El egiptólogo
Correspondencia: H. Ferrell a L. Macy III, 1954-1955
Correspondencia:
Harold Ferrell a
Laurence Macy III,
1954-1955
Al día siguiente, domingo día 31, presa del pánico, visité los lugares que conocía: la antigua villa de Trilipush, el atestado yacimiento de Carter, donde le vi posar para los fotógrafos, y la blanca extensión de desierto que había sido el yacimiento de Trilipush. En todas partes, nada. Regresé a mi hotel rogando porque mi pequeño ejército de informadores apareciera. Nada. Me consolé pensando que quizás le habían seguido a alguna parte, y él se había quedado allí, y por tanto ellos también se habían quedado allí. Pero mi posición parecía inquietante. Fui a la agencia de viajes y allí me confirmaron que Trilipush y Finneran seguían registrados para navegar al día siguiente, incluso habían pagado los billetes. Contraté a un nuevo muchacho para que vigilara la estación del ferrocarril y me informara de cualquiera que tuviera la inconfundible apariencia de Trilipush o Finneran. Éste, al menos, me informó después del último tren del día: no habían dejado Luxor por ferrocarril. Preparé mi siguiente movimiento. Cablegrafié los detalles de nuestra llegada al cónsul británico de El Cairo, diciéndole que iba a llevarle a un sospechoso del asesinato, en 1918, del capitán Marlowe para que lo interrogáramos conjuntamente, y para que se preparara. Fíjese, estaba usando todos los instrumentos que tenía para resolver unos crímenes que nadie más estaba dispuesto a investigar, Macy.
Aquella noche, el 31, para asegurarme de que había hecho todo lo que podía, crucé el río por última vez para ir otra vez al yacimiento de Trilipush, pero en esta ocasión, cuando iba a salir el ferry en la orilla occidental del río, entre la multitud que esperaba embarcar en el que regresaba a la orilla oriental, había un niño nativo que hubiera jurado que formaba parte de mi extraviado ejército de observadores. El muchacho llevaba un gran paquete. Cuando traté de captar su atención, el muchacho me ignoró. Se limitó a subir al barco, y no pude alcanzarlo. Y lo perdí de vista. Me abrí camino hasta la parte delantera del malecón y observé mientras el ferry se alejaba, pero no pude verlo hasta que, cuando el barco penetraba traqueteando en la corriente, lo divisé de repente, mirándome desde la cubierta, como si hubiera estado allí todo el tiempo. Y hubiera jurado, incluso a aquella distancia, que se estaba riendo.
Por supuesto, de nuevo no pude encontrar nada en el yacimiento de Trilipush, y conozco lo suficiente de la psicología humana en momentos de tensión para no tomarme demasiado en serio aquellas sensaciones de aprensión que me cosquilleaban bajo los últimos rayos de la luz del sol, la sospecha de que me estaban observando. Incluso la risa del muchachito era probablemente más un signo de mis nervios alterados que algo real.