El egiptólogo

Arthur Phillips · Capítulo 26 de 41

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El egiptólogo

Diarios de Ralph Trilipush, 1922

Diarios de

Ralph Trilipush,

1922

Lunes, 11 de diciembre de 1922

Diario: Gatos, banco, correos: ¡y una recompensa, largo tiempo esperada, a mi paciencia me aguarda en mi poste restante, premiando el tiempo pasado en el desierto, cuando nadie me apoyaba! Lacau me ha ofrecido una concesión.

¡Calmémonos y saboreemos estos acontecimientos! Corrí hacia el yacimiento de Carter, sin limpiar siquiera las huellas de mis días y noches pasados en el campo. El dolor de mi pierna era atroz cuando partí en busca de lord Carnarvon. La marea finalmente ha regresado, pero yo mismo tuve que regresar a la tumba por un momento para anotar esto. Porque, en mi apresuramiento, casi me olvidé de coger un ejemplar de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto. Acabo ahora de dedicarlo: «A lord Carnarvon, patrocinador de Egipto, financiero del conocimiento, Campeón de Atum-hadu, la mano derecha más creativa de Atum, de su admirador y me atrevería a decir socio, R. M. Trilipush, 11 de diciembre de 1922». ¡En marcha otra vez!

Me pregunto si Lacau no formará parte de una extensa conspiración para partirme el corazón. Llegué al yacimiento de Carter, pero no encontré ninguna huella de él ni del conde, ni multitud alguna de turistas, o pachás exigiendo echar irreverentes ojeaditas a Tut. En vez de ello, la tumba estaba nuevamente tapada. Le pregunté a uno de los numerosos visitantes nativos dónde estaban sus amos. «Su Señoría ha regresado a Inglaterra con lady Evelyn. Mr. Carter ha ido a El Cairo a despedirlos». Se ha ido, Mi Señoría se ha ido a Londres en el gran barco. Podía oír el afectado alivio de Carter, apartando a Carnarvon de mí, justo en el momento en que mi oportunidad había madurado, para luego pudrirse.

El banco. Pese a mis rígidas economías, me estoy quedando sin dinero. Mis fuentes de financiación me han abandonado. Mis rivales están decididos a verme fracasar.

Correos: envío Deseo y engaño, junto con una detallada proposición, a la finca de Carnarvon en Inglaterra, pero esto llevará mucho tiempo. Lo que he descubierto hasta el momento me haría ganar una nueva fuente de financiación, estoy seguro. ¿Volver a casa? ¿Casarme con Margaret sin nada que mostrar por el tiempo pasado aquí, sin ningún empleo allí, y ella aún bajo la influencia de Ferrell? E incluso, si pudiera renovar su afecto, ¿de qué viviríamos? ¿Sentarme a esperar las noticias de Carnarvon? ¿Mostrarle a éste la Cámara Histórica la próxima temporada?

Carter está en El Cairo.

Duermo bajo techo por primera vez en once días. Dejé la Victrola 50 en la tumba, desgraciadamente, ya que apreciaría su ayuda para dormirme, y aquí no hay gramófono.

Martes, 12 de diciembre de 1922

D: Tras un breve desayuno, tomo el ferry de vuelta a la orilla este, a ver los gatos. C. y B.: nada y nada. Otra vez el ferry, y regreso cojeando a Deir el Bahari. Descanso a menudo. Terminaré mi trabajo, presentaré mis hallazgos a Harvard cuando regrese, recuperaré mi empleo. O me dirigiré a un museo. O a una universidad diferente.

Columna siete, texto: un recién revelado cuarteto escrito en el clásico estilo de

Atum-hadu aparece en la base de la columna:

Mi Maestro de Generosidad regresa con las manos vacías,

alega enfermedad, guerra, mala suerte, pereza; sus bufonadas echan a perder mis planes.

Tomaré a su hija delante de él, riéndome despreciativamente ante su vergüenza y lujuria.

Luego, tras terminar con su hija, le cortaré a él su mentirosa lengua y la echaré al polvo.

Ilustración: El Maestro de Generosidad, hombre corpulento y de mirada huidiza, se da placer a sí mismo en una habitación oscura ante las figurillas del templo, mientras con su mano libre oculta el dinero del rey. En una segunda escena, ya más cerca del techo, habla con un hombre que podemos suponer con toda seguridad que se trata del jefe de los invasores hicsos.

La evidente furia del rey, contrastada con la ilustración del completamente vivo, y provisto de lengua, Maestro de Generosidad que traiciona al rey, demuestra la frustración de Atum-hadu: traicionado por su protector, es incapaz de encontrarlo y destruirlo. El rey vocifera, pero sus palabras no tienen peso.

Columna ocho, texto: otros dos nuevos cuartetos:

Pero su traición demostró que era una prostituta.

Él estaba satisfecho con ésta, no pedía más.

La reemplazó en su lecho y Estado.

No por una mujer sino por ocho.

Ella es un miserable cocodrilo que abandona a un rey.

Y cuando es castigada, él se pone a cantar.

Ella cuelga del techo, y, con los ojos tristes,

hombres traicionados llegan de lejos diariamente

para calmarse viéndola llorar y sus cicatrices.

Ilustración: Sumamente notable. Un retrato individual, la reina, mayor que en la realidad, de medio perfil. Incluso milenios después, su belleza es innegable. La ira expresada en los cuartetos se hace evidente en esta magistral descripción de su gracia y su belleza, como si ella fuera ya un doloroso recuerdo más que una presencia viviente. Es una pintura de amor recordado, o un deseo de algún otro mundo donde pudieran estar juntos sin presiones de Estado o de batalla. El segundo cuarteto parece más una fantasía que una realidad, ya que no figura mención alguna en los lienzos murales de que su reina fuera torturada y exhibida para la satisfacción emocional de los hombres rechazados del reino.

Columna nueve, texto:

«Atum-hadu espía a sus enemigos»

Ilustración: Mientras el general de los hicsos conspira con el Maestro de Generosidad de Atum-hadu, el propio Atum-hadu es mostrado en el campamento del general de los hicsos, donde no es reconocido, y en su tienda, igualmente no reconocido, y finalmente en su casa, yaciendo en su lecho, leyendo los planes más secretos del general, de nuevo sin ser reconocido.

Columna diez, texto:

sin texto

Ilustración: Unos estudios, quizás para la Columna Ocho. Se muestra a la reina desde treinta enfoques diferentes, y a veces únicamente su cabeza y sus manos. Su sonrisa se esboza una docena de veces. Aparece pintada dormida y despierta, sentada y dando grandes pasos, con una profusión de vestidos, con sabuesos a sus pies, hermosa y amada.

D: G. C. B. Nada. Regreso a la orilla oeste. La cama es realmente un agradable cambio. Me pregunto si podría albergar a los gatos aquí.

Miércoles, 13 de diciembre de 1922

D: G. C. B. Alguien (¿Carter? ¿Finneran? ¿Ferrell?) ha envenenado a los cajeros del banco contra mí, y éstos escenifican un pequeño drama, dando mucha importancia a mi herida y a los temas de higiene, inventándose cualquier excusa para cumplir las ilegales órdenes de algún enemigo invisible, prohibiéndome nuevas indagaciones diarias.

Columna once, texto:

«el final se acerca»

Ilustración: Atum-hadu, acongojado, solo, sentado en su trono, doblado por la cintura, agarrándose la barriga. En el reverso (norte), aparece reproducido con un cocodrilo que literalmente le come las entrañas. Los soldados hicsos son mostrados congregándose desde un centenar de direcciones diferentes. El atildado, pulcro, general hicso se alza siniestramente a su lado y mira de soslayo al sufriente Atum-hadu, ¿tal vez dando a entender que es su magia la que está causando los tormentos del rey?

Columna doce, texto:

«el fin de los días»

Ilustración: Es de noche, Atum-hadu, muerto, es transportado sobre los hombros de un único y no identificable amigo. El amigo lo lleva hacia esta milagrosa y brillante tumba, donde esperan Seth y los buitres. Entre tanto, los hicsos violan y queman y defecan mientras asolan el palacio. No reparan en el aliado fugitivo que transporta al rey muerto.

Esto merece unas palabras de análisis, ya que, históricamente, sigue siendo para nosotros lo que explica la solución de Atum-hadu a la Paradoja de la Tumba. Ciertamente, Atum-hadu descubrió este espacio, y decidió convertirlo en su tumba. Probablemente, la estuvo equipando en secreto por su cuenta, quizás durante un período de un año o más. Finalmente, abandonado por sus ministros, ejército, sacerdotes, Maestro y reina, debió de quedarle un solo amigo de confianza. Este amigo en cuestión no tiene nombre, quizás sea alguien de su infancia, tal vez alguien al que ha conocido sólo recientemente, en quien se ha depositado la confianza real. Debe de haber sido una persona con habilidades artísticas y sin lazos terrenales. Permítasenos plantear la hipótesis de que era un artista de la corte cuya familia había sido muerta por los hicsos y que, en su desgracia, aceptó una extraña misión de su señor y amo: A cambio de a) pintar en las paredes de la tumba del rey (casi con toda seguridad mientras el rey estaba aún vivo y dictando las imágenes al artista) y b) garantizar que el rey era llevado allí en secreto inmediatamente después de su muerte. El humilde artista recibiría… ¿Qué? ¿Qué hubiera valorado él? ¿Oro? ¿Una ruta de huida, escoltado militarmente? ¿Alguna protección mágica? Debemos continuar pensando.

D: G. C. Cada vez me acostumbro más a las camas, un olvidado respiro después del humo y el moho de la tumba.

Jueves, 14 de diciembre de 1922

D: Obligado a levantarme y salir apresuradamente; fin de las blandas camas por ahora. Tengo esa terrible sensación de haber olvidado algo; pero eso no es inusual y no siempre es verdad. Recupero la calma ante un té de menta en mi ahwa favorita.

Correos… nada. Voy a ver los gatos.

Margaret, el día trae otra desgracia que no puedo siquiera empezar a… no puedo controlar mi pena. Estoy lloriqueando como un niño, no soy capaz de escribirlo, no puedo creerlo.

Viernes, 15 de diciembre de 1922

¿Cómo reconocería el rey el momento en que había llegado el fin? ¿Simplemente luchó hasta caer muerto en la batalla? ¿O lo supo antes, lo presintió en alguna concreta pérdida, algo que vio destruir y que se convirtió en aquel momento en el símbolo de todo lo que ciertamente iba a ser destruido más tarde?

Sábado, 16 de diciembre de 1922

Trabajo. Condenadas tripas.

Domingo, 17 de diciembre de 1922

 

FIG. G. Las primeras siete Cámaras, que terminan con el altar a Bastet, 17 de diciembre de 1922.

Bastet era, por supuesto, la diosa de cabeza de felino del antiguo Egipto, y aunque no figura ninguna mención suya en los Consejos, una cámara entera de la tumba de Atum-hadu estaba dedicada a su culto. La sala está, al igual que el resto de la tumba, brillantemente decorada desde un punto de vista historiográfico, aunque no tan satisfactoriamente desde el de la crítica artística. En el centro de la cámara, una simbólica unión con Bastet viene indicada en forma de un gato momificado. El gato parece haber sido conservado a la manera tradicional, envuelto en telas de lino (blasonadas con motivos decorativos de esfinges, buitres y cobras, así como con jeroglifos que advierten de la terrible furia devoradora de corazones que Horus desencadenará contra cualquier ladrón de tumbas lo suficientemente malvado para perturbar el altar), y dejado reposar directamente sobre el desnudo suelo de la tumba, ¿un comentario, quizás, sobre el dominio de Atum-hadu de los elementos felinos de la religión tradicional? ¿Una escasez de mobiliario en los apresurados últimos momentos, encerrando al rey en su tumba mientras los burdos hicsos charloteaban a cierta distancia?

El único ornamento que aparece sobre la momia del gato es un hermoso collar en prístino estado, cuero negro con un colgante de plata y zafiro centrado en el envuelto pecho de la pobre bestia. Un tributo a la diosa Bastet, sí, pero quizás también un humanísimo, terrenal, deseo de demostrar a un fiel animal que era amado, cuya presencia, dignidad y afecto eran apreciados, agradecerle su servicio en este mundo y en el próximo. Hacerle saber que era alguien importante, que se derramaban lágrimas por él.

Los antiguos creían que en el momento en que se sellaba la tumba, ésta se convertía en una colmena de actividad. Estatuas y figurillas cobraban vida, las pinturas de la pared se volvían reales y en tres dimensiones, las simbólicas ilustraciones se expandían para cumplir con sus significados, y las momias (la del rey, sobre todo) despertaban de su temporal sueño, reconcebidas y renacidas para su viaje a la inmortalidad. Estatuas de guerreros (como aquellas con las que Carter había tropezado) volvían a la vida para guardar al rey. Imágenes de dinero, comida, armas, sirvientas, celebraciones, concubinas… todo esto hubiera servido al rey. Y, dado que éste es el caso, el sacrificio humano o animal, aunque no era desconocido, era generalmente innecesario y por tanto muy raro en Egipto. Teniendo en cuenta todo esto, la presencia de este gato significa probablemente que murió un auténtico gato de carne y hueso, muy probablemente una hembra de gato que Atum-hadu habría conocido y amado. Éste es probablemente su verdadero gato, descrito en la Cámara Histórica. Sabiendo lo que sabemos, podemos especular que él habría insistido en que este ser, que él adoraba y que lo adoraba a él, debía estar sentado en su regazo ronroneando por toda la eternidad. Él la elevó a ella a la inmortalidad, la ascendió de gata a diosa-gata.

Es tarde. Estoy cansado.

Lunes, 18 de diciembre de 1922

Lienzo de la Pared K:

«Atum-hadu se retira de la corte»

Texto: Se producía una derrota tras otra. Atum-hadu hacía sus preparativos. Bajo la protección de Nut, transportaba mercancías desde su palacio a través del Nilo, y un amigo ilustraba su vida sobre estas paredes. Regresaba a la corte. El palacio hervía de vida, el pueblo fornicaba y bebía. «¡Marchaos! —ordenó Atum-hadu, pero ellos se echaron a reír—. ¿No sabéis lo que se avecina? —preguntó». «Lo sabemos, y así es como lo esperaremos», replicaron ellos. Y él los amó. El maestro de los músicos hizo una reverencia ante él. «Aquí todo es mágico». Atum-hadu amó a ese hombre tan gentil. Lo abrazó en fraternal despedida.

Atum-hadu encontró a uno de sus gatos asfixiado con una espina de pescado. La pena devoraba al rey, como si fuera una vieja. El rey lloraba ante el implacable enemigo que había elegido a Atum-hadu al nacer, lloró como un niño hasta que le venció el sueño.

Diario: Cuando Carnarvon vea las veinte cámaras que irán apareciendo en este vasto complejo subterráneo —incluso aunque no contengan más arte o tesoros—, un laberinto tan misterioso justificará por sí solo una segunda y completamente financiada expedición a Deir el Bahari. Marlowe y yo teníamos toda la razón: la tumba está aquí o cerca, muy cerca, quizás a sólo una colina de distancia de este templo de historia, o yo estoy dudando demasiado, y la tumba completa está aquí, detrás de una puerta más. Basta.

Cojo el mazo para golpear la Puerta C, aunque apenas puedo mantenerme de pie sobre mi inflamada pierna, y mis tripas están llenas de fuego y humo. Tengo los brazos débiles. Dos horas de golpear, y todo lo que tengo es polvo y guijarros esparcidos por todo el altar a Bastet, llenando de polvo a la diosa-gata. Me caigo de sueño en estos momentos. Volveré a probar con la puerta.

Es por la tarde, creo, y ahora tengo esto:

 

FIG. I. Las ocho primeras Cámaras, 18 de diciembre de 1922.

Extraordinario hallazgo, más allá de los sueños más disparatados. La_______Cámara, la Sala de_______, La Cámara de los Misterios. La Sala del Mago.

Martes, 19 de diciembre de 1922

Diario: Anoche me caí dormido al suelo, exhausto por el trabajo, y esta mañana tengo la pierna y el cuello rígidos. Sólo por los gritos, me di cuenta de que había sido despertado nada menos que por el propio Carter. Apenas si fui capaz de llegar a la Puerta A antes de que él entrara sin invitación. Debería saber que esto no se hace, el viejo estúpido. Salí fuera cojeando para recibir al gran señor, que sacrificaba tiempo de su llamativo pozo para visitar al obrero. Tenía una ventaja sobre mí que le permitió deslizarse sin que yo lo viera, y es que yo estaba parpadeando, casi ciego bajo la luz del sol.

—Resulta difícil encontrarle a usted aquí. ¿Así que es verdad lo que dijo Carnarvon? Ha descubierto algo ya, ¿verdad? —preguntó—. Dios mío, hombre, ¿se encuentra usted bien?

Carter estaba, como siempre, enfermizamente obsesionado con mi salud.

—Me acabo de despertar de un profundo sueño, querido veterano, eso es todo.

—Bueno, le felicito, Trilipush. Los dioses parecen estar sonriéndonos a todos esta temporada.

—Realmente.

—Doy por supuesto que lo ha notificado usted a Lacau, para la visita de un inspector. ¿Qué cree usted que tiene ahí?

—A su debido tiempo, Carter.

Contempló la abertura de la Puerta A de aquella desagradable manera suya, sin elogio ni crítica, sólo una tranquila y desinteresada mirada que flotaba, inmaterial, calculadora.

—Sabe usted, he encontrado más agujeros secos en mi vida de los que soy capaz de recordar.

—¡Hasta los poderosos tienen que hacer adivinanzas, Carter! —No podía evitar reírme ante sus nerviosas especulaciones—. ¿Por qué no trata de esperar, hombre? Podrá hacer la visita con el resto de los peces gordos.

—Naturalmente. Bueno, no se olvide de llamar al inspector, Trilipush. Me alegra saber dónde encontrarlo si le necesito. Hágamelo saber, si puedo servirle de ayuda.

Se dio la vuelta, y luego volvió inmediatamente, buscando en su bolsillo; yo sospeché la presencia de un arma, y me maldije por haberme dejado el Webley dentro.

—Casi me olvido de por qué vine. Esto llegó a mi campamento, mezclado con nuestro correo.

Me tendió una carta de mi prometida y se marchó con sus aires de superioridad, sin volverse para ver si sus flechas habían dado en el blanco. Sólo Dios sabe cuánto tiempo ha estado interceptando mi correo, y qué cartas se ha guardado.

29 de noviembre

Así que todo está claro para mí ahora. Papi acaba de contármelo, y me pidió

que firmara un telegrama y te escribiera una carta. Así que ahí lo tienes. Así que

te libero. Yo debo de ser una broma para ti, Ralph. Supongo que no te gusto, sólo

soy una chica rica demasiado estúpida para comprender lo que está pasando. De

modo que ahora estás libre. Debo incluso darte las gracias, para ser justos,

porque durante todo el tiempo que pensé que me querías, fui feliz. E incluso si papi

me cuenta ahora que no era verdad, que tú querías sólo su dinero, eso no es tan

terrible, porque durante un tiempo yo iba a casarme con un lord y explorador

inglés. Te odio. Te odio y no sé por qué no te he odiado siempre. Ferrell y tú y papi

sois todos odiosos. Espero que disfrutes de nuestro dinero y de tu precioso tesoro,

y al diablo con todos vosotros.

Margaret Finneran

(Martes, 19 de diciembre de 1922, continuación).

El pequeño misil de Carter no era nada en absoluto, sólo una versión ampliada de tu cable del 29, e igualmente una falsificación, aunque parece ser tu letra. Deben de haberte medicado antes de ese truco de prestidigitador. Pero ahora el mejor antídoto para un veneno es el trabajo.

Los mazazos parecían descargarse también directamente sobre mi supurante pierna, Margaret. Atravesé la novena cámara y golpeé contra su siguiente puerta hasta que apareció una grieta, y miré, y entonces lloré, creo, durante horas. Te lo confieso. Más de lo que he llorado desde que era un niño, antes de haber aprendido que las lágrimas son el líquido más inútil, y menos apropiado para apagar la sed que hay.

Un pedacito de luna es suficiente para evocarte, te lo confieso.

Lo que podría conseguir todavía, si vuelvo a empezar, en casa. ¿Casa? ¿Podría convencerte de que regresaras a mí? Tú necesitas el éxito. Tu padre, también. Sin él, te aburrirías. Una vez estuve brillante para ti, creo. ¿Y con este hallazgo? El telegrama falsificado se convertirá en real después de comprobar los hechos. Un truco muy hábil, la verdad.

¿Qué sentiría ella si yo fuera algo distinto? Tengo todas las posibilidades dentro de mí. ¿Se confiaría si yo fuera alguien diferente? Por supuesto que sí: respetamos a los de buena cuna, a los conquistadores biencriados. A mí.

No importa. Yo soy quien soy, y tú quieres a ese hombre, de manera que él vendrá a ti, a tu casa. Volveré a empezar otra vez, te llevaré conmigo, lejos de tu padre y de todos los demás que te envenenan. Quemaré todos estos papeles y empezaremos nuevamente de la nada, muy lejos. Me iré a dormir ahora y cuando me despierte echaré todo esto por la borda. Una expedición fracasada no es el final de todo, y ni siquiera demuestra que esté equivocado. La verdadera tumba puede estar oculta sólo a unos metros de distancia. Puedo volver, con Carnarvon o algún otro rico. Margaret, tú no me rechazarás por ser simplemente el mismo hombre que era cuando te dejé, y por no haberme convertido aún en algo más. Ya basta. Tengo sólo que ganar un poco de dinero para pagar mi regreso y volveremos a empezar. Mañana, día 20, volveremos a empezar. Estoy decidido. ¿Estamos de acuerdo? Mañana dejaré todo esto a mis espaldas y saldré a las primeras luces, emprenderé el largo y difícil camino hasta ti, como una vez emprendí el camino desde Turquía a Egipto. Te telegrafiaré que vuelvo a casa, te suplicaré sólo que esperes, que no tomes decisiones apresuradas. ¿Eres valiente? Sólo, mi dulce muchacha, por mí. Ahora nos iremos a dormir, tu estatuilla cobrará vida a mi lado. Cierra tus ojos, como yo voy a cerrar los míos, apenas puedo confiar en que se abran mañana.

Miércoles, 20 de diciembre de 1922

 

¡Buenos días querida! ¡Y qué fantásticas, salvajes y locas aventuras estamos teniendo aquí! ¡Mi descubrimiento de la fabulosa tumba de Atum-hadu se ha convertido en una maravillosa farsa cómica, muy estimulante! ¿Por dónde empezaré esta estrafalaria historia?

Una media hora de sueño fue todo lo que se me concedió anoche después de escribirte e inmediatamente soñar contigo. Y luego un segundo más tarde miré mi reloj antes de comprender lo que me había despertado: un hombre que gritaba mi nombre, pasos en la escalera que se iban haciendo más ruidosos a medida que el individuo caminaba a través de la rica y sagrada tumba de Atum-hadu. Los párpados me pesaban tanto que apenas podía abrirlos, pero cada irritada frase se clavaba más en mí empujándome más a la vigilia:

—¡Por las saladas lágrimas del dulce Jesús! ¿Dónde están mis «montañas de oro»? ¿Qué diablos es todo esto? ¿Las pintó un niño, estas pinturas?

(Debo enseñar a tu padre a despojarse de ese filisteo impulso: ¡criticar al artista cuando su arte no es de tu gusto!). Entré cojeando en la Cámara Histórica, y allí estaba nuestro C. C. F., masticando un cigarro sin encender, paseando por todas partes su linterna eléctrica, como si fuera una espada de polvo amarillo, que desvió hacia mi cara.

—Tú —gritó—. Mister Carter dijo que había encontrado a Trilipush aquí. ¿Dónde está Trilipush, eh? ¿Hablas inglés? ¡Vamos, habla, chico!

Muy divertido, ¿no? ¡Pensaba que yo era un nativo, en aquella oscura sala, con mi barba y la túnica que me había puesto para trabajar! Yo podría haberme mordido la lengua y movido negativamente la cabeza, pero eso no hubiera dado lugar a una comprensión, que es lo que tu padre y yo necesitábamos más, lo que disfrutamos ahora, una renovación de nuestra sociedad, más fuerte que nunca a partir de nuestras dificultades.

Cuando C. C. F. salió de Boston hace unas semanas, estaba probablemente —y esto resulta divertido para los dos en este momento, él y yo, ambos nos estamos riendo. Él mira por encima de mi hombro asegurándose de que recojo todo esto en mi diario, exactamente tal como sucedió—, estaba probablemente furioso conmigo, y tú lo sabías, ¿verdad?

Por supuesto, yo preferiría (al igual que C. C. F.) no mencionar nada de esto, pero es necesario (C. C. F. está de acuerdo) aclararlo para las personas que puedan haber enviado a C. C. F. aquí, o que supieran que venía. Sí, antes de que pudiéramos renovar nuestra amistad, tenía que representarse esta ridícula pero purificadora escena, la cual es posible que alguien pueda haber oído y malinterpretado, ya que C. C. F. recibió indicaciones del propio Carter para buscarme aquí, de modo que haré todo lo posible para reconstruir este completamente absurdo malentendido, ¡exactamente como en una de esas películas cómicas que tanto te gustan!

—¡Finneran! ¿Cómo me has encontrado?

—¡Santa Madre de Jesús llorando! ¿Eres tú? ¿Qué te ha pasado?

—Toda clase de buenas noticias.

—Dios, ese Carter… Debería haber invertido en él.

—Habría sido un terrible error, Chester. No ha conseguido ni una pequeña fracción de lo que tú y yo hemos logrado aquí con mucho menos.

—¿Qué es ese olor infernal?

—Bueno, la pierna, ya ves; no es una herida importante, pero…

—Sagrados santos y tormentos, qué demonios es… —La luz de la linterna de tu padre se apartó de mi rostro y apuntó por encima de mi hombro ahora. Luego, él pasó por mi lado, siguiendo su luz hasta el altar de Bastet—. ¿Qué le ha pasado a este gato? —chilló, alma sensible él.

—Son cuestiones complejas, Chester. El respeto de los antiguos por los felinos, ya ves, era religioso y…

—Pequeña sabandija. Traicionero, sinvergüencilla excavador de oro. Aquellos malditos telegramas…

—¿Telegramas?

—Yo estaba desconcertado.

El pobre estaba, para ser históricamente exactos (y él mismo asiente vergonzosamente mientras escribo esto), estaba desvariando a consecuencia de las presiones a las que él mismo se había sometido. Aparentemente, Margaret, tiene algunos problemas financieros. Tú lo sabías, pero tal vez no hasta qué punto. Y deberías habérmelo dicho mucho antes. En todo caso, tales presiones pueden hacer que un hombre se lo crea todo, dé un brinco imaginando unas sombras, vea terribles conspiraciones donde hay solamente tontas coincidencias, y eso es lo que ha pasado con tu pobre padre. Todo empezó con alguna absurda leyenda de calumniosos telegramas enviados desde Luxor. Incluso los dejó caer al suelo, uno cada vez, muy teatralmente. Y él y yo los examinamos nuevamente. Estoy tan horrorizado como cualquiera lo estaría. Solamente los menciono porque probablemente ya has oído hablar de ellos en Boston, cosas absolutamente terribles, notas anónimas a la iglesia, a la prensa, a la policía y a nuestros socios. C. C. F. y yo quemamos esos repugnantes papeles, hemos acabado con ellos, aunque hay buenos motivos para creer —C. C. F. y yo estamos de acuerdo— que estos disparos fueron hechos por alguien de aquí que está tratando de desbaratar nuestro éxito atacando simultáneamente a C. C. F. en Boston y a mí sobre el terreno. Ese Carter es nuestro primer sospechoso, con Ferrell su agente secreto en el extranjero. C. C. F. y yo estamos completamente de acuerdo.

Tu padre estaba furioso, como sé que sabes, pero él había venido realmente aquí —tanto si su orgullo le permitía confesarlo, como si no— para ver nuestro descubrimiento in situ, y aportar un muy necesario músculo físico, además de su músculo financiero, para hacer de esta excavación un triunfo familiar.

—¡Vaya genio! Marica inglés, debería haberte evitado, pero Margaret dijo que tú eras justo lo que ella quería, charlatán, y luego vas y me haces esto.

—¿Por esto la obligaste a romper conmigo?

—¿Obligar? ¿Estás loco? No me costó nada. Tiene pretendientes a docenas. Cristo, incluso ese detective la quiere, son innumerables los chicos que la persiguen, ¿y tú piensas que dejarte era un sacrificio?

Por supuesto, tu padre trataba sólo de enfurecerme, una respuesta natural del pobre hombre, dada la presión que estaba soportando, con las mentiras de Ferrell y Ter Breuggen confundiéndolo.

«¡Oh, demonios, por favor, no escribas esta parte, Pushy!», acaba de decirme. ¡El viejo diablo intenta amañar el registro oficial! Te está pidiendo excusas ahora por haber dicho todo eso sobre ti, y me pide que escriba eso ahora mismo, también.

—¿Encontraste algo para mi colección? —preguntó—. ¡Confiaba en que al menos consiguieras eso! Y ésas —gritó, desviando la luz a mis espaldas, nuevamente hacia la Cámara Histórica, empujándome contra una pared, causando un daño incalculable a las antiguas obras maestras—, ¿quién las pintó, un mono borracho? ¿Se supone que eso es una orgía? —Creo que se refería a la Columna Cinco—. No me hagas reír… ¿Por qué estaría ese tío mimando a una jirafa cuando podría tener a dos chicas ahí? Madre Bendita, ¿están húmedas las paredes? ¡Dios mío, están goteando, maldita sea! ¿Qué has hecho con mi dinero? ¿Pintar las paredes de un sótano? ¿Te has vuelto loco?

¡Vaya, si alguien hubiera acompañado a Finneran aquí y estuviera esperando fuera, y hubiera oído todo aquello! Un oyente casual hubiera quedado sumamente confundido, por no decir otra cosa. Pero todo es de lo más sencillo, y C. C. F. estaba aprendiendo sobre preservación de tumbas de la manera más dura. Ya ves, las pinturas están lustrosas, naturalmente, debido a las capas de celuloide pulverizado que les he estado aplicando para conservarlas, y los frescos y modernos productos para la conservación hacen que, bajo la linterna eléctrica de C. C. F., las pinturas parezcan estar húmedas, un efecto adorable pero engañoso.

Y C. C. F., en su confusión ante lo que creía que estaba viendo, alargaba en aquel momento la mano para tocar las frágiles, antiguas pinturas que había sobre la superficie de una de las columnas, y yo, suave, muy suavemente, aparté su mano con mi bastón, nada bruscamente, ligeramente, sólo lo suficiente para impedirle que tocara la superficie, que se estaba secando y tenía 3.500 años de antigüedad, y que se habría desintegrado ante el más leve toque, porque, aunque he estado copiando en mis cuadernos la magnífica artesanía de la tumba, aún no he tenido la oportunidad de aplicar los mejores métodos científicos de preservación que, ni aun así, permitirían siquiera un pequeño soplo cálido sobre estas obras maestras, y mucho menos el toqueteo de una manaza, y eso me recuerda que C. C. F. y yo deberíamos ir a buscar más material de conservación hoy.

Tenía que recuperar un poco de sueño, pero eso no era posible en aquel momento, pues había que ocuparse un poco de ordenar, tanto en los suelos como en las paredes y demás, y sólo hablar con tu padre ya era un placer, pues había estado trabajando arduamente sin compañía durante algún tiempo. Como algunas de las pinturas habían sido ligeramente dañadas debido a su falta de delicadeza, él y yo hemos convenido en restaurarlas y tratarlas con material conservante a continuación. Está ansioso por comprender la tumba y ayudarme a terminar mi trabajo. Tengo bastantes cosas que enseñarle, evidentemente, pero lo cierto es que es un estudiante de arqueología notablemente dotado.

Finalmente nos caímos dormidos después de esa tarea de ordenar, y nos levantamos tarde esta mañana, él exhausto por su viaje, y yo, por el trabajo, y nos despertamos riendo todavía por nuestro penoso encuentro de ayer, y celebrando su renovado apoyo (financiero, moral y material) a nuestra gran expedición. Sin duda, trabajamos duro hasta bien entrada la noche. «¡Cierto, muchacho, pero trabajar así es bueno para nosotros!», exclamó mi Maestro de Generosidad, y me mandó a la ciudad con su dinero de bolsillo a buscar comida y agua, y a comprobar el correo. TELEGRAMA, DE BOSTON A RALPH TRILIPUSH, 19/12/22, 9:02 A.M. ENTERADA POR JP DE QUE PAPI VIENE A VERTE. QUIZÁS ESTÉ FURIOSO. POR FAVOR PERDONA A TU MF.

Allí, efectivamente, encontré tu cable de ayer. ¡Curioso! Oh, querida mía, si lo hubieras enviado unos días antes, no habría recibido aquella sorpresa anoche. Yo tenía razón: tú pensabas que él estaba aún furioso.

Bueno, puedes tranquilizarte. Él y yo volveremos a Boston juntos al final de esta expedición: eso si es que él no quiere viajar un poquito por su cuenta, o decide quedarse en Egipto a hacer un poco de turismo, o conoce a una dama, o se marcha a un sinfín de lugares que desearía ver. No, desde luego, él y yo debemos volver a casa juntos; tú nos esperas a ambos, ahora que estamos aquí juntos. Y tú me pides perdón, querida.

TELEGRAMA: DE LUXOR A MARGARET FINNERAN, BOSTON, 20 DIC. 1922, 11:17 A.M. TU PADRE LLEGÓ SANO Y SALVO. ESTAMOS BIEN Y AMBOS TE MANDAMOS NUESTRO AMOR. ESTÁ ADMIRADO POR NUESTRO HALLAZGO, SE QUEDARÁ UN TIEMPO PARA AYUDARME. TE PIDE QUE NO TE PREOCUPES. TU AMANTÍSIMO RALPH TE AMA INCREÍBLEMENTE.

TELEGRAMA: DE LUXOR A MARGARET FINNERAN, BOSTON, 20 DIC. 1922, 11:21 A.M. HE ENCONTRADO A TU RALPH. TODOS LOS MALENTENDIDOS RESUELTOS. POR FAVOR NO TE PREOCUPES. ES UN TIPO ESTUPENDO. ME QUEDARÉ ALGÚN TIEMPO PARA TRABAJAR EN LA EXPEDICIÓN BAJO SU MAGNÍFICO TUTELAJE. TU PADRE, CCF.

Lienzo de la Pared K, continuación:

«La traición de Atum-hadu»

Texto: «Tú me has traicionado», dijo el rey Atum-hadu, tranquilo pese a su ira y dolor, hablando finalmente cara a cara con el Maestro de Generosidad en el palacio real. «He sido abandonado por ti, en quien confiaba. Tú volviste a la reina contra su señor y amo, apartaste su corazón de la rectitud. Debilitaste mi fuerza y mis ejércitos hasta que no fuimos capaces de guerrear». El rey vacilaba. Su compasión y su amor, así como su naturaleza mansa, frenaban su justificada violencia.

Pero el Maestro de Generosidad se enfureció, dejó entrever sus ambiciones, el poder que ansiaba, la envidia que sentía de Atum-hadu. Gritó maldades, mezcló la verdad con la falsedad. El Maestro de Generosidad demostró que no era un segundo padre para el rey, sino una traidora áspid en el lecho de juncos de un niño inocente.

Y, en su locura, el Maestro de Generosidad trató de pegar con sus puños al rey y arrancó una antorcha flameante de la pared, y la balanceó con fuego y humo ante la encarnación terrenal de Atum. «¡Detente, estúpido!», gritaba Atum-hadu, retirándose a las sombras del vacío palacio. Pese a todo, el rey no deseaba recurrir a la violencia contra su antiguo amigo y consejero. «No comprendes el daño que haces. No tienes ni idea de a lo que te arriesgas. Aún hay tiempo de evitar todo esto», gritaba el rey desde la oscuridad. Pero, a pesar de todo, el Maestro de Generosidad lo perseguía y lo atacaba como un león herido, de modo que Atum-hadu no tuvo elección, a pesar de sus heridas producidas en la lucha contra los hicsos, a pesar del nido de cobras que le roían las entrañas, escupiendo caliente veneno por detrás.

No tuvo elección. El más grande de todos los reyes levantó su maza de guerra y el Maestro de Generosidad fue a chocar contra una columna, y la llama de su antorcha vaciló: el rey descargó su arma sólo una vez contra la cabeza de su enemigo, y no con mucha fuerza, y el Maestro de Generosidad, más alto y ancho que el rey, se quedó petrificado mientras una sangre cálida, roja, empezaba a manar de la sien de su gorda y calva cabeza. El rey le ofreció la paz incluso ahora, pero el villano embistió a su rey, de manera que Atum-hadu descargó su maza de guerra nuevamente y el Maestro de Generosidad dejó caer la antorcha y Atum-hadu la recogió y descargó una lluvia de golpes contra el villano, alternando su maza y la antorcha, y el calor de la antorcha levantó ampollas en la piel del villano, y luego la maza volvió a caer y la sangre caliente borboteó en la cabeza, y los golpes cayeron una y otra vez sobre la reblandecida cabeza del traidor, golpe tras golpe sobre la aplastada cabeza, los extendidos miembros y las empapadas ropas. Atum-hadu se sentó sobre el estómago del hombre, con una pierna a cada lado, como una mujer que se sienta sobre su amante como una gallina. Atum-hadu descargó una lluvia de golpes durante varios minutos hasta que sus brazos desfallecieron y sus ojos se cerraron debido a la sangre. Y entonces Atum-hadu vio que estaba muy solo y su estómago ardía con un dolor que nunca hasta entonces había conocido.

Inmediatamente, Atum-hadu comprendió que había llegado el final de todo. Nada de lo que amaba sobreviviría. Todo sería olvidado o malinterpretado.

Corrió al exterior, a la luz del patio del palacio, vio la sangre en sus ropas y en su maza y en la antorcha, y se dejó caer al suelo con violencia, y lloró al ver el curso que seguían las cosas.

Ilustración: El largo texto que se inicia en el techo deja poco espacio para las ilustraciones. Copiar y trasladarlo al cuaderno de notas ha llevado la mayor parte del día. Explicar el sistema y la gramática de los jeroglifos a C. C. F., tal como he hecho, me ha retrasado, pero el esfuerzo ha valido la pena, pues comienza a captar la profundidad de nuestro descubrimiento.

Después, Chester y yo limpiamos un poco la suciedad de la tumba. Yo me dediqué al lienzo de la Pared K y me apresuré a restaurar algunas de las dañadas o manchadas ilustraciones o textos que habían sufrido la insensatez de Chester la noche anterior. Paseé un poco por el sendero para tratar de aliviar, inútilmente, mi dolorida barriga durante media hora, dejando vagar mis pensamientos, tantas tareas exigiendo prioridad. Regreso a la tumba. Quemo algunas cosas en la primera cámara, observo cómo el humo es aspirado por la puerta hacia el cielo nocturno. C. C. F. está muy intrigado por cómo se hace todo esto. Es de una gran ayuda. Es muy paternal. No he dormido más de media hora de las últimas cuarenta y ocho. Ahora debo dormir aunque me atormenta la idea de que he dejado por hacer alguna cosa que necesita inmediata atención. ¿Me olvido de algo, C. C. F.? No, me voy a dormir. Me echo, pero luego me incorporo inmediatamente porque oigo voces en la cámara delantera, pero no es nada.

Jueves, 21 de diciembre de 1922

Diario: Lector, el padre de mi novia ha llegado a Egipto para ayudarme con la expedición en el yacimiento, y esta mañana le asigno tareas simples, que puedo confiar que realizará correctamente, dentro de la tumba de Atum-hadu, mientras yo voy a hacer gestiones en otra parte.

Descubro que el yacimiento de Carter tiene nuevas facetas. Cumpliendo su palabra, la expedición del Metropolitano le ha brindado toda la gente y las cosas que necesita. Miles de vendas, y percal y guata para envolver sus hallazgos a medida que éstos van emergiendo del subsuelo. Un automóvil. Está nadando en atención y ayuda, obreros nativos, admiradores y amigos (aunque uno se pregunta, poniéndose en su lugar, cómo puede distinguir a los aduladores de los sinceros). Y aparece nuevamente el tropel de turistas, incluso los queridos Len y Sonia Nordquist, allí mismo, en primera fila, me avergüenza escribirlo, derrochando elogios y disparando fotografías al lado mismo del gran hombre. Carter está envuelto en las redes de un éxito increíble, pero él mismo no ha sufrido el menor cambio. Se mantiene todavía por encima de nuestras cabezas con su estilo, ese especial conocimiento secreto que nubla tus ojos cuando tratas de mirarlo directamente. Habla árabe con acento local, ni moho ni residuo alguno de polvorienta academia en él. E, incluso en una lengua extranjera, sus modales no varían. ¡Cómo lleva este éxito! «Tú, ése de ahí. Corre a ver si Mr. Lucas tiene todo lo que necesita», me ordena en árabe, en el momento en que penetro en su tienda de mando para saludarlo. Me inclino y hago lo que dice… ¿qué otra cosa puedo hacer? Lucas resulta fácil de encontrar. Es el químico prestado por el gobierno egipcio, aunque otro experto está haciendo ahora una reverencia ante el gran jefe, alimentando el insaciable horno del ego de Carter. «Sí, gracias, todo está listo», responde Lucas después de que lo encuentro instalando su laboratorio a unos centenares de metros, en la Tumba 15, para mayor comodidad del Rey Howard. Y allí, más excesos: los vaporizadores de parafina y de productos conservantes en botes rojos etiquetados y numerados, adhesivos y disolventes, los interminables nombres, escritos con guiones, de los productos químicos, incomprensibles en sus diversas combinaciones, cráneos con etiquetas como si Lucas fuera un mago o un Guardián de los Secretos, la cera, los excesos, los horribles excesos en todas las cosas: fila tras fila de productos simples, una herramienta repetida tras otra, por todas partes idénticos recambios, apoyos, sustitutos, un vómito fruto de la glotonería, como si simplemente cerrando los ojos e imaginando su deseo, Carter fuera atendido inmediatamente por algún genio servil. «Ten cuidado de que no te caiga sobre la piel, muchacho», me grita Lucas en un pobre árabe, tendiéndome unas botellas para que se las lleve a su amo. Hasta los favoritos de Carter lo tienen, ya ves, lector, ese conocimiento interno de que él no se molesta en compartir nada, ya que sabe que tú jamás podrías comprender su complejidad. Cuanto antes pueda dejar él de pensar en ti, mejor, cuanto antes pueda regresar a las alturas donde sus pensamientos trabajan de formas que tú jamás podrás captar.

Viernes, 22 de diciembre de 1922

Duermo en la arista, al aire libre, y dejo que C. C. F. se quede con el catre. Prefiero ofrecerle alguna intimidad. La tumba es un aposento demasiado estrecho para compartir.

Hoy Carter abrió su lamentable agujero a la prensa, y yo no sé por qué me hago esto a mí mismo, la visión de los torpes turistas, el sonido de toda esa cháchara por un rey menor. Debería marcharme, pero lo cierto es que actúa sobre mí como un letal canto de sirena, y fui nuevamente a echar una ojeada a la tumba de Carter, acompañando a un sarcástico periodista americano que me llamaba Mohamed. Es realmente espantoso: Tut demuestra ser tan dado a los excesos como su pequeño y atildado acólito. Y al ver a los Nordquist volver otra vez en busca de más edulcorados excesos, con una expresión de asombro que resultaba casi indecorosa, no fui capaz de decidirme a hablar con ellos. Y aquella sala, aquella cámara de almacenamiento de la tumba del pequeño advenedizo, es una grotesca exhibición, ese montón de baratijas, los vestidos de piel de leopardo, ropas incrustadas con lentejuelas de oro, estatuas, sandalias de junco y papiro, aquel diván de reposapiés esculpidos, bumeranes, tarteras cinceladas para parecer patos atados, tarros de perfume, tocadores, cubo tras cubo de ropa interior sin usar, candelabros en forma de cruz egipcia, recargado éste, oviforme aquél, lotiforme el de más allá, chismes dorados, mayales y báculos y cetros, muebles que describen al rey en forma de león pisoteando a sus enemigos, montando en un carro con sus propios antepasados, miles de cuentas por ensartar, uno sólo de esos artículos habría justificado todos los años de Carter, el dinero de Carnarvon y no digamos el del mezquino Finneran. Y que todo sea para ese don nadie, es suficiente para ponerle a uno literalmente enfermo; la desordenada confusión es suficiente para que uno se sienta aplastado bajo su peso, como si se pudiera imaginar toda esta riqueza y mobiliario presionando encima de uno mismo en sus propias envolturas de momia, aplastado como una bolita de arcilla bajo las ruedas de ese horrendo carro de guerra. Nauseabundo. El periodista americano pensaba exactamente como yo.

Sábado, 23 de diciembre de 1922

Carter es realmente un megalómano, C. C. F. y yo estamos de acuerdo en eso. Oh, no, él sencillamente no se sentirá satisfecho hasta que todo el mundo lo admire y todo el mundo trabaje para él, y él pueda dar sus espectáculos. Cabe imaginar mi sorpresa cuando encontré a un agente de policía caminando a grandes pasos por el sendero en dirección a mi tumba esta mañana, cuando bajaba de mi lecho, en lo alto del acantilado. Mr. Carter lo había enviado «para asegurarse de que todo andaba bien aquí». Sí, gracias, como si necesitara que Carter se ocupara de mantener mi tumba en orden. «Mr. Carter ha sufrido algunos robos y quería saber si le ha ocurrido a usted lo mismo». ¡Pues, claro! Carter comete una torpeza y pierde algo de sus enormes suministros, y hay que llamar a la policía, pues sospecha que algún astuto ladrón está asaltando a todos los arqueólogos racionales de Egipto. Me reí e intenté despachar al agente, pero éste quería hablarme de un ladrón que había entrado en la casa de Carter, y de que le falta eso y aquello, y de que hay manchas en la ropa de cama de Carter. «¿Está todo en orden aquí, señor?». Oh, por el amor del Cielo, desde luego que sí, querido. «¿Podría echar una ojeada a su excavación? Sabe, soy un poco aficionado a la arqueología». Es todo lo que puedo hacer para impedir los pisotones de aquel idiota hacia la Puerta A. «¿Está usted herido, señor? ¿Hay algo que quiera usted decirme?», y otras estúpidas preguntas del novato policía egipcio actuando como espía de Carter.

Finalmente despido al pequeño agente de mi rival, y C. C. F. y yo discutimos cuál de nuestras miles de tareas debemos iniciar a continuación; queda mucho trabajo aún por hacer para estabilizar el interior de la tumba, trazar correctamente su plano y ubicar sus objetos, aplicar los productos de conservación a las pinturas aún no tratadas, terminar de transcribir el contenido de sus paredes. C. C. F. es una maravillosa ayuda.