El egiptólogo

Arthur Phillips · Capítulo 11 de 41

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El egiptólogo

Correspondencia: H. Ferrell a L. Macy III, 1954-1955

Correspondencia:

 

Harold Ferrell a

Laurence Macy III,

1954-1955

Residencia Sunset on the Bayview

Sydney, Australia

24 de diciembre de 1954

Sigo aquí, Macy, sigo aquí. Aunque debo de haberle dejado asombrado. Otra semana a mis espaldas. Tenemos encima la Navidad. Época alegre, me han dicho.

No sé, Macy, si es usted una persona religiosa. Yo no lo soy en absoluto. Es una estupidez evidente. Pero corre una vieja por aquí, que no está en su sano juicio, como la mayoría de los de aquí, que lleva siglos sin pronunciar palabra. Se limita a mirar la tele, pero esta mañana me dijo —es la primera vez que me dirige la palabra—, que las personas son juzgadas en el otro mundo por los animales que las habían visto en éste. No me refiero a las vacas que te comiste o a los peces que capturaste —no es «vegetariana», creo—, sino sólo a los simpáticos animales que te ven cuando vas a tus asuntos, ya sabe lo que quiero decir. Los gatos que te observaban cuando tú estabas solo. Los perros que tomaban el sol al otro lado de la calle. Los pájaros que estaban frente a tu ventana. Un pez de colores de la pecera. Todos informan de lo que te han visto hacer, dice ella, parlamentan entre sí y luego deciden si debes ascender o achicharrarte. ¿Qué piensa usted de esa idea? Yo me acuerdo de todos aquellos animales de tristes ojos con los que he estado, imaginando que estaban descabezando un sueño, y que no comprendían nada incluso cuando estaban despiertos. Una idea muy extraña, muy inquietante. No puede ser verdad, pero ¿había oído usted algo parecido?

Su tía Margaret, no creo que lo sepa usted, allá por el 22, tenía sus perritos, aunque quizás haya visto usted fotos. Spaniels tibetanos, recuerdo que me dijo cuando yo aparecí en la puerta de la casa de su tío abuelo, el 13 de octubre de 1922. Su tía abrió la puerta, y los perritos empezaron a soltarme sus agudos ladridos cuando entré. Lo primero que dijo, antes de que yo pudiera abrir la boca, fue: «Spaniels tibetanos, muy valiosos, sumamente rrraros». Al decir «raros», hizo una especie de gruñido y arrugó los labios hacia mí. Vaya, aquí hay alguien vivo, pensé. Su tía bien valía una mirada, y evidentemente era una especie eléctrica de chica moderna. Me pregunto si alguna vez ella le habló a usted de mí, si hay algo que usted pudiera decirme. No es que ella hubiera dicho algo, no soy tan tonto como para creer que le causé una gran impresión, y no es que ella no fuera capaz de retorcer la verdad de vez en cuando para contar una historia. Se lo digo por si encuentra usted algo difícil de creer en esos papeles suyos.

Su tío abuelo fue un tipo admirable, de los que no hacen tonterías. Duro como un cocodrilo, grandote, cabello alisado hacia atrás. Me ofreció un excelente cigarro. En su enorme estudio, sentado ante un gran y lustroso escritorio me mostró un anuncio que estaba examinando: «Para las vacaciones —dijo—. Estoy tratando de decidir si lo apruebo o no». Un dibujo de una mujer sirviendo una especie de enorme ave asada sobre una gran fuente, y las palabras: «¡No sirva un buen plato de caza con una sucia mantelería! ¡Confíe en Finneran's Finer Finery para todo lo que necesite en vacaciones! (Nuestras mercancías duran una eternidad. ¡Garantizado!)». La mujer del dibujo era su tía de usted, que había posado. «Llevó mucho tiempo —dijo ella suspirando—. Al menos, no tenía que sostener el pavo; el artista lo dibujó más tarde. Era un poquito afeminado, creo».

—Ya basta de palabrería —murmuró Finneran—. Tenemos compañía. ¿Qué podemos hacer por usted, Mr. Harold Ferrell de la Agencia Mundial de Investigaciones, que ha venido desde Australia? —Examinó mi tarjeta comercial y paseó su puro sin encender entre sus labios—. No creo haber tenido nunca ningún negocio en Australia.

Le dije que estaba trabajando en el caso de una herencia de un individuo australiano y que había pensado que su socio comercial, el profesor Trilipush, tal vez pudiera ayudarme a encontrar a ese heredero perdido, pues ellos dos quizás se habían conocido en la guerra.

—¿Ralphie? —interviene su tía—. ¡Es algo más que un socio comercial, Harry!

Me gustó que me llamara directamente Harry, costumbre que nunca abandonó.

—Este caballero y yo tenemos que hablar de negocios, Maggie, así que lárgate.

Ella levantó las cejas e hizo una sarcástica reverencia. Luego cogió sus perros y cerró violentamente la puerta a sus espaldas. Yo comprendía ya todo lo referente a su tía, pensé: Mimada, encantadora cuando quiere serlo, un poquito esnob, pero es joven y no tiene a nadie que le enseñe modales. El dinero olía a nuevo. No se ofenda, Macy. Ningún mayordomo para responder a la puerta, todavía una mansión con verdaderas personas dentro. Sepa que lo prefiero así. Me gustó la manera en que hablaba Finneran, y me gustó su casa de inmediato. Era un hombre rico (pensé), pero que comprendía lo que empuja a los verdaderos hombres, comprendía los límites de su dinero. Espero estar describiéndole también a usted, ahí, en su mansión de Nueva York, Macy.

—Una muchacha muy viva —dice su padre cuando el eco de la puerta se va desvaneciendo—. Pero lo que ella quería decir es que está prometida al profesor Trilipush. —Eso me interesaba, Macy—. Es realmente un muchacho estupendo — continúa Finneran con cierto tonillo—. ¿Lo conoce usted? ¿No? Pues es un tipo macanudo. Vieja familia inglesa, valiente como pocos, experto en su campo. Algo extraordinario. No se ve a muchos hombres como él, incluso en Inglaterra, me imagino, y pillar a un tipo así en Boston, y que Margaret le robe el corazón… Somos una familia bastante feliz, Mr. Ferrell.

Quizás ésas no fueron sus palabras exactas, pero por ahí iban los tiros. Tal como le quiero hacer ver, su tío abuelo no tenía una capa de barniz tan pulida como los Marlowe; pero, si me perdona por decirlo, yo sabía por qué estaba tan orgulloso de tener a Trilipush como yerno. Sin la menor duda, esa boda le haría subir un punto o dos, o tres, en la escala social bostoniana.

Yo empecé lentamente, sólo le conté lo de la herencia Davies, y le pregunté a Mr. Finneran si podía decirme dónde podía encontrar al profesor Trilipush. «Por supuesto, por supuesto», y mientras él iba a coger su agenda de direcciones del cajón de su mesa, pregunté: «Sólo por curiosidad, ¿cómo llegó usted a conocer al profesor Trilipush, aquí en Boston?». Dijo que Margaret los había presentado, que trajo a Trilipush a la casa un día, como una muchacha que se ha comprado un bonito collar. Había asistido a una de sus conferencias, había hablado con él, se habían hecho amigos y luego, realmente, «le había tomado cariño al inglesote». ¿Estaban ya enamorados, entonces, cuando ella presentó a Trilipush a su padre? «No, no —dice Finneran—. Ella lo trajo como un favor para mí. Para que describiera la expedición que estaba proyectando, porque sabía que algunos de mis socios y yo siempre estamos buscando dónde invertir, y Margaret pensó que el proyecto de Ralph parecía prometedor. Una chica inteligente, esa vez». Efectivamente, el «club financiero» de Finneran había investigado el tema y decidido respaldar la expedición egipcia. (Macy, preste atención: Finneran había apostado su dinero, el dinero de sus amigos, el corazón de su hija y su estatus social a Trilipush).

«Yo no paraba de decirle a Margaret que era un tipo excelente, y que, si no me equivocaba, la estaba mirando con intenciones. Ella no me creía. Es realmente muy tímida, Mr. Ferrell, pero yo entiendo de estas cosas. Poco después de que le dijéramos a Trilipush que queríamos participar en su expedición, me pidió la mano de Margaret, de forma muy caballeresca, a la antigua manera inglesa.

»Yo estaba encantado con esa oportunidad, financieramente. Exactamente la clase de aventura que le gusta al club, un ganador, no carente de riesgo, pero nosotros estamos protegidos, tenemos protecciones incorporadas. Gracias a mi muchachita, teníamos la oportunidad de invertir antes que los museos y los bancos y demás. Cualquiera de éstos hubiera pegado un brinco ante una oportunidad así, sin duda, pero nosotros llegamos primero. Y, desde luego, pude ver que Maggie se estaba enamorando, si es que ella comprendía lo suficiente para darle un nombre a aquello. ¿Y quién soy yo para discutir con el amor? Cuando tenga usted una muchachita, y un tipo así aparezca, lo comprenderá, Mr. Ferrell».

La boda se celebraría lo antes posible después del regreso de Trilipush de su expedición.

¿Pensaba Finneran que una excavación egipcia era una inversión segura? No, desde luego que no, por lo general no, pero en este caso las circunstancias eran únicas. Ventajas: «Trilipush encontró algo durante la guerra, con un amigo suyo, y parece claro que eso llevaba a una tumba. Los detalles son complicados. No puedo decir que comprenda todo el tema erudito. No es como un mapa del tesoro exactamente, desde luego; tiene usted que saber cómo interpretar las pruebas históricas, lo que tiene. Yo no pretendo ser un erudito, pero Trilipush lo explicó todo y convenció sobradamente al grupo de que, por lo que se refiere a estas cosas, aunque nunca hay garantías, todo apuntaba a un rápido y lucrativo descubrimiento».

Ahora bien, toda esta nueva información me colocaba en una situación un poco difícil, como usted comprenderá, Macy, si deja de pensar como su sobrino nieto por un momento y empieza a hacerlo como mi ayudante otra vez. Mire, yo sabía lo suficiente para impedir aquella boda en ese mismo momento: Mentiras sobre Oxford, cosas poco claras en los archivos militares, problemas con su jefe de Harvard. ¿Y qué se ganaría con soltar una bomba así? Bien, siga mi consejo, Macy: nunca se sabe muy bien quién va a saltar por los aires en situaciones como ésa. Piense por un momento porque, a estas alturas, debería saber cómo funciona nuestro negocio. Primero, yo necesitaba respuestas a mis preguntas, y difícilmente podría obtenerlas de un furioso y asustado exfuturo suegro. Segundo, usted y yo estamos en un negocio que se basa en el reloj; no podemos ganarnos la vida vendiendo información; nosotros vendemos tiempo. De manera que, avanzada la conversación, cuando le propusimos a Mr. Finneran que se convirtiera en nuestro nuevo cliente, nos pusimos de acuerdo en que una investigación de los antecedentes del novio de su hija llevaría unas semanas. Y, finalmente, la información (y el tiempo que se tarda en reunirla) sólo tiene valor si el comprador paga. Si yo empezaba diciendo a Finneran la verdad aquel día, me habría puesto de patitas en la calle, hecho una furia. Estaba claro para mí, desde el primer día, que Finneran nunca querría oír la verdad sobre Trilipush, y más tarde los hechos me dieron la razón. No. Vi claramente que Finneran pagaría por oír palabras tranquilizadoras. Y un detective sensible proporciona a sus clientes lo que éstos necesitan y aquello por lo que están dispuestos a pagar. Lección de Ferrell: los clientes satisfechos son los que pagan.

Por último, de hombre a hombre, Macy. Yo no deseaba causar ningún dolor, ésa es la verdad. Estaba claro que de todas formas iba a tener que dirigirme a Egipto para descubrir la causa de los asesinatos de Caldwell y Marlowe, y para interrogar a Trilipush al respecto. De modo que quería una dirección y un itinerario de Trilipush, y eso era todo. No había nada que ganar aquel día revelando rumores sobre sodomitas ingleses o buenos jóvenes australianos asesinados en el desierto mientras capitanes ingleses que mentían sobre su educación se presentaban en Boston sanos y salvos, ganando el corazón de jóvenes increíblemente bellas y gastando el dinero de hombres honrados. No, yo podía volver al barco, y llegar a Alejandría en seis días, y no tenía ningún interés en preocupar a su familia más de lo imprescindible para conseguir la información que buscaba y aliviar las preocupaciones de su tío abuelo a cambio de unos honorarios. Finneran me facilitó la dirección de Trilipush en El Cairo, me prestó un ejemplar del cuadernillo explicativo destinado a los inversores de la expedición para que lo leyera mientras me alojaba en el Parker House, y nos dimos la mano. Le dije que tendría un informe completo de los antecedentes de Trilipush dentro de unos días, quizás algo más.

¿Me gustaría que esta historia de su familia terminara aquí, Macy? Parte de mí lo desea, ésa es la verdad. Pero es difícil. Si no lo hubiera cogido como cliente, si sólo me hubiera ido por la puerta, leído el cuadernillo en mi hotel, hecho que un botones lo devolviera por mí, partido para Nueva York al día siguiente y para Egipto cinco días más tarde, ¿de qué otra manera habrían terminado las cosas? Es difícil de saber, da igual lo que digan los recuerdos de todo el mundo, y sin duda me gustaría leer algo más que pudiera usted haber hallado después de la muerte de su tía, cartas o diarios que me ayudaran a comprender qué más sabe usted sobre todo esto. Pero una cosa es cierta: Si su tía se casaba con Ralph Trilipush, un montón de vidas iban a construirse sobre mentiras en aquella casa, y eso era peor que nada. Mis acciones lo impidieron. Estoy orgulloso de ello. El tipo que fuera lo bastante afortunado para casarse con su tía Margaret me debe gratitud. Y estoy seguro de que, al cabo de un tiempo, ella también recordaba mis servicios cariñosamente. La salvé, a un coste excesivo para mí.

A lo que íbamos, yo estaba bajando al vestíbulo principal, a recoger mi abrigo, cuando Margaret nos interceptó en la puerta, los perritos correteando entre nuestras piernas, y ella dijo que quería ofrecerme una limonada, que había sido muy grosero por parte de su padre despedirme sin hacerlo, de manera que me entretendría un momento ahora y me acompañaría a la puerta después. Su padre se rió —consentir a su hija es para él tan fácil como respirar—, me estrechó la mano y se retiró a su estudio, aunque dejando abierta la puerta.

Ahora bien, su tía tenía tres estados de ánimo diferentes, si he de ser sincero. Llegué a conocerla bastante bien durante los casi dos meses que me quedé en Boston, haciendo mis investigaciones. Ignoro lo que ella pudo haberle dicho a usted con los años. No presumiré de haber causado una impresión duradera en ella, pero, en aquella época, no me parece que le resultara indiferente.

Tres estados de ánimo, digo. Por las tardes, como el día en que la conocí, se mostraba muy aguda. Podía hacerte reír, podía encandilarte, podía tratarte como si fueras alguien fascinante y, desde luego, era una muchacha rica (o así lo parecía; yo aún no había visto las grietas disimuladas que se estaban abriendo en el mundo de su padre), y las atenciones de las jóvenes ricas tienen un sabor agradable; conozco lo suficiente de la psicología humana para saber que ésa es una ley inexorable. Aquella tarde, ella se sienta ante la chimenea con sus perritos, los tres enroscados juntos sobre un largo sofá en frente de mí, y va y dice: «Ahora tomemos una limonada, y puede usted hablarme de Australia, donde todo el mundo come canguros, ¿no?». Y me echa una miradita que, vaya, nadie podría resistir semejante invitación. Y aun cuando uno no podía tomar en serio su supuesta ignorancia, sí se la podía tomar a ella muy seriamente como mujer, aunque probablemente sólo tenía veinte años o poco más. ¿Y qué podría saber del mundo a sus veinte años? Nada, pensaría usted. Pero entonces, ¿cómo podía tener semejante encanto? Los ricos, los ricos, los ricos, incluso los nuevos. Tienen sus recursos. Claro que estoy evangelizando en un convento, ¿no, Macy?

Aquella tarde me hizo preguntas con una maliciosa mirada en sus ojos, sobre mis asuntos en Estados Unidos, y yo le conté muy poco, sólo le pregunté si su amado había mencionado alguna vez a un soldado australiano llamado Paul Caldwell. No, nunca había oído ese nombre. Sí que le dije algo del pobre Paul, el fanático de Egipto, de cómo es la vida cuando no has nacido con ninguna ventaja, cosa que no ocurría con ella y Trilipush. «Oh, Mr. Ferrell, me está usted avergonzando terriblemente —dijo ella, fingiendo parecer avergonzada—. Pero papi, sabe usted, llegó aquí casi sin nada. Nosotros éramos gente muy sencilla». Ella sonrió, muy sutilmente, nunca lo olvidaré. Despedía encanto su tía.

Le pregunté cómo había conocido a Trilipush, cómo habían llegado a prometerse, y si le importaba que yo tomara notas.

—¡Oh, maravilloso! ¡Realmente, me gusta que todo el mundo tome notas cuando hablo! Bien, usted no conoce a Ralph, ¿verdad? Oh, sencillamente, él lo es todo, sabe. Los hombres que conozco en Boston no están hechos de la misma pasta, de veras. He tenido a algunos de los directores de papi que me miran de cierta manera, algunos de los encargados del almacén, y también algunos músicos de jazz en los locales adonde voy de vez en cuando, cuando papi e Inge me llevan, así como varios de los socios de papi, J. P. O'Toole y demás; pero Ralph, bueno, es de un mundo del todo distinto, como sacado de los libros de cuentos para niñas. Todas mis amigas dicen que debería pellizcarme para comprobar que no estoy soñando. Es un explorador, sabe usted, y procede de una familia de exploradores, y prácticamente pertenece a la nobleza inglesa, pero no a la clase rica, y su acento… bueno, sepa que tiene usted un acento adorable, Harry, pero diferente. Y está solo en el mundo, sus padres murieron, y él era hijo único, pero tenía aquellos maravillosos amigos de la universidad, en Inglaterra, y a uno de ellos, su mejor amigo, lo mataron al final de la guerra, y Ralph quedó tan desconsolado… Quería abandonarlo todo, incluso sus propiedades en el país, que cuestan más dinero de mantener del que tiene, aunque siempre puede hacer que se recuperen si quiere, y podríamos acabar viviendo allí algún tiempo después de la boda. De todas maneras, después de la guerra vino aquí, a terminar su libro, el cual tuvo mucho éxito, considerando, sabe usted, que es historia, y luego empezó a enseñar en Harvard, que es la universidad de aquí y sin duda la mejor de toda América, y ahora más bien vive en América y escribe y enseña, y, después de esta expedición, va a hacer montones de dinero, créame, si conoce usted ese asunto de Egipto como Ralph. Ha de saber dónde mirar, pero el oro está justo ahí, descansando bajo la arena.

Lo fascinante de este pequeño discurso, Macy, era que aunque yo no dudaba de que Margaret pensaba que era cierto, ella lo decía con aquel tonillo, aquella sonrisita en sus labios, como para indicar que nada de ello le importaba un bledo, al menos mientras yo estaba allí con ella… No es que yo fuera tan fácil de impresionar, sólo que una parte de su encanto (por las tardes) era que ella nunca te dejaba pensar que su novio le importaba más que tú, fueras quien fueras, si estabas sentado a su lado en aquel momento. Quizás sí que era solamente para mí, y estoy seguro de que me gustaba la idea de que fuera así, entonces. Su tía deslumbraba un poco, sabe.

Repetí la pregunta: ¿cómo había conocido a aquel héroe de nuestro tiempo? En su versión, ella había hecho que se comprometieran antes de que surgiera la cuestión del dinero de su padre, antes de la reunión de los inversores, pero Margaret sabía que Trilipush le gustaría a su padre, y su padre apoyó de todas todas su compromiso, aunque ella misma tuvo sus dudas al comienzo. ¿Que ella tuvo dudas? «Bueno, claro, me refiero a que él es de un mundo completamente distinto, quizás una muchachita bostoniana como yo…». Y aquí pensé que, en su falsa modestia, ella estaba eludiendo una oculta verdad. Yo sospechaba que la joven podría haber tenido algunas vacilaciones por buenos motivos, algo que sólo ella podía sentir pero aún no decir. No voy a jactarme diciendo que mi presencia la ayudaba a hacer comparaciones, pero estaba claro que si ella hablaba lo suficiente con un individuo totalmente diferente de Trilipush, podría empezar a darse cuenta de algunas cositas sobre cómo los hombres honestos reaccionaban ante ella, y ante las mujeres en general. Y añadió: «Yo le hice un favor a papi trayendo a Ralph a su club; quiero decir, les descubrí a Ralph antes de que alguno de los grandes museos lo descubriera». ¿Y quién era el pobre amigo muerto de la guerra? «Oh, sí, otro arqueólogo, su mejor amigo de Oxford. Fíjese en el nombre, Harry: capitán Hugo St. John Marlowe. Bueno, durante la guerra, siempre estaban dándoles permisos para ir a sus excavaciones, y en una ocasión él y Marlowe encontraron juntos esa cosa —un nombre muy misterioso, el Fragmento C— y de ahí sacaron dónde habría una tumba, una tumba llena de oro y obras de arte. Se disponían a ir a buscar juntos la tumba en cuanto tuvieran la siguiente oportunidad, pero entonces Ralph fue enviado a luchar en Turquía, lo que era espantoso, mientras Marlowe tenía que permanecer en Egipto y esperar, cosa que hizo, desde luego, porque eran los mejores compadres desde Oxford, y hermanos de sangre, pero durante algún tiempo, en Turquía, Ralph quedó separado de sus hombres y, allá en Egipto, pensaron realmente que estaba muerto, y Ralph tuvo que volver a casa prácticamente solo y cuando finalmente consiguió regresar a Egipto, bueno, sólo unos días antes de eso, el pobre Marlowe había desaparecido, aunque había dejado el Fragmento C en su tienda, y Ralph lo cogió para ponerlo a salvo, sin saber si Marlowe estaba vivo o no, y luego cuando tuvo que aceptar que Marlowe estaba muerto, Ralph quiso olvidar todo el dolor de la guerra, de modo que se trajo el Fragmento C a Boston, y eso fue lo que le hizo ganar su reputación como erudito y le consiguió un empleo en Harvard, y… oh, mire cómo se me dispara la lengua. Imagínese el efecto de todas estas aventuras en una ingenua jovencita bostoniana, Harry».

Realmente puedo, pero Margaret no era una simple e ingenua jovencita, y por ello yo tenía cierta dificultad en imaginar el efecto que esas aventuras ejercían en ella. ¿Sabía que estaba repitiendo algo absolutamente ridículo? ¿No se le había ocurrido que la historia estaba llena de mentiras e imposibles y que probablemente escondía dos cadáveres entre sus falsificados pliegues? ¿Personas convenientemente desaparecidas en Turquía y Egipto? ¿Amigos leales que se esperaban el uno al otro antes de cavar y compartir montones de oro? ¿Mapas del tesoro al alcance en tiendas de hombres perdidos? ¿Pensaba que yo me lo estaba creyendo? Y, Macy, debo subrayar que no le conté nada de mis sospechas. Yo era honrado con mis clientes y con los inocentes. Júzgueme por esto: hubiera podido descubrir a Trilipush un millar de veces a su tía, pero no lo hice.

Pero, que conste, eso es lo que yo estaba pensando, y bastante astutamente, si quiere saberlo: Si de verdad había una fortuna oculta en un agujero que Marlowe y Trilipush habían descubierto, cada vez más daba la impresión de que Trilipush — terrateniente empobrecido con un expediente académico falsificado— había matado a Marlowe por ello y luego escapado a América para que las cosas se calmaran. Allí se forjó una reputación entre los crédulos que le permitió manejar un poco de dinero con el que volver a excavar su tesoro. Y ahora, en 1922, evidentemente nunca regresaría a Boston de esa segunda expedición. Esa chica había sido engañada, el dinero de su familia, robado amparándose en sus modales ingleses, y ya había terminado con ella. Aparte de su dinero, ¿qué otra cosa querría de ella?: sin duda era un invertido, como Marlowe y Quint. Yo lo sabía incluso entonces, aun antes de conocerlo. Entonces se me ocurrió: Probablemente había sido el amante de clase alta de Marlowe antes de partir para Egipto; probablemente Trilipush era el pasatiempo discretamente mantenido de Marlowe desde los tiempos de Oxford, no un estudiante, evidentemente, sino sólo alguien que vivía en el mundo de Marlowe, tomando el dinero de éste a cambio de atenciones ilícitas. Eso explicaba la existencia de testigos de su presencia, pero no de pruebas en los archivos oficiales. Luego Trilipush se alista para ir a la guerra con Marlowe a cambio de más dinero, y se dirige a Egipto con él, donde corretean al estilo inglés. Pero entonces lo envían a Turquía, sin su rico protector. Mala suerte. Regresa a pie (o corriendo, más probablemente) de las batallas turcas para descubrir con horror que, en su ausencia, el pobre y joven excavador, amante de Egipto, Paul Caldwell (un australiano nada menos, piensa el arruinado pero todavía esnob marica inglés) se ha convertido en el inocente objeto de las obsesiones amorosas de Marlowe. Demos un paso más; tal vez Trilipush no había descubierto el mapa del tesoro con Marlowe: quizás Marlowe y Caldwell lo habían encontrado mientras Trilipush se hallaba en Turquía. Trilipush, a su regreso de Gallípoli, sorprende a la pareja y, movido por los celos y codiciando el secreto de su Julieta hallado en el desierto, mata a Marlowe y a Caldwell, oculta sus cuerpos y se marcha a Estados Unidos. Bueno, me quedaba un poco de trabajo para demostrar todo esto, y seguía sin comprender por qué su historial militar había sido borrado, pero esto demuestra cuán pronto había comprendido yo los hechos principales del asunto, Macy, tal como se los expliqué a usted aquella noche en el Parker House, a mi regreso de la casa de mi último cliente.

La víctima de esta tragedia, Macy —y esto estuvo claro como el cristal para mí antes de haber terminado mi primera limonada—, era su adorable y hechizadora tía. Una dulce, inocente muchacha, su cabeza trastornada por un perverso asesino, manipulada para conseguir el dinero de su familia. Yo quería ayudar y, palabra de honor, vi que a todas luces ella había sido ridiculizada por un sodomita, el cual ya la había abandonado, aunque ella aún no lo sabía. Si yo se lo decía, me odiaría para siempre. Si esperaba a que los acontecimientos se desarrollaran a su propio ritmo, ella se convertiría en el hazmerreír de la sociedad bostoniana. Sentí, incluso durante aquella primera limonada, que tenía las manos atadas, y nada de lo que yo pudiera decir podía ser bueno.

El segundo estado de ánimo de su tía Margaret, aprendí la semana siguiente, era una especialidad de primera hora de la noche. Unos días más tarde, yo regresaba del hotel, tras haber hablado con más profesores de Harvard y algunos de los alumnos de Trilipush, y descubrí, para mi gran sorpresa y placer, a Margaret en el vestíbulo. No se había alejado mucho de mis pensamientos desde que la había conocido. Debían de ser las siete de la tarde, y no iba acompañada. «Bien, esta noche dejará usted de lado su libreta de notas, Harry, y vamos a tener un poco de diversión». Era cuando me gustaba más. Te hacía sentir como si fueras la persona más importante del mundo, pero sin ninguno de los amaneramientos de las anfitrionas acaudaladas. No, entonces se mostraba vitalista y natural, una muchacha cuyos ojos le brillaban de excitación por ver lo siguiente que la vida tenía para ofrecerle. Hacía sus bromitas, sus pequeñas observaciones inteligentes a tu costa, pero le gustabas, créame. Me cogía del brazo y me paseaba por algunas partes de Boston que jamás se me habría ocurrido visitar. «No se preocupe, Harry, sé adonde voy. No nos pasará nada».

Me llevó a pasear por callejones que me hicieron desear haber llevado un arma conmigo, pero ella se limitaba a brillar bajo las tenues luces, sonriendo a las sombrías figuras que merodeaban por aquí y por allá. Evidentemente disfrutaba escandalizando a su amigo extranjero, aunque yo hacía todo lo que podía para no dejar de sonreír. «Sabe usted, nunca he traído a Ralphie aquí, y nunca lo haría. No encajaría como usted, Harry». Me gustó la comparación. «Convirtámoslo en nuestro pequeño secreto, Harry». Me parecía de perlas… Yo tampoco quería mencionárselo a Trilipush.

Margaret apretó un botón de una pared sin rótulo alguno de una oscura calle; yo no podía ni decir dónde nos encontrábamos. Una pequeña trampilla a la altura de los ojos se corrió a un lado, unos negros ojos nos examinaron, la trampilla se cerró de golpe, y la pared se abrió para dejarnos entrar a una ruidosa fiesta, una barra y billares, y música de jazz para bailar, hombres y mujeres sentados confortablemente en sofás, en cojines esparcidos por el suelo y en regazos. «Bienvenido al J. P., Harry», dijo ella, haciéndome pasar al interior. Con su tía, uno no paraba con las sorpresas. Aquella noche estaba encantadora, y yo más bien creí que se debía a mí, y recuerdo haber pensado, esa noche, que por la razón que fuera, había encontrado en mí algo que la atraía. Me pareció que podía ver desplegarse ante mí como un curso natural de las cosas, no creo que nadie me lo hubiera echado en cara. Hoy, desde luego, diría que se trataba sólo de un pequeño flirteo. Su tía jugaba un poco con fuego, no sabía cuándo había ido demasiado lejos, cuándo cruzaba la raya. Las chicas así siempre parecen sorprendidas cuando la gente resulta no ser un juguete, cuando la gente deja de cumplir sus instrucciones, instante en que el humor de éstas cambia.

Ella se fue a buscar unos cócteles, y nos sentamos en un sofá tapizado de terciopelo rojo. Yo no sé si estaba prosiguiendo con el caso o siguiendo mis propios intereses, es difícil decirlo desde la distancia, pero lo cierto es que la interrogué nuevamente sobre Trilipush, sin estar seguro de lo que andaba buscando. «Oh, es un sueño —dijo ella, pero mirando al techo, apenas prestándome atención mientras murmuraba—. Noble inglés, explorador. Un hombre de los pies a la cabeza…». No, al techo no; estaba mirando la oscura galería que corría por el perímetro de la sala antes de volver su atención hacia mí. «¿Qué estaba diciendo, Harry?».

Tiró de mí y bailamos al son de la orquesta negra de jazz. Bebimos. Para ser más precisos, yo me bebí un par de copas, y ella bastante más. Me acarició la mano y dejó que le encendiera cigarrillos. «Ralph nunca disfrutaría con esta clase de cosas —dijo —. Es muy académico, sabes. Pero, Harry, ¡eres un excelente bailarín!». No es que eso fuera estrictamente cierto, pero no se lo discutí. Mis notas no son muy claras aquí, me temo, Macy. Durante esos días en Boston, a menudo no me acordaba de anotar exactamente lo que se decía o en qué fecha, y, mientras estoy sentado aquí, en el asilo, contemplando los verdes bloques de cemento de la sala de juegos, los recuerdos acuden en desorden, ráfagas de acontecimientos sin orden cronológico mezclados con cosas que recuerdo haber esperado que sucedieran, pero que no ocurrieron. Hago lo que puedo para ordenar todo esto para usted.

Ella y yo estamos sentados en un sofá, en el J. P., su club privado, y ella me acaricia la mejilla. Es una noche diferente. Ella está muy soñolienta, y yo puedo verme algo ruborizado. Resulta un poco sorprendente, convendrá usted conmigo, dadas las circunstancias, pero lo de la mejilla no me lo tomo del todo en serio. Mire, me ha dejado en el sofá un momento, subiendo a la galería… Un gigantesco negro que guarda las escaleras la deja pasar sin problemas y ella le pellizca su sonriente cara mientras sube. La veo abrir una puerta sin llamar y entrar en una habitación del rincón más alejado, que resulta ser el despacho del J. P. O'Toole, que es el propietario del local, me dice el negro. Regreso al sofá. Pasan los minutos. Cuando vuelve a bajar, está extraña, y se ríe demasiado alto. Le miro a los ojos, y al instante sé a qué ha ido. Se sienta a mi lado durante horas, sin dejar de sonreír, me acaricia la mejilla de vez en cuando, pero nunca dice una sola palabra. Escuche cómo se queja un viejo, Macy: mi corazón se está rompiendo y recomponiéndose a cada latido.

Pero ahora nos encontramos en otra noche, el mismo sofá rojo, su humor es justamente el contrario, brincando con una especie de nerviosa, triste energía, explicándome que se va a casar con Trilipush sólo porque su padre lo desea mucho, pero que a ella le importan un pito todos ellos, todo lo que quiere «es que la dejen en paz para divertirse de vez en cuando, algún día. Prioridades, dice papi, el buen nombre, un buen enlace. Pero Ralph puede ser mortalmente aburrido, toda esa tabarra sobre Egipto a una la duerme, sabes, es la verdad. Nadie es capaz de estar oyendo hablar sobre Egipto tanto como a él le gusta hacerlo. O sobre ningún tema, si vamos al caso. Un pelmazo, Harry, pero los hombres por lo general lo son al cabo de un tiempo. ¿Vas a convertirte tú en un pelmazo, Harry?».

«¿No quieres casarte con Trilipush?», pregunté, asombrado por el giro que daban los acontecimientos, por la manera como esa latente sospecha salía repentinamente a la luz. E inmediatamente me mostré dispuesto a contárselo todo sobre su novio, a hacer estallar aquella bomba y correr mis riesgos.

«Oh, no lo sé —dijo ella antes de que yo pudiera abrir la boca—. Yo no he dicho eso, ¿verdad? No sigamos hablando de esto, ¿qué te parece? No seas un pelmazo, Harry. ¿Quieres? ¿No sería algo grandioso que tú resultaras no ser un insoportable pelmazo? ¿No sería genial? Brindemos por ello, Harry, ¿vale? ¿Vale? ¿Vale?». Así, cuando empezaba a hablar, no paraba, seguía charlando por los codos; cualquier idea que tenía en la cabeza le salía por la boca, y se lo repetía a sí misma hasta que tenía alguna otra cosa que decir, o en la que gastar su energía; cuando se quedaba sin palabras me sacaba a bailar. Quizás fuera una semana o dos más tarde, cuando dijo todo esto. No sé qué decirle, Macy. Pienso que probablemente me enamoré de ella, sabe, al menos así es como ahora lo recuerdo. ¿Y ella? Bueno, ahora comprendo que se trataba sólo de una muchacha triste, enferma, que gozaba de excesiva libertad. Yo no representaba mucho para ella; algo sí, sin duda, pero no mucho. ¿Y cómo hubiera podido ser de otro modo? Un hombre de otro mundo, otra clase social, sin dinero, no lo bastante elegante, nada. No es una tragedia, ¿verdad?

Pero lo que sentí entonces, eso es algo diferente. Tal vez por completo diferente. Quizás la «claridad de la distancia» no es nada en absoluto cuando se compara con lo que se ha olvidado. Tal vez no era algo inexplicable, tal como está empezando a parecer ahora, sino lógico, y yo estaba actuando con una honestidad que debería ser respetada, una honestidad de sentimientos, incluso si no soy capaz de reproducirlo aquí, sobre el papel, toda una vida más tarde. A fin de cuentas, estoy escribiendo para usted a partir de notas y recuerdos, ¿y quién sabe lo que se habrá escapado de ellos? Quizás yo no sea tan memo como me estoy dibujando ahora. Quizás sólo puedo recordar ahora lo que sabía entonces, y todas las razones por las que enamorarse de su tía no eran estúpidas, todas las pequeñas formas en que ella me hacía pensar que eso era posible. Aceptemos sólo que ella quería que yo me enamorara, que estaba pensando en la posibilidad de estar conmigo, dejar a Trilipush por mí. Pero iban pasando los días, uno tras otro, sin que yo fuera capaz de salvar algunas distancias que nos separaban.

Parece como una película, visto desde tan lejos. Recuerdo un frío día en que dejé escapar un barco para Alejandría, y no dejaba de rondarme por la cabeza la idea de que un terrible crimen iba a producirse en Boston, y que sólo yo podía evitarlo. No me refiero a los antiguos crímenes que estaba tratando de descubrir, sino a algo que estaba sucediendo allí mismo, ante mis narices: el asesinato del alma de la muchacha, obligada a casarse por la posición social de su padre, padre e hija engañados por aquel invertido inglés. Yo me sentía interiormente desgarrado por tener que mantener en secreto lo que sabía, lo que sospechaba, lo que debía revelar y lo que debía ocultar, cómo protegerla a ella, cómo conquistarla, o ambas cosas.

Aquel frío día voy a su casa a buscarla, pero Finneran está allí, y cuando abre la puerta, piensa que yo he ido a verlo a él, por supuesto (no sabe que he estado saliendo con su hija por ahí), y no se me ocurre cómo explicarlo de otra manera, de modo que nos vamos a su estudio y charlamos sobre Trilipush. Le cuento más cosas de las que había pensado, pero las circunstancias son diferentes, porque Finneran ya tiene sospechas sobre Trilipush antes de que yo abra la boca.

Dos días antes, dice Finneran, se ha enterado de que Trilipush está atascado en El Cairo, retrasado en su viaje a la tumba por un impedimento burocrático de última hora, y quería que el dinero de la sociedad fuera enviado a El Cairo, en vez de a la ciudad más cercana a la excavación. Excelente, piensa Finneran, le parece bien, pero para entonces el profesor Terbroogan, de Harvard, acaba de visitar a Finneran, aquel mismo frío día. Había venido expresamente para decirle a Finneran (venganza holandesa) que Oxford acababa de confirmarle por cable que ningún Trilipush había sido educado allí, y, por si servía de algo, la opinión de Terbroogan es que Trilipush tiene un «cero por ciento» de posibilidades de encontrar lo que les ha prometido a sus socios; él cree que toda la expedición está condenada al fracaso. «Dijo eso, Harry. Condenado». Finneran mantiene en su rostro una expresión de entereza, pero está haciendo rodar su cigarro por la boca de un lado a otro a gran velocidad. Me pregunta si yo estaba al corriente del «rumor» de Oxford. Por lo visto, Terbroogan no le había revelado que yo lo ayudé a conseguir esa información (así que me dije que podía enviarle una factura por los servicios prestados), pero yo no me avergonzaba de la verdad. «Sí, lo sospechaba», le digo a Finneran. «Bien, ¡por Cristo bailando en la cruz! —grita, y el cigarro se le cae en la mesa—. ¿Qué otra maldita cosa sospecha? ¿Para qué lo contraté? ¿Para escuchar tonterías de profesores?». Finneran estaba preocupado, comprensiblemente: su dinero, su hija, el dinero de sus amigos, la posibilidad de que hubiera respaldado públicamente un fraude. Me gustó que fuera otro el que había traído las malas noticias, ya que había demasiado en juego para que yo fuera el portador. Pero eso sin duda significaba que mi investigación sobre el historial de Trilipush (que estaba acabada en mi habitación del hotel desde mi primera noche en Boston) requería algunos días más de reflexión y corrección. Mi posición no hacía más que complicarse. «Ya veremos, Finneran —digo—. No lleguemos a conclusiones todavía. Los archivos pueden estar equivocados».

—¿Y si no es así? ¿Qué pasa con los sentimientos de la pobre Margaret por ese hombre? —gime patéticamente Chester después de permanecer en silencio durante un rato, luchando por contener el pánico—. Ella lo quiere, sabe usted. No puedo interponerme en eso, con Oxford o sin Oxford. En otras palabras, aún tengo dinero invertido en ese hombre.

—¿Dónde está su hija ahora? —pregunto. Y, se lo juro, Macy, ese hombretón parece como si fuera a llorar como una chiquilla. Aparta la mirada, se pone de pie, me da la espalda, juguetea con una cortina—. ¿Hay algo que quiera contarme? Las investigaciones confidenciales son mi especialidad, a fin de cuentas.

Y entonces su tío abuelo se desahoga conmigo, que es lo que siempre hacía la gente. Explica que está tratando desesperadamente de hacer lo correcto para su «niñita», pero que ésta bebe y que ha tenido problemas con —mueve la boca un poquito antes de que finalmente suelte la palabra— el opio, y que por dos veces había pensado que ella estaba curada. La última vez la había llevado a un sanatorio y pagado una fortuna para contratar a una de sus enfermeras (la rolliza sueca que yo veía rondar por la mansión de vez en cuando) con el fin de controlarla en casa, y darle los medicamentos que se suponía reducían su apetito por el «aliento del dragón». Pero Margaret empezaba otra vez a salir furtivamente, dice Finneran, recostándose desmayadamente en la silla. Inge, la enfermera, debía estar pendiente de ella, no dejarla salir de la casa sin compañía, pero la muchacha se había escapado de su vigilancia y evidentemente volvía a estar mal, y, si Trilipush alguna vez lo descubría, el compromiso probablemente se rompería. Y Finneran parecía preocupado ante esa idea, olvidando por un momento que el bendito novio les ha mentido a ellos sobre su educación y quizás sobre más cosas.

Ese numerito era grotesco, Macy. El fuerte y rico hombre de negocios estaba a punto de llorar porque no tenía éxito en sus intentos por controlar a su hija, la cual sufría, eso estaba claro para mí, solamente de juvenil fogosidad y de un repugnante compromiso con un sodomita asesino, al que la familia había estado tratando desesperadamente de impresionar. Le habían estado mintiendo, diciéndole que Margaret sufría un raro pero curable trastorno que la hacía dormir a intervalos, cambiar continuamente de estado de ánimo, y cosas así (como si a Trilipush le preocupara lo más mínimo, dado que su interés por ella se extendía sólo hasta la cuenta bancaria de su padre). Era algo del todo demencial. Finneran no quería saber mi opinión, la cual habría sido muy sencilla: Salve a su hija dejándola tranquila. Va a matarla en un accidente de alpinismo social. Y cualquier idiota de inglesote que se negara a casarse con ella debido a una pequeña y estimulante aventura se merecía que le dispararan entre los ojos. Pero yo no podía comprometerme hasta ese punto, así que en vez de eso me limité a decir que trataría de no perder de vista a Margaret, si a él le parecía bien, y ver si ella estaba realmente metida en algún problema. Me estrechó la mano. «Es un gran alivio para mí, Ferrell. Gracias, gracias. No sabía a quién más dirigirme —dice, como si hubiera sido idea suya—. Ella es mi niñita, sabe usted, sólo quiero lo mejor para ella». Claro, por supuesto. Los seres humanos, mi querido Macy, fingen, todos, que están preocupados por alguien más cuando realmente sólo lo están por sí mismos. «Cuente conmigo, Chester. Cuidaré de ella por usted».

—Tu padre está preocupado por ti —le dije aquella noche, sentados en un sofá del J. P., antes de que ella se fuera al piso de arriba. Pensé que se reiría de mí, que encontraría divertida nuestra nueva situación, la cual no carecía de encanto, y que quizás eso la llevaría a una agradable conversación sobre las debilidades de Trilipush, y eso nos llevaría a…

—Harry —me dijo—. Nos estamos divirtiendo, ¿no? Es agradable tener a un tipo que te acompañe por la ciudad cuando tu novio está fuera, ¿vale? Así que ahora, por favor, Harry, te lo suplico de rodillas: no seas un maldito pelmazo. —Se puso de pie, el primer paso hacia la escalera—. ¿Por qué no charlas con una de esas bonitas chicas mientras voy por ahí? —sugirió señalando a las furcias que J. P. empleaba para hacer que se sintieran a gusto los clientes—. ¿Te gustan las chicas, Harry? ¿No te enseñan cómo hablar con las chicas ahí abajo, en el culo del mundo? No las aburras, Harry, aunque a ésas les paguen por escucharte.