El egiptólogo
Mapa de Egipto
Documentos reunidos
por
Laurence Macy III,
1955
Correspondencia:
Ralph Trilipush y
Margaret Finneran,
1922
31 de diciembre. Crepúsculo. Ante la tumba de Atum-hadu. En el gramófono, un Victrola 50, suena: Estoy sentado en el columpio del porche trasero (¿Quieres venir a sentarte conmigo, cariño?).
Mi querida Margaret, mi eterna Reina cuya belleza asombra al sol.
Mañana, tu padre y yo regresamos a casa, a tu lado… en el lujoso barco fluvial que se dirige al norte, a El Cairo, para pasar la noche en el Hotel de la Esfinge; luego, por ferrocarril a Alejandría, donde hemos reservado un pasaje triunfal en el vapor italiano Cristoforo Colombo, con escala en los puertos de Malta y Londres, y destino Nueva York, en donde cogeremos el primer tren que me lleve hasta ti, en Boston. Podrás abrazar a tu prometido y a tu padre el 20 de enero.
A mi regreso, nuestra boda será, claro está, lo más urgente. Después, tras nuevos preparativos, dirigiré una segunda expedición de vuelta aquí, a Deir el Bahari, para llevar a cabo un estudio fotográfico de las pinturas murales y retirar los objetos y tesoros de la tumba. Todo lo que queda esta noche es sellar la entrada de la tumba, dejando mi hallazgo exactamente como lo descubrí. Y luego mandarte este paquete. Mi mensajero vendrá dentro de poco.
Nada se interpone en nuestro camino ahora, querida. Mi éxito aquí, la restablecida bendición de tu padre… todo tal como te prometí. Te alegrará saber que tu padre y yo somos otra vez leales amigos. (Gracias por tu cable de «aviso», pero ¡la impropia cólera de tu padre, allá en Boston, no podía durar mucho tiempo aquí, en mi compañía!). No; me felicita por mi hallazgo («¡nuestro hallazgo, Trilipush!», me corrige), te manda, medio dormido, su cariño y, tumbado, te suplica que hagas caso omiso de aquellas estúpidas cosas que te dijo de mí. Se encontraba bajo una terrible tensión, rodeado de envidiosos e intrigantes, y ahora está encantado de que le haya perdonado por sucumbir, siquiera por un instante, a semejantes mentiras corrosivas. Y por fin estamos regresando a ti, como tú regresarás a mí.
Por supuesto, si lees esta carta, entonces es que, por razones que sólo puedo suponer, no he conseguido volver sano y salvo a Boston y a tus brazos. No habré conseguido llevar conmigo nubes de gloria inmortal, ni rodear tu blanco cuello con esta gargantilla del más blanco oro proveniente de la tumba de Atum-hadu. Ni llevándote aparte cortésmente, bajo las arqueadas ventanas de doble cuerpo del salón de tu padre, secarte tus lágrimas de alegría por mi regreso sano y salvo, y pedirte amablemente que me entregues, en cuanto llegue, un paquete (éste), que tú recibirás dentro de poco, timbrado con el atractivo franqueo del lejano Egipto, dirigido a mí pero a tu atención, para ser abierto por ti sólo en caso de una prolongada e inexplicable ausencia.
No, los acontecimientos se sucederán tal como he previsto, y tú no habrás leído esta carta. Yo llegaré antes que ella, te la quitaré suavemente de las manos antes de que la abras, y no leerás nada de esto, habiendo sido sólo una innecesaria precaución que nadie más que yo habrá conocido.
Pero. Pero, Margaret. Hay un pero. Tú has visto con más claridad que nadie la malevolencia de aquellos que nos han fallado, y nunca se sabe cuándo pueden ocurrirle a uno accidentes fatales o algo peor. Por tanto me tomo la libertad de enviarte adjuntos mis diarios. Quiera Dios que puedan llegarte sin impedimentos.
Margaret, tú tienes ahora en tus manos, si los viscosos tentáculos de mis enemigos aún no se han infiltrado en el sistema postal egipcio, tres paquetes, dispuestos cronológicamente, según su confección. Se inician el 10 de octubre, con mi llegada a El Cairo, al Hotel de la Esfinge, con los recuerdos de ti y de nuestra fiesta de compromiso todavía bullendo en mi cabeza. Anotaciones de diario que nunca estuvieron destinadas a su publicación se entremezclan con otras que sí lo fueron, y con elementos del trabajo concluido. Buena parte del diario es una carta dirigida a ti, la carta que nunca encontré el momento de enviarte hasta ahora. Tengo intención de aclararlo todo a mi regreso a Boston. El segundo paquete se inicia cuando agoté mi provisión de papel de escribir y sobres del hotel, y en su lugar confié en la generosidad de colegas míos del Servicio de Antigüedades del Gobierno egipcio; montones de páginas con el membrete del director general del servicio. Finalmente, he llenado casi por completo un bellísimo Diario de Campo Indio y Colonial Lett's n.º 46, los diarios preferidos de los exploradores británicos cuando trabajan en remotos calores y arenas, haciendo avanzar el conocimiento mientras ponen en riesgo su piel. No te preocupes: las páginas arrancadas de su lomo no son más que las páginas de esta carta. Juntos, los tres documentos componen el tosco borrador de mi indiscutible obra maestra, Ralph M. Trilipush y el descubrimiento de la tumba de Atum-hadu.
Asimismo, adjunto las cartas que me has enviado aquí, tus palabras, entremezcladas las amables y las crueles. Siete cartas, dos telegramas y el cable que te envié que me arrojaste a la cara ayer. Y los cables de tu padre dirigidos a mí.
Acabo de reemplazar la aguja del gramófono, la penúltima. Suena una preciosa canción.
Confío en un muchacho para que me sirva de mensajero.
Con el paso del tiempo, Margaret, se produce erosión. La arena desgasta, los escombros lo cubren todo, los papiros se desmenuzan, la pintura se deteriora. Parte de esto es, desde luego, destructivo. Pero parte de la erosión es clarificadora, cuando depura falsas semejanzas, fallos atípicos, detalles confusos y no esenciales. Si, mientras escribía mis notas, he cometido aquí y allá alguna acción errónea, si no he comprendido o he descrito inadecuadamente algo que vi o que creí ver, bueno, en ese momento uno piensa «No importa, lo corregiré cuando vuelva a casa». Y así lo haré. Pero, desde luego, si me golpearan hasta la muerte y me metieran en el baúl de viaje de un estirado conde y luego me cortaran en trocitos y mis fragmentos fueran esparcidos por encima de la borda para alimento de los tiburones, bueno, entonces, sería una lástima que no hubiera corregido el trabajo cuando tuve la oportunidad. Necesitaré entonces un brillante y valioso redactor que pueda apartar de un soplo la polvorienta especulación, para revelar la desnuda y fría verdad, una verdad de obsidiana y alabastro. Tú proporcionarás esa clarificadora erosión.
Y llegamos a la crucial tarea que te estoy confiando, mi musa convertida en albacea. Tú eres ahora la diosa guardiana de todo lo que he realizado. Estos escritos son la historia de mi descubrimiento, la derrota de los escépticos y de mi propia inseguridad. Te confío nada menos que mi inmortalidad. Deposito en ti mi confianza, a pesar de todo, porque, si no, ¿en quién más lo haría? Si algo le llegara a pasar a mi cuerpo, entonces tú serás responsable —abriendo este paquete, leyendo estas palabras — de garantizar que mi nombre y el nombre de Atum-hadu nunca perezcan. Es lo mínimo que puedes hacer por mí, Margaret.
Supervisarás la publicación de esta mi última obra. Insisto en que se haga en una gran tirada de una prestigiosa editorial universitaria. Pisa fuerte con tu bonito pie y exige un espacio en las estanterías de todas las bibliotecas universitarias importantes, así como en los grandes museos egiptológicos de Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Italia y El Cairo. ¡Y entre el público en general! ¡Tápate los oídos, Maggie! Porque se levantará un clamor como nunca se ha oído cuando la noticia se publique. Pero mantenlos todos a raya hasta que estés lista. Haz el trabajo que te estoy pidiendo, insiste en que el libro sea impreso exactamente tal como digo, y no les des a los buitres nada más.
No tengo tiempo de corregir en este momento; los acontecimientos están sucediendo demasiado deprisa aquí. Y nos vamos mañana. Así que yo mismo lo haré cuando llegue a casa sano y salvo; pero, permíteme darte un último consejo si los acontecimientos se desarrollan de manera diferente.
Por ejemplo, mientras los contemplo ahora, sin duda algunos de los primeros bocetos parecen no haber sido terminados. La vista juega malas pasadas en la penumbra, cuando uno tiene prisa, pero los dibujos finales son indiscutiblemente preciosos, de modo que se puede prescindir de aquellos primeros esfuerzos. Y tú tendrás que separar las partes que van dirigidas a ti, mis anotaciones del diario privadas o demasiado francas aquí y allá. Lo que es sólo para ti y lo que es para todo el mundo cae por su propio peso; la división es fácil de ver, si eres cuidadosa. Yo fui demasiado ansioso como diarista y como tu corresponsal al comienzo. No hay necesidad de publicar nada sobre nosotros, las fiestas y nuestras relaciones. Yo estaba emocionado, y con motivo, Margaret, como la historia demostrará. Y ahora veo también ciertas meditaciones sueltas que dejan que se escape un poco de vapor erudito aquí y allá, mis deducciones permitieron cierto espacio para alumbrar soluciones que se evaporaban con la luz del día. Haz una cuidadosa lectura, te lo suplico, una cuidadosa lectura en privado, una meticulosa corrección, y luego busca un mecanógrafo (llama a Vernon Collins); usa mis ilustraciones de los libros de notas, sólo el último grupo, cuando las paradojas de Atum-hadu se aclararon todas, y finalmente comprendí lo que estaba viendo.
Si debes ser mi viuda, M., entonces serás también mi aliento. Quitarás dulcemente lo que no es esencial. Empecé a tachar algunos fragmentos, pero ahora no tengo tiempo, y podría cortar hasta el hueso, de modo que mira: haré que tu trabajo sea lo más sencillo posible. El material pertinente sigue este orden: Kent; Oxford; el descubrimiento del Fragmento C con mi amigo; su trágico final; tú y yo enamorándonos; la inversión de tu padre; la tumba de Atum-hadu en todo su esplendor; la inteligente solución a su Paradoja de la Tumba; el sellado de nuestro hallazgo para un posterior retorno; tu padre y yo dirigiéndonos a casa; nuestro desgraciado asesinato. O no, por supuesto. No podría estar más claro. Quema el resto como las notas marginales de los primeros borradores de un erudito.
El crepúsculo aquí es distinto de cualquiera que haya visto hasta ahora. El color, cuando el sol se funde en las cambiantes escarpaduras del desierto… estos colores no existen en Boston o en Kent. Éstas son las colinas y despeñaderos donde está indeleblemente grabada la historia de mi vida.
La última aguja del gramófono. Adoro esta canción.
Margaret, si estás leyendo esta carta, sollozando, horrorizada ante tu doble pérdida pero preparándote, tú y tu pluma, para las vitales tareas que tienes ante ti, entonces ya no vacilo en acusar desde aquí, antes de que se cometa el espantoso crimen, al maníaco de Howard Carter, cuyo nombre tal vez hayas oído en las últimas semanas, el medio loco, el afortunado desde la cuna, el inepto que dio un traspié en una escalera y cayó en la sospechosamente bien conservada tumba de un insignificante reyezuelo adolescente de la XVIII.a dinastía llamado Trivial y Común, el maníaco que, presa de sus paralizantes celos, ha amenazado varias veces a mi persona los últimos meses, tanto si estaba sobrio, como si se había intoxicado con algún narcótico inhalado. He desdeñado anotar en mis diarios profesionales la incesante actitud de hostilidad y escasamente contenida violencia hacia mí por parte de Carter; tal delicadeza es sólo una dolorosa cortesía profesional hacia el otrora gran arqueólogo, y es, por añadidura, un ejemplo de cierta hombría que siempre he mostrado y que tú siempre has admirado. Así, he ignorado sus repetidas amenazas de hacer que yo y mi «notable patrocinador, Mr. Chester Crawford Finneran, desaparezcamos inexplicablemente». Ni que decir tiene que si tu padre y yo no desembarcáramos del Cristoforo Colombo en el puerto de Nueva York, puedes estar segura de que hemos sido asesinados por Carter o por alguno de sus secuaces, como su patrocinador, un desgarbado conde inglés, cuyos suaves modales apenas disimulan que es un depravado, por mucho que se empeñe, o por su espantoso cómplice de pelo anaranjado, al cual conoces muy bien.
Hermosísima Margaret, en estos meses no ha faltado incomprensión entre nosotros. Pero, pese a las ásperas cartas y al aún más áspero silencio que me has hecho llegar, sé que tu amor por mí permanece inalterable, al igual que mi amor por ti; no hay nada en esta vida que valore más que tu abrazo. El disco del gramófono ha llegado nuevamente al final y ahora sólo jadea de agotamiento.
Esta era mi última aguja de los centenares que traje conmigo. El pensamiento de que te he visto por última vez, de que nunca más te tendré entre mis brazos, temblando bajo la brisa mientras cruzamos danzando tu salón de baile y las ventanas están abiertas de par en par al jardín, la idea de que la palidez de tu cuello y el color de tus labios nunca me será mostrado otra vez, me sobrecoge tan brutalmente que apenas soy capaz de escribir. No puedo soportar la idea de que jamás volveré a verte. No puedo soportarla. Y tampoco soporto que pienses en mí tal como tu padre me describió, no como realmente soy, como sé que tú me veías al principio. Por favor recuérdame cuando éramos felices, cuando estabas sumamente orgullosa de mí, cuando encontraste al héroe que llevabas tanto tiempo buscando, al único hombre que podías imaginar, cuando hablábamos de tener el mundo a nuestros pies. Por favor, recuérdame así, queridísima mía. Te amo más de lo que puedas pensar, de una forma que jamás podrás imaginar.
Te veré pronto, mi amor.
Tu Ralph