El egiptólogo
Diarios de Ralph Trilipush, 1922
Diarios de
Ralph Trilipush,
1922
Domingo, 12 de noviembre de 1922
Notas para el libro: Ayer era el Día del Armisticio, un momento para recordar a nuestros hermanos caídos en la Gran Guerra, y dar las gracias por las bendiciones de la paz que el resto de nosotros disfrutamos, eternamente, espero. Hay que incluir algo aquí sobre Marlowe y yo despidiéndonos antes de mi marcha a Turquía, Marlowe prometiéndome guardar el Fragmento C hasta mi vuelta, recordando en ese momento nuestros verdes y felices días en Oxford. Lo veo bendiciéndome antes de la batalla, recuerdo mi optimismo por nuestra eterna camaradería cuando lo dejé, mi pena cuando regresé de Turquía, etcétera.
Diario: Aparece un nuevo Ahmed hoy, todo sonrisas y reverencias, y los hombres siguen a su jefe. Sumamente gratificante. Llegaron al alba, con los telegramas enviados y los gatos alimentados, y con un impresionante despliegue de equipo nuevo, aunque antes de que esta aventura haya terminado tendré que ir yo mismo a El Cairo para buscar el vital equipo científico. Asimismo, esta noche debo enviarlo en busca de una mosquitera, por si he de volver a dormir al raso… Mis brazos parecen uno de mis mapas en relieve del Himalaya.
Comenzamos inmediatamente, metiendo cuñas bajo la puerta, cavando mientras avanzábamos a lo largo de su parte superior y sus costados. Nos aplicamos al trabajo y a la hora del almuerzo hemos cavado un espacio alrededor del perímetro de la puerta de aproximadamente treinta centímetros de profundidad pero aún no hemos conseguido aflojarla. He llegado a la conclusión de que la única solución es pasar cuerdas por detrás y alrededor de la puerta, y luego, con la fuerza de nuestros doce brazos hacer que baje sobre su cara exterior, sobre un acolchado para proteger cualquier microscópica inscripción invisible a mis gafas, para que descanse encima de unos rodillos de los que puedan tirar los burros. De vuelta al trabajo.
5:00. Ahora soy capaz de distinguir una grieta allí donde la superficie superior de la puerta linda con algo, probablemente el techo del espacio que se extiende tras la puerta. Logro colocar las primeras cuñas en la grieta, hincando a martillazos barras de hierro en la estrecha hendidura que se ha abierto, y sacando suavemente de su marco, con una palanca, el bloque de la puerta, hasta que una de las primeras cuñas desaparece de la vista, detrás de la grieta, y contenemos la respiración al oír un clic contra la piedra. Ya casi estamos. Inserto una sonda en el espacio donde cayó la cuña (un espacio en cuyo interior ya estaríamos, maldito sea el Museo Metropolitano de Nueva York, si dispusiera de suficientes hombres y no me viera obligado a trabajar en la sombra, como si fuéramos criminales). Llevo a cabo una prueba con la vela para asegurarme de que no se desprenden gases venenosos de la grieta. No hay bastante espacio para ver en su interior o para introducir una linterna, así que, pese a estar ansioso por echar una ojeada, ordeno una pausa para que los hombres descansen. Éstos mastican azufaifos, no dicen nada y me sonríen siempre que captan mi mirada.
7:30. Después de una hora de tirar, deslomándonos, conseguimos que la puerta se mueva, y puedo meter una pequeña vela dentro de la tumba y atisbar en el espacio. Al principio mi visión no logra adaptarse a la oscuridad, al cono de la luz en forma de punta de lanza, rodeado por un halo, no agitado por ninguna corriente, y tampoco puedo ver todavía lo que espero ver (sombras, metales centelleantes), y por un largo momento para todos nosotros, hay sólo una intensa expectación silenciosa.
—¿Qué ve usted, maldita sea? —murmura Ahmed en inglés.
—¡Inmortalidad! —digo (cambio en el epígrafe Abdullah por Ahmed, aunque el cabrón apenas se merece que se mencione su nombre).
Finalmente, se clarifica un espacio por sí solo: paredes de un blanco polvoriento, un sector de suelo de aspecto parecido, pero poco más. Al crepúsculo solamente hemos conseguido sacar la puerta lo suficiente de su marco para que mañana, con unos músculos descansados y tras una noche de sueño, podamos bajarla hasta el suelo. Autorizo a Ahmed a regresar con más obreros y envío a los hombres a casa.
Lunes, 13 de noviembre de 1922
11:00 a.m. Ahmed, tarde pero con seis hombres, llega a las 8:30. Pago los cinco salarios que llevan hasta la fecha, y a los dos hombres nuevos por el día de hoy solamente. Hemos conseguido bajar la puerta hasta su acolchado transporte, aplastando los cilindros casi inmediatamente. Debe de pesar, en eso coincidimos todos, cerca de 900 kilos, y los hombres hicieron un gran esfuerzo para bajarla con cuidado (los dos nuevos se marcharon renqueando, doblados por la cintura y sujetándose los riñones), pero el trabajo está hecho y yo inmediatamente avanzo un paso y entro en mi cámara con una linterna eléctrica. El aire —cálido, espeso, inmóvil durante 3.500 años— era delicioso. La puerta se alzaba en el centro de una pared de una habitación cuadrada, aproximadamente de cuatro metros y medio de lado, y quizás dos metros y diez centímetros de alto. Toda su superficie era de una uniforme y pulida piedra blanco-amarillenta. Respecto de objetos, decoración de las paredes, estatuas, pisadas, dioses guardianes, inscripciones murales… un posterior inventario será tal vez capaz de revelar lo que yo he sido incapaz de ver hasta ahora, solo y con mi única linterna. Pero diría, provisionalmente, que de momento se podría decir que parece que hay muy poco de eso, y posiblemente nada reseñable hasta ahora.
Permanezco y escribo en lo que me veo por ahora obligado a llamar la «Cámara Vacía» de la tumba de Atum-hadu. Un plano tendría este aspecto.
FIG. C. La Cámara Vacía.
Pese a mis órdenes explícitas, descubrí que Ahmed estaba entrando en la Cámara Vacía. «¡Fuera! —le grité—. Este espacio no es para aficionados». Ni se movió ni dio a entender que me oía; sólo paseó su linterna por las paredes, y pude sentir las erróneas interpretaciones que infectaban su mente. Suspiró y salió con paso airado de la habitación. ¿Qué diferencia podía suponer aquello para él? Se le pagaba por su tiempo, por tanto, cuanto más lento mejor. «Envía los hombres a su casa por el resto del día —le grité cuando salí—. Tú y otros cuatro venid con las primeras luces del alba». Porque yo necesitaba el resto de la jornada para considerar y realizar un cuidadoso análisis de la sala.
Ahora ya es el crepúsculo. No juzgo con dureza la reacción de Ahmed. También yo podría desesperarme y escribir la palabra «decepción» en vez de «éxito» aquí, si no estuviera mejor informado. Veamos: la ignorancia y la predecible frustración de Ahmed son precisamente las claves en este caso, la mejor defensa que el arquitecto de la tumba de Atum-hadu podría concebir. Junto a la parpadeante lámpara, aquí, en la Cámara Vacía, yazco en mi catre de campaña y comprendo exactamente lo que significa semejante habitación. Imaginemos a un saqueador de tumbas de los tiempos antiguos. Aunque ahora sabemos que jamás hubo saqueadores en esta tumba, ninguno, los arquitectos tenían un plan para ellos. Así que imaginemos al arquitecto preparándose para el ladrón. Hablando de ladrones, imaginemos a un hombre como Ahmed que, junto con algunos colegas tan bribones como él, realiza tremendos esfuerzos para abrirse paso a través de la maciza puerta que han hallado por casualidad o por astucia. Al final, escondiéndose para no ser vistos por las autoridades que pudieran tener algún interés en aquella época, tropiezan con el lugar de tránsito del último Señor del Nilo y encuentran en la forma de esta vacía cámara una simpática defensa: «Nada que sacar aquí, compadre; vete a saquear a otra parte». Porque nadie excepto un alma gemela de aguda vista será capaz de descubrir la débil silueta que hay en la pared trasera, nada menos que otra puerta, casi deliberadamente invisible pero que indudablemente está ahí. E incluso R. M. Trilipush, el legítimo descubridor del rey, no se percata de ello hasta las 8:00 p.m., tras haberse marchado sus hombres, y un poco trastornada su propia mente.
FIG. D. La Cámara Vacía, corregida.
Tras un suave escopleado y barrido del polvo, y algunas cuñas introducidas a martillazos, no hay absolutamente ninguna duda al respecto. Mañana penetraremos más profundamente en este notable laberinto dejado para nosotros por nuestro señor Atum-hadu, este rompecabezas que es también a su vez una solución al distinto rompecabezas ofrecido al propio rey, la más brillante solución a la más horrorosamente compleja Paradoja de la Tumba de la historia de esta extraordinaria tierra.
Consideremos el cuarteto 78 (ABC, de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto. Harvard University Press, 1923):
Ningún halcón nos espiará, ningún sabueso saluki, famoso por su vista, veremos
mientras tomo a Isis rudamente, su boca y su trasero.
Cuando el húmedo beso de Maat está a mi izquierda y el pecho de Sakhmet a mi
derecha.
Enemigos mortales, ladrones, traidores, vagarán todos sobre nosotros, ciegos en un
seco desierto.
Una sinopsis tan bonita de la Paradoja de la Tumba y las delicias del inframundo como uno podría esperar encontrar. Y para cualquier antiguo lo bastante afortunado para descubrir la entrada de Atum-hadu, dentro habría sólo una desalentadora sala, aparentemente ya saqueada. Formémonos una hipótesis sobre cómo la Paradoja de la Tumba podría ser honrada aquí: podemos imaginar que Atum-hadu arregló las cosas para que el hombre que sellara la segunda, la puerta interior (Puerta B), fuera asesinado por el hombre que más tarde selló la Puerta A, el cual, a su vez, fue señalado para su posterior asesinato por un tercer hombre, que nada sabía de la ubicación de la tumba, o del propósito que subyacía tras su letal contrato. A la muerte de Atum-hadu le siguen las otras dos, no relacionadas, inexplicables incluso para sus autores, y difícilmente conocidas en el ocaso que se había abatido sobre Egipto al final.
Mañana penetraremos en la tumba de nuestro rey, interrumpiremos su ávida relación carnal con sus eternas compañeras de cama. Esta noche, durmiendo en su Cámara Vacía, puedo casi oírlo, respirando pausadamente, saciado, sabiendo que sus enmascarados asesinos han cumplido sus instrucciones, que sus mujeres le darán placer para siempre, que él fue más inteligente que nuestro resentido padre, el Tiempo.
Martes, 14 de noviembre de 1922
Ahmed regresa, avergonzado, encantado ahora con la Puerta B.
—Milord Trilipush, tu ojo de halcón y nariz de sabueso e infalible corazón son un modelo para todos nosotros y un símbolo de todos los regalos que el inglés ofrece a Egipto —declara.
Comenzamos de nuevo el mismo doloroso proceso, pero ahora bajo la parpadeante luz de la linterna y un calor que nos empapa la camisa, mientras buscamos la ubicación de la segunda puerta. Comprobamos hasta dos y tres veces la posible existencia de inscripciones, sellos, marcas de cualquier tipo, y estoy satisfecho de no hallar ninguna, confirmando así, fuera de toda duda, mi hipótesis respecto a la función de la Cámara Vacía. Permito que cada hombre tenga su turno con la lupa, y los seis nos mostramos de acuerdo: nada en absoluto.
Ahora, dos de ellos permanecen de guardia fuera, y otros dos sirven para traer agua y herramientas cuando se les pide, mientras yo voy escopleando con cuidado y precisión, y Ahmed me sostiene la linterna (lo cual tiene sobre todo el objeto de evitar que se dedique a pasear por la habitación como una vieja).
El perfil de la puerta se definió por sí solo rápidamente, como si la blanco-amarillenta pared fuera sólo un camuflaje muy superficial, y nosotros penetráramos en el más oscuro terreno de complicidad con nuestro expectante rey. Está claro que se necesitarán varias palancas, y como hay una ligera inclinación del suelo hacia la Cámara Vacía —que se inicia en el sendero del farallón— probablemente se requerirá un bastidor con ruedas, y muy fuerte, para sacar de la tumba la segunda puerta, que tendrá que asegurarse sobre dicho transporte de forma precaria sobre su costado para que pase a través del espacio dejado por la Puerta A, a menos que el Servicio de Antigüedades decida dejar entreabierta la Puerta B, in situ, para un purista frisson en la temporada turística.
Dadas todas estas complejidades y la imposibilidad de que los ladrones consigan progresar con semejante barrera, dejé a los hombres haciendo guardia y durmiendo en la Cámara Vacía bajo sus sábanas decoradas con dibujos de buitre-cobra-esfinge-Horus, y regresé a la ciudad. Me pregunto qué clase de vida familiar tendrán esos hombres a los que no se les espera en casa y pueden quedarse a dormir en el desierto sin previo aviso.
En el correo, hay una carta de mi prometida, fechada hace veinticuatro días (una vida entera, antes de nuestro hallazgo), y también un telegrama de mi Maestro de Generosidad, en donde se demuestra que es tan digno de ese título como cualquier otro que lo haya recibido: ¡Bien hecho! Manda detalles, fondos en camino. Tengo que comprar palancas, comida, etcétera.
Y ahora desde esta distancia, al llegar el crepúsculo, sentado en mi terraza de villa Trilipush, con un cóctel antimalaria en la mano, Maggie ronroneando en mi regazo, el gramófono sonando, imagino lo que me espera detrás de la Puerta B, las sombras que se proyectan contra las blancas paredes por la luz de la linterna, la puerta detrás de nosotros, las palancas que dejadas caer al suelo ante la maravilla… Mañana.
21 de octubre
¡Hola Ralphie!:
Mientras te dedicas a perseguir negras por la casbah (oh, sí, señor, fui al cine
la otra noche y ahora sé exactamente lo que te atrajo de Egipto y Arabia, mi
malvado jeque), no voy a quedarme sentada sobre mi trasero escuchando a Inge
hablar de los duros inviernos de Islandia.
He podido pasar algunas veladas muy agradables en el J. P., lo cual, me
consta, tú no apruebas. No sé lo que no apruebas, el J. P., o que yo pase allí felices
veladas. Sinceramente, pensarías que soy una criminal convicta o algo así por la
forma como me tratan aquí.
Tal vez te interesaría saber que J. P. me presentó a un amigo suyo, veamos,
¿cómo se llama?, lo tengo en la punta de la lengua, ah, sí, ya lo tengo: Cornelius
Macy. Bueno, diría que Cornelius se ha encaprichado bastante de mí, y es un
excelente bailarín. Lleva cuatro noches seguidas viniendo al local desde que nos
conocimos, el martes. J. P. dice que este tipo, Corny, tiene montones de dinero.
Está forrado. Desde luego viste como un magnate. No me vendrían mal montones
de dinero, ¡oh, sí, no me vendrían mal, Mr. Trilipush!
Tranquilízate, inglesito. No significa nada para mí; tú eres mi único y
verdadero Héroe explorador.
Y ese detective también se está mostrando muy amistoso conmigo. No sé qué
pensar. No es ninguna belleza. Te lo digo a las claras. Un par de días después de
conocernos, yo me dirigía a una pequeña fiesta de la que había oído hablar a
varias amigas, igual que en los viejos tiempos, pero cuando salí de casa, él estaba
allí esperando, el detective, y me dijo: «Vamos, la llevaré a tomar una copa». Una
chica no necesita que le digan eso dos veces.
¿Qué vas a traer a tu Reina de allí? Lo sé, lo sé: la tumba estará llena de joyas
de hace un millón de años. Y es verdad que las cosas egipcias están muy de moda
en estos momentos, así que será estupendo. ¿Pero no estará todo un poco mohoso
y gastado? A una chica no le gusta llevar una pieza de museo alrededor del cuello,
sabes, Ralphie.
No, la verdad es que ese fisgón no vale ni una mirada. Pelirrojo y con bultitos
en la cara. Es tímido también, conmigo, no puede mirarme a los ojos. En los
hombres, eso es un signo seguro de que se están chiflando por mí. Tú fuiste la
excepción, mi Héroe, mirándome con atrevimiento, recitando tus atrevidos
poemas. Pero éste me lleva al J. P. cuando me apetece, cuando estoy aburrida y
necesito salir por la noche, y es como un cachorrito. Pero puedo decirte algo, dice
que está buscando al pobre chico australiano, pero en realidad siente curiosidad
por ti. Creo que en parte es porque quiere saber si me queda sitio en mi corazón
para otro. Oh, no te preocupes, Ralphie, ¡tú procura venir pronto! Te estoy dando
la lata, ¿no? Pero míralo desde mi punto de vista. Tú tienes las aventuras. A mí me
tratan como a un convicto, y todo porque estoy un poquito enferma.
¿Has encontrado el tesoro ya?, me pregunto. ¿Qué aspecto supones que tienen
las paredes de la tumba de Atum-hadu? Cuando pienso en su poesía, caray, se me
ocurre que su tumba va a ser un espectáculo. Que no te dé ideas, caballerete, al
menos hasta que vuelvas. Te estoy esperando, ya lo sabes, pura como la nieve para
ti, Héroe.
Aunque llevas fuera un tiempo espantosamente largo, ¿no? Y yo no he sabido
ni pío de ti desde que subiste a aquel barco, agitando tu sombrero en el aire para
mí. Guardo tu libro junto a mi cama, y tu foto también, aquella en que estás con tu
ropa de explorador. Me duermo imaginando que me estás leyendo tus perversos y
ardorosos poemas del rey. A veces me despierto y veo a Inge leyendo nuestro libro.
No me sorprende nada.
¿Cuánto tiempo crees que vas a estar fuera? Me aburro mucho aquí y es culpa
tuya. Nunca me había aburrido contigo, ni siquiera cuando hacíamos cosas
aburridas como contemplar otra silla rota y vieja de un faraón más en un museo.
Pero ahora démonos prisa, Ralphie. Quiero casarme. Me merezco algo mejor,
¿no? Me merezco lo que me prometiste. Ya no me gusta estar aquí, no me gusta
Inge, ni siquiera me gusta papi en estos momentos.
¡Así que eso es todo!
m.
Miércoles, 15 de noviembre de 1922, villa Trilipush
Me levanto antes del alba.
Vuelvo al emplazamiento poco después de la salida del sol, con comida, agua y otras dos linternas eléctricas. Despierto con suaves puntapiés a mis hombres acurrucados en la Cámara Vacía.
¡Y de nuevo a la brecha! Colocando cuñas, utilizando palancas, tratando de clavar ganchos a base de encorvar las espaldas, colocando a puntapiés unos cilindros más fuertes en su lugar, mientras los hombres se quejan con voz cada vez más sonora de ampollas en las palmas producidas por las cuerdas (olvidé comprar guantes), empujando con la izquierda, tirando con la derecha.
Hora del almuerzo. Necesito equipo pesado que todavía no puedo permitirme comprar, ni traer abiertamente a mi yacimiento. Es sólo cuestión de superar este ángulo difícil, que hace que la puerta parezca aún más pesada. Quizás necesite comportarme con menos responsabilidad con mi hallazgo y simplemente golpear la puerta hasta hacerla pedazos. No lo haré, a pesar de la excitación. Excavamos para preservar.
Nuestro avance es desesperante, casi imperceptible, y sufrimos golpes y moratones, y pegajosas ampollas, que escuecen como el fuego. Al crepúsculo, envío a los hombres a su casa y yo me desplomo en un catre de campaña en medio de las extrañas corrientes de aire y bolsas de calor de la Cámara Vacía.
Jueves, 16 de noviembre de 1922
Margaret: Son las 3:30 de la madrugada y escribo a la luz de la lámpara, pues mi dolorido cuerpo ha hecho que me despierte. Ya no puedo dormir más de cuatro horas por la noche, y eso a rachas. Pienso en ti, que estás horriblemente lejos en estos momentos, mi dulce y confiada cosita, pese a todas tus dificultades, el extraño mundo que el dinero de tu padre ha construido a tu alrededor, la niebla producida por los medicamentos, los perturbadores cambios de estado de ánimo, ese extraño Ferrell tratando de alejarte de mi afecto, la tediosa compañía de Inge, de la que estoy de acuerdo contigo que es posible que pueda haber caído en manos de tu padre.
Diario: Por la tarde. Con más horas de trabajo, la puerta se ha movido ligeramente, avanzando un grano de arena cada vez, y, a primera hora de la tarde, puedo atisbar a través de una grieta: ni hablar de oro, mis propios ojos sorprendidos me lo dijeron. Les doy a los hombres un breve descanso a fin de que se preparen para el esfuerzo final. «¿Por qué no emplear un mazo?», pregunta Ahmed en inglés, y me quedo asombrado al ver que habla en serio. Me resulta increíble lo poco que estas personas comprenden lo que estamos tratando de hacer por ellos. Empiezo a explicarle los fundamentos de la arqueología, pero debo ahorrar fuerzas y veo que no está muy interesado.
Jueves, Viernes, Sábado, 16, 17, 18 de noviembre, escrito el sábado, 18 de noviembre de 1922
Diario: Victorias y temporales pequeños contratiempos. Dolor atroz.
El 16, otra hora de pesado trabajo con palancas y cuerdas dio como resultado una pírrica victoria: habíamos conseguido la posición antes descrita, y Ahmed era un firme y servicial capataz; veía cierta seguridad en mi rostro, y ahora me prestaba su atención. Después de la pausa, nos pusimos a trabajar con denuedo. Los estaba apretando demasiado, ahora lo veo, ése fue mi error. Dos hombres a cada lado de la puerta, empleando toda su fuerza con las barras. Y Ahmed y yo en la parte delantera, con cuerdas, tirando hasta que nuestros guantes se calentaron al rojo… y entonces, para vergüenza mía, sucedió: primero fue un sonido, un horrible sonido, el torrente de los acontecimientos que superan el control científico. Para un oído supersticioso (como eran sin duda algunos de los que estaban en la cámara), un retumbante grito del pasado acompañado de una ráfaga de aire caliente (quizás pensaron que era el furioso aliento de Atum-hadu) así como los gritos en inglés de mi frustración, y luego el espantoso ruido de la maciza puerta haciéndose pedazos cuando se caía hacia delante y estallaba contra el duro suelo, con un millón de trocitos de mármol gris rebotando por todas partes como metralla. Después, los gritos —de uno de los hombres que se había cortado ligeramente encima del ojo con una esquirla de piedra — y luego solamente el dolor, el insoportable dolor, cuando me di cuenta de que mi propio pie se encontraba dentro del perímetro donde la puerta se había desplomado y hecho añicos. Cojeando, sangrando, los dedos del pie aplastados, el lateral de mi bota rajado, bueno no importa… yo estaba en la siguiente cámara al cabo de un instante, iluminando con mi linterna eléctrica un camino aquí, allá, arriba y abajo de cada pared, invadiendo cada rincón mientras un dolor eléctrico procedente de mi pie centelleaba detrás de mis ojos.
Las maldiciones en árabe fueron terribles, las que pude comprender, y al principio pensé que debían de proceder de los heridos, pero en realidad brotaban de la boca de Ahmed, que maldecía el destino y a Occidente y a Egipto (porque, en su ceguera, no veía más que otra sala vacía). Su avidez por el oro alimenta sus frustraciones; carece de temperamento para la ciencia. Sencillamente lo que Carter, Marlowe y yo compartimos no es un rasgo egipcio.
Ordené a Ahmed y a otros dos hombres que llevaran al herido a la ciudad para que lo curaran, y regresaran al cabo de veinticuatro horas. Conservé a un hombre conmigo para el laborioso trabajo que me esperaba y me ayudara con mis propias heridas.
El hombre me sacó la bota, y casi me desgarré la mejilla de un mordisco por el dolor. Parte de las sábanas del hotel y del agua fueron sacrificadas para lavar y vendar mi espantoso, ensangrentado pie. A última hora de la tarde del día 16, fui finalmente capaz de andar cojeando por ahí y colocar linternas en la segunda cámara. Por desgracia, la Puerta B es una pérdida terrible considerando su inscripción, que reza, en excelentes jeroglifos:
«Atum-hadu, señor del Nilo, escupe sobre sus perseguidores, que demasiado tarde
lo perturban, y que pagarán un horrible precio por su intrusión»
La inscripción era una prueba espléndida, si es que queda alguien a estas horas que cuestione nuestras premisas o logros. Espero que podré reconstruirla a partir de los pedazos, pero me temo que se ha perdido. Me echo la culpa a mí mismo, y a los estúpidos del Servicio de Antigüedades que me han confinado a esta situación y han conseguido a costa de mi pie su botín. El pie, que se iba hinchando rápidamente, me obligó a aplazar la exploración de la nueva cámara y me pasé la tarde cambiando una y otra vez el empapado vendaje: una fea herida realmente, aunque, desde luego, un pequeño precio por nuestro descubrimiento. Envié al hombre afuera, para que se aireara, en busca de un poco más de agua, y un bastón, pero en conciencia no podía regresar a mi villa, o ir a ver a un médico, hasta no haber trazado el mapa de la nueva cámara de la tumba. Dormir era casi imposible.
Llegó el 17 de noviembre, un atisbo de luz, y como mi hombre aún no había regresado, de nuevo me lavé y envolví mi pie con otra tira de sábana y el último resto de agua potable. Descubrí un verdadero problema a la tenue luz del alba: los dos últimos dedos estaban sin duda rotos, al igual que, a juzgar por la hinchazón de color morado, un par o tres de huesos del mismo pie. Los cortes eran muy superficiales, pues la bota había parado el golpe, pero la piel estaba agrietada en algunos lugares y la sábana tenía un color marrón. Terminé mis curas y salí cojeando a explorar lo que temporalmente bautizamos como la «Cámara de la Confusión».
Esta segunda cámara está a simple vista tan vacía como la primera. De modo que debemos llegar a la conclusión de que Atum-hadu y su anónimo arquitecto decidieron que cualquier saqueador que se abriera paso a través de la Cámara Vacía, descubriera después la siniestra maldición escrita en la Puerta B, y fuera, no obstante, lo bastante fuerte para seguir avanzando, solamente podría ser disuadido por una total frustración, ya que ni el miedo ni los obstáculos lo habían detenido hasta entonces. Así que el rey y su constructor decidieron no dar más la lata con nuevas maldiciones u obstrucciones, sino simplemente intentar convencer al potencial ladrón de que estaba perdiendo el tiempo. Para ello, otra sala vacía. Por supuesto, ningún observador jamás llegó tan lejos, de modo que aunque admiro la astucia de Atum-hadu, la verdad es que, mirando retrospectivamente, era bastante innecesaria.
En cualquier caso, mi tumba se presenta ahora así:
FIG. E. Plano de la tumba de Atum-hadu tal como aparece el 17 de noviembre de 1922.
De no ser por la (perdida) inscripción de la Puerta B y la seductora canción de la Puerta C, mi confusión y desesperación podrían en este momento equipararse a las del hipotético saqueador del pasado.
No fue hasta avanzada la mañana del 17 cuando mi hombre regresó con vendas, agua, comida y un bastón, curvado en la punta como un cetro real tallado a partir de una madera fuerte y oscura. Material de foto de portada: «¿Sabes que se rompió un pie en la excavación y entonces, frío como a ti te gusta, simplemente envió a buscar un bastón mientras continuaba? El bastón se exhibe ahora en el Club de los Exploradores de El Cairo».
El bastón era una ayuda, pues a cada paso mi pie palpitaba con ecos del impacto de la puerta caída. Comí, bebí, y terminé mi inspección con la lupa en la Cámara de la Confusión, confirmando su brillante diseño «mortuorio», pero aparte de la borrosa pero inconfundible silueta de la Puerta C, no hallé nada de nada.
Con la ayuda de mi único hombre (Ahmed y los otros tres tardaban en regresar), comencé a quitar el polvo y a escoplear alrededor de la Puerta C, el mismo lento trabajo de escoplo, pincel, martillo, cuña, pincel, escoplo, pincel, martillo, cuña, pincel. Me sentía terriblemente débil, quizás incluso con un poco de fiebre, sin duda por la excitación de lo que podía haber tras aquella notable puerta. Y, por dos o tres veces, volví a salir cojeando al exterior, donde me sentí ligeramente mareado. En dos ocasiones, al menos, me encontraba tan exhausto que tuve que dormir, agitadamente, en uno de los catres de campaña de la Cámara Vacía, tratando de recuperar muchas horas perdidas. Cuando cayó la noche del 17, yo había pasado la mayor parte del día durmiendo, y me desperté —como era mi desgraciada costumbre, y también la de Atum-hadu— al iniciarse las horas de oscuridad. Madrugada del 18. Podía oír, pero no ver, a mi único hombre leal durmiendo en un oscuro rincón, pero los demás aún no habían regresado. Salí afuera para contemplar las estrellas sobre Deir el Bahari.
No diré que me sintiera muy alegre durante esa observación nocturna.
Finalmente llegó la aurora del 18 y la pálida luz me reveló que estaba solo. Evidentemente había interpretado mal los ecos de mi propia respiración, no era la de un leal trabajador que estuviera allí. Reparé en que tanto Ahmed como los otros llevaban ya dieciocho horas de retraso. Se me ocurrió la posibilidad de que me hubieran traicionado, pues la cobardía y la avaricia de la mano de obra local eran una constante amenaza. Sin la perspectiva de una gratificación inmediata, el abandono era una probable explicación. En fin. Decidí que continuaría solo para preparar la Puerta C, pese a mi herida, la sed, el hambre y la justificable rabia. Después cubriría la parte delantera de la tumba con rocas y barro, regresaría a Luxor, presentaría mi descubrimiento al inspector del Servicio de Antigüedades local y aceptaría la reprimenda, así como los hombres y el apoyo técnico que me concederían como resultado de mi descubrimiento. En particular, conectar luces eléctricas a la tumba sería de gran ayuda, lo que libraría el espacio del humo de las antorchas y lámparas de petróleo e incrementaría grandemente el número de horas seguidas en que se podría trabajar sin verse obligado a salir en busca de aire fresco.
A última hora de la tarde de hoy, día 18, Ahmed regresó con tres de los hombres. Sus excusas fueron abundantes y se mostraron encantados de ver la silueta de la Puerta C. El herido había requerido cuidados, Ahmed se había quedado en la villa hasta que llegaron los gatos y les dio de comer, luego Ahmed y los hombres habían conseguido, siguiendo su propio criterio, herramientas que creían que serían útiles en «nuestra común tarea». A saber: dos enormes mazos.
Me conmovían sus esfuerzos, pero no pude evitar reírme ante su expresión cuando les hice una pregunta elemental: ¿Qué les pasaría a los tesoros situados justo al otro lado de la Puerta C, si empleábamos su técnica?
Así que dejé a Ahmed y a uno de los otros hombres para que permanecieran de guardia durante la noche mientras yo confiaba en los otros dos para ayudarme a volver a villa Trilipush, esperando, a cada paso del cruel burro que me zarandeaba y destrozaba los huesos, que pronto viajaría a mi yacimiento tranquilamente a la luz del día, bendecido por los bufones que estaban al mando, los hicsos de los tiempos modernos, que empujaban a los hombres a un engaño tan necesario.
Villa Trilipush, finalmente, no me decepcionó: un baño caliente, un par de copas, vendajes nuevos en un pie que es ahora demasiado grande para introducirlo en la bota, y poner al día mi diario.
Más tarde. Mi hombre ha regresado de correos, donde me esperaban una carta y un telegrama. En éste, C. C. F. me felicitaba y me informaba de que había autorizado una transferencia, al tiempo que me pedía que le mandara inmediatamente un catálogo de los hallazgos, «espec. artículos de interés privado, personal». La carta era del banco de Luxor, confirmando el cable de C. C. F.: se había autorizado una transferencia a mi cuenta desde Estados Unidos dos días antes, el jueves 16 —una cantidad equivalente sólo a la octava parte, en desastrosas piastras, de lo esperado y cuidadosamente acordado—, como pago mensual según un presupuesto de equipo preliminar, y veinticinco días tarde, por añadidura. Después de mis recientes gastos y promesas de pago, la octo-transferencia de C. C. F. apenas es poco más que el débil aroma de los fondos previstos.
Es una asombrosa traición. Quisiera concederle a C. C. F. algún tipo de lógica, alguna razón, pero desde luego no tiene ninguna. ¿Piensa compensar la diferencia en el siguiente envío, programado para el 22 de noviembre? Paso largo rato tratando ansiosamente de descifrar sus pensamientos, que estaban quizás —deberíamos tenerlo en cuenta— corrompidos por el siniestro Ferrell. C. C. F. está evidentemente bajo el dominio de alguna oscura influencia. Dispongo del medio para forzar su cooperación, por supuesto, pero ése no es el modo en que desearía que funcionara esta sociedad. ¿Por qué me hace esto? Busco en vano una razón que explique por qué mi desgraciado y roñoso Maestro de Generosidad no ha cumplido con sus limitadas obligaciones, y en vez de ello probablemente se ha arrastrado a algún palacio de la ginebra de Boston a quemar las necesarias finanzas de Atum-hadu en alcohol de contrabando y chicas alegres, en compañía de sus rufianes compinches y su concubina escandinava.
Mi leal hombre está aún fuera, aguardando mis órdenes. Lo mando nuevamente al correo con mi meditada réplica a C. C. F.:
Abierta segunda gloriosa cámara pese a vergonzosa penuria. Ahora no es
momento para mezquindades con tu colección particular en juego. Me tomo un
muy necesario descanso. Dormiré el sueño de los muertos y mañana volveré a la
batalla, con las armas que me quedan. No me desanimarán.
Domingo, 19 de noviembre de 1922
3:55 a.m. He escrito demasiado pronto. No tengo sueño, pero el pie está totalmente entumecido, algo que agradezco mucho.
La noche es negra. La solución de Atum-hadu a la Paradoja de la Tumba —la solución que hasta ahora me asfixió de polvo y me ha costado un pie— es muy elegante y sin embargo está fuera de mi alcance. Puertas ocultas. Falsos callejones sin salida, para despistar a los saqueadores. Hay más, algo que no puedo ver. ¿Qué decidió el rey bajo estas estrellas? Hay que ponerse en su lugar.
Pasea por los iluminados, casi abandonados pasillos de su palacio tebano, se debate en desasosegada agitación yendo desde el dorado trono al tallado lecho. ¿Desea Su Señoría ver acróbatas? No. ¿Busca compañía, la encarnación de Osiris? No. ¿Desea el celestial amante montar en un camello, dar de comer a un tigre, desollar a un prisionero, balancearse de las barras colgantes, jugar con una trompa de elefante, acariciar a una jirafa? No. Mis reales preocupaciones me superan esta noche y me niegan el sueño. Esta noche, tras sólo unos minutos de considerar mi apurada situación, Horus se cobra su tributo con más crueldad que de costumbre. Es un anagrama en el lenguaje de mi futuro amigo. Horus exige horas, horas pasadas agarrándome mi dolorida barriga, ardiendo de vergüenza y frenética soledad, inaccesibles, preciosas, horas de mi menguante vida mortal. ¿Cómo me compensará por ellas mi protector de cabeza de halcón? ¿Cómo puede realizarse mi viaje final? Vendrá pronto, sin duda, acompañado, o bien de flechas de los hicsos, o de la hoja emponzoñada de alguno de los abundantes traidores que proliferan por mi corte, o de la mano de ese cocodrilo que a diario crece dentro de mi barriga, que al final se comerá mi estómago si no lo he asegurado a tiempo en un canope subterráneo.
Ahora acabo de despertarme con el sol poniente. He perdido otro día entero por mi herida y el agotamiento. El pie me pesa cien kilos. Mi cabeza está como atenazada entre dos gigantescos puños. Mi estómago ruge con furia, y varios minutos cumpliendo su orden no es bastante para aplacar su rabia.
Se hace de noche antes de que uno de mis leales idiotas piense en venir a verme. Se han pasado el día sentados en la Cámara Vacía chismorreando. Ha transcurrido un día, han cobrado y no encuentran extraña mi ausencia. Envié a ese hombre a asegurarse de que se mantiene la guardia en la tumba de Atum-hadu durante toda la noche, también con objeto de que los otros estén listos al alba para un empujón final y entrar en la última cámara, y obtener nuestra justa recompensa. Trae también una carta que recogió de mi poste restante. Es de mi prometida, fechada el 2 de noviembre. El cruce de cartas es un juego particularmente cruel.
2 de noviembre
Mi querido Ralph:
Seré breve. Necesito una carta tuya ya. Estoy preocupada por cómo van las
cosas aquí, y necesito que me digas que todo irá bien, y que me lo expliques todo.
El detective sigue aquí. Durante un tiempo pensé que era inofensivo e incluso
un poco divertido. No baila mal y me hace compañía. Y sé que me ha levantado un
altar, y eso es bastante divertido en este tiempo gris. Puedo manejar a tipos como
él. Pero hay un problema. Le ha dicho a papi cosas que he oído, y también me ha
dicho cosas a mí.
Hace que parezca como si sólo estuviera charlando, pero sé que trata de
decirme algo sobre ti. Me preguntó acerca de Oxford, y le dije con calma un
centenar de veces que tú estuviste allí con Marlowe y te marchaste para ir a luchar
por la Democracia después de tu Licenciatura en Letras, pero antes de tu
Doctorado en Filosofía, y Oxford dijo que eso era cierto. Ferrell pidió una foto de
ti y Marlowe juntos, y yo le enseñé la que me diste, de vosotros dos con vuestras
ropas de excavación. Con tu brazo alrededor de su hombro, tú sonriendo y
Marlowe fingiendo mirar con seriedad y altanería, pero este Ferrell se limita a
decir: «Por supuesto». Es un poco mal pensado, si quieres saberlo. Espero que no
te enfades por lo de la foto.
No me encuentro muy bien últimamente, Ralphie. No quiero que te preocupes,
es sólo que no me siento muy bien, como si las cosas me estuvieran derrotando
otra vez. Siempre pienso en ti como alguien que me pone buena, es cierto. Pero
llevas fuera mucho tiempo, así que resulta duro. Te echo mucho de menos, pero
algunos días pareces estar tan lejos… como si no pudieras ayudarme. Igual podría
estar enferma. Así que no te preocupes, no es nada, es sólo eso, que te echo de
menos.
Ferrell ha venido a charlar con papi en el estudio un par de veces, y yo traté
de escucharlos para ti, pero no soy buena detective. Y cuando le pregunté a papi
de qué iba todo, lo único que me dijo fue: «Ya veremos». Y cuando vamos al J. P.,
Ferrell no bebe mucho, así que no habla, y luego yo me aburro haciendo de tu
chica detective porque, a fin de cuentas, no es justo obligarme a hacer eso,
¿verdad? Es una lata. ¿Puedes decirle otra vez a papi que sí fuiste a Oxford? Y ese
detective, Harry, no deja de mirarme con cara de lobo y de decir cosas como:
«Bien, nunca se sabe» y «Las cosas no son siempre lo que parecen, especialmente
con los inglesotes». Llama «inglesotes» a los ingleses. Está celoso. Lo odio por no
respetarte como lo hago yo. Te amo, Ralph, porque todo en ti es real aunque
excitante, y todo en él es una mentira, aunque aburrida, y por eso él te odia y le da
a entender a papi que hay cosas sobre ti que no son ciertas.
No te preocupes. Inge viene a curarme de mis cositas y me voy encontrando
mejor cada día, y, tal como prometí, estaré curada para nuestra boda. Pero
necesito tenerte a mi lado para ayudarme a conseguirlo, ¿vale? Tú eres mi mejor
doctor. Puedo mejorar contigo a mi lado, para ayudarme a estar ocupada y feliz,
así que ven a casa ya, por favor. Estar aburrida me sienta mal, muy mal.
Si hay algo que quieras decirme, lo escucharé, sabes. Cualquier cosa que me
digas estará bien. Igual que, si tú todavía me quieres, no importa lo que te digan
de mí, ¿verdad? No quiero saber nada más al respecto, sólo volver a ponerlo todo
como estaba. Lo antes que puedas. Me curaré y seré muy buena para ti, sólo para
ti. Pero tienes que venir a casa ya.
Tu chica,
m.
(Domingo, 19 de noviembre de 1922, continuación):
¿Qué es todo esto? ¿Estaba yo al corriente ya de todo esto? ¿No te tranquilizó mi telegrama, donde te decía que él era un mentiroso y un desconocido? Si esto no es nada más que una serie de malentendidos exacerbados por cartas cruzadas, entonces nuevas cartas sólo conseguirán distorsionar las cosas un poco más, al cruzarse cada una con la siguiente, provocando situaciones absurdas mientras navegan ciegamente en paralelo. ¿Qué está pasando ahí ahora, en este momento? Sólo leo cosas sobre acontecimientos de hace mucho tiempo, sobre estrellas extinguidas. No logro entender quién es Ferrell, o cómo ha conseguido introducirse en el seno de mi familia.
Sí que estarás bien, sí que estarás bien, lo estarás. Lo deseo con toda mi alma. Nunca lo he dudado, nunca me he preocupado. Una vez, solamente. En el museo, aquel día lluvioso de junio, me preocupé. Nunca te lo había dicho.
Te acompañé al Museo de Bellas Artes, con Inge siempre dando vueltas a tu alrededor, cual silenciosa valkiria, aunque a esas alturas había observado en su rostro las expresiones de un incurable libertinaje, particularmente cuando pasamos por delante del magnífico taparrabo Maiherpri (y yo traté en vano de interesarte en la forma en que Carter había tropezado con él, allá por el año 1902).
Mientras contemplábamos la estatua del dios Herishef, de cabeza de carnero, te conté que de niño yo había soñado con abrir tumbas aun antes de saber lo que los sueños significaban, aun antes de conocer la palabra «tumba» o de haber leído nada sobre excavaciones. Antes incluso de disponer del vocabulario para explicarlo, mi imaginación produjo en mi sueño las cosas más maravillosas: reconfortantes cuevas llenas de luces y calor, y cuerpos durmientes en blandas camas, animales y amigos, comida y felicidad, siempre en un lugar seguro, cerrado, lejos del peligro. Yo tenía probablemente tres o cuatro años a lo sumo, y mi claustrofília había empezado.
Y te explicaba el contenido de las vitrinas por las que pasábamos, incluso mientras notaba que tú necesitabas descansar. Te describí Harvard y su conservadora fe en los viejos arqueólogos que utilizaban viejos métodos. Te conté que, en una época tan reciente como 1915, ¡Lyman Story aún quería usar TNT para su expedición! «Harvard no está preparado para Atum-hadu o para mí —te dije—, pero lo estarán». Me volví hacia ti, y tú estabas temblando: ¿por simpatía hacia mis dificultades o por la belleza de los restos expuestos? «No hay nada de que preocuparse, señor», dice la metódica Inge, que te acompañaba ya al servicio de señoras. Pasaron veinte larguísimos minutos, pero entonces saliste, fresca como una rosa, adorable, lista para un día de compras y restaurantes. Nunca habías tenido un aspecto tan adorable y lozano, aunque no parecías recordar nada de la última hora, incluyendo las historias de mi infancia. Oh, mi amor, tu padre me dijo que te pondrás bien. Los médicos le han dicho que te pondrás bien. Sé que te pondrás bien. Debes tener fe en eso, y debes tener fe en mí. Por la noche, sola, es difícil tener fe, lo sé. Pero tienes que hacerlo. Ferrell no es más que humo.
Y realizaré lo que tú tan encantadoramente llamas mi «Descubrimiento» sean cuales fueren los obstáculos, los malentendidos o la completa traición, la amarillenta niebla de unas cartas entrecruzadas. Tu padre está confundido conmigo, o lo estaba, pero esto pasará, si no ha pasado ya, y no hace falta decir una sola palabra más. El 19 de noviembre, tu Ralph estaba pensando en ti con amor, fueran cuales fuesen las transitorias preocupaciones de tu padre, o el incordio de ese Ferrell que está sufriendo el pobre por mi culpa. Tú leerás esto cuando yo vuelva a casa, y compararemos nuestras notas, y nos reiremos ante las distorsiones del tiempo y la distancia y el servicio de correos.