El egiptólogo
Correspondencia: H. Ferrell a L. Macy III, 1954-1955
Correspondencia:
Harold Ferrell a
Laurence Macy III,
1954-1955
Al día siguiente, el 30, las cosas habían ido de mal en peor en un instante. Su tío abuelo no se encontraba bien, pasando de ataques de furia a períodos de silencio, que lo eran todo menos de tranquilidad. Raras veces le había visto beber anteriormente, pero ahora le daba a la botella. Evidentemente, no había dormido. He visto en el pasado a hombres en su misma situación, Macy, y es interesante ver lo parecidos que son todos. La presión produce cosas predecibles en los hombres, es lo que he aprendido. Hay realmente sólo dos, o quizás tres respuestas humanas a la presión intensa de verdad. Las he visto todas.
La noche anterior, Finneran hizo lo que yo le había aconsejado y mandó el telegrama rompiendo el compromiso de Margaret y Trilipush. Trilipush respondió, y con cierto calor. Eso me dejó perplejo, tengo que reconocerlo, pues no pensaba que a Trilipush le importara demasiado este punto, ya que había obtenido lo que deseaba de la familia, y Margaret no podía, por tanto, ofrecerle mayor interés; y yo estaba dispuesto a recogerla en su caída. Pero los planes de Trilipush eran evidentemente más profundos de lo que yo podía ver, y no parecía gustarle nada perder a su prometida. No. En respuesta, había telegrafiado, no a Finneran, o a Margaret, sino a O'Toole, y el irlandés había hecho circular —lo cual era una mala señal— aquel cable para que Finneran lo leyera y sudara. El telegrama de Trilipush rezaba: O'TOOLE, FELICIDADES POR NUESTRA COMÚN BUENA FORTUNA. SUPONGO QUE FINNERAN HA COMPARTIDO CON USTED LOS CÁLCULOS DE LA RENTABILIDAD FINAL. HERMOSAS GANANCIAS PARA TODOS NOSOTROS.
O'Toole había garabateado a lápiz al pie del telegrama: «Buenas noticias, desde luego, C. C. Ven a visitarme con las cuentas».
Trilipush sabía dónde apuntar. «Está tratando de que me maten —gimió Finneran, mostrándome el inquietante cable—. Justo ayer le hice llegar a O'Toole la noticia de que la expedición era un fracaso».
Pero Trilipush no había acabado aquí. Una hora antes, un reportero de la prensa sensacionalista había llamado a la puerta de Finneran. «¿Se imagina usted? —gritaba Finneran mientras me contaba la historia—. Un plumífero del Boston Mercury pasó por aquí, porque recibieron un cable anónimo diciendo que soy un coleccionista de arte obsceno y quiero hablar de ello a la prensa. Está jugando con mi reputación. En mi ciudad. Le voy a romper el cuello —rugió, derramando su licor sobre la mesa—. Y telefonearon de la oficina del cardenal. El cardenal de Boston. Mi cardenal. Un príncipe de la Iglesia. Su oficina había recibido un perturbador telegrama, dijeron, ¡probablemente una broma malintencionada, dijeron!».
Yo escuché cortésmente. Estas demostraciones no son nada nuevo para mí, Macy. Soy un profesional y ya lo he visto todo en mi vida. Pero en este caso, yo también estaba implicado. «¿Alguien ha hablado ya con Margaret?», pregunté, volviendo a los temas importantes. La furia de Finneran se derritió y él se dejó caer en la silla. «Está destrozada. Le conté que él la había manipulado, que la ha estado engañando por mi dinero. Estuvo fuera toda la noche. Inge la tiene arriba ahora. ¿Qué voy a hacer?», murmuró, mesándose el cabello con las manos y tirándose del cuello de la camisa. No sentía mucha piedad por él, Macy. Había recibido bastantes avisos, pero no quiso escucharlos. Deseaba estatus social y oro fácil para pagar sus deudas a los malos, pero en vez de eso, se encontró con un estafador, perdió su reputación y la felicidad de su hija en el trato. Yo no podía hacer nada por él.
Finneran consultó su reloj, cogió pluma y papel para escribir, y me hizo un gesto de que saliera de la habitación. Lo dejé mordisqueando el plumín, moviendo negativamente la cabeza, todavía en la fase en que un hombre condenado confía en que todo no será más que un sueño.
Subí al piso superior de la mansión Finneran por primera vez. Hablar con Margaret resultó imposible. Inge la había hecho dormir. «Estaba histérica —dijo la vikinga—. Se está adaptando a la nueva medicación». Inge me permitió entrar en la habitación para verla, pero no había manera de despertar a Margaret. No podía ni imaginar lo que le había dado Inge. Los patillas que cuidan de los internos en la Residencia Sunset on the Bayview les dan a algunos de los más revoltosos algo fuerte, también, un tranquilizante de caballo, creo, cuando los viejos imbéciles se dan cuenta con demasiada claridad de que los han aparcado aquí para morir, y arman un escándalo, o cuando los chalados empiezan a gritar como si estuvieran invadiendo Turquía otra vez. Debía de haber sido algo tan fuerte como eso en el caso de su tía, porque le costaba hasta sacar el aire por la nariz.
Me senté al lado de su cama, esperando que Margaret volviera en sí, mientras sus rrrraros spaniels dormitaban hechos un ovillo sobre un sofá blanco y verde, frente a la cama. Pasaron las horas, y el último sol de noviembre se puso temprano. Bajé para hablar con el hombre de la casa, pero, de forma sorprendente, se había marchado, no le había importado dejarme en el boudoir de su hija, ya ve usted, cuando era su piel la que estaba en peligro. Vaya con el devoto padre. Había dejado cartas y otros papeles sobre la mesa, entre los que estaba una carta a Margaret que descubrí, en la que se excusaba por todo. No estaba muy claro lo que quería decir: Decía que iba a arreglarlo todo y se marcharía por algún tiempo, que pronto contactaría con ella, que no se preocupara, y que mientras tanto confiara en Inge para todo. Yo tenía mis sospechas de adónde había ido, y estaba en lo cierto. Resultó que estaba de camino a Nueva York en un coche cama aquella misma noche. Zarpaba un barco para Alejandría aquel mismo día, mire usted, el 1.º de diciembre. Yo conocía bien el horario. Había reservado plaza en aquel barco varias veces en mi larga y vacilante estancia en Boston. Paseé por la mansión Finneran, e Inge se marchó una hora o así más tarde, confiando en que yo me quedaba vigilando a la Bella Durmiente (o guardando a la prisionera, dependiendo del punto de vista).
Unas horas más tarde, su tía estaba incorporada, despierta, como si sólo se acabara de dar una cabezada, no un mortal sueño drogado. «Oh, eres tú», dijo malhumoradamente y volvió la cara hacia la ventana. Me pidió su chaqueta, pero no quiso mirarme cuando se la di. La registró ansiosamente, furiosa y atolondrada, hurgando en los bolsillos pero también quedándose dormida por segundos al mismo tiempo. «¿Puedo ayudarte?», pregunté. «Cállate», dijo y finalmente encontró lo que había estado buscando, algo lo bastante pequeño para esconderlo en el puño. «Gracias, J. P.», dijo.
Macy, acabo de leer esta larga, larga carta. Me ha llevado todo el maldito día escribir sobre mi época de Boston, lo cual me viene muy bien; mejor escribir esta difícil historia que seguir la corriente de la forzada animación navideña que los muy brutos tratan de fomentar en nosotros en esta época del año. Especialmente desde que, esta noche, ni siquiera aparece la usual cuadrilla de gamberros que dirigen este lugar, sino los raros que están encantados de trabajar en Navidad, sin nada mejor que hacer que limpiar lo que los viejos, los enfermos y los chalados han ensuciado, y atizarnos un poco para divertirse.
Creo que he mencionado en alguna parte de esta carta que su tía tenía tres estados de ánimo diferentes. Bueno, ¿cómo llamar al tercero? Puede que fuera un rasgo auténtico en ella, o tal vez sólo un producto del opio, o quizás sea algo en mí, algo que sólo yo sacaba a relucir de ella. En cualquier caso era feo.
—Apártate de mí —gritó ella, cuando traté de tenderle el vaso de agua—. ¿Qué has hecho, Harry? ¿Qué has hecho? Aléjate de mí, eres horrible… Déjame tranquila, me voy al J. P.
Pero no se movía. No me miraba.
—Hay cosas que tú no comprendes, que debo contarte —traté de decirle.
—Bah, cierra el pico. Nada es tan importante. Tú has hecho tu sucio trabajo.
—Eso no es justo.
Desesperadamente traté de que me escuchara, que viera que yo era sólo el involuntario mensajero, no la causa de sus problemas. Le conté que Trilipush había traicionado a su familia, que sólo había fingido amarla, que se había gastado el dinero de su padre para conseguir el dinero de otras personas, y ahora se escapaba con el oro antiguo que había desenterrado, sin un solo pensamiento para ella.
—Te ha manipulado. No va a volver. Sé que tú realmente no le importas, que tu padre te obligó a ello, de modo que no importa.
Ella no se lo tomó como yo había esperado. Yo había empezado a pensar… bueno, no sé qué había empezado a pensar. «¡Tú no sabes nada! ¡No sabes nada! Te odio, me pones enferma». Entonces empezó a llamar a gritos a su padre y a su enfermera, pero yo sabía que estábamos solos en la casa, y que nadie vendría a interrumpirnos. Ella sentía que necesitaba humillarme. Me lanzaba los más terribles insultos, apartando las ropas de la cama como si la estuvieran asfixiando, insultando cualquier detalle mío que provocara su ira. Yo sólo quería tranquilizarla, por su salud, intentaba impedir que se hiciera daño a sí misma y me tirara cosas, intentaba decirle cómo me sentía, y que la quería y que estaría a salvo conmigo, que se había escapado por los pelos de Trilipush, y que yo era un hombre honrado que podía ofrecerle la felicidad que se merecía.
Bueno, algunos de nosotros estamos hechos para amar, lo sé después de una larga vida, Macy, y ella, no —me duele admitirlo incluso después de todos estos años—; no se detenía a mirarme maravillada y con gratitud, incipiente afecto, todo eso. No, al contrario. Se reía de mí. Y era un sonido muy feo. Se burlaba de mí, y yo apartaba los ojos, miraba a los dos perritos que descansaban en el blanco sofá decorado con verdes dibujos de escenas rurales francesas: la lechera y su amado cogidos de la mano en el bosque. Miraba a aquellos perros que me devolvían la mirada con curiosidad, y ella no paraba: yo no podía compararme con Ralph, no sabía nada. Era un estúpido y un monstruo y un bastardo, un payaso comparado con un hombre como Ralph. No era digno de pronunciar el nombre de Ralph, no comprendía nada. No valía nada, era patético y repugnante, y así sucesivamente. «Un estúpido australiano, es lo que tú eres, Harry, un horrible asno. Esparces todas esas mentiras y obligas a papi a hacer esto. Pero tus mentiras no pueden afectar a un hombre como Ralph». Y no paraba, llorando y vociferando, tirándome cojines y muñecas y objetos de cristal, repitiendo qué hombre más maravilloso era su asesino inglés; cuán leal y auténtico era, y noble, e inglés, mientras que yo era un pigmeo pelirrojo de los bosques que se merecía que todo el mundo le escupiera. «¿Y tú me amas? Me pones enferma, Harry».
Al cabo de un rato me harté, me dirigí a la puerta, salí y nunca volví a ver a su familia, Mr. Macy. Aquellos perros seguían echados en el sofá, seguían mirándome cuando me marché, nunca apartaron de mí sus pequeños y brillantes ojos de juez durante todo el rato. Dicen que todo héroe tiene su talón de Aquiles. Ahí me tiene. Yo sólo hice lo que cualquier hombre en mi situación habría hecho, tratar de ganarme su corazón, ya ve. Una chica como ésa. Fui un estúpido, pero eso no es ningún crimen.
Echaré esto al correo para usted ahora, y confío en que voy a dormir un poco. Las recibe usted, ¿verdad? Me refiero a las cartas. Pienso que entregaría el alma si se perdieran en el correo, o se quedaran en un montón, sin leer, en su escritorio. Me arrojaría por el tejado de esta casa, si pensara que usted no me estaba escuchando.
Felices Navidades, Macy,
H. F