba contemplando fijamente una bebida en una sombreada mesa de café. «¿Estás seguro?». «Seguro, sí. El hombre de correos lo dijo. Lo seguí hasta aquí. Es ese que está bebiendo, se lo aseguro».

Y allí estábamos, Macy, después de todo aquel tiempo recorriendo tantos miles de kilómetros por todo el globo, tratando de probar unos hechos ocurridos años atrás, persiguiendo los sueños y pesadillas de tantos clientes, a menudo sin saber siquiera yo mismo que ese hombre de ahí era el hombre que estaba buscando, que ése era el hombre cuyos crímenes le harían famoso ahora, tres décadas más tarde, gracias a usted y a mí.

—¿Mr. Trilipush, supongo? —Estaba de pie ante él con el sol a mis espaldas, un método seguro y probado de desorientar a un interrogado.

Él levantó la mirada.

—Ah, el obstinado Mr. Ferrell. Soy un hombre ocupado. Dispongo sólo de unos minutos para tomar una copa. Acompáñeme, si insiste, pero sea breve con lo que tenga que decir.

El efecto fue asombroso, lo confieso, Macy. La brillantez de los criminales nunca debe ser negada; si no, el orgullo de detective se te sube a la cabeza, sabe usted. Y él sí que era inteligente. Me reconoció, a mí, un completo extraño, de una sola ojeada. Dios sabe cómo, y no había mostrado la más leve sorpresa de que yo me encontrara ante él, en mitad de Egipto, y de que lo hubiera reconocido, si vamos al caso.

Porque él tenía un aspecto horrible. Fuera como fuese antes —en la primavera de sus fraudulentos trajines, cuando cortejó a Margaret con humo y espejos—, ella nunca hubiera querido a este sucio tipo, sin la menor duda. Iba vestido con una túnica desgarrada, manchada de tierra y salpicada de sangre, y atada con trozos de cuerda, y llevaba una sola bota, rota por añadidura, en tanto su otro pie no era más que una masa de amarillentos y encostrados vendajes. Tenía la barba y el cabello apelmazados, y su cara estaba bronceada aunque de forma desigual, allí donde no estaba simplemente cubierta de tierra, y uno de sus ojos aparecía negro e hinchado, y lucía moretones y cortes en la mejilla y la frente. Casi sentí compasión de él, Macy, pero entonces me acordé del sucio hogar donde un prometedor joven australiano había crecido, el mismo muchacho asesinado por ese inglesote sentado ante mí. Y mi compasión se esfumó.

Dios mío, cómo apestaba, Macy. Apestaba a podrido, a tumbas, a su propia suciedad, no lo sé. Probablemente el olor emanaba de su espantosa pierna descalza. Al terminar nuestra charla, cuando se puso de pie y se marchó cojeando, vi que prácticamente era como si no tuviera más que una pierna. Sin embargo, pese a todo ese horror, lo más enloquecedor de todo, lo que me permitió eliminar cualquier resto de compasión que pudiera haber sentido por él, era que Trilipush seguía hablando como si él mismo fuera completamente inconsciente de su aspecto, con toda la despreciativa mordacidad y el absurdo, injustificable esnobismo de las clases superiores inglesas, todo ese desprecio por las personas auténticas, las generaciones de odio congelado con las que había nacido en su sangre, y que le hacían sentirse superior al resto de nosotros. Podías oír lo que ese apestoso criminal pensaba de nosotros, los australianos: aquella bastarda voz inglesota que hace a los coloniales comportarse como sirvientes, y a los sirvientes comportarse como negros, y a los negros coger los fusiles y rebelarse. Y por supuesto se notaba claramente ese algo más en sus modales: el peculiar sonsonete del invertido, aunque en gran parte atenuado, sin duda, por el hábito de ocultar su naturaleza.

Las preguntas se agolpaban en mi cabeza, y tenía que disponer de un momento para organizar mis pensamientos, así que le dije que me pidiera una cerveza, cosa que él hizo en el dialecto local. Y entonces me lancé, haciendo preguntas a medida que se me ocurrían, mezclando los intereses de todos mis clientes, y el criminal respondía a cada una de ellas tan rápidamente que comprendí que se había preparado para mí. Finneran me había traicionado a esa sucia ruina, sin la menor duda. Debía de haber recibido montañas de oro, seguramente.

Recuerdo ahora mi posición mientras acosaba a Trilipush. No podía esperar que confesara de inmediato los asesinatos, y revelara el paradero de los cuerpos. Habían transcurrido cuatro años, y estaba demasiado aferrado a sus mentiras, confiando en el paso del tiempo, en la poca consistencia de las pruebas físicas. No, en vez de ello, tenía que provocarlo, como a un toro, hasta que en su furia delatara los crímenes en su rostro. Había que tenderle trampas, y en mis palabras (transcritas apenas unas horas más tarde, así que no dudo de su exactitud ni por un momento), verá usted esas trampas cerrándose cada vez más sobre nuestra liebre. Observe que yo no vacilo en transcribir cada insulto y dardo verbal contra mí. Debe ver usted en ellos las sacudidas contra el anzuelo que está hincándose cada vez más en su labio. Su arrogancia lo pierde, así que incluyo cada palabra, sin importarme lo que él me arroje. Debe usted entender, como especialista de las ciencias de la investigación, que yo separaba mis propios sentimientos de las preguntas que le hacía, que quería que entrara al trapo. Una buena lección para usted, Macy: el detective utiliza su propia persona como cebo, hace de sí mismo una especie de adversario contra el cual el criminal se enfurece, quedando atrapado él mismo en el proceso.

—Es curioso, Mr. Trilipush. Trato de comprender la historia de su vida, lo que he oído de sus amigos y admiradores. Y no puedo seguirla. Sumo continuamente dos y dos, y no para de salirme cinco. ¿Cómo lo explica usted?

—Quizás su profesor de matemáticas se pasó demasiado tiempo sodomizándolo en lugar de enseñarle la asignatura, querido.

—Muy bueno, y una interesante elección del verbo, si tenemos en cuenta lo que me han dicho de usted.

—¿Hemos terminado, Mr. Ferrell?

—¿Vino a verle Mr. Finneran la semana pasada?

—Sí, vino. ¿Cómo supo usted que estaba aquí?

—¿Dónde está Mr. Finneran hoy?

—Nos hemos de encontrar más tarde. Está haciendo los preparativos para nuestra marcha, el lunes. Nos repartimos las gestiones.

—¿Se marcha de Egipto? ¿Con destino desconocido?

—Si considera usted Boston desconocido…

—¿Van a regresar ustedes a Boston? ¿Y qué hay de las deudas excepcionales de Mr. Finneran?

—Todo lo que Mr. Finneran hace es excepcional, y en este caso ha invertido juiciosamente, al igual que sus socios.

—Oh, entonces no cabe más que felicitarle. ¿Ha tenido usted suerte en sus excavaciones?

—Incomparable. Ya lo leerá usted algún día y les comentará a sus nietos que una vez me conoció, y ellos derramarán lágrimas de maravilla. Quizás incluso le quieran por ello.

—¿Dónde está el tesoro ahora?

—¿Tesoro? Ése es un término encantador, tonto colonial. Los artefactos y obzhaydarr y muebles y manuscritos y momias están en la tumba, en proceso de conservación.

—¿Podría echar una ojeada a esa tumba?

—Sí, podría, tan pronto como se abra al público.

Para sacarle de su actitud defensiva, le provoqué con una mentira, aunque muy próxima a la verdad.

—Beverly Quint dice que usted y Marlowe eran amantes.

Me miró fijamente un momento, y luego continuó, imperturbable:

—No conozco a esa Miss Quint, aunque tiene un nombre encantador, así que no puedo imaginar qué la motivaría a hacer semejante afirmación. Estoy empezando a tener la impresión de que me confunde usted con otra persona. Casi hemos terminado, ¿no?

Imperturbable, sí, pero admitirá usted, Macy, que era una respuesta peculiar. Finge no conocer a su viejo amiguito Quint, cuando no hay ninguna razón para ocultarlo. No deje que le desconcierte eso: esta especie de confusión aparece a menudo en los interrogatorios culminantes con mentirosos impenitentes. A veces ellos mismos se confunden, no pueden recordar qué mentiras han dicho a qué personas, así que, como niños, empiezan a levantar polvo a su alrededor. Es capital aquí que el detective se aferre a lo que sabe que es cierto. Con las mentiras de Trilipush mordiéndose su propia cola, apliqué un poco más de presión.

—¿Por qué no aparece ninguna mención de usted en Oxford, profesor?

—No tengo ni idea. Sólo puedo suponer que usted, como muchas personas primitivas fácilmente impresionables, olfatean grandes conspiraciones en simples errores de oficina.

—Ya veo. Claro. ¿Entonces podrá usted explicar a este primitivo por qué los padres del capitán Marlowe, la familia de su queridísimo amigo, afirman que no lo han conocido a usted en su vida?

Finalmente se quedó en silencio.

—¿Eso dijeron?

—Sí, eso dijeron, Mr. Trilipush. ¿Sabe usted siquiera cómo se llaman?

—Naturalmente, Príapo y Safo. ¿Están bien los viejos?

—Sí y no. Se llaman Hector y Regina.

—¿Ah, sí? Qué extraño.

—¿Por qué el Ministerio de la Guerra británico no tiene ningún expediente de su carrera militar?

—¿Ah, no? Qué distraídos que son.

—En absoluto, Trilipush. Creo que su expediente militar fue borrado por las autoridades, ansiosas de encubrir otro crimen de guerra inglés.

—¿Crimen?

Resultaba exasperante incluso en su degradado y vapuleado estado; era todo lo que hay de detestable en los ingleses. Estaba visiblemente horrorizado por mi presencia, como lo había estado el padre de Marlowe; se burlaba de mí con su voz y su acento, casi tanto como lo había hecho Quint; tenía tan poco interés por el daño que había hecho en su vida como el viejo Barnabas Davies. Sentí deseos de aplastarlo, de retorcerle el cuello. ¿Se supone que debía sentirme impresionado por él? ¿Por un hediondo, desgreñado mendigo con una sola bota? Son sólo hombres, Macy: los asesinos, los ingleses, los ricos. Son sólo hombres.

Lo abordé desde un ángulo diferente.

—¿Quién es Paul Caldwell?

—Nunca he oído ese nombre.

—Era un soldado australiano que se perdió con el capitán Marlowe.

—Nunca he entendido del todo esa tendencia de la policía a hacer preguntas, sólo para responderlas ellos mismos un momento más tarde.

Y entonces, Macy, saqué el as. Le mostré, simplemente como un acicate para la conversación, el informe transcrito por la central de Tailor de los archivos militares británicos (creo que le he enviado ya a usted una copia, pero lo reproduzco aquí para nuestros lectores):

El capitán Hugo St. John Marlowe abandonó el campamento base de El Cairo el 12

de noviembre de 1918, con un permiso de cuatro días. No regresó el 16 de

noviembre, como estaba previsto. La búsqueda, iniciada el 18 de noviembre, no

reveló nada. Las entrevistas con oficiales y soldados tampoco descubrieron nada

significativo. En marzo de 1919, aparecieron unos nativos pidiendo la recompensa,

pues habían hallado las placas de identidad del capitán Marlowe y las del cabo P.

B. Caldwell (FIA), así como un fusil Lee-Enfield 303 de las FIA. Los nativos

dijeron que habían encontrado estos objetos cerca de Deir el Bahari. Las

posteriores entrevistas realizadas no revelaron la existencia de relación alguna

entre el capitán Marlowe y el cabo Caldwell, aunque los archivos de las FIA

muestran que el capitán Marlowe tomó por dos veces la inusual decisión de

recomendar el ascenso de Caldwell al capitán T. J. Leahy (FIA), oficial al mando

de la compañía de Caldwell.

Trilipush levantó la mirada y empujó la hoja hacia mí.

—¿Y?

—¿Qué les ocurrió a esos dos hombres, profesor?

Vea cómo va a picar el anzuelo, Macy.

—Oh, por el amor de Dios, Ferrell, escúcheme de una vez por todas. Yo no regresé a Egipto —seguramente ya sabe usted eso, hombrecillo inteligente— hasta diciembre de 1918. ¿Y quiere usted que le explique su garabateado documento? ¿Cómo podría hacerlo? Pero sea. Usted pretende ser un detective, así que use la cabeza, Ferrell. Se me ocurre un centenar de explicaciones para algo tan vago como eso, sin esforzarme.

—¿Un centenar? ¿De veras? Casi no puedo creerlo, profesor.

Podía sentir su orgullo, el orgullo del criminal creativo, y eso —lo presentí— sería su perdición.

—Es lo más simple del mundo. Una: Capitán y cabo se marchan, tal como usted tan claramente ha dicho, para un fin de semana romántico de cuatro días en el desierto, celebrando el armisticio con una excursión de amantes. Requisan una motocicleta con sidecar, y se marchan zumbando hacia el sur, donde empiezan a disponer un picnic, rasguear guitarras, recitar a Shelley, pelar uvas. No obstante, han transcurrido sólo unas pocas horas desde el armisticio, y algunos soldados enemigos no se han enterado de las buenas noticias, o algunos bandidos han decidido no preocuparse por ello. Capitán y cabo se encuentran de repente, no en un amoroso abrazo, sino rodeados de enemigos, y el capitán saca su revólver Webley. Le dice a su amante que corra. El cabo se dirige a la motocicleta, oye tres disparos en rápida sucesión, se vuelve para ver a la turba de árabes enloquecidos por la sangre hacer pedazos al capitán, y en su estado de pánico no logra poner en marcha la máquina. Los diablos lo derriban también, y se lo llevan a rastras para torturarlo. Sus placas de identidad y su fusil se quedan atrás. ¿Encaja con sus hechos, sí? ¿Sigo? Estupendo. Dos: El capitán está enamorado de una muchacha árabe, y decide echarlo todo por la borda por ella… familia, patria, carrera, Iglesia de Inglaterra… convertirse en su marido árabe. Y se lleva a su queridísimo amigo, ese soldado neozelandés…

—Cabo australiano.

—… ese cabo os-tri-lia-no para que sea su criado. Escenifican su propia desaparición, y ahora viven juntos apenas a tres kilómetros de distancia de aquí, marido, mujer, tres hijos y sirviente australiano. Puede usted dar con ellos ahora mismo, si es lo bastante inteligente para seguirles la pista. Dejaron sus credenciales de muerto a la vista, confiando en que algún idiota supondría que, efectivamente, estaban muertos. Usted es ese idiota. ¿Más? Muy bien, tres, y ésta cocinada a su gusto: El empobrecido cabo australiano estaba haciendo chantaje al capitán inglés, que era un sodomita. El capitán inglés decidió poner fin a su comprometida posición asesinando a su atormentador. Así que invitó al cabo aussie al desierto para mostrar y compartir con él algún valioso hallazgo arqueológico. Colina tras colina, lo condujo hasta un lugar retirado. «Aquí es donde vamos a cavar», dice. Cuando el confiado muchacho aussie le hubo dado la espalda y empezado a sacar alguna herramienta de excavación de la alforja de la motocicleta, el capitán saca su Webley. El cabo captó el reflejo del arma en el depósito de gasolina de la moto, que, patéticamente, él mismo había pulido para impresionar al inglés. Allí el distorsionado reflejo del capitán le hacía parecer un insecto con un enorme tórax, diminutos miembros y un revólver. El cabo, un presunto, e inofensivo arqueólogo, se sacó sigilosamente su cuchillo de combate y se dio la vuelta. El sonriente capitán le dijo al pobre muchacho que iba a matarlo para acabar con el chantaje, y luego desenterraría el prometido hallazgo arqueológico él solito. El capitán tuvo incluso la audacia de decirle al muchacho que no se tomara a pecho estas noticias, le sugirió al pobre tipo que sería lo bastante amable para informar de su muerte como un acto heroico, por lo que el cabo recibiría honores póstumos y una pensión para su empobrecida familia de Australia. Esto resultaba casi convincente para el cabo, digamos de pasada, pero al final no se creyó que el capitán fuera a cumplir su promesa, de modo que saltó sobre él, en un acto de obligada autodefensa. En la lucha, el capitán disparó contra el cabo, al tiempo que éste apuñalaba al capitán, y ambos cayeron, totalmente muertos. Los bandidos les robaron sus uniformes, la motocicleta y las pertenencias. ¿Lo está escribiendo todo en sus notas? ¿Debería hablar más lento? Los chacales arrastraron los cuerpos hasta una cueva y los devoraron. Las placas de identidad no son digeribles ni valiosas, y fueron abandonadas en el desierto. ¿Algo más, Ferrell, mi querido monito rojo? Número cuatro: El capitán, en su trabajo de contrainteligencia, descubrió que el cabo estaba pasando secretos a los turcos. Enfrentando al cabo con este terrible descubrimiento, el capitán hizo ademán de arrestarlo, cuando de repente un avión británico que volaba por encima de sus cabezas confundió el altercado con un…

Y siguió diciendo tonterías, desgranando al menos otras seis supuestas historias. Yo trataba de interrumpirlo, pero él no permitía que nada le apartara de su representación.

—Espere un momento, detective. No he hecho más que empezar. Mire usted, todas estas posibilidades, ninguna de ellas verificable o discutible, encajan con su documento, y no he hecho más que empezar a estirar los músculos. Las pruebas textuales pueden contener una enorme cantidad de trampas y distorsiones, como un disco gramofónico dejado al sol. Difícilmente existe un informe escrito sobre algún acontecimiento pasado que pueda explicar nada. No sabemos nada del pasado, nada que sea cierto, procedente de ningún documento único; pero ¿usted ha viajado por el mundo, sin enterarse de nada, destrozando mi reputación aquí y allá e intentando seducir a mi prometida, basándose en ese pedazo de papel?

¡Macy! ¡Él había cometido su error fatal! ¿No lo ve? Si realmente no sabía nada de los hombres perdidos, si era cierto que había regresado al campamento después de su desaparición, entonces ¿cómo —en su serie de hipótesis destinadas a oscurecer la verdad— suponía que el joven Paul Caldwell era «un presunto arqueólogo»? Nada en el expediente militar lo decía. Yo sólo lo sabía por mis entrevistas en Australia. Oh, sí, nuestro Mr. Trilipush estaba atrapado. Me lancé sobre él, y tuvimos nuestro momento de gloria, para hacer nuestro dramático discurso y contemplar cómo se derrumbaba la pared de mentiras.

—La verdad, Trilipush, según mi experiencia, es una cosa muy simple y a menudo está escondida en el sitio más obvio, marcada por los habituales mojones: lujuria, codicia, odio, envidia. De modo que le sugiero que se calme ahora y escuche lo que yo sé. Lo que sé, profesor, no lo que puedo imaginar. A principios de noviembre de 1918, quizás antes, el amante homosexual, y socio en la búsqueda de tesoros, de Marlowe, el empobrecido caballero y capitán Trilipush, regresa a Egipto de una batalla en Turquía, en la que se suponía que había fallecido. No se presenta a sus superiores, sino que simplemente permanece escondido, al acecho, dejando que el mando británico piense que está muerto. En este tiempo, descubre que, durante su ausencia en Turquía, su amante ha tomado a un joven cabo australiano para que sea su ayudante en la investigación arqueológica —¿Cómo sabía usted eso, profesor?—. Bien, el desdeñado y enfurecido Trilipush supone, erróneamente, que Marlowe y Caldwell son también amantes, y secretamente sigue a los dos hombres al sur, hasta el desierto, cuando ellos se toman un permiso de cuatro días para ir en busca de tesoros arqueológicos, guiados por el misterioso Fragmento C. Oh, sí, lo sé todo sobre su mapa del tesoro, profesor, no me interrumpa. Los dos inocentes llegan ignorantes de la presencia de Trilipush al lugar próximo al tesoro que buscan, pero, antes siquiera de que puedan empezar su excavación, ¿quién aparece, sino el fantasmal egiptólogo? «¿Cómo? ¿Estás aquí?», dice tartamudeando Marlowe ante aquel sorprendente reaparecido. «¡Silencio, miserable traidor!», chilla el gimiente, lloroso Trilipush, enloquecido por los celos y la codicia y la angustia. Utilizando su propio Webley, los mata a los dos, capitán y cabo, el examante y el inocente muchacho australiano. Entierra los cuerpos, pero accidentalmente deja caer sus placas de identidad y el fusil del aussie. Luego simplemente se marcha en la motocicleta, robando el mapa del tesoro, el Fragmento C, que le diría adónde regresar cuando el calor hubiera aflojado y pudiera cavar tranquilamente en busca del tesoro. Unos meses más tarde, va a Estados Unidos, llorando lágrimas de cocodrilo por la pérdida de su gran amigo, fingiendo no saber nada de Caldwell, y se da a conocer como erudito y estudioso del rey cuya tumba, llena de tesoros, Marlowe y Caldwell estaban buscando el día que usted los asesinó a sangre fría. De modo que, seguro de su espantosa victoria, se burla incluso de la familia de una de sus víctimas, enviando a los pobres afligidos padres un ejemplar de su obra pornográfica, grotescamente dedicado a su amante asesinado, llamándolos por los íntimos y pervertidos apodos que usted y el hijo invertido habían inventado para ellos. En Boston, se asegura el empleo gracias a fraudes académicos, y un apoyo financiero merced a un pretexto romántico igualmente falso…

—Espere un momento… ¿Usted cree que yo maté a Paul Caldwell? —preguntó él, exasperándome, ya que llevaba un retraso de varios minutos respecto del hilo de mi discurso.

—No me interrumpa, Trilipush. Consiguió usted un empleo en Harvard pretendiendo haber ido a Oxford, cosa que no era cierta. Oh, sí, estuvo allí, un mundano sodomita en el pequeño y turbio inframundo de Oxford, una escandalosa influencia sobre un círculo de jóvenes invertidos que continúan cantando sus excelencias incluso a día de hoy, y que vivía del dinero de Marlowe, quien le pagaba para ser su mantenido. Pero usted no era estudiante, no obtuvo ningún título, no se ganó ningún derecho a tener un puesto en Harvard. Al llegar a Boston, mirando a su alrededor en busca de un blanco fácil, fingió amar a Margaret Finneran, pero sólo para conseguir el dinero de su padre. Con ese dinero usted partió para Egipto, sin ninguna intención de regresar jamás a Boston cuando encontrara su tesoro, y empezó a excavar en el preciso lugar donde Paul Caldwell y Hugo Marlowe habían desaparecido, una notable coincidencia, convendrá usted. Bien, poco después, ese mismo suegro potencial, dándose cuenta de su error de juicio, acepta la juiciosa e independiente decisión de su hija de romper su compromiso. Enloquecido por ese desaire a su arrogante orgullo criminal, sospechando que Finneran ha comprendido su plan, y tratando de hacer imposible para él que le siga a usted y al oro, trata usted de arruinar la reputación de Finneran con una serie de telegramas difamatorios. En vez de ello, él resueltamente le persigue, lo encuentra a usted en la excavación, y allí los dos cierran un corrupto trato: se dividirán sus indebidas ganancias en dos grandes montones. Finneran trata secretamente de guardar la mayor parte del suyo en bancos malteses, en su camino de vuelta a casa en el Cristoforo Colombo, excusándose por llevar a Boston sólo lo suficiente para pagar sus deudas, pero no lo bastante para compartir los verdaderos dividendos del hallazgo con sus traicionados socios. A cambio de su silencio ante esa traición, y en buena parte para su alivio sodomítico, le permitirá a usted viajar a lugares desconocidos con una parte del oro mayor de la que realmente le corresponde, y le dirá a Margaret que lo olvide, que se ha enamorado usted de una muchacha egipcia. En realidad, usted se irá al extranjero, probablemente a restaurar su apolillado Trilipush Hall con su tesoro egipcio manchado de sangre, robado a, por turno, Marlowe, Caldwell y ahora J. P. O'Toole. Oh, no creo ni por un momento que regrese usted a Boston, Trilipush. Ni usted ni Finneran pueden permitírselo.

El efecto fue extraordinario, Macy. Se quedó sentado, completamente inmóvil, mirándome con ojos desorbitados, como si le acabara de descargar un tremendo golpe. Ése es el efecto que la verdad produce en un mentiroso, Macy. Lo comprendí todo en aquel momento, comprendí todo lo que había que saber de nuestro Mr. Trilipush.

Pero aquí llegamos a nuestro único punto débil. Sin los cuerpos, ¿qué pruebas físicas tenía? Nada. De modo que rápidamente me aproveché de mi posición de fuerza y moví mi ficha. Si Trilipush se negaba a venir conmigo inmediatamente para hacer su confesión al cónsul británico o australiano, no tenía otra elección que pedir a la policía local que usara perros para excavar toda la zona hasta encontrar los cuerpos de Caldwell y Marlowe. Esto lo alarmó, y aunque empezó a farfullar cosas sobre el daño que eso causaría a las tumbas antiguas y demás, estaba claro que su temor no era sólo académico. Lo tenía. Yo lo sabía. Y él lo sabía. Todo lo que quedaba era finalizar el juego.

—Nada dura para siempre, Trilipush —concluí, echándome hacia atrás en la silla —. Le toca mover, compadre.

Decidió entonces tratar de ganar tiempo. Me insultó, insistió en su inocencia, me dijo que estaba armado. Finalmente, negoció: prometió que estaría en el barco de El Cairo el lunes, cuya reserva podía yo confirmar en ese mismo momento. Y que obligaría a Finneran a acompañarlo para responder a todas las preguntas que yo deseara hacer ante cualquier juez que eligiera cuando llegáramos a El Cairo. Podía incluso sacarlo esposado del barco, si ése era mi deseo.

—Pero, por ahora, Mr. Ferrell, mi maravillosa Némesis, tengo que hacer los preparativos para el gran viaje.

Se marchó, dejando que yo le pagara la bebida. No me preocupó que se fuera, pues, inmediatamente, hice señas a mis observadores egipcios de que le siguieran, y ellos se lanzaron a una bien orquestada acción, dispersándose, mezclándose, maniobrando tal como les había enseñado. Yo me marché también inmediatamente y fui a hacer una reserva para mí en su barco de El Cairo, y desde allí me trasladé a la comisaría de policía. La perspectiva de la policía y los perros lo había asustado visiblemente, y mi intención era seguir acosándolo. No pensaba dejar que se me escapara durante las próximas cuarenta y ocho horas.