El egiptólogo
Diarios de Ralph Trilipush, 1922
Diarios de
Ralph Trilipush,
1922
Domingo, 31 de diciembre de 1922
Soñé que estaba sentado detrás de ti, con mi mano sobre la tuya y sobre tu muslo. Estábamos sentados juntos en un espacio seguro, cerrado. Yo te susurraba al oído. Te sostenía la otra mano, utilizando tu dedo para señalar los símbolos sobre un papiro, vertiendo en tu suave oído los secretos ocultos en aquellos dibujos.
El sol ha salido ya, y hay actividad al otro lado de la pared del farallón. Me senté primero en una escarpadura y luego más cerca, en el balcón construido sobre la entrada del agujero del tesoro de Tut, y observé que el fotógrafo sacaba afectadas instantáneas del gran hombre. Es demasiado, todo ese equipo, los kilómetros de percal y lino, las jarras de líquidos de conservación, las tinas de fijadores fotográficos, los innumerables cedazos y barriles y picos y carretillas, el tren construido especialmente para él, rail tras rail saliendo del valle, las docenas de admiradores, los periodistas suplicando una palabra. Todo eso debería ser suficiente. Pero no, ahora debemos tener esta ráfaga tras ráfaga de magnesio, flash plateado tras flash azulado, clic tras clic, y «Hacia allí, Mr. Carter, mire hacia allí, por favor, señor», el ojo fijo del mundo devorándolo sin empequeñecerlo nunca. Era incansable —clic, clic, clic, ráfaga, ráfaga, ráfaga— alimentando al mundo con su imagen. El gran hombre en su tienda. Delante de su agujero. Con sus secuaces. Fingiendo supervisar algo. Paseando algún tesoro por aquí y por allá, exponiéndolo al sol del conocimiento y de la fama. Consultando con éste o aquél. Pensando. Suya es la tumba de la Restauración. La prueba de que nada se desvanece para siempre, de que todo acaba finalmente retornando a su gloria. Y aquí están las delgadas, efímeras fotografías para demostrarlo.
Y allí, unos doscientos metros sendero abajo, cuando regreso, está Ferrell, con su aspecto ratonil y fétido, hurgando en la pared del acantilado.