El egiptólogo

Arthur Phillips · Capítulo 18 de 41

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El egiptólogo

Diarios de Ralph Trilipush, 1922

Diarios de

Ralph Trilipush,

1922

Lunes, 20 de noviembre de 1922

Retiro del banco la paga para los hombres, aunque la cuenta cruje audiblemente ante el desembolso. Bueno, casi no importa. Prefiero pasar penurias antes de que lo hagan ellos; nunca abandonaré a mis hombres. Y salgo para el yacimiento.

Llegué justo a tiempo de evitar una catástrofe: encontré a los morenos bastardos golpeando la Puerta C con un mazo. Me afectó tanto como si me hubieran golpeado a mí. Ahmed estaba allí sentado, fumando uno de los cigarros de C. C. F., contemplando el estropicio. Grité para que se detuvieran, pero al menos se pudo oír un golpe más antes de que el ruido terminara. Nos miramos a los ojos en mutua incomprensión. Evidentemente los había dejado solos demasiado tiempo; contaba al menos con su capacidad para obedecer las órdenes, ya que no respetaban la precisión y la pasión de mi trabajo. Mis penalizaciones financieras disciplinarias fueron comprendidas. Les distribuí la paga adecuadamente recortada. Me di cuenta también de que el hombre herido no había regresado. Y Ahmed era una silenciosa bestia de mirada furiosa.

Sólo entonces entré cojeando y examiné el daño que habían hecho a mi Puerta C. Culpa mía. No debería haberlos dejado de guardia tanto tiempo cerca de la hipnotizadora riqueza oculta tras esos últimos treinta centímetros de roca. La pérdida de la inscripción en la Puerta C es bastante trágica, y el Servicio de Antigüedades tendrá razón al castigarme por no haber pedido la presencia de un inspector, aunque difícilmente puedo hacerlo ahora, pues la clara prueba de que ésta es la tumba de Atum-hadu yace, convertida nuevamente en un fino polvo, a mis pies. Debería haber anotado la inscripción el 17, pero mi herida me lo impidió en aquel momento. ¿Cómo podía haber sabido que sucedería esto? Debería haberlo sabido. Ahora tendré que recrear la inscripción basándome en la memoria:

Atum-hadu, último rey de la negra tierra,

Autor de los gloriosos consejos, navega hacia el inframundo

Acompañado solamente de la riqueza de su muy saqueada tierra.

Expliqué a los hombres que su brutalidad había retrasado nuestro descubrimiento, en vez de acelerarlo, y que las montañas de oro del otro lado de esa puerta tendrán que esperar ahora, ya que no puedo arriesgarme a abrir la Puerta C sin subsanar primero las fisuras causadas por su salvaje procedimiento, o perderé las obras de arte que estoy seguro de hallar al otro lado. Lo que significa que hará falta un enlucido. (Esto también me brindará la oportunidad de reinscribir con intenciones conservacionistas en la restaurada puerta un facsímil de los jeroglifos perdidos por los estúpidos martillazos, simplemente para proporcionar un sentido del tamaño y ubicación de la inscripción original). Envío a dos hombres en busca de yeso, agua, paletas; a Ahmed al yacimiento de Carter para ver cómo éste ocupa ahora sus días; y a un tercer hombre al terreno de Winlock en Deir el Bahari. Los posibles informes de su inactividad serán útiles para volver a negociar una concesión.

Informe del campamento de Winlock: nada de interés, excavaciones al azar, cepillando cosas sacadas del terreno el año pasado. En el campamento de Carter están limpiando desesperadamente el terreno hacia el sur y el oeste, cavando febrilmente en busca de sus enterradas reputaciones, aunque el propio Carter ha huido a El Cairo. Seis horas más tarde, se demuestra que mis hombres son definitivamente idiotas: el yeso está en mal estado. Pese a perder varias horas haciendo mezclas diferentes para arreglármelas con lo que me trajeron, todo lo que consigo es rociar la Puerta C con agua blanca. Los envío nuevamente a la ciudad en busca del yeso adecuado.

Es ya primera hora de la noche cuando hago otro intento. Relleno las principales fisuras y dejo que se sequen, cosa que hacen pero lentamente.

Martes, 21 de noviembre de 1922

Esta mañana descubro que la primera capa de yeso se ha secado bien en las grietas de la puerta, pero también en el cubo. Cuando mis hombres se dignaron aparecer, los mandé otra vez a la ciudad en busca de más yeso y un cubo nuevo. Llegan por la tarde, esta vez sin agua, que uno de ellos finalmente trajo después de la puesta del sol, cerca de las diez. El tiempo se agotaba por momentos, y probablemente mi apoyo en Boston también. He intentado dormir en villa Trilipush esta noche, pero el pie me está ardiendo y ya no confío en esos monos con mazos para que hagan guardia.

Margaret: Ignorarás a Ferrell y mantendrás a tu padre en el buen camino, ¿verdad? Ya lo estás haciendo, estoy seguro. Eres mi protectora y mi inspiración, mientras contemplo tu fotografía a la luz de la lámpara y de las estrellas del desierto, frente a la tumba de Su Majestad. Puedo imaginarte a través de un continente desierto y un océano mientras te preparas para dormir allá arriba, sobre el jardín cubierto de nieve escarchada.

En esta foto la luz estaba detrás de ti recortando tu silueta contra un fondo blanco, un perfil casi perfecto, inclinándote hacia delante para mirar algo sobre la mesa (si lo recuerdo bien, era el collar con el camafeo de tu perfil que te había hecho), y tu belleza se reproduce en el más pequeño detalle: tus pestañas sobresalen un poco del perfil de tu nariz, formando como una negra ala de pájaro, la más fina de las líneas finas.

Recuerdo la noche en que estabas llorando suavemente en mis brazos, trastornada por tu enfermedad y la ansiedad que sentías por mi marcha, y yo toqué con mi dedo el rabillo de tu ojo, atrapé una fugitiva lágrima con la yema de mi dedo, y tiré de ella y de tu veteado maquillaje hacia la sien, sólo para secarte las lágrimas, pero con ese gesto produje la perfecta cara de una reina de faraón, la raya de malaquita del ojo de Horus.

La hija de veintitrés años de edad del faraón de los grandes almacenes es mayestática de perfil, atractiva de tres cuartos y abrumadora de frente. Tu esbelta nariz, con sus expresivas ventanillas, como si estuviera controlada por una docena de delicados hilos en las manos de un titiritero de mil dedos de insuperable sensibilidad y altanero orgullo. El más ligero movimiento hacia arriba de su ceja y nosotros, los plebeyos, reconocemos su voluntad y la servimos. El fruncido y grueso labio inferior, bajo la encrespada ola del superior, cincelado a partir de la más suave piedra amarilla, el único, adorable golpe de cincel que abrió ese celestial valle bajo su nariz. El arqueado cuello, algo de cisne, algo de las hinchadas velas de una falúa del Nilo. La mayestática curva de su bella figura, sus tesoros, los misterios de su silueta y textura, ese vestido abierto en el centro de la espalda, como si fuera simplemente la continuación de su magnífica hendidura, y ella se da la vuelta en su trono para contemplar al esclavo que se arrodilla ante sus adornados pies calzados con sandalias, y levanta la mano para golpear con la hoja desnuda al bellaco que le trajo la copa equivocada, cuando el rey aparece tras ella y retiene su tensa mano.

Miércoles, 22 de noviembre de 1922

Los hombres regresan temprano, y ya estoy equipado para aplicar el enlucido a la puerta dañada, mientras Ahmed se sienta, silencioso como una cobra, fumando uno de los cigarros de C. C. F. y masticando dátiles frescos. Pero a última hora de la tarde la puerta está todavía húmeda. El tiempo se me está echando encima. No tengo más remedio que dejarlos de guardia con la solemne palabra de Ahmed de que los vigilará y hará cumplir mi voluntad, para poder ir al banco, a saber noticias de la transferencia que se espera para hoy, pues el giro del 16 era demasiado escaso para considerarlo algo más que una simple prima enviada personalmente por C. C. F.

El empleado del banco muestra preocupación por mi herida pero lamenta informarme de que, hasta el momento, etcétera. Regreso al yacimiento.

Es ya de noche antes de que pueda esculpir nuevamente la perdida inscripción en el yeso, y luego dar vía libre para empezar a colocar las cuñas. Los hombres se ponen al trabajo con toda la reprimida energía de unos niños recuperados de una larga enfermedad. Su entusiasmo es cautivador. Cuerdas, cuñas, cilindros son colocados en su lugar a medianoche, y todo el mundo acepta de buena gana quedarse toda la noche si es necesario.

Sus infantiles cambios de humor no deberían sorprenderme. Me culpo de los problemas con que nos hemos encontrado, porque esos hombres no tienen la posibilidad de ganar lo mismo que yo, ni tienen mi pasión. Necesitan una mano firme y una voz que los guíe. Les dejo claras mis intenciones, y volvemos a entendernos. Renovamos una hermandad que solamente se forja en algunas experiencias en la vida de un hombre.

Jueves, 23 de noviembre de 1922

Primeras horas después de la medianoche. Escribo a la luz de una linterna, mientras mis hombres comparten una comida y estiran sus piernas y doloridas espaldas antes de retornar a esta última puerta, la Puerta C. Tras ella hay una tumba, un tesoro, una historia, un genio, ahora negro, que se desmenuza bajo sus vendajes de lino. El explorador debe detenerse aquí, reconocer la responsabilidad, la vasta extensión de tiempo que se dispone a franquear.

Los hombres están listos. Ahora es el momento de que…

Más tarde, la aurora se levanta sobre Deir el Bahari. Pero el sol es demasiado débil para iluminar un misterio distinto a cualquier otro en esta tierra envuelta en misterio. La Cámara de las Columnas se añade a nuestro mapa, y el humor de Atum-hadu está inconfundiblemente en juego:

 

FIG. F. Las primeras seis cámaras, 23 de noviembre de 1922.

¡Cómo ha germinado mi mapa a la soñolienta luz del sol del 23 de noviembre! El equipo nuevo llegará con Ahmed mañana, y ahora dispongo de todo el día para mí en el yacimiento para descansar, hacer mediciones, tomar notas, limpiar nuestros escombros y prepararme para nuestro asalto a la Puerta G, «el Gran Portal». La cara de Carter ante este descubrimiento apenas puedo imaginármela. Se cruzaría de brazos, guardando silencio, sin revelar nada.

Pero, primero, debo relatar los acontecimientos de las últimas ocho horas, lo horrible y lo maravilloso, las traiciones y los triunfos. Tengo que acordarme de dormir hoy.

La Puerta C requirió nuestros músculos y nuestros corazones, pero finalmente se rindió ante nosotros más fácilmente que su violenta predecesora. Fuimos capaces de bajarla, y así quedará hasta que consiga sacarla de la tumba y llevarla a un laboratorio para su cuidadoso examen y preservación, antes de su viaje final a un hogar permanente en una galería central del Museo de El Cairo. A la luz de nuestras linternas eléctricas, la cara interior de la Puerta C (su superficie superior ahora) aparecía decepcionantemente en blanco, y tuve que bloquear la nueva abertura y gritarles a los hombres que dejaran de quejarse por cómo les había hecho perder el tiempo, por no utilizar los mazos. Les ordené que salieran afuera. Entré en la siguiente sala yo solo, latiéndome el corazón, sintiendo mi pie y mi tobillo agradablemente entumecidos. Lo que hallé, debo reconocerlo, me dejó desconcertado: un estrecho nicho, completamente vacío a primera vista (una investigación más cuidadosa tendrá que esperar… Primero debo confiar al papel mi minucioso recuerdo del orden de los acontecimientos). Y a no más de noventa centímetros delante de mí, directamente al otro lado de la Puerta C, otra de las enloquecedoras puertas de Atum-hadu (Puerta D). Una desnuda, estrecha sala… quizás un granero, pensé, pero sin grano. ¿Una sala de estatuas para guardar la tumba? Pero, entonces, ¿dónde están las estatuas? Oigo a los hombres allá, en la Cámara de la Confusión, discutiendo algo en su dialecto privado. Continúo examinando la Puerta D y las paredes de ese nicho, tratando de comprender el curioso sentido de seguridad mortuoria de Atum-hadu, intentando desentrañar su Paradoja de la Tumba junto a él. ¿Un lugar de enterramiento para esposas? ¿Sirvientes? ¿Animales? ¿Almacén para armamento? ¿O ropas, convertidas ya en polvo? ¿Comida? Me quedo inmóvil pensando profundamente, ignoro por cuánto tiempo. Sentí que me tiraban de la manga.

—Lord Trilipush —dice Ahmed—. Por favor, señor, salgamos al exterior. Comamos un poco y tomemos el aire. Deje que le cure a Su Señoría su desgraciado pie mientras Su Señoría decide cuál va a ser su próximo paso.

La amabilidad de Ahmed, tanto más impresionante cuanto que es condenadamente inhabitual, me conmovió. Salí cojeando de la desconcertante tumba, apoyándome en el bastón. Ahmed me acompañó por el sendero del farallón bajo la cárdena oscuridad y me sentó en una roca, me trajo comida y café caliente, me preguntó qué había hallado y qué significaba. Me cambió el vendaje con una delicadeza de enfermera, aunque no necesitaba preocuparse por suavidad alguna, ya que la pestilente herida de color morado no me produce ninguna sensación. Charlamos durante media hora, quizás más, hasta que los primeros rayos de perlada luz aparecieron por el este. Fue como una especie de clase educativa para él, y una oportunidad para mí de exponer mis íntimos pensamientos libremente. Probé con varias hipótesis, le expliqué la complejidad de cada Paradoja de la Tumba, y las diabólicas complicaciones de ésta en particular. Él lo comprendió, y me reconfortó ver inteligencia en sus ojos. Después de este respiro, sin embargo, yo estaba ansioso por volver a trabajar. Pero Ahmed sentía hambre de conocimiento, y sus preguntas sobre excavaciones y preservación, sobre mi intento por restaurar la inscripción en la parte delantera de la Puerta C con fines conservacionistas, sobre la probable riqueza de una tumba de final de dinastía estaban todas llenas de discernimiento. Y seguimos charlando.

Hasta que reaparecieron no me di cuenta de que llevaba un buen rato sin ver a los hombres. Bajaron por el sendero hasta nosotros, reluciendo bajo la lóbrega luz, cubiertos de blanco polvo, escupiendo, mientras lanzaban al suelo sus bestiales mazos. «¡Nada!», le gritaron a Ahmed en un árabe repentinamente claro. «Nada. Columnas y nada más». Y subieron a tres de los asnos y se marcharon trotando hacia el creciente sol, sin importarles el sendero que tomaban.

—¿Qué han hecho esos cerdos? —grité, y regresé dando saltitos a la tumba. Oh, ¿qué no habían hecho? El polvo y las ruinas tenían una macabra, pétrea blancura: mis hombres se habían superado en su codicia. Habían destruido la Puerta D, revelando una segunda sala estrecha y la Puerta E, que también habían destruido, dejando al descubierto una tercera sala exigua y la Puerta F, que igualmente habían derribado, revelando la presencia de la obsesionante Cámara de las Columnas.

La rabia que sentí es difícil de describir aquí. No recuerdo nada parecido en mi vida. Incluso mientras escribo esto, horas más tarde, mis ojos se arrasan en lágrimas, mi pluma tiembla. No puedo más que preguntarme a mí mismo, y no sin desprecio. ¿Por qué me sorprendía? ¿Cuándo, en toda mi vida, la gente no se ha comportado precisamente así? No se puede confiar en nadie, excepto en aquellos que amamos, las esposas y los padres.

¡La traición cometida contra mí, contra la ciencia, contra su propia herencia, y contra Ahmed, el hombre que los había honrado con este trabajo! Ahmed estaba a mi lado, moviendo negativamente la cabeza, y su ira resultaba evidente. Porque, veamos: No puedo decir qué información había sido convertida en polvo. No puedo decir qué tesoros habían sido arrancados del suelo y envueltos en los turbantes de los criminales o en sus ropas cuando se marcharon, protestando en voz demasiado alta, y en un claro árabe, que no habían hallado «nada». Cuando llegue el momento, ahora lo veo, no tendré otra elección que decirle al inspector de Antigüedades que nunca hubo Puertas D, E y F. Tengo las manos atadas. Su crimen me ha obligado.

Envié a Ahmed, aunque el leal hombre deseaba quedarse a mi lado, a explorar los daños y las nuevas salas conmigo. Pero las órdenes que le di eran claras: despedir a los hombres, contratar a honrados sustitutos, que recibirán su paga al cabo de tres semanas, en vez de semanalmente. Y se marchó murmurando entre dientes tan consternado como yo.

Regresé a la tumba, rugiendo ante su violación, pero que seguía siendo un triunfo. Las tres «Cámaras de Almacenamiento Reales» —idénticas, simétricas, de un brillantísimo diseño en su simplicidad y solidez, con sus elegantes proporciones y mágica pureza— estaban indudablemente concebidas para albergar la parafernalia necesaria para el viaje del rey al mundo de los muertos. Y, sin la menor duda, las tres cámaras contenían, por este orden: comida (descompuesta hacía mucho tiempo); incienso (encendido en la época del enterramiento y ahora vaporizado, aunque su sellado olor de 3.500 años de antigüedad seguía estando débil pero inconfundiblemente presente y asombrosamente parecido al de uno de los perfumes de Margaret, el que tenía en el pequeño frasco adornado con cuentas, en forma de ánfora); y monedas de oro o pequeñas joyas, algo brillante, de mediano valor, pero lo bastante pequeño para ser cogido por esos ingratos ladrones de burros, cuyos nombres ni siquiera conozco.

Pero, ¡ah! ¡La Cámara de las Columnas! Aquí Atum-hadu nos había dejado un enigma para hacernos algunas cosquillas más antes de que todo se revelara detrás de la Puerta G (que los vándalos al parecer no habían visto en medio de sus nubes de polvo, demasiado preocupados por marcharse airadamente con las chucherías que habían robado y por gritar sus aparatosas protestas de decepción).

Yo había pasado varias horas de la tarde y la noche midiendo con avidez y llevando a cabo un examen centímetro a centímetro de cada una de las superficies de la Cámara de las Columnas. Ésta tiene aproximadamente siete metros y medio de longitud y contiene doce columnas de piedra idénticas que van desde el suelo hasta el techo, redondas, de un blanco brillante y carentes de marca alguna. Su forma perfectamente cilíndrica representaba un logro matemático de tal importancia intrínseca que cualquier otra ornamentación de la habitación hubiera resultado vulgar o tal vez incluso contraproducente para las pías necesidades de Atum-hadu. El espaciado de las columnas es regular, cuatro filas de tres —cada columna tiene unos tres metros y medio de circunferencia (nunca se me dieron bien las matemáticas), de manera que eso quiere decir casi un metro de diámetro—, y están dispuestas de modo que resulta difícil atravesar la habitación rápidamente. Por tanto un antiguo ladrón de tumbas lo habría tenido difícil para entrar o salir de forma rápida. Sus proporciones son casi sin ninguna duda matemáticamente exactas y significativas, y si se toma la proporción del espacio total de la habitación, o sea 7,5 x 4,5 metros = 33,75 metros cuadrados, de los cuales 12 columnas x 2 nr, donde r = 0,5

0,5

0,5

———

0,25

3,14

———

100

25

75

———

0,7850

12

———

15700

7850

———

9,4200

de modo que 9,42 metros cuadrados de la sala están ocupados por columnas, lo que significa una proporción de 9,42/33,75, o precisamente la proporción usada en… Había, por supuesto, doce dinastías que precedieron a la de Atum-hadu, de manera que las columnas representan sin la menor duda las doce dinastías anteriores, de las cuales él se consideraba protector, simbólicamente, a través de su entierro… zodiacalmente, la disposición de las columnas representa la disposición astronómica de la constelación que nosotros llamamos Sirius, que los egipcios tomaban como la encarnación celestial de Isis, y para agradecerle su ayuda para guiar a Atum-hadu hasta… debemos considerar seriamente la posibilidad de que las columnas contengan valioso material escondido dentro de sus formas huecas, y deben por tanto ser estabilizadas y abiertas… los antiguos ladrones a los que Atum-hadu temía más que nada habrían encontrado su avance a través de la tumba obstaculizado por finas hebras que corrían entre todas y cada una de las doce columnas, convirtiendo la Cámara de las Columnas nada menos que en una mortal telaraña que atrapaba las gordas moscas en filamentos rociados con un veneno letal conocido sólo por los antiguos magos de… Doce tribus de Israel doce meses del año doce provincias de Canadá doce días de navidades… ¿qué haría Carter enfrentado con semejante sala? Miraría y tomaría medidas y diría pocas palabras, sólo asentiría con la cabeza, y mantendría sus papeles muy cerca del pecho. «Es demasiado pronto para decir nada», diría, pero su actitud daría a entender que sabía mucho más, aquel brillo de arrogancia envuelto en humilde silencio.

Viernes, 24 de noviembre de 1922

Mediodía: Anoche trabajé hasta agotarme mentalmente. Tensión por la traición de los hombres, excitación ante las nuevas cámaras. Y hoy es mi cumpleaños y mi fecha señalada en principio para el éxito. Mis primeras esperanzas para este día seguramente han sido superadas.

La importancia de la Cámara de las Columnas se muestra esquiva en este momento, aunque por supuesto un experto fácilmente podría enunciar una miríada de hipótesis, una de las cuales bien podría ser cierta. Debemos mantener el secreto por ahora, y aguardar a que aparezcan nuevos datos. Podemos, con todo, esperar razonablemente que cualquier cosa que nos aguarde detrás de la Puerta G (el sepulcro, el tesoro) explicará también la geometría y la función de la Cámara de las Columnas, situando este mayestático ejemplo de antigua arquitectura de tumbas y pensamiento místico egipcios en su adecuado contexto.

[RMT - La Puerta G debe ser ahora la Puerta D. Retrocedamos, dibujemos nuevamente los planos afectados y corrijamos. La Puerta B ciertamente destruida, la Puerta C prudentemente subsanada con un hábil enlucido, no hay puertas hasta D (antes, la G)].

 

FIG. F. Las primeras seis cámaras, 23 de noviembre de 1922.

Prosigo con mi esmerado trabajo. Sin signos de Ahmed y del nuevo equipo. Limpio los escombros de la Cámara Vacía y de las 3 Cámaras de Almacenamiento Reales, recogiéndolo todo en sacos de lona y acarreando éstos hasta el sendero del farallón. Me he convertido en la cojeante asistenta de Atum-hadu. Dejo los sacos justo delante de la tumba, ya que sospecho que necesitaré sellar mi descubrimiento para regresar a la ciudad.

El trabajo me ocupa hasta el crepúsculo. Ahmed no aparece. Termino la comida. Me preparo para dormir otra vez en la Cámara de las Columnas, donde me derrumbé anoche. ¿Podría ser esta simulación de una cámara una especie de juego? Demasiado pronto para decirlo. Debo reservar mi opinión sobre este punto; la especulación gratuita es el recurso de los diletantes inseguros. Siento un hormigueo más allá del tobillo. Necesitaré volver a villa Trilipush en busca de vendajes, pues parece que vuelvo a tener problemas de circulación.

Esta noche soy consciente aquí de una cosa mientras releo las cartas de casa y un estropeado ejemplar de Deseo y engaño a la parpadeante luz de mi humeante linterna en la Cámara de las Columnas: ahora sé más sobre Atum-hadu, sus impulsos y sus propósitos, de lo que sé sobre mi prometida, o mi patrocinador. Esto a pesar de besar a la primera y comprometerme en negocios igualmente íntimos con el segundo. Hay más claridad en Atum-hadu, una claridad destilada por los milenios hasta lo esencial: sesenta versos. Cada verso trae a la luz otra faceta cristalina, objetiva, de su inmutable ser. Pero ¿y aquella a la que amo? Cada uno de sus variables estados de ánimo inspira una visión de ella enteramente nueva, así como nuevos futuros para los dos. ¿Debería tener compasión de la enferma, o amar a la encantadora? ¿Temer a la furiosa, corregir a la mimada, ignorar a la burlona? ¿Rescatar a la oprimida? ¿Reñir a la inconstante? ¿Y qué hay de mi Maestro de Generosidad, brutal y cobarde, adorable y perverso? ¿Qué se puede hacer con tan equívoca figura? Los miro, aunque apenas puedo verlos, como si el humo de esta sala fuera demasiado espeso, como si mis ojos estuvieran cubiertos con una tela translúcida.

Sábado, 25 de noviembre de 1922

Extraños sueños, como pueden esperarse durmiendo en semejante habitación. Me pasé la mañana cubriendo la tumba, empezando con tablas de madera, luego apilando rocas contra ellas y esparciendo el resto del yeso para mantenerlo todo unido. Trabajo frustrante, pero camuflaje necesario. A mediodía una precaria pantalla cubre el agujero que antaño fuera la Puerta A, y aunque eso no detendrá a un intruso entregado a su propósito, al menos no llamará tanto la atención como una boca de caverna abierta.

En ese momento regresa Ahmed, pidiendo perdón por haber contratado a unos perros hijos de perra tan poco de fiar como ésos, y esperando en el nombre de Alá y de mi propio Dios que no hayan causado ningún daño serio a mi gran obra, ¿y descubrí algún tesoro en mis ulteriores progresos? Yo decliné responder y negué mi perdón. ¿Tiene Su Señoría alguna esperanza respecto al resto de la tumba? ¿Era, en opinión de Su Señoría, corriente que los antiguos reyes pusieran todo su oro en la última sala y dejaran la tumba vacía en su parte delantera? ¿Debía el leal Ahmed traer muchos, muchos más hombres, que trabajaran por casi nada? Tiene varios primos deseosos de participar, hombres que aman a los ingleses.

Confieso que tengo un momento de duda. Para los no científicos, la tumba hasta el momento probablemente carece de ese brillo superficial que los ayudaría a ver el éxito que aún aguarda, sin la menor duda, detrás de la Puerta D, y el entusiasmo de Ahmed (aunque su causa es obvia) no es desalentador. También él sospecha que hay algo grande acechando todavía. Yo me limito a asentir con la cabeza, alentar su paciencia y su fe en mis conocimientos. «Todos recibiremos nuestra recompensa, como promete tu Corán», le digo. «¿Está usted seguro?», pregunta. «Estoy seguro, Ahmed». Y lo estoy.

Me ayuda a subir al asno que ha traído, y le ordeno que contrate a un carpintero para que construya una puerta que cierre la entrada de la tumba, compre un candado para dicha puerta, contrate a dos de sus primos de más confianza. Nos encontraremos aquí, con la puerta, el carpintero y los hombres (todos llegados por una ruta discreta) dentro de tres días. Necesito ese intervalo para darle a C. C. F. la oportunidad de devolver a mi expedición toda su capacidad.

Tomo el ferry para cruzar nuevamente el Nilo. Banco. Correos: telegrama urgente a C. C. F.:

SEIS SALAS, HALLAZGO MAYESTÁTICO. ¿DÓNDE TU OFERTA DE PATROCINIO? PIENSA EN TU COLECCIÓN. REGRESO LENTA Y DOLOROSAMENTE A VILLA TRILIPUSH. NUEVO VENDAJE PARA EL PIE. PERO SIGUE HABIENDO LEALTAD EN ESTE MUNDO. MAGGIE Y LOS RAMSÉS ME AGUARDAN. SIENTEN PLACER POR SU COMIDA, PERO MÁS POR MI COMPAÑÍA.

Domingo, 26 de noviembre de 1922

 

Ahmed me despierta.

—¿Es martes, ya? —pregunto, completamente aturdido.

—No —dice él.

—¿Qué día es?

—Cállese. No ha encontrado usted nada, ¿verdad?

—Nada en absoluto; el martes regresaremos para instalar la puerta que tú hayas conseguido y empezaremos a trabajar con la puerta siguiente.

—No —dice Ahmed.

—¿No?

—No.

Dice que todos sus primos han ido a trabajar para Carter, el cual está ahora contratando a todos los hombres que puede encontrar, y pagando bien. Ahmed también va a ir a trabajar para Carter, y ha venido hoy sólo para recoger el dinero que se le debe a él y a su primo.

—No lo entiendo. Carter no ha hallado nada —digo—. Regresó a El Cairo.

Ahmed me corrige, mientras los gatos se escapan (más listos que yo, presienten el peligro). Carter había estado sólo esperando la llegada de Carnarvon de Inglaterra antes de proceder con su hallazgo. Carnarvon ya ha llegado, y han vuelto a abrir la escalera. Han encontrado una puerta con los sellos de Tutankamón. Han hallado cajas y tarros, y la baksheesh es abundante. La noticia está en todos los periódicos. Pagan bien. Encontrarán riquezas. No hay escasez de dinero. Y ahora Ahmed exige que le pague inmediatamente.

—Eres un sinvergüenza y un ladrón —le digo, aunque, yaciendo todavía en mi catre, prácticamente desnudo, con mi pie malo apoyado en cojines, mi posición no es muy ventajosa.

—¿Que soy un ladrón? ¿Acaso yo cavo en la tierra para robar el oro de antiguos reyes enterrados y no informo de ello a las autoridades? ¿Me oculto en el desierto como un criminal?

—No voy a ilustrarte sobre tus infantiles y erróneas ideas, Ahmed. Estás despedido. Sal de mi vista.

Ahmed me vacía la cartera, cuenta mi dinero pero dice que aún le debo más.

—Volveré mañana en busca de mi dinero. Y usted me dará la liquidación a mí y a mis primos. Y confío en un pago que me impida ir a informar a los inspectores de que está usted cavando sin permiso.

—Eres un incalificable cerdo —le digo, negándome a explicar los errores en los que ha basado su desesperado chantaje. Pero a estas alturas el árabe me está apretando mi pie herido con una fuerza sorprendente.

Se me ocurre que tal vez había cometido un error con Ahmed, quizás no comprendí bien a aquel desaseado árabe del barco, abordé al hombre equivocado de la reyerta, y dejé a mis espaldas a un combatiente por el honor.

Mi situación es difícil. Necesito hombres para la Puerta D y necesito pagar a Ahmed por su trabajo de la semana pasada, y no me encuentro en situación de llamar a las autoridades en este momento, aunque sus delitos serán castigados cuando esté más fuerte. Tengo el pie entumecido, pero ahora la espinilla y la pantorrilla me arden.

¿Puede realmente Carter haber hallado algo? ¿Haber enterrado su hallazgo durante semanas mientras esperaba pacientemente a que llegara su patrocinador? Es difícil de imaginar. ¿Y ahora se lleva a mis hombres? Por supuesto, mis hombres están entrenados, endurecidos. Carter, naturalmente, querría a esos hombres, indiferente al hecho de dejarme en la estacada.

Me visto con las ropas de nativo y voy cojeando hasta el ferry; luego alquilo un burro para que me lleve hasta el valle. Pregunto a uno de los obreros en árabe si es cierto que están contratando gente aquí, y me responde en inglés… no puedo decir por qué, quizás es la norma en el yacimiento (una condenada buena norma, ahora que lo pienso). Le pregunto qué noticias hay, y su respuesta es tranquilizadora: Sí, al pie de las escaleras hallaron una puerta cubierta con sellos de Tutankamón, pero ahora esa puerta ha sido abierta, y tras ella hay solamente un corredor bloqueado, enteramente lleno de escombros. La tumba fue saqueada hace unos mil años.

Sencillamente. Debo sentir simpatía por Carter, incluso tras sus agresiones y provocaciones. Ha encontrado un túnel lleno de rocas, con el mundo entero observando y su patrocinador llamado especialmente a Inglaterra para que venga a contemplar la vista.

Lunes, 27 de noviembre de 1922

 

TELEGRAMA DE C. C. F.: ¡PERIÓDICOS LLENOS DE DESCUBRIMIENTOS EGIPCIOS! MARAVILLOSO, NUNCA DUDÉ DE TI. SOCIEDAD ENVIARÁ PRÓXIMA SUMA MUY PRONTO — MANDA DETALLES.

Me cuesta creer esto. ¿Cobertura de los periódicos americanos? Los Nordquist, supongo, pueden haber dicho algo a un reportero, o quizás Margaret y J. P. O'Toole. Chica lista. Lo más probable es que sea un resultado del clamoroso error de Carter, y la prensa aproveche la oportunidad para hacer un reportaje sobre todas las excavaciones que están en marcha. Confío en que esto no nos traiga demasiados observadores no deseados aquí, pero esa publicidad también me protege: el Servicio de Antigüedades difícilmente puede cerrar una excavación que ya ha llamado la atención del mundo, aunque no haya sido intencionadamente.

Soy, alternativamente, una víctima y un beneficiario de la distancia. No puedo controlar desde aquí lo que C. C. F. oye o piensa, de manera que ahora, gracias a la prensa, ha decidido que todo está bien nuevamente. Telegrafío mis palabras tranquilizadoras a mi nervioso Maestro de Generosidad: Me alegro de tu vuelta, nuestro descubrimiento empequeñecerá al de Carter, al de Winlock y a todos. Manda dinero inmediatamente.

En cualquier caso, el retorno de su entusiasmo renueva mi confianza, puedo suplir a Ahmed. Encuentro mi improvisada pared en buen estado, intacta. Reemplazo algunas de las piedras caídas, las pongo en equilibrio en las esquinas, pero es un frustrante juego de palillos. Estoy tentado de derribarlo todo, entrar precipitadamente y continuar mi trabajo, pero, sin un nuevo equipo, sin mejores herramientas, y antes de que llegue el dinero, es demasiado pronto. La paciencia tiene su premio.

Por la noche, regreso a villa Trilipush. Resultó bastante difícil llegar a la escalera de Carter hoy. Dice uno de sus hombres: «Están instalando la electricidad en todo el recinto». ¿Todo el recinto? Sí, realmente; ayer Carter, lord Carnarvon y la hija de milord, lady cómo se llame, así como algún inspector de Antigüedades excavaron hasta el final del túnel lleno de escombros y encontraron otra puerta, tras la cual (maldita sea su rapidez… deben de estar derribando desconsideradamente las cosas a martillazos) aparece un bonito cuadro, evidentemente, aunque los nativos están encantados con saber algo que puedan revelar fácilmente. Si se da crédito a los negros, el pequeño rey Tutankamón, desaparecido durante estos 3.200 años, ha reaparecido, junto con estatuas, oro, carros, joyas, jarrones, tronos, lechos, vestiduras, figuras… infinitos tesoros, dice uno de los obreros más parlanchines. ¡Imagina, le digo, cogiéndolo de los hombros, lo que podría revelar un rey verdaderamente importante al final de una dinastía llevándoselo todo consigo a su tumba! Está lógicamente asombrado ante la perspectiva, como lo estará el mundo.

Por supuesto, con un lord Carnarvon financiándote, en vez del idiota príncipe de los tenderos americano, los hechos andan por sí solos sobre ruedas, pero tal como un desgraciado individuo que conocí en el pasado solía decir ad nauseam: «Los ricos siempre se lo ponen fácil a los ricos; el obrero que quiere hacerlo por su cuenta tiene que luchar».

Pero cuando encontré a Carter en esta feria, estaba cerrando con llave una reja de madera en la base de sus escaleras y acompañando a sus invitados —ricos y volubles padre e hija— mientras subían por los dieciséis sagrados escalones. Con corbata y americana, el bigote recortado… siempre atildado, nuestro Carter. Mirad cómo se conduce en este momento, cómo cierra con llave la tumba que hasta el momento —hasta el momento— eclipsa a la mía. Contemplad su estilo mientras acompaña a sus tontos patrocinadores fuera de lo que ellos apenas comprenden. Les deja atisbar sus ganancias, pero no ensuciar las obras. Mirad su despreocupado, tranquilo dominio de su yacimiento, a sus hombres, a sus patrocinadores, hasta su propia excitación. Seguramente ha descubierto más de lo que la mayoría de los hombres logran en su carrera e incluso mientras me saluda, no se recrea, no se esconde, su expresión no parece dar a entender nada en absoluto.

—¡Ah, Trilipush! —dice cuando llega a lo alto de la escalera—. Trilipush, sí, desde luego.

—¡Carter! ¿Qué noticias hay, muchacho?

—Lord Carnarvon, lady Evelyn, permítanme presentarles al profesor Trilipush. Es el traductor del supuesto (sic) rey Atum-hadu, una especie de erudito egipcio, y que actualmente visita el país, contemplando las ruinas de Tebas.

A ello le siguen dos flácidos apretones de manos. El conde es un petimetre de la variedad desgarbada, bondadosa, imbécil, demasiado alto para ser un perro faldero, demasiado estúpido para servir de adorno de jardín. Camina con cierta cojera y habla con ceceo, producto ambas cosas de un accidente de automóvil.

—Excelente, excelente —dice—. Debo leer su trabajo. Son fascinantes esos apócrifos.

—No son completamente adecuados para lady Evelyn —interviene Carter.

Carter lleva sombrero de fieltro y en la mano un bastón de paseo, no muy diferente del mío. Cuidarse el bigote debe de llevarle cierto tiempo: bien recortado, cera, cosas por el estilo.

—¿Así que hay grandes maravillas bajo tierra? —pregunto—. ¿Podría echarles una mirada profesional?

—Oh, usted es un colega. Ya se puede imaginar cuán inciertas son las cosas que hay ahí ahora mismo.

—Malditas habladurías —murmura Su Cojera, de repente, mientras Carter nos acompaña al perímetro del yacimiento—. Entre los nativos no circulan más que rumores de hechizos y maldiciones, un tema maravilloso. Todos impresionados por la idea de que Tut está protegido por una magia maligna. Es maravilloso, ¿no creen?, vivir con semejante y poderosa creencia. Le hace a uno pensar que nos falta algo…

Pero en ese momento alguien reclamaba la atención de Carter, y éste no podía dedicarse a charlar, lo cual comprendí muy bien: estaba frente a un individuo en ese primer momento de excitación; lejos de mí interponerme en su camino.

El banco aún no tiene noticias de una nueva transferencia.

La poste restante rebosa de cartas. Alquiler pendiente de villa Trilipush del 1 de diciembre. Facturas del Hotel de la Esfinge por la suite durante el mes de noviembre así como por las sábanas, toallas y ropas que me prestaron.

Regresé a la villa para una tediosa pero necesaria tarea de examinar los libros de cuentas y presupuestos, quizás recortar algunos gastos. Es extraño, pero que Finneran se encargue de su simple tarea (así como el fallo de Margaret en no presionarle) se ha traducido en que yo me parezco a él, obsesionado por el dinero, que un caballero desecha como un elemento secundario de la vida, como la fontanería. Pero esto, como mi padre solía decir, es lo que invariablemente resulta cuando la buena sangre se casa con la mala: una neutralización.

El alquiler… y los salarios de los hombres de la semana pasada sobre los que Ahmed se mostró tan elocuente. Necesitaré también contratar un nuevo equipo. Trabajo hasta tarde, planeando, repasando una vez más las cuentas, rehaciendo presupuestos. El dinero no está ahí. Es extraordinario que Carter haya tenido tanta suerte ahora, después de todos esos años vagando a la aventura.

Pero justamente él llega a mi villa poco antes de que me vaya a dormir. Pide perdón por la intrusión, todo risas y excusas, parece un poco embarazado, declina una copa.

—Simplemente para decirle cuánto admiro su trabajo —me dice—. Sus brillantes traducciones, sus análisis. Nada me enorgullecería más que llamarle mi hermano. Mi pequeña tumba es una especie de tributo a usted y a su persistencia. Un botín fácil, realmente, un objetivo como Tut, no había más que señales de tráfico durante todo el camino, una tumba prácticamente destapada. Pero, Ralph (¿puedo llamarle Ralph?), usted se encuentra en terra muy incógnita, algo muy misterioso y profundo, no estoy muy seguro de que yo mismo pudiera hacerlo, no sabría por dónde empezar. También, oh, sí, quisiera decirle que lady Evelyn preguntó por usted de una manera muy curiosa cuando nos marchamos esta tarde. Le dije que estaba usted comprometido para casarse en América con una heredera, y puso una cara larga, muchacho, puso una cara muy larga, era triste de ver. Lástima, también… la muchacha vale todo el té de China, y su padre, bueno, es mejor tenerlo de tu parte: el conde posee unas trece mil hectáreas. Debería usted enamorarse de lady Evelyn, si quiere saber mi opinión.

—Como si enamorarse fuera tan fácil —le grito cuando desaparece en la noche.

Martes, 28 de noviembre de 1922

 

TELEGRAMA DE C. C. F.: ¿NO ESTÁ CARTER EN TU EQUIPO? LOS PERIÓDICOS NO HABLAN DE OTRA COSA — ¿NO ESTÁ ENTRE LOS TUYOS? CATALOGA NUESTRO HALLAZGO INMEDIATAMENTE. ¿ACEPTARÍA CARTER UNA INVERSIÓN? INFÓRMAME.

Hay un instante molesto en que tú entregas al muchacho el papel de respuesta del telegrama e instintivamente esperas que él conteste, cuando por supuesto él es sólo un mudo transmisor. Es como gritarle a un sordo y ensordecedor viento. Y no obstante uno puede oír un lejano eco, leer algo en la inexpresiva cara del muchacho: C. C. F. ha terminado conmigo. Al final, confiar en los demás siempre conduce a esto, siempre. Sin embargo, siempre te quedarás sorprendido con aquellos que olfatean buscando sólo un sucio interés propio y usan cualquier cosa para ello, manipularán el amor y te abandonarán ante cualquier amenaza si ello les ahorra la más mínima molestia.

Sobre la dificultad de confiar en los apoyos financieros de uno: —Profesor Trilipush —le recuerdo diciéndome, poco después de que los demás inversores hubieran abandonado nuestra reunión de junio—, si tuviera usted un momento más para mí, se lo agradecería mucho. —Me sorprendió su repentina educación, pues, pienses lo que pienses de Chester Crawford Finneran, la caballerosidad no es lo primero que le viene a uno a la mente—. Me pregunto si podría darme usted su opinión sobre mi colección personal. —Sus diminutos ojos de ágata observaban justo por encima de mis hombros, y la punta de su cigarro llameaba y se apagaba—. Sé que habrá montones de oro en la tumba de nuestro faraón, momias y todo eso, como usted describía tan elegantemente ahora mismo a los muchachos. Pero me gustaría enseñarle a usted otros aspectos, esas bellas artes, artes plásticas, esculturales y gráficas, aunque tal vez sea menos probable que aparezcan en colecciones de museo debido a la discusión sobre su interpretación. Son más interesantes para un coleccionista privado. Tal como sé que usted sabe. Más funcionales —proseguía sin cesar con ese monólogo, y yo asentía sin comprometerme—. Todo un erudito como usted seguramente lo comprenderá. —Y Finneran se quitó una invisible hebra cerca de su cintura.

Me condujo a su estudio y se quedó de pie ante la estantería que se alzaba detrás de su escritorio desde donde varias veces retiró, y luego volvió a colocar, un volumen, balanceándolo sobre el borde inferior del lomo como si no fuera capaz de decidirse si quería sacarlo. Finalmente, dejándolo, suspirando con creciente incomodidad, se volvió hacia mí y cruzó los brazos. «Es simplemente una cuestión, veamos, de su, su, uh…». Levantó la mano para acariciarse sus espesos bigote y patillas, pero ésos existían aún sólo en su retrato que colgaba en la pared de su estudio. Siguió mis ojos hasta el cuadro. «¿Siempre va usted bien afeitado? Yo no logro acostumbrarme». Depositó su ardiente cigarro, brillante y ladeado como un tronco de árbol golpeado por un rayo, en un cenicero y regresó a empujar y a tirar de aquel mismo libro medio sacado de la estantería. Invocaba a Jesús para que realizara una acción específica sobre un particular carpintero irlandés-bostoniano. Empujaba y tiraba del libro con frenética energía, una y otra vez, maldiciendo.

—¿Qué es ese libro, C. C. F.?

—Madre nodriza de Cristo. Lo asaré vivo —murmuró, sacudiendo el volumen atrás y adelante.

—Hola, papi. ¿Ha terminado vuestra reunión? —Ella había aparecido sin que la oyéramos detrás de nosotros—. Hola, Ralphie. ¿Cómo te ha ido con los plutócratas de Boston?

—Mi adorable amorcito —digo yo—. Eres una visión de inimaginable belleza.

—Estamos ocupados. Lárgate —gruñe el siempre simpático dueño de la casa, agachándose ahora y mostrando su redondo y gorilesco trasero para nuestra delectación, pues cuando me di la vuelta otra vez descubrí a C. C. F. de rodillas, inclinando la cabeza, examinando un estante inferior, muy por debajo del libro que había estado toqueteando cuando ella le interrumpió.

—Una rosa del color más bonito —continué—, la fragancia de la primavera en movimiento.

Y así estaba ella aquel día, maldito sea todo, y saludable, también. Yo debería haber girado sobre mis talones, ignorando a mi monstruoso patrocinador y sus tremendas urgencias, y simplemente haberla arrebatado allí y entonces. Podría habérmela llevado allí mismo, terminado con todo esto donde más importaba, olvidando todo el resto y simplemente haberla conquistado y hacerla mi esposa. No, no, ella nunca me habría aceptado, entonces no, sin una victoria. Pero aparecía limpia y clara aquel día. Lo estará todavía, si de alguna manera puedo conseguir la oportunidad de estar otra vez con ella, de alguna manera triunfador.

—Lamento la interrupción, prefesor —dice Finneran y llama a Inge para que saque a Margaret de la habitación y se la lleve al jardín a tomar un poco de aire fresco.

En el momento en que la puerta de roble se cerró en su cubil, él volvió a ponerse de pie tirando furiosamente arriba y abajo de aquel primer libro otra vez. Un instante más tarde se oyeron como unos arañazos en la cerrada puerta que provocaron en Finneran una especie de espasmo en su espalda y mejilla. «¡Por los riñones y el bazo de Cristo!», gritó, o alguna otra estupidez celto-católica, y pasó como una exhalación por delante de mí para abrir la puerta; pero se trataba sólo de uno de los spaniels de Margaret, que pagó cara la interrupción.

—¡Por fin! —gritó, después de retornar a su hipnótica tarea, mientras la estantería emitía un audible clic y se movía una fracción de pulgada, desalojada por algún mecanismo de muelle que se accionaba debajo de aquel perezoso libro. Finneran aplicó su hombro a un borde de la estantería e hizo girar toda la estructura de seis estantes sobre su eje central, abriéndola lo bastante para deslizar su gordura por ella. Me hizo señas de que le siguiera. Cuando el portal se cerró nuevamente a nuestras espaldas (confiando aparentemente en el mismo muelle, poco digno de fiar, para que nos liberase algún día), encendió una fila de luces eléctricas.

—Prefesor, la Colección Finneran de Bellas Artes —entonó, agitando grandiosamente las manos ante las vitrinas y estantes de carpetas del enladrillado recinto en que nos encontrábamos—. Prefesor, las grandes civilizaciones tienen, como estoy convencido de que sabe usted… —Y prosiguió resollando con su justificativo murmullo, cuyo texto no necesito escribir aquí, ya que varía muy poco de uno a otro miembro de su patética comunidad.

El botín de Finneran no era malo, dentro de su género, y bastante variado, aunque, de forma embarazosa, había calculado mal cuando supuso que mi trabajo con Atum-hadu tenía alguna relación con ese batiburrillo. Ajustó la luz de las pequeñas lámparas eléctricas que iluminaban desde arriba las seis o siete vitrinas, cada una de las cuales albergaba ocho o diez piezas: cocodrilos incaicos de piedra que sonreían mientras se lanzaban sobre vírgenes guatemaltecas; urnas de la dinastía Ming, azul sobre blanco, el desnudo emperador agachado sobre concubinas, hortelanos realizando funciones de relleno no culinarias; diosas hindúes de bronce, de múltiples miembros, saciadas, enganchadas, entrelazadas; un trozo de lo que parecía ser marfil o madera blanqueada totalmente decorado con imágenes grabadas de perros esquimales, aletas de foca, rostros con el cuello forrado de pieles sonriendo en éxtasis con los ojos cerrados. «Inuits. El pueblo esquimal de Groenlandia —comentó el loco conservador—. Tallado sobre barbas de ballena». Y luego nos pusimos a examinar las carpetas de cuero, cada una de ellas repujada, bendita sea su confundido corazón, con las palabras La colección Finneran. «Obras sobre papel», declaró mientras revelaba delicadamente sus tesoros: Primero, una serie de grabados georgianos de empelucados rostros examinando con expresión de enfado el personal de la cocina para descubrir posibles enfermedades personales. Luego: «Japoneses. Grabados en madera», y sus ojos, como manchitas de tinta, me estudiaron mientras ojeaba lentamente una serie de adornados caracteres que contaban la historia de un samurái y las mujeres del pueblo que le habían servido, mucho envainar y desenvainar de espadas, agarrarse por los moños, etcétera. «Y obras de arte contemporáneas, también, por supuesto», susurró, cogiendo velocidad y confianza.

—Sabe usted —dijo—, yo no soy un conservador chapado a la antigua, no soy, no soy…

Pero no fue capaz de explicar lo que no era, demasiado preocupado por desatar las carpetas de fotografías; nada muy sorprendente, nada que uno no pudiera ver en el Ejército o en bazares clandestinos por todo el mundo, incluso en Boston. Nada fuera de lo común, excepto por el predominio de la enfermera de su hija como modelo.

—Inge tiene una inusual capacidad de comprensión del arte de la forma humana.

—Muy impresionante, Chester.

—Gracias, Ralph. Sabía que usted lo comprendería, como erudito. Como puede ver, sin embargo, me falta, por desgracia, algo de procedencia egipcia. Y, por lo que he leído y oído de otros coleccionistas, hay artículos guardados en los sótanos del Louvre y en su propio Museo Británico que presentan su antiguo Egipto como una sociedad artística muy madura.

Finneran atisbó a través de un agujero en dirección a su despacho, luego empujó la puerta para abrirla y me condujo rápidamente de nuevo a través del hueco que dejaba la estantería. Se sentó a su escritorio, se secó la cabeza con un pañuelo, cruzó los brazos y llegó al previsible punto:

—Me parece Ralph, que…

Y de repente estalló una perfecta sinfonía de campanas de iglesia y relojes de carillón que empezaron a sonar en cascada, comenzando en su propia mesa para seguir con el reloj de pared, los relojes de péndulo esparcidos por toda la casa, y luego las tandas de doce campanadas de las torres, desde un extremo del municipio de Boston al otro. Debía de ser una especie de día festivo local, porque pasaron al menos dos minutos en que borrachos campaneros y sabios jorobados por toda la ciudad rivalizaron con tintineantes y retumbantes composiciones, cada una de ellas finalizando con doce sonoros disparos de cañón, pero escalonados (como si cada iglesia estuviera en su propio huso horario) de manera que al menos resonaron sesenta explosiones apenas espaciadas antes de que Finneran pudiera dominar los nervios y susurrar su conclusión.

—… su particular especialización y mis gustos culturales y artísticos se entrecruzan aquí.

Otro de esos tristes hombres que no son capaces de ver la distinción (enorme, elemental) entre lo que yo estudio y respeto y lo que ellos devoran, desean ardientemente, devoran, desean ardientemente.

—Y por tanto, si usted encontrara, como ciertamente hará, algún ejemplar de…

Me pregunté si su hija conocería su secreto.

—Desde luego —se interrumpió a sí mismo para responder a mi no formulada idea—, una sola palabra a nadie de esta adicional transacción significaría un instantáneo punto final a nuestros pequeños acuerdos financieros; no se equivoque.

Éste es el hombre que, por misteriosas razones —por ninguna razón— me ha abandonado en mitad de mi expedición. Que me haga esto a mí, que me deje en esta situación apurada, que caiga bajo la influencia de algún mentiroso itinerante. Un pornógrafo nouveau riche que habría hecho del novio de su hija un proveedor de indecencias. Él y sus rufianes compinches. El silencioso O'Toole, que robó uno de los salvamanteles de plata de C. C. F. delante de él en la reunión de inversores. Kovacs, con sus ojos perpetuamente húmedos, como si su conciencia estuviera tan empapada de sus crímenes que llorara las lágrimas de sus víctimas en su nombre.

La ciudad entera hervía de chismes sobre el hallazgo de Carter. Los rumores eran delirantemente inverosímiles, y con razón, ya que solamente la imaginación de los subempleados y fumadores de chicha egipcia podía concebir tales maravillas como los cuentos de hadas que he oído hoy. Y los rumores se extendían a gran velocidad. Por ejemplo, mencioné de pasada a un vendedor de frutas que si yo fuera Carnarvon, simplemente aterrizaría con un pequeño avión en el Valle de los Reyes y me llevaría el lote entero al Museo Británico, sin dar a los egipcios ni un pedacito. Efectivamente, para cuando me encontraba en otro distrito, donde finalmente hallé un tendero de artículos de caballero que tenía un sombrero de fieltro de mi talla, un cliente egipcio elegantemente peinado, de barba bien recortada, me estaba contando a mí que lord Carnarvon había aterrizado la noche anterior con tres aeroplanos en el valle y emprendía una serie de vuelos cada noche, trasladando el tesoro egipcio fuera del país a su propiedad de Inglaterra, donde (informé yo al barbudo asno) Su Señoría tenía esclavos, un requisito de la nobleza británica. El hombre asintió con la cabeza, sin mostrar ninguna sorpresa.

Finalmente encontré un aparato para recortar el bigote. Compré este último artículo a un barbero, un musulmán tan hercúleo, de fuerza tan enorme, que sólo por la gracia de Alá no había aplastado inadvertidamente la cabeza de ninguno de sus clientes. Le pregunté, considerando su fuerza, si tenía algún interés en trabajar en una excavación de uno de los más famosos reyes antiguos. Pero él declinó el ofrecimiento: «Lo siento mucho, Mr. Carter, señor». Un ridículo y no enteramente halagador error. El hombre continuó: «Pero he oído hablar de las maravillas que ha encontrado usted y quizás le pueda enviar a mi primo, ¿le parece?». Convinimos el trato, nos dimos las direcciones, y ahora puedo empezar a reconstruir mi equipo.

Me encaminé nuevamente al yacimiento de Carter, pues ahora estaba preparado para ejecutar un plan bastante brillante con el fin de resolver la crisis financiera de mi expedición. Allí encontré al conde de Carnarvon y a dos nativos de pie, junto a lady Evelyn, que estaba intentando algo con un pincel y una pequeña y elegante pala. Con una disimulada risa de sorpresa, se puso de pie sosteniendo un fragmento de cerámica. Sinceramente, allí uno no tenía más que agacharse y dar una patada a la tierra para encontrar algo.

Los dejé con su diversión. La tienda de mando de Carter era una interesante, si bien chillona visión, un efecto bello, supongo, si te has pensado que eres el césar. El hermoso cuaderno Lett's n.º 46 parece ser su agenda/registro preferido, y mañana, al parecer, tendrá lugar la apertura oficial de la tumba de Tut. Una lista completa de invitados, incluyéndome a mí, por supuesto.

Volví al exterior, y entablé conversación con uno de los muchos periodistas que merodeaban por el yacimiento, confusos. Me quedé con él en la balaustrada que da directamente encima del pozo (¡Cuánta vanidad! ¡Barandillas para retener a los turistas!), y le ayudé a comprender lo que estaba viendo, los procedimientos, así como situar el descubrimiento de Carter en el contexto histórico, para su artículo del periódico… Las excavaciones que la eclipsaron en el pasado, las que se esperaban todavía. La relativa oscuridad y escasa importancia de Tut en la historia egipcia. Su afectado aire de integridad periodística consistía en tratar todo lo que le decían como si fuera mentira. Mientras ayudaba a aquel inculto con su ortografía, oí directamente debajo de mí una conversación entre Carter, Carnarvon y algunos otros ingleses. Carter estaba diciendo:

—A la luz del descubrimiento y de su magnitud, y considerando el desinteresado compromiso de Su Señoría y el de su familia a lo largo de estos años, creo que el gobierno debería considerar la posibilidad de recompensar a Su Señoría por…

—¿Tut es un rey menor? ¿Por qué todo ese oro y tesoros, entonces? —pregunta el infantil periodista, captando mi atención.

Pero la esencia estaba clara. Compensado por su apuesta de seis años en el lento trabajo de Carter, Su Señoría estará, pues, considerando la posibilidad de reinvertir en una nueva expedición. Yo recibía confirmación de la parte inicial de mi plan. Eso liberará las finanzas de mi expedición de su triste estado, y al mismo tiempo —no deseando quemar los puentes con mi supuesto suegro— empujará a C. C. F. a que vea el valor del trabajo que está poniendo en peligro con su miserable racanería.

Sobre la necesidad de la emoción humana en la investigación científica: Ésta es una historia sencilla, y si decido incluirla en el libro, será con la amable y condescendiente aprobación de lord Carnarvon y el azaroso regocijo a posteriori de C. C. F., sin la menor duda. Todo el mundo lo verá bien, excepto quizás Carter, que se está volviendo insufrible desde que ha tenido su pequeño golpe de suerte.

Cuando Carnarvon se quedó solo con una taza de té tratando de parecer enterado o instruido, examinando distraídamente el dintel al pie de las escaleras, le ofrecí mis excusas al reportero manchado de tinta y grité el nombre de Su Señoría. Éste subió hasta la galería de los visitantes con sus altaneros modales.

—Yo no debería conceder entrevistas; ésta es la obra de Mr. Carter, pura y simplemente —empezó, de una manera amistosa, exagerando los gestos como un payaso de circo.

Le recordé a Su Chifladura que nos habíamos conocido el día anterior. Es realmente un maravilloso ejemplo de los pares ingleses.

—Desde luego, desde luego, el individuo del rey obsceno. Bueno, me gusta su sombrero, señor —dice—. Yo vestía algo más informal en mis tiempos, cuando me dedicaba un poco a esto. Todos ustedes, los excavadores, visten de punta en blanco hoy en día.

—Sí, el viejo sombrero de fieltro. Da un ejemplo de compostura para los nativos.

—¿Es usted el banquero, señor? —interrumpe el periodista que yo había dejado a mis espaldas, señalando con su pluma a Carnarvon.

—Bueno, ésa es nueva, debería decir —replicó riendo el jovial lord, y después repite su pequeña advertencia de que se trata sólo del show de Carter, aunque concede una larga entrevista mientras yo espero tan pacientemente como me resulta posible.

Al final, el reportero, todo zalemas y reverencias hacia un par inglés —se acabó toda afectación de incredulidad por Carnarvon, oh, no— se larga a interpretar mal o a exagerar alguna otra cosa.

—Lord Carnarvon, si pudiéramos tener unas palabras. Traigo una pequeña muestra de mi estima. —Le ofrecí una de las raras primeras ediciones de 1920 de Deseo y engaño, dedicada «Al conde de Carnarvon, patrocinador, explorador, amigo de Egipto, un verdadero Maestro de Generosidad, de su colega y admirador R. M. Trilipush».

—Precioso regalo, muy amable —dice el desgarbado millonario.

—Bien, Su Señoría…

—Por favor, llámeme Porchy.

—Muy bien. Porchy, tal vez no lo sepa usted, pero me estoy acordando…

—¿De dónde es usted, muchacho?

—De Kent, Su Señoría. Familia de militares y exploradores, tengo pequeñas propiedades familiares allí, una modesta mansión rural.

—¿De veras? Tengo que detenerme allí algún día y ver el lugar. Adoro esa parte del país.

—Bien, Porchy, nos sentiríamos encantados de tenerle como invitado. Ahora, como Carter debe de haberle dicho, yo me encuentro también muy, pero que muy cerca de realizar un asombroso descubrimiento, la tumba del rey Atum-hadu, un descubrimiento que, con el debido respeto, podría muy bien eclipsar lo que Howard está desempolvando en estos momentos. Con su apoyo, y mi reputación… bueno, no estoy hablando de seis años aquí. Yo sería capaz de amortizar el dinero de nuestro amigo Carter… con lo que me refiero al dinero de usted, por supuesto. Estoy hablando de quizás un mes desde el comienzo hasta el final, y nos veo consiguiendo…

—Dios mío, hombre, ¿qué le ha hecho usted a esa pata suya?

—Oh, nada en absoluto. Casi no duele.

—Mejor que tenga cuidado con algo así en este clima.

Es muy solícito el conde, pero casi patológicamente distraído.

—Gracias, pero Atum-hadu, sabe usted, fue probablemente el último rey tebano de la XIII.a dinastía, cuando los invasores hicsos estaban arrasando el…

—¿Fue un rey auténtico? ¿Histórico? Carter dice que era un personaje fantástico, apócrifo, una especie de rey Arturo imaginado por De Sade. Producto de posteriores poetas, o algo así, la vieja nostalgia egipcia, una travesura artística…

—¿Arturo y De Sade? Muy divertido nuestro Carter.

—¿Lo soy?

Y efectivamente, el envidioso individuo se había deslizado silenciosamente en nuestra conversación privada. De algún modo había aprendido a aproximarse en silencio total como un asesino. Y antes de que pudiera decir una palabra más, se llevó a Carnarvon a inspeccionar alguna reliquia de Tut. «Deberíamos volver a hablar pronto, Porchy», grité, suponiendo que el pobre hombre podía deshacerse por sí solo de su pegajosa niñera. En realidad, Carter parecía tener la expresa intención de mantenerme alejado de lord Ricachón, incluso mientras se deslizaba con aquella usual altanería estilo Carter, que excluye sin el menor esfuerzo, pero que ahora quedaba retratada por lo que era: una actitud que encubría miedo y envidia. Yo me quedé en medio del polvo y el calor con mi sombrero, y chaqueta y corbata, mi recortado bigote y bastón de paseo, y él se alejó con pasos suaves, vestido como yo pero agarrando aún a mi próximo patrocinador, como si el propio Carter nunca hubiera ido a pedir dinero él mismo, como si meramente asintiera con la cabeza cuando el conde se acercaba a él doblando las rodillas y le suplicaba su permiso para llenarle los bolsillos de dinero. Quizás así era como sucedía.

Era interesante, también, ver con qué ahínco había tratado Carter de minimizar mi trabajo a mis espaldas, y no sólo mi trabajo sino la historia misma. Cómo rápidamente le había mentido a Porchy diciéndole que Atum-hadu no existió. Reprimido, silencioso, repulsivo y ahora deshonesto.

Cómo te hace sentir ese hombre, como si fueras incapaz de decir cuántos dedos tienes ante los ojos, o incluso estar seguro de que se trata de dedos. Aun ahora, mientras estoy sentado aquí, en el farallón, anotando los acontecimientos del día, es como si no estuviera sosteniendo una pluma. Como si no hubiera publicado una palabra de egiptología. Como si todo lo que he realizado lo hubiera hecho en una habitación oscurecida, yo solo. Como si Carter y Carnarvon y Ter Breuggen supieran algo de lo cual no hablan en público, pero saben que yo no lo sé y que no lo sabré nunca. Como si la suya fuera una silenciosa, inexpresiva, risa transmitida invisiblemente de uno a otro y sólo por un instante, antes de que ellos se den la vuelta para concentrarse en sus celestiales tareas, tareas que yo sólo creo entender. De la misma manera que yo sólo creo que esto es una pluma tomando notas en un cuaderno Lett's n.º 46. Igual que solamente creo que existo yo y que hago mi trabajo de forma pertinente. De la misma manera que sólo creo que puedo juzgar lo que ocurre a mi alrededor o en mí. «Pero no». Sonríen sin mover los labios. «No puedes». Lars Philip-Thürm, el crítico pagado de sí mismo de Deseo y engaño, que llevo aquí mismo en mi cartera, dice: «Trilipush excava pero no le puedo llamar arqueólogo. Escribe, pero no puedo llamarle erudito. No sé cómo llamar a esto, pero no pertenece a mi campo de estudio».

Lector, lector, el núcleo de mi discusión con Porchy es solamente éste: Todo esto es una aplicación necesaria de la psicología y la emoción humana al problema. Sé que C. C. F. es susceptible de presión porque él utiliza la presión en sus relaciones cotidianas, y comprende, como hombre de negocios, que el propio valor se ve en el calor de la competición. Le contaré la verdad, no porque desee reemplazarlo por Carnarvon (ciertamente no deseo tal cosa; prefiero un financiero allá lejos, en Boston, que uno dando tumbos por el yacimiento), sino porque él debería saber que no necesito gorronear peniques americanos cuando podría estar tirando por ahí las libras de milord. Especialmente ahora, cuando mi trabajo está detenido para reorganizar a hombres y dinero. Finneran me obligó a tomar su dinero, lo cual hice como un gesto hacia mi prometida, así que tendré la bondad de seguir aceptándolo antes de aceptar el de Carnarvon. Éstas son complicaciones humanas que, lector, invariablemente se inmiscuyen en lo que debería ser ciencia pura. Telegrafío a C. C. F. en consecuencia, y me vuelvo a villa Trilipush.

Regreso de correos, y en cumplimiento de la palabra de mi barbero, encuentro de cuclillas ante mi puerta a su primo, Amr, mi nuevo capataz. Un muchacho de dieciséis años, Amr será un excelente capataz, aunque tiene mucho que aprender. «Lord Carter —me dice—, espero servirle». Ya veremos, joven Amr. [Corregir el epígrafe de apertura y dedicación a «Amr»]. Le dije que no me llamara así, añadiendo que los antiguos egipcios valoraban mucho la discreción, como yo lo haría, pero que los antiguos reyes también trataban la indiscreción con sumo rigor. Quedamos para encontrarnos mañana, y como una simbólica y preliminar baksheesh, le regalo una encantadora caja sorpresa con una momia.