El egiptólogo

Arthur Phillips · Capítulo 40 de 41

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El egiptólogo

Correspondencia: H. Marlowe a B. Quint, 1918

Correspondencia:

 

Hugo Marlowe a

Beverly Quint,

1918

16 de enero de 1918

Queridísimo Bevvy:

Si anhelas algo esperanzador para alegrar tus monótonos días en la gris y vieja Inglaterra, entonces tengo una historia que contarte sin falta: voy a… ¡Oh, oh! No habrá un censor o dos atisbando por encima de tu hombro, ¿verdad? Bueno, no importa. Soy un oficial y, como sea, voy a hacerte llegar esta carta sin censurar. Conozco a un individuo herido que se marcha a casa, que puede llevar un sobre. Confía en tu Go-go.

Así que vamos con ello. Me están haciendo chantaje, y es una delicia, tengo que confesarlo. Ha animado mucho mi monótona y polvorienta existencia aquí. Creía que iba a volverme loco si tenía que interrogar a una más de esas viejas nativas sospechosas de algún contacto con el feroz enemigo, como si los egipcios no estuvieran encantados de ser nuestros aliados y mejores compinches, desde el más moreno recién nacido hasta el último viejo y arrugado trabajador. No es para quejarse demasiado, sin embargo. Gracias a este trabajo, mi árabe se ha perfeccionado, si bien de forma peculiar, porque cuando soy el único interrogador en la habitación estoy libre de probar mis frases más recherchés con los más tiernos, temblorosos y traicioneros jóvenes.

Bueno, ahí va mi historia:

No hay razón para que lo sepas, pero aquí, en nuestra pequeña casa, alejada de la higiene, estamos a no más de sesenta kilómetros de un suburbio llamado Tel el Kebir, una colonia de antípodas, un festival de alegres matildas y errabundos australianos, aquellos remanentes que no fueron enviados a esparcir sus entrañas por el Bósforo por lo que (no me cabe duda) eran consideraciones estratégicas decididamente brillantes. En su mayoría los evitamos, desde luego, aunque algunos de sus oficiales no son absolutamente ovinófilos y uno se ve obligado a consultar con ellos de vez en cuando durante terribles reuniones entre oficiales, imaginando golpes diabólicamente inteligentes para deslumbrar las cabezas cubiertas con fez de nuestro malvado enemigo. Yo me vi incluso obligado a pasar una semana acantonado entre esos extraños marsupiales, de «enlace», como decimos nosotros, aunque lo decimos en el sentido menos divertido de esa palabra que el ejército podría concebir. La cuestión es que uno de esos jóvenes y simpáticos individuos de las antípodas me encontró en unas circunstancias que merecen ilustración.

Unas semanas después de mi regreso del campamento de los excavadores, casi me los había quitado de la cabeza. Entonces, una noche —una de esas noches que hace que todo este baile de disfraces valga la pena, que casi te hace agradecer al rey que haya encontrado tiempo en su agenda para meterse en esta riña con su primo— salí de la casa para dirigirme a un rendez-vous que había fijado entre mis amadas pirámides de Gizeh, una larga excursión en motocicleta desde aquí, aunque agradable, a última hora de la noche.

Una pequeña descripción, Bev: la cima de la pirámide de Keops penetraba en el disco de la luna, de forma más bien encantadora, como si fuera una cabeza clavada en una pica. Las atenuadas y negras sombras de las tres pirámides se extendían detrás de esas mismas moles blanco-amarillentas, dando la impresión de un tablero de backgammon del desierto.

Apagué el motor de la motocicleta. Caminé hacia las pirámides, sensuales en esa noche negra y plateada, como si me estuvieran atrayendo a una cita romántica. Pero para mi esperado invitado yo era, pensé, el único hombre del antiguo desierto, y esas tres orgullosas bellezas, junto con su desnarigada alcahueta, me llamaban a las arenas, donde todos podíamos estar juntos. Un poco más tarde, llegó mi citado, un muchacho que yo había interrogado aquel día, un tipo completamente inocente arrestado por razones sólo conocidas para alguna u otra Emma Pip. Como yo era el único que hablaba árabe en el interrogatorio, tuve la oportunidad de decirle que la mejor manera de evitar futuros problemas con sus autoritarios jefes ingleses era encontrarse conmigo para un paseo por las pirámides después de la medianoche.

—Su Excelencia me hace demasiado honor —replicó la coquette.

—¿Qué está diciendo ahora ese tipo? —preguntó el sargento.

—Dice que es un súbdito obediente.

—Una historia plausible, la del pequeño negro bastardo —gruñó el viejo sargento, y yo le aseguré que conservaría el nombre del chico en el archivo y haría que mi legendaria red de espías lo vigilara constantemente.

Bueno, nos habíamos situado a la sombra de la gran pirámide, mi interrogado y yo, haciendo otra pirámide por nuestra cuenta, cuando oí otro motor de motocicleta, pero que parecía alejarse en la otra dirección (malditos ecos). Unos minutos más tarde bajé la mirada y observé que yo ya no estaba en las sombras (maldita luna móvil) sino más bien en la arena blanqueada por la luna, y sólo un momento después pude oír un carraspeo, y, emergiendo de los oscuros escalones, vi a un soldaducho (mientras mi soldadito permanecía oculto).

Un consejo gratis, Bev, por si alguna vez te encuentras en esta situación: no es momento para el pánico o para mostrar debilidad. Mis caderas continuaron decididamente con sus empujes nocturnos, aunque mi montura nativa tenía ahora los ojos en blanco y gimoteaba, y sus brazos le colgaban cuando se suponía que él estaba apoyado en el costado de la pirámide. Yo le ladré algún convincente consejo en árabe al intruso, dando a entender que era mejor que se largara, que se pensara que había interrumpido a un bien armado caballero egipcio en un corriente pasatiempo nocturno.

—Diga su nombre, maldito comedor de cerdo.

Él respondió tranquilamente en inglés con acento aussie:

—General Allenby.

—Perfecto, entonces —articula Marlowe en inglés, sin cesar en su actividad—. Mejor que tengas un permiso para estar fuera de la base a esta hora, soldado, y también un vale firmado para esa motocicleta que he oído.

Habrías estado orgulloso de mis modales de rudo sargento, Bev, y de que me negara a romper mi marcial ritmo.

—Nombre.

Saludó secamente y respondió.

—Esto no va a terminar aquí. Te ordeno que vuelvas a la base inmediatamente.

—Sí, señor, capitán Marlowe, señor, inmediatamente, señor.

El rápido uso de mi nombre me desanimó un poco, como podrás imaginar, y si hubiera tenido más astucia o confianza en que podía acertar a algo con ese maldito juguete, hubiera echado mano de mi Webley, disparando al aussie, concluido mis tratos en paz y encontrando una explicación más tarde. Lo que ocurrió es que oí alejarse el zumbido de la motocicleta, volví a empujar a mi montura hacia las sombras y traté de no volver a pensar en ello.

Al día siguiente, sin embargo, reconozco que estaba un poco preocupado por las repercusiones, pero mi atormentador no me hizo sufrir mucho tiempo. Antes de que mi ordenanza hubiera incluso acabado de decirme que un ANZAC estaba fuera esperando mis órdenes, penetró a grandes pasos en mi tienda aquel mismo vaquero australiano de la noche anterior.

—¿A mis órdenes? —repetí con cierto tonillo, despedí a mi ordenanza, y me puse a desabrochar mis polainas yo mismo.

—Tuve la impresión de que se sentía usted incómodo conmigo anoche, señor.

—En absoluto, en absoluto. Todos vosotros, los aussies, habéis demostrado ser unos excelentes soldados. Ninguna incomodidad, en absoluto. ¿Algo más?

—Si puedo, señor, pido permiso para preguntar; ¿qué es lo que más le impresiona de los luchadores australianos?

Terminé con mis polainas, me recosté en mi camastro y contemplé a aquella mierdecilla, aunque él miraba con estilo militar, a media distancia. Desde donde, estoy seguro, él podía ver el universo que se desplegaba ante él, lleno de promesas.

—Supongo que sería la discreción de los nativos aussie, ¿no?

—Es nuestra consigna, señor.

—Entendido.

—Señor, si se me permite decirlo, los antiguos egipcios respetaban tanto ese particular rasgo —la discreción— por encima de todos los demás, que ofrecían ascensos militares sólo por eso.

—Muy divertido. No puedo decir que recuerde haber leído nada al respecto.

—¿No, señor? La educación pública que sufrimos es terriblemente floja, sabe usted, así que ello me espoleó para seguir una instrucción independiente.

—Ya veo. Sí, quizás tengas razón, las culturas antiguas son susceptibles de interpretación, ¿no? Echaré una ojeada a esa afirmación, quizás contacte con algún viejo catedrático. ¿Algo más para hoy, soldado?

Me tenía, Bev. Me tragué mi dignidad, y unos días más tarde tuve algunos asuntos otra vez en la base aussie en Tel el Kebir. Allí mencioné al apropiado oficial de las FIA que uno de sus soldados, que sabía algo de árabe, había sido particularmente útil en una serie de interrogatorios del contraespionaje que yo había estado llevando a cabo, y ciertamente no a mi puesto, desde luego, pero el muchacho podía merecer un ascenso a cabo interino si tenían alguna vacante en aquellos elevados rangos. ¿El precio? Tuve que escuchar las más insoportables historias sobre la prometida de ese capitán, allá en Melbourne, y hacer gorgoritos ante una fotografía de la más espantosamente fea mujer de la historia de ese sexo, si es que no era un cangurito afeitado con faldas.

Así terminó mi ardiente aventura, B. Debería pensar que estoy fuera de peligro, y he oído al último de mis asquerosos Sven procedentes del culo del mundo. Naturalmente, no debería sorprenderme si resulta que ese pollito está esperando algunas piastras por su permanente discreción, pero él debería también darse cuenta de que puedo hacer su vida aquí muy desgraciada: por ejemplo, hacer que lo destaquen a algún lugar espantosamente desagradable, cuando no fatal.

Pasando a otras excitantes noticias procedentes del escenario del gran esfuerzo de la humanidad por lograr la paz mundial, tengo que decirte que encontré algo bastante extraordinario en el bazar esta pasada semana, aunque me cuesta creer que no sea una impostura. Lo compré por su convincente aspecto, mejor que el de las usuales y absurdas falsificaciones. No he conseguido descifrarlo, pero parece ser algo de potencial interés sobre un punto bastante misterioso de la egiptología. Naturalmente, a pesar de volver a merodear otra vez por el bazar, no pude encontrar al tipo que me lo había vendido, así que todas mis nuevas preguntas sobre su procedencia y autenticidad se han quedado sin respuesta, pero no sé si tú podrías prestarme un pequeño servicio, Bev. ¿Podrías preguntarle al querido y chocho Clem Wexler la mejor manera de conservar y hacerle llegar a él un determinado «documento antiguo»? Anda, sé un cielo y escríbeme al instante la respuesta, que es de la máxima prioridad. Otra cosa, Bev, aunque pienso que puedo enviarte cartas a ti sin que las lea nadie, no creo que las tuyas dirigidas a mí sean tratadas con el mismo respeto. Escríbeme pues, con juicio, querido amigo.

Tu querido sin barbilla,

Go-go

23 de abril de 1918

Bev, estúpido andrófilo:

No trates de mostrarte como una absurda muchachita sobre lo que escribo o no escribo en las cartas que te envío. No me des lecciones sobre alguna de tus más recientes virtudes, ninguna de las cuales, ni siquiera remotamente, me convence. Yo continuaré escribiendo lo que me divierte y lo que pienso que te divierte a ti, mi queridísimo amigo. Mi método de llevar a cabo las operaciones de contraespionaje es tan bueno como cualquier otro. Ninguno de mis jóvenes agentes nativos ha conspirado con el enemigo, eso tenlo por seguro; procuro que estén saciados, una técnica preventiva que todo servicio de seguridad debería emplear. De manera que no me voy a censurar por ti, ni a proteger lo que tú tan poco convincentemente calificas de tu «sensibilidad». ¿Crees que le escribo las mismas historias al pequeño Theo Grahame o a cualquiera de nuestros otros antiguos compañeros de cenas? Por supuesto que no. Tú eres mi único y verdadero corresponsal. Nunca te pedí que vivieras como un triste fraile dominico por mí (e incluso éstos, pienso, se creen en la obligación de disfrutar más de lo que tú lo haces, relajándose con monjas e imbéciles muchachos campesinos y demás, amenazándolos con que irán al infierno si hablan).

Pero ¿qué pasa con Wexler, maldita sea? Tenías tanta prisa por quejarte (y de forma bastante indiscreta) que olvidaste hacer lo más sencillo que te pedí, corrupto individuo. Ahora cruza inmediatamente a todo correr la ciudad antes de que Wexler finalmente expire y se desintegre, y la asistenta tenga que barrer el polvo gris resultante. Y dile estas palabras: «Hugo ha encontrado algún p. que parece confirmar a Harriman y Vassal y quiere mandárselo a usted sin que sufra daño. ¿Cómo?». Asegúrate de pronunciar bien el signo de interrogación, o él supondrá que eres un piel roja y hará que te echen de sus habitaciones.

En cuanto a mi otro asuntillo, ha tomado un nuevo sesgo realmente divertido. Tal como yo lo recuerdo, me marché tras haber conseguido un ascenso para mi matilda, y estaba entonces aguardando su inevitable petición de fondos. Ésta nunca se produjo. Empecé a confiar en que nos sentíamos satisfechos con nuestro ascenso, en que nosotros estábamos sumamente orgullosos de presumir de nuestros nuevos galones de cabo interino y de administrar un poquito de disciplina de cabo interino a aquellos que daban la impresión de merecerlo, o al menos que disfrutaban con ella, pero no: Una mañana, recibí un desconcertante mensaje de un sargento aussie, el simpático camarada que se encontraba al mando del destacamento de guardia en la verja de su campamento. Solicitaba cortésmente que, dado que yo estaba regularmente enviando a nuestro nuevo cabo interino a misiones de contraespionaje a todas horas del día y de la noche, sin, comprensiblemente, tener tiempo de expedir permisos individuales cada vez, ¿podía al menos rellenar algún tipo de permiso ilimitado para que la guardia de servicio la tuviera como referencia? Bueno, aquí teníamos un rompecabezas. Envié a mi ordenanza a dar un paseo y buscar a mi aussie favorito, y aquella misma noche aparece el colonial. Desde nuestra última reunión, me explica sonriente el joven Sven, ha adoptado la costumbre de abandonar su campamento siempre que siente la urgencia, dando mi nombre como contraseña: «Misión de espionaje para el capitán Marlowe», le dice a la guardia, balanceándose entre petardeos del motor de una motocicleta requisada con las mismas palabras: «Vea al capitán Marlowe para los documentos de autorización». Una llamativa demostración de caradura, convendrás conmigo. ¿Y qué era lo que buscaba en sus misiones? ¿Huríes? ¿Pendencias? Nada de eso: ha salido, usando mi buen nombre, media docena de veces a… espera, Bev… ¡a explorar los monumentos! Ha estado en yacimientos arqueológicos, tratando de conocer a los pocos excavadores que siguen trabajando pese a las explosivas distracciones que procura esta moderna guerra. «¿Puedo hablarle claramente, señor?», vocifera. Por supuesto que puedes, pichoncito, pero no hace falta que grites. Prepárate, Bev: al parecer, nuestro pequeño aussie simplemente ama a Egipto y la egiptología. Está loco por ellos. No quiere otra cosa de mí, realmente, por el alma de su koala favorito, sólo quiere charlar conmigo sobre el antiguo Egipto. «¿Y cómo voy a saber nada al respecto?», le pregunto. Ah, bueno, él lo sabe todo sobre mí, te sentirás tan alarmado como yo al oírlo. Sabe no solamente que leía a los faraones en Oxford, sino que tengo previsto «volver y acabar la carrera y convertirme en profesor de la Universidad», me dice mientras sus ojos chispean. Tímidamente confiesa que, tras haberse enterado de eso hace algún tiempo, había tratado de abordarme antes de nuestro encuentro en el desierto, cuando pasé aquella semana en Tel el Kebir, aunque yo no guardo el más mínimo recuerdo de él. Y como yo, comprensiblemente, no le presté ninguna atención allí, se dedicó a seguirme a todas partes siempre que le era posible, e incluso salió furtivamente de nuestro campamento y llegó a nuestra base aquella noche fatal, sólo con intención de volver a presentarse ante mí. Pero me vio salir y supuso que yo me iba a «dar un paseo para contemplar la incomparable belleza de las pirámides de Gizeh», y fue tras de mí. Y va y me dice eso, como si yo estuviera encantado de escucharlo.

Una empalagosa historia, pero ¿qué demonios quiere de mí ahora? Toma, lo que todo chantajista habitual quiere: lecciones de egipcio del Imperio Medio. Temblando por exhibir sus ocultas habilidades ante mí, toma pluma y papel de mi mesa para demostrar que ya sabe leer jeroglifos, escritura hierática y demótica. Aprendió por su cuenta, afirma (asegúrate de que estás sentado para oír esto, Bev) a partir de los libros en una biblioteca pública australiana dirigida por su primer amor, una mujer que murió trágicamente, exhalando el último suspiro en sus brazos. Y ahora simplemente quiere hablar sobre la historia de los reyes conmigo. En resumen, Bev, estoy siendo chantajeado para dar clases privadas a un antípoda, autodidacta, viudo, de tendencias criminales, supuesto egiptólogo. Seguramente ya conoces el tipo, la historia de siempre. Avísame cuando te aburra, amor.

Mi discípulo es un completo naïf, pero hay en él extraños, inconexos pozos de conocimiento, lagos sin fondo de experiencia egipcia, separados por vastas playas de ignorancia. Él es consciente de eso, y quiere que la tierra discurra uniformemente. Y mientras estamos en ello, le gustaría también aprender árabe, que ya ha empezado a chapurrear por su cuenta.

Ha venido a mi tienda tres veces desde entonces… ¡Una excursión de sesenta y tantos kilómetros, Bev! ¡Cuánta devoción! Me trata con el más absoluto respeto. Las historias de Oxford lo hipnotizan, como una cobra bizca balanceándose ante la flauta canora de un negrito encantador. Yo susurro «Balliol» y él empieza a desmayarse, aunque no tanto que yo no pueda empezar a instruirle en el pedagógico método que creo que sería más agradable. Lo intenté una o dos veces (uno pierde la cuenta), pensando que sería divertido y también liberaría la desagradable presa que el joven estudiante ejercía sobre mí. Pero era como plantar mi semilla en un desierto, estoy seguro de que te sentirás aliviado al saberlo, Bev. «My amble por su parte, captán, pero no quiro hacer prder su timpo, debríamos tratr discutr sólo cuestnes serias». El muy bruto. Si me pareciera a ti, ni que decir tiene que habríamos progresado mucho a estas alturas.

Escríbeme y háblame de lo que me estoy perdiendo en casa. Háblame de la temporada. Dime si mi nombre aún aparece alguna vez en la conversación. Dime si hay todavía un lugar para mí allí. Y, por el amor de Dios, dime lo que dice Wexler.

Tu moreno príncipe de Egipto,

Go-go

29 de julio de 1918

Querido Bevvy:

Es desgarrador, francamente. Gracias por tus esfuerzos y gracias por hacerme llegar noticias. No es que ella pensara nunca mucho en mí, pero dile a la pobre viuda que le envío mi más sentido pésame, y que su marido lo significaba todo para mí. Díselo lo mejor que sepas, díselo como a ti te gustaría. No estoy bromeando… él era realmente importante para mí, de veras, dipsomanía y senilidad aparte. Era un pedante, por supuesto, y su objetivo en la enseñanza era producir, antes de que su alma se separara del cuerpo, tantos especialistas como fuera posible que pensaran y hablaran exactamente como él lo hacía. Me parece que probablemente tuvo éxito. Antes de irme de Oxford, había observado a media docena de los alumnos más jóvenes que se habían aficionado a tirarse del lóbulo de la oreja y decir: «Tal vez, tal vez, pero lo dudo», cuando querían hacer callar a alguien. Pobre viejo Clem. Yo deseaba de veras su consejo sobre papiros, maldito seas. Maldito sea él.

¡Pero, Bev, sigue leyendo! Acababa de leer tu carta cuando mi huerfanito llegó para su lección. (Oh, sí, es huérfano, también; esta historia es extraordinaria, y no le falta auténtica sensiblería… Tú, estoy seguro, estarías sollozando). Vio inmediatamente que yo había recibido malas noticias, y me sentí inducido por un impulso nostálgico a discutir de Wexler con él, de la forma como enseñaba, de sus apodos inventados por mí (El Ibid Ibis, Lo-Dudo, El Cabrón del Sic), de algunos métodos y conversaciones que habíamos mantenido, incluyendo las fascinantes cuestiones del particular asunto histórico que rodeaba aquel artículo que yo había encontrado. Por supuesto el chico se sentaba completamente inmóvil, boquiabierto y anhelando las salas de reunión de los novatos. Al cabo de unos minutos, yo recuperé el dominio de mí mismo, y estaba preparado para empezar con nuestro tema del día (cultos religiosos de los reyes tebanos), pero él me interrumpió y me preguntó simplemente qué podía hacer para que lo admitieran en el Balliol. Es extraordinario; este chico está lleno de sorpresas. «Bueno, veamos —le respondí con toda seriedad —. ¿Terminaste tus estudios en Australia o sólo aprendiste en la biblioteca pública?». Él guardó silencio. «Bueno, eso dificulta más bien las cosas, ¿no, pichoncito?». Por no mencionar ese olor a oveja húmeda que todos desprenden.

Empezamos nuestras clases prácticas (que consistían principalmente en que yo resumiera algunos acontecimientos o temas, y le diera listas de libros que debía leer si alguna vez regresaba a la civilización, algunos de los cuales, de forma sorprendente, él ya había leído, aunque la mayoría de ellos, no, y yo intentaba resumirlos también para él). Hoy, sin embargo, al cabo de unos minutos, la conversación se fue deslizando hacia las glorias de Oxford. Eso era por entero culpa suya, y aunque al principio le complací a él y a mí mismo, lo cierto es que la cosa se fue haciendo paulatinamente más irritante, de modo que le dije que aquella conversación sobre Oxford me resultaba demasiado dolorosa, ya que invariablemente me traía recuerdos del (es casi un reflejo ahora citarlo cuando hay que mentir) pobre Trilipush, mi mejor amigo allí, un huérfano como tú, cariñito, pero desaparecido durante todos estos meses en la campaña del Bósforo. (Siento soltarte las noticias tan repentinamente, Bev. ¿No te lo había mencionado? Oh, sí, Ralph se marchó voluntariamente, imagínate, a mandar un destacamento de bronceados marinos de anchos hombros para abordar Constantinopla por mar, en realidad nadando, pues Ralph, como prefería no ser ostentoso, declinó un barco. No hemos recibido ni una noticia de él durante meses. Reza por nuestro amigo).

El colono, ansioso por conocer cualquier sagrada reliquia de mi santa existencia en la tierra prometida de Oxford, suplica más detalles.

«Era mi amigo más querido en Balliol, mi compañero inseparable, el chico dorado, la esperanza de la egiptología, el hijo huérfano de la pequeña nobleza de Kent, el famoso deportista, erudito, destinado a ser un caballero rural. Él y yo nos alistamos para luchar juntos por la buena causa, el orgullo de los egiptólogos del Balliol. Sirvió aquí conmigo, uno al lado del otro al principio, pero él insistía en combatir, y finalmente se marchó para ayudar a sus compatriotas a derribar el imperio de los hombres del fez, nuestro adorable y desaparecido muchacho». Y seguí un poquito más, completamente seguro de que mi discípulo estaba captando la broma, y seguí sin parar. Recordé nuestros triunfos y payasadas en nuestros días de universidad. Ralph y yo, y eso y lo otro sobre la infancia y brillante carrera de Ralph, de hecho cualquier cosa que me viniera a la cabeza para evitar nuestras pequeñas y monótonas clases, pero mientras proseguía, observé que el estúpido no tenía ninguna idea en absoluto. Y naturalmente eso me hizo sentir curiosidad por ver hasta dónde podían llegar las cosas, y continué, exagerando un poco aquí y allá sobre todo en general, convirtiendo en realidad algunas cosas que tú y yo hubiéramos deseado, Bev, como reconstruir Oxford para él a nuestra imagen y semejanza. Yo pensaba sólo en ti en algunos de mis detalles añadidos, particularmente los enanos de servicio, elegidos en feroz competición por su servilismo, discreción, fluidez en lenguas extranjeras y perfectamente dimensionada pequeñez.

Tiene una inagotable sed por los detalles, nuestro huerfanito chantajista, y yo me mostraba infatigable. ¿Qué comíamos allí? ¿Qué se sentía al saber que formábamos parte de «la afortunada nobleza elegida»? Pongo a Dios por testigo, Bev, me preguntó eso. ¿Cómo eran mis padres y qué clase de cosas les gustaban cuando yo era un niño, y qué métodos usaban para «averiguar cuándo debían azotarme»? Eso resultaba difícil, debo reconocerlo. Ya conoces al viejo: ¿puedes imaginar al pequeño y mudo Príapo «azotando» a alguien? Y, pese a todo su conocimiento de Egipto autoadquirido y enriquecido por Hugo, realmente no tiene la menor idea de cómo funciona el mundo del siglo XX, y de quién reside en él. Le pregunté por qué había una guerra, por qué estaban luchando los alemanes y los turcos. Cierto es que tampoco yo soy capaz de decir exactamente por qué, ni en un caso ni en el otro, pero es que él realmente no tenía ni idea, y murmuraba algo sobre los banqueros y capitalistas internacionales, aunque sin ninguna convicción. ¿Sabe cómo es elegido el Parlamento, o el nombre del presidente americano, o qué lengua hablan en Austria-Hungría, o las reglas del criquet? No. No lo sabe.

He escogido, ya que estoy disfrutando con mi chantaje, un agradable pasatiempo con este idiota adulador. Pienso que tú disfrutarías bastante, Bev. «Hasta el próximo día, entonces —dice con un alegre ademán, recogiendo sus notas e hipotéticas listas de lecturas, con un último guiño de devoción hacia su oxfordiano tutor privado—. Me aprenderé todo esto para la próxima vez, desde luego». Cuán adorable será por tu parte, cariñito. Te vendrá bien cuando regreses a casa a criar canguros. Felicidades también para ti, B. Q., por terminar tus estudios. Me pregunto si habrás dedicado un solo pensamiento a nuestra existencia en la posguerra, que deberá convertirse en realidad algún día, pues finalmente los caballeros que están al mando se quedarán sin jóvenes para sacrificar, y las potencias beligerantes tendrán que tomarse un respiro para criar algunos más. Y en ese intervalo, yo, por supuesto, volveré a mis estudios, con la vista puesta en el sillón de Clem Wexler. Necesitaré a alguien que gobierne mi casa y que me haga compañía, e insistiré en uno que tenga un posgrado en Literatura Gabacha, si conoces a alguien que pueda estar interesado en el puesto, eso sí, recuerda mi feroz temperamento y bizantinas exigencias.

Educando a las masas,

Go-go

15 de agosto de 1918

Querido B. Q.:

La he cagado un poquito. Cualquier consejo que puedas ofrecerme será bien recibido.

¿Ya habrás oído hablar de esos cuentos al amor de la lumbre, supongo, que nos llegan de Luxemburgo, o por ahí, donde, en Nochebuena, se producen pequeñas treguas en la línea del frente y nuestros hombres y los boches dejan de dispararse y, por la noche, comparten bebidas e intercambian regalos y bailan un poco, antes de volver a la mañana siguiente al trabajo diario de hundir bayonetas en las barrigas de los otros? Estupendo, digo, y no hay delito en ello. Bueno, de forma parecida, en un, por lo demás muy común, suburbio de El Cairo, existe un establecimiento para caballeros de gustos refinados, cuyo civilizado puesto avanzado he visitado esporádicamente cada vez que los detenidos traídos para ser interrogados resultan ser con demasiada frecuencia ancianas y viejos campesinos. La dirección de ese establecimiento, inspirado sin duda por el mismo admirable humanismo mostrado en esas pausas navideñas de las trincheras, no discrimina la clientela de ninguna nacionalidad o creencia política. Nadie considera esto inapropiado, teniendo en cuenta las espantosas condiciones de la guerra a las que nos estamos sometiendo. Y, por supuesto, ahora que lo pienso, qué excelente ubicación para un potencial trabajo de contraespionaje, propósito al que sin duda dedicaré ahora el lugar, y que probablemente he dedicado ya en mis anteriores visitas, ahora que lo pienso.

—Ya no me apetecen estas pequeñas sesiones de educación social —le digo a mi pupilo colega en un ataque de sinceridad, y pese a estar en sus manos, cuando volvió la otra noche, gorjeando preguntas sobre Akenatón y mi cuarto de la infancia.

—¿No disfruta con ellas? —pregunta y me mira aturdido, como si le hubiera roto el corazón en pedazos.

—No, querida Matilda.

—Entiendo. Bueno, creo que difícilmente puede negarse —replica, áspero como no te puedes imaginar.

—¿De veras? —digo—. ¿Crees que tu posición es tan fuerte?

Y sin más, con una tranquila sonrisa, simplemente recita la dirección de ese establecimiento que acabo de describir más arriba, el fastidioso bruto. Viendo mi expresión, mencionó cuánto tiempo había transcurrido desde su ascenso, pese a sus atrevidos e incansables esfuerzos a favor del contraespionaje aliado. Y, por añadidura, aclarándose la garganta, y mostrando una momentánea vacilación, rara en ese cerdo tan seguro de sí mismo, rogó —prepárate, Bev— que nuestras clases prácticas abandonaran la formalidad de la tienda estudio, y lo llevara a contemplar los monumentos in situ, lo presentara a los arqueólogos como mi colega de Oxford, un reciente graduado, y les recomendara que lo contrataran después de la guerra. ¡Bev, qué barbaridad! «No haré tal cosa —me temo que repliqué—. Y nadie me creería si lo hiciera, ridículo hijo de colono convicto».

«Entiendo». En un momento dado estaba tranquilo, sonriente, con aspecto presuntuosamente exigente. Al siguiente tenía exactamente esa misma cara que los jóvenes de Londres ponen a veces cuando les explicas que no pueden irse a vivir contigo para siempre aunque pasasteis una velada agradable juntos la noche anterior. Se trata de una cara de peligrosa advertencia, la conozco bien. Así que me excusé por mi exabrupto, murmuré algo relativo a que me sentía desanimado por el pobre Trilipush, del cual no sabía ni una palabra todavía, maldito fuera el viejo Johnny el Turco. No tenía intención de ofender, dije, y me sentiría mejor dentro de unos días, si es que podía darme un poco de tiempo para llorar su muerte y recuperarme. «Desde luego —dice él, recobrando rápidamente su animación—. Hemos estado trabajando juntos y usted ha perdido a un compañero. Todo el mundo tiene que soltar vapor de vez en cuando. Volvámonos a ver dentro de unos días. No tenía intención de apremiarlo tanto, precisamente ahora. Pienso que deberíamos volver a considerar nuestra situación más como una sociedad». Sí, Bev, puedo oírte pataleando por saber más detalles y con más precisión, pero ése fue precisamente el término que usó; he tenido buen cuidado en presentar todos estos encuentros sin exagerar nada. «Una sociedad que ha estado usted preparando para mí, de modo que después de esta guerra podemos pensar en seguir trabajando juntos, como un equipo». En efecto. Recuperó su buen humor y se marchó.

Bueno, Bev, creo que debería seguir tu consejo y tranquilizarme, si entiendes lo que quiero decir.

H. M.

11 de noviembre de 1918

¡Bev, Bev, Bev!:

Bueno, hoy es un gran día, no cabe duda. Habrás oído las noticias. ¡El futuro vuelve a empezar! Perderemos un poquito de tiempo antes de la desmovilización, pero supongo que podría estar en casa mucho antes del verano. Y entonces volver a mis estudios, y luego regresar aquí, a mi querido Egipto, en circunstancias más felices, para dedicarme a la caballerosa ocupación de profanar tumbas y exhumar a los muertos. Y dónde estará Bev, me pregunto incansablemente.

En cuanto a mi problemita, creo que tú descubriste una elegante solución; tu consejo fue sutilmente expresado pero sabiamente concebido: «Cuando termine la guerra, las cosas se resolverán por sí mismas. Sé paciente y trata al menos de fingir amabilidad con el chico». ¡Cómo no iba Bev a descubrir el nudo de la cuestión!

De manera que ayer llevé a mi alumno a un estado de excitación que no era enteramente fingida. Le dije que tenía algo que mostrarle, deslumbrantes noticias. Hice que jurara guardar el secreto, un juramento que prestó con húmedos ojos de sinceridad aussie, y luego le permití echar una ojeada al papiro sobre el que no conseguiste preguntar a Wexler, un documento que recordarás que encontré en un bazar, pero que a él le dije que lo había hallado en una excavación antes de tener el placer de conocerlo, y que había guardado desde entonces, esperando a que llegara la dulce paz, momento en que me lo llevaría a Inglaterra para su adecuado análisis. Bendita sea su inteligente cabeza de convicto: hay que reconocer en favor suyo (y en el mío como tutor que soy de él), que leyó la reliquia con cuidado, e inmediatamente llegó a la misma conclusión que yo. «¿Es lo que pienso que es?», preguntó entusiasmado. «Sin la menor duda», declaré, aunque la verdad es un poquito más confusa; aquella cosa podía ser también una falsificación, y, aun en el caso de que fuera auténtica, seguiría siendo poco concluyente en cuanto a… Bueno, qué más da, posiblemente a ti te importa un comino, y lo más significativo de mi historia está en otra parte, aquí, en el adorable y pacífico Año del Señor de 1918. En todo caso, el resto de mi intriga se desarrolló siguiendo su impecable lógica. «¿Dónde lo encontró?». Al chico se le hacía la boca agua. Le dije que el viejo cariñín de Trilipush (por supuesto) y yo lo habíamos descubierto en una de nuestras muchas excursiones allá por el año 1915, poco antes de que el pobre Ralph se encaminara a su trágico fin en Turquía. Me dejé llevar por mi artística imaginación. Le dije que habíamos estado excavando y desenterrándolo bajo el fuego enemigo. «¿Ha vuelto usted a ese lugar desde entonces? —preguntó, sin poder dominar su excitación—. Si esto estaba allí, ¡tal vez haya más! ¿No podría, no podría estar la tumba allí, al lado de donde esto fue enterrado?», farfullaba.

—Muchacho, yo también lo creo así. Estoy convencido de que nos está esperando una tumba en aquel lugar, y creo que sé dónde. Ahora, escucha: la guerra casi ha terminado.

—¿Ah, sí? ¿Cómo lo sabe? —pregunta mi sumamente perfecto idiota-atormentador, unas veinticuatro horas antes de que se firmara el armisticio.

—Por el amor de Dios, escucha. Tendré que volver a Oxford para terminar los estudios antes de regresar aquí, para iniciar una excavación como es debido, pero tengo la intención de aprovechar la oportunidad de que dispondremos entre ahora y el momento en que nos embarquen hacia casa, y hacer otra pequeña excavación de tanteo, para poner a prueba nuestra gloriosa sociedad en el campo, tú y yo, en una expedición preliminar.

Sinceramente, Bev, pensé que se iba a poner a llorar. Me abrazó de verdad, como un niño que, en una mañana de Navidad descubre un nuevo y brillante tren. Me sentí tentado de iniciar con él un tipo de abrazo más viril, pero no me atreví a echar a perder el magnífico cuadro que estaba cobrando forma.

—¿Embarcar hacia casa? —dijo de pronto, con expresión enormemente preocupada—. ¿Pueden obligarnos a volver a casa? ¿No se puede uno quedar aquí?

Al parecer, Australia no tiene para él más atractivo que para ti o para mí. Al menos habrá aprendido eso bajo mi tutela.

Bueno, deberías ver los beneficiosos efectos que está teniendo tu sorprendentemente sabio consejo, Bev. Mañana él y yo partiremos para un permiso de cuatro días. Le mostré el papeleo, ya rellenado, y él miró a su papá con expresión infantil de maravilla. Mañana los dos nos vamos a dirigir al sur, al auténtico corazón de la arqueología en este loco y hermoso país. Carter y Carnarvon están realizando un interesante trabajo en el Valle de los Reyes, y creo que sería bueno para mi carrera conocer a tipos como ésos ahora que puedo. Mi huerfanito prácticamente no caga por conocerlos, también, pero eso, claro está, por desgracia no va a ocurrir.

Porque allí, lejos de aquí, bajo la mágica luz del crepúsculo del desierto, colinas y colinas lejos de todo y de todos, complejos asuntos se desarrollarán de forma sencilla, tal como tú predijiste, y yo regresaré a la vida normal, libre de cualquier innecesario peso en mi mente.

¿Te chiflaría ir a vivir en Londres, Bev? Me emociona oír hablar de tu piso, desde luego, estoy impaciente por verlo, pero espero que no lo encuentres demasiado, demasiado confortable, nada permanente. Por favor, no descartes lo que te digo sobre esto, soy totalmente sincero, piénsalo bien: Oxford, sabes, es donde tengo que estar, y luego volveré aquí, y después allí, arriba y abajo, enseñando, excavando y escribiendo, y enseñando, excavando y escribiendo. ¿No te atrae esa vida, ni que sea un poco? La mitad de tu vida en un piso de catedrático en Longwall Street, y la otra mitad en una tienda en Egipto, un país maduro y tolerante, a fin de cuentas. ¿Podría uno mantener a los amigos que ama lo más cerca posible de uno llevando semejante vida?

Te volveré a escribir el 16, libre y feliz.

Eternamente,

H.