El egiptólogo

Arthur Phillips · Capítulo 6 de 41

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El egiptólogo

Diarios de Ralph Trilipush, 1922

Diarios de

Ralph Trilipush,

1922

Jueves, 12 de octubre de 1922

A Margaret: Amanece. Tú estás conmigo aquí siempre. Te traeré unos regalos de esta expedición que no te imaginas. Desde luego vas a nadar en oro antiguo, por supuesto compartirás mi fama, y por supuesto te casarás conmigo en unas circunstancias que harán que tus furiosas y celosas amigas se froten los ojos inmediatamente después de la ceremonia. Pero pienso también que te mereces tener tu propio diario de nuestra larga separación, un diario de mi amor entrelazado con el diario de mi trabajo; los dos están demasiado íntimamente entremezclados para ser desenredados ahora, en el calor de la acción. Dentro de unos meses, habrá que añadir esta larga carta-diario dirigida a ti a las otras cartas que recibirás por correo (unas semanas después de enviarlas, por desgracia), y comparar estas últimas con la carta que todo el mundo tendrá, Ralph M. Trilipush y el descubrimiento de la tumba de Atum-hadu, por Ralph M. Trilipush. Alguna de mis anotaciones de ayer está destinada a ti, no a ellos, veo ahora. Y veo, asimismo, que tu padre se merece un poco más de atención en la versión publicada de estos diarios, y puedes confiar en que realizaré este servicio por ti.

Una charla sobre la financiación de las modernas expediciones egiptológicas: En cuanto a lo de «implorar», de los ingeniosos versos de Kendall Mitchell, creo que no es inapropiado, ni tampoco carente de interés para los lectores en general, describir un poco cómo se financian las expediciones arqueológicas. «Implorar», espero que no haga falta decirlo, no tiene nada que ver con ello. Y como yo estoy tan ansioso como tú, querido lector, de proceder a nuestra exploración, también vacilo en llevarte conmigo hasta que estés capacitado para comprender el contexto de los hechos que nos sobrevendrán allí, en el desierto.

Acompáñame, por lo tanto, en la primera de una serie de reuniones de inversión con connoisseurs de arte y financieros de Boston, en junio de este año, en el salón de Chester Crawford Finneran, el cual me ha invitado a su lujosa (y Luxorosa) mansión, donde ha reunido a algunos amigos para hacerme preguntas. Y aunque me habría casado con su hija sin ese dinero, y podría haber financiado esta expedición en otra parte, él seguía ofreciéndomelo, y aunque sólo sea como un gesto hacia la mujer que amo, les di a él y a sus amigos la oportunidad de ser los patrocinadores de una expedición sin precedentes.

El salón de C. C. F. está decorado hasta tal punto —según las modas americanas actuales— en un estilo egipcio y falso faraónico que Kendall Mitchell afirma que está empezando a sentirse «esfingxiado». El chiste normalmente caería mal, pero sabiamente C. C. F. ha hecho preparar tanto «té helado» que todo el mundo está empezando a sentirse mucho más cómodo. Me estoy dirigiendo a C. C. F., Mitchell, Roger Lathorp, Julius Padraig O'Toole y Heinz Kovacs. Lathorp es el propietario de una muy rentable empresa de construcción de alguna especie. Los dos últimos invitados han sido presentados de forma muy vaga, y son socios financieros de C. C. F. en otras aventuras. Hablan muy poco, aunque Kovacs sufre una tos feroz, lo bastante fuerte para terminar con toda posible conversación en la sala cuando estalla. Al hablar, por lo demás, su voz es tan débil que todo el mundo (incluido O'Toole, que se encuentra inmediatamente a su izquierda) tiene que inclinarse hacia él. A Kovacs le lloran los ojos constantemente, consecuencia de alguna infección, y usa varios pañuelos, en el curso de nuestra reunión, arrojando por turno cada saturado, monogramado paño de seda en la enorme y negra boca del cubo de basura tipo coloso de Ramsés de C. C. F. O'Toole, un irlandés de ocupación indefinida, se pasa gran parte de la reunión limándose las uñas y de vez en cuando tomando notas con un pequeño lápiz dorado en una libretita de notas de cuero. Estos hombres, todos, llevan impreso su dinero en su ropa y sus zapatos. Eruditos no son, es cierto, pero su pasión por el arte está fuera de toda duda. Hay un aspecto negativo en el trato con instituciones tales como ciertos museos destacados, y a menudo la inversión privada ofrece beneficios únicos al explorador.

—Caballeros —empiezo—, dejemos por un momento a un lado la cuestión del dinero para que…

—¡Jamás haré eso! —bromea Kendall Mitchell, para su propio regocijo, así como para el más explosivo de Lathorp. Kovacs tose.

—Se subestima usted, Mr. Mitchell. Dejemos a un lado el dinero sólo por un momento y consideremos lo que esta expedición podría representar para ustedes además de recompensas financieras.

La historia de Egipto nos traslada a la mismísima aurora de la historia humana registrada, hace casi 5.000 años.

—Tiene usted razón. Hasta el propio Jesucristo.

—Eso ciertamente proporciona un contexto, Mr. Lathorp, y demuestra su capacidad para el método histórico, pues resulta juicioso abordar el pasado desde hitos familiares. Pero consideremos que Jesús nació hace 1922 años y Atum-hadu reinó 1.640 años antes de eso, y que Egipto en toda su gloria ya existía 1.500 años antes, y entonces se empieza a tener una idea de las vastas extensiones de tiempo de las que estamos hablando.

—Por supuesto —reconoce Lathorp—. Hitos familiares.

—Ahora, escucha, Pushy —interviene Kendall, interrumpiendo casi inmediatamente la cuidadosa presentación que yo había planeado—. He oído decir que Egipto está agotado. No queda nada bajo las arenas. Todos los otros grandes tipos se han quedado ya con lo bueno. ¿Qué tienes que decir a eso?

Les pedí que abrieran sus cuadernillos explicativos por la página «Posibilidades de éxito».

—Creo que es sumamente improbable. Conocemos los nombres de varios centenares de antiguos reyes, y hemos encontrado las tumbas de sólo algunas docenas. Hay expediciones que están descubriendo extraordinarios tesoros en este mismo momento, mientras hablamos, aunque la temporada de excavaciones en su mayor parte ha terminado, debido al verano egipcio. En el caso de Atum-hadu, se han encontrado fragmentos de sus escritos en más o menos la misma zona, aunque no han aparecido vestigios de su tumba en ningún mercado de antigüedades. Lo cual implica que esta tumba está intacta, lujosamente provista, y se halla en la región de Deir el Bahari mostrada en este mapa.

Les ayudé a abrir sus cuadernillos por la parte del mapa, que casaba con la versión más amplia que yo tenía sobre un caballete que se columpiaba delante de un gran cuadro de Margaret, en el que ésta sostenía un conejo o un manguito de piel de ese animal.

Aquellos hombres estudiaron con atención el mapa, lo cual me dio la oportunidad, pues me encontraba en las garras de mi recurrente maldición personal, de visitar el faraónico retrete de C. C. F., donde soporté un inoportuno retortijón de explorador, que lleva atormentándome desde la guerra; la disentería, una desagradable y pequeña prostituta siempre presente en Egipto.

A mi regreso, C. C. F. seguía echando una mirada al mapa, líneas y leyendas indescifrables para él, pero los otros se habían dividido en dos distintos grupos: Mitchell y Lathorp, riéndose tontamente sobre un ejemplar (nada sorprendentemente abierto por el cuarteto 42, «Atum-hadu honra a cuatro acrobáticas hermanas») de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto (Collins Amorous Literature, 1920; nueva edición de la Harvard University Press prevista para 1923); O'Toole y Kovacs, sentados aparte, no decían nada.

—Válgame Dios, ¿por qué no te subvenciona Harvard tu aventura, eh, Pushy? — preguntó el propio C. C. F., y yo supe que no estaba realmente preocupado por el tema; simplemente no deseaba aparecer demasiado fácilmente convencido ante sus socios—. Te pillaron jodiendo con la esposa de un decano, ¿verdad?

Los guié hacia los bocetos individuales que yo había incluido en los cuadernillos explicativos en la página «Recuerdos personales».

—Ahora, caballeros, ¿quieren ustedes que Harvard se quede con lo que yo encuentre? ¿Quieren que esto sea la Colección Harvard de la tumba de Atum-hadu? ¿Cuando la Colección Lathorp, la Colección O'Toole, la Colección Kovacs pueden llenar sus casas con el oro de un rey egipcio y, después de que ustedes se hayan ido, conservar su nombre para siempre en el ala privada del museo de su elección? Sepan esto: cada museo del país babeará para albergar su colección, con su nombre, para siempre, como me tomo la libertad de imaginar en estos bocetos. Y aquí llegamos a la cuestión clave, caballeros: la longevidad de sus nombres. Esto es algo que nuestro amigo Atum-hadu comprendía. Si se menciona su nombre después de que hayan ustedes muerto, es que no están muertos. Piensen en ello. Su dinero les puede comprar justamente lo que le compró a Atum-hadu, lo que todo rey de Egipto sabía que era la mercancía más valiosa que se puede poseer: la inmortalidad. Ahora cuando llegue el día, ¿qué van a dejar detrás? ¿Unos grandes almacenes? ¿Una empresa de construcción? ¿Un fondo fiduciario? ¿Una serie de débiles acusaciones presentadas por un envidioso fiscal general? ¿O van ustedes a hacer que su nombre viva para siempre, la recompensa última de la humanidad?

—Deténgase ahora sólo un momento, prefeser.

Quizás haya ido demasiado lejos; todo el mundo se inclina para oír el susurro de Heinz Kovacs.

—Si me permiten decir algo, he estado fisgoneando un poco por ahí, sabe, una pequeña arcaología por mi cuenta. Sólo para saber qué es qué, antes de extender abultados cheques a exploradores y pornógrafos ingleses chiflados. (Explicaré ese malentendido ahora). Pues bien, mi chico va a Harvard, y su prefeser me dice que su faraón jamás existió. ¿Qué pasa entonces?

Admito que sufrí en ese momento una punzada de envidia, nada más, sólo un pequeño estremecimiento, porque mientras yo me encontraba entre los nouveaux riches de Boston y respondía a sus inexpertas preguntas, pensaba en Howard Carter, que debía de estar comprobando sin prisas su saldo bancario en El Cairo, y luego simplemente telegrafiando a su plácido, noble patrocinador de Inglaterra, exigiendo una hermosa suma y esperando que su cuenta de El Cairo aumentara en consecuencia. Me acordé de Oskar Denninger, magníficamente equipado por la valiente República de Weimar, así como de un gran Giancarlo Buoncane gastando en las arenas de Sudán las ventas trimestrales de Cassini Distillatori, fervientemente dispuesto a cebar la bomba tanto tiempo como fuera necesario hasta que el humeante oro brotara como un géiser de las estériles tierras del Sudán. Y pensé en mis «colegas» de Harvard, sacando tiempo de su ocupado horario para maleducar a los estudiantes, frustrar mis trabajos y entrometiéndose en mi apoyo financiero para seguir gastando los inmortales fondos de Harvard profanando las tumbas de sacerdotillos adolescentes.

—Como cualquiera que tenga visión, ambición y capacidad de correr riesgos, Mr. Kovacs, comprenderá usted lo que significa estar rodeado de enemigos mezquinos que te odian, no porque tú los odies, o los hayas perjudicado, sino porque los ignoras, dado que son demasiado insignificantes para ser de interés para ti. Como el departamento de Hacienda o el fiscal general pueden parecerle a usted, así me parecen a mí los profesores Ter Breuggen y Fleuriman, porque ellos son, supongo, los criminales intoxicadores de su hijo. Caballeros, yo cursé Lenguas Orientales y Egiptología en la Universidad de Oxford. Saqué los escritos de este rey —este «imaginario» rey, tal como hubiera dicho Claes Ter Breuggen— con mis propias manos de la tierra egipcia. Creo solamente en lo que es real, como ustedes, caballeros. Ahora bien, si les presento a ustedes estos fragmentos eruditos, cuidadosamente reunidos a lo largo de decenios y acoplados hasta conseguir su mejor y más sólido encaje en mi propia obra, si estudian ustedes detenidamente este abundante conocimiento como yo lo he hecho, entonces, por simple sentido común, se reirán ante la pedante charla que se oye en los estériles despachos que hay al otro lado del río, y dirán, tal como yo leí en el Boston Mercury, que usted había dicho del fiscal general: «¿Por qué ese aburrido hombrecillo no se pega con su propia cera de abeja y deja a Heinzie Kovacs en paz?». Bravo, pensé, mientras lo leía.

—Bravo, realmente —intervino C. C. F. O'Toole se limaba las uñas—. ¿Ve usted lo que pienso ahora, J. P.? —dijo C. C. F. dirigiéndose a O'Toole—. Respuestas que todo el mundo necesita, me parece a mí. Pushy, cuéntales el aspecto que probablemente tendrá la tumba.

Cuando se pide a los ricos su dinero, hay que ser un poco reservado. Ellos quieren saber que recuperarán su inversión con intereses, pero también quieren ver que comprendes que no tienen ninguna garantía de ello. Incluso mientras les garantizas que sí la tendrán. Quieren que seas más inteligente que ellos, pero no en todo, y que reconozcas su superioridad en cuestiones de finanzas y de «sentido común». Les gustaría mostrarte una o dos reflexiones inteligentes sobre tu materia que no se te hayan ocurrido antes a ti. Más de una o de dos, y pensarán que eres un estúpido; menos, que eres arrogante. No quieren que les pidas su dinero: quieren que les ofrezcas una oportunidad y que aceptes menos dinero del que están dispuestos a invertir. Muéstrate ambiguo sobre su dinero, subraya los riesgos mientras quitas importancia a los beneficios. Éstas, me temo, son las lecciones que todo egiptólogo debe dominar. Ejemplo:

—Caballeros. La tumba de Atum-hadu es probablemente una simple abertura en la cara de un farallón del desierto. Aguardando su paso por esa arcada hay ilustraciones de los hechos del reino de Atum-hadu, y jeroglifos que describen sus glorias y congojas, invocaciones a los dioses. Aquí, siguiendo sus pasos, las pinturas cuentan una historia, como si estuvieran ustedes en el cine: a su izquierda, especulemos un poco, el monarca conduce sus tropas contra los invasores hicsos, o los secesionistas que se proclamaban reyes del delta oriental, o los ejércitos negros africanos que llegan por el sur. A su derecha, se puede ver cómo combate a los conspiradores de su propia corte, nobles impacientes que rivalizan por su trono, mientras él serenamente hace que se acerquen sus consejeros de confianza (como ustedes, caballeros, son los míos), y a su reina, La Belleza Que Asombra al Sol. Todo esto ustedes y yo lo vemos mientras cruzamos el vestíbulo. Ahora, hemos de arrastrarnos a través de una pequeña abertura y entonces percibimos un olor distinto de todo lo que habíamos olido en el pasado. No diré que sea inmediatamente dulce o agradable, pero eso es porque no nos resulta familiar; no, no es que sea poco familiar (implicaría que se acostumbrarían a ello un poco más adelante): es eternamente único. Ustedes no han olido eso antes, y no volverán a olerlo: es el primer olorcillo de un aire que ha permanecido flotando intacto durante 3.500 años. No sé si eso les hará sonreír (como me hace a mí), o les provocará arcadas, o les entusiasmará. Nuestros ojos apenas pueden permanecer abiertos por la sensación de escozor y el calor… y el resplandor. Sí, el resplandor, caballeros: es la incierta luz de nuestras linternas eléctricas que se refleja hasta nosotros, magnificada en cegadores rayos de oro y cristal, marfil y perlas, lapislázuli y oro, oro y oro. ¿Entramos ya, ustedes y yo?

—Estoy convencido —dice Finneran.

—Y con razón debería estarlo, señor. Sabemos mucho de nuestro anfitrión, Atum-hadu. Sabemos, por sus escritos, las presiones externas que lo moldearon, el personaje en que se convirtió para culminar su carrera. Sabemos de sus irresistibles apetitos, que él podía satisfacer sólo por breves períodos de tiempo y con gran dificultad. Sabemos de la familia que le falló, de las reinas y concubinas que lo sostuvieron, del fiable Maestro de Generosidad que era su consejero más importante, y así, ante nosotros, vemos todo esto. En la pared próxima al sarcófago de nuestro rey, vemos los más intrincados, delicados dibujos eróticos de las aventuras amorosas de Atum-hadu, y figurillas que, después de que la tumba fue sellada, cobraron vida para alegrar al rey en su viaje al mundo de los muertos. Y allí, sobre una elevada y adornada tarima, entre gigantescas estatuas de los dioses Atum y Anubis, allí está: una copia completa de los Consejos de Atum-hadu, los escritos del rey, su autor, innegablemente conocido al fin, y en las paredes, unas descripciones más completas aún de la vida del rey, de la cual debemos reconocer que hay muy pocas cosas que sepamos con seguridad (aunque esta confesión signifique que ahora nos veamos arrastrados fuera de esa arcada, con una visión fugaz de los jeroglifos, y que regresemos aquí, al salón de C. C. F.) y, para reconocer a mis voraces críticos sus mezquinos derechos, reconozco que algunos han dicho que Atum-hadu y su tumba no sólo son desconocidos sino que son incognoscibles, ya que el rey técnica, literalmente, no existió. No es cierto, por supuesto, pero sí desalentador para los inversores o los exploradores en vilo. Por ello ninguno de esos individuos fue invitado aquí hoy.

Y siguió un examen, página por página, de los cuadernillos informativos: «Posibilidades de éxito», «¿Quién era Atum-hadu?», «La Paradoja de la Tumba, en general», «La Paradoja de la Tumba, caso de Atum-hadu», «El papel de la poesía erótica en la corte de Atum-hadu», «Pruebas de la situación y contenido de la tumba», «Valor de mercado estimado de los hipotéticos objetos», «Mapas de Egipto y Deir el Bahari», «Recuerdos personales». No todos los socios fueron conscientes de cada apartado de nuestra charla (el dorado lápiz del soñoliento J. P. O'Toole, abandonándose a su ingenio sobre su libreta de notas, trazaba una serie de cascadas de estilo minimalista), pero al menos uno de ellos se mostró atento a todos los temas tratados.

—Hablaremos en privado más tarde, usted, yo y Heinzie, C. C. —dice con su acento irlandés a O'Toole mientras se levanta y se despereza. Kovacs se esfuerza por ponerse de pie, mientras Lathorp y Mitchell alargan el brazo, como un solo hombre, hacia la otomana donde descansa el ejemplar de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto (Collins Amorous Literature, 1920).

—No hace falta que os peleéis por él, chicos. —Cojo mi portafolios—. Tengo ejemplares de regalo para cada uno.