El egiptólogo
Diarios de Ralph Trilipush, 1922
Diarios de
Ralph Trilipush,
1922
Viernes, 1 de diciembre de 1922
Diario: Me paso la mañana trasladando mi base desde la villa a la tumba de Atum-hadu, pues se acerca la posibilidad de un trabajo intensivo. El agente de la propiedad me ayuda a almacenar algunos artículos en un cobertizo. Detesto separarme de Maggie y de los gatos, pero intentaré darles de comer tan a menudo como pueda cruzar cómodamente el río. Estoy tentado de llevármelos conmigo a la orilla occidental, pero ellos tienen su territorio de caza aquí, estoy seguro, y yo no deseo desorientarlos.
Trabajo para mejorar la puerta que me hizo Amr. Utilizo material adhesivo para cubrir su parte frontal con piedras y arena, y la rebajo hasta que encaja perfecta e invisiblemente, al mismo nivel de la abertura de la tumba. ¡Eficiente y barata protección! Igualmente, la antigua Puerta A, que yace sobre sus aplastados cilindros, por desgracia era probable que llamara la atención de los saqueadores de tumbas, turistas y demás, así que tenía que ser sacrificada, no siendo una pérdida importante.
Recapitulación de nuestros hallazgos en la Cámara Histórica: La ornamentación que cubre desde el suelo hasta el techo las paredes y columnas de la Cámara Histórica se conserva en asombroso buen estado. Toda superficie imaginable está cubierta de textos e ilustraciones. El texto constituido por jeroglifos es de la más alta calidad, y todos están escritos —según mi experto ojo— por la misma mano. Si quisiera especular más, diría que esa mano pertenecía a un escriba de impecable inteligencia, pero que quizás no había recibido la preparación académica reconocida en aquella época.
Los jeroglifos de las paredes incluyen pasajes de los Consejos, con lo que desaparece cualquier rescoldo de duda de que: a). Atum-hadu existió y reinó; b) él es el autor de los Consejos, y c) ésta es su tumba, o estaba pensado que lo fuera. Un trío de ases que sin duda movería a Carnarvon a tomar una rápida decisión a favor de financiar más exploraciones en este yacimiento, u otros probables yacimientos cercanos.
Y si bien las adjuntas ilustraciones no son de un nivel artístico superior, si su composición es algo tosca, si las caras no son irónicas como cabría esperar de una pintura funeraria del antiguo Egipto, si los animales no se distinguen fácilmente de los muebles, si aquí y allá la pintura parece haber salpicado o haberse comido las irregulares paredes de la tumba, si el artista no estaba aparentemente formado como artista, bueno, entonces uno sólo puede decir que los duros últimos tiempos de la dinámica XIII.a a dinastía no fueron los muelles y fáciles días de la flácida XVIII., y
quizás la corte de Atum-hadu tuvo más fuerza vital que las exquisitas habilidades pictóricas de las dinastías faux-raónicas entumecidas por la paz que sirvieron de epílogo al gran drama de mi rey.
De momento, me llevará algunos días completar una copia y traducción de los jeroglifos, y tomar notas descriptivas de las pinturas. Después de que la cámara esté totalmente catalogada, invitaré a lord Carnarvon a examinar nuestros descubrimientos hasta la fecha, antes de proceder a través de la Puerta C, el Gran Portal, y hasta el probable tesoro de la tumba y demás cámaras. O quizás Carnarvon y yo continuemos las excavaciones en otros lugares, si acabamos descubriendo que esta tumba no está ocupada, y sólo tenemos la Cámara Histórica para identificarla (como si semejante hallazgo por sí solo no fuera suficientemente notable).
FIG. H. Cámara 6, la Cámara Histórica, abierta el 23 de noviembre de 1922, mostrando la situación de las
ilustraciones y textos.
Cada una de las doce columnas representa un acontecimiento clave de cada año de los doce del reinado de Atum-hadu, un período determinado concretamente ahora gracias a esas doce columnas y que probablemente se extendió entre el 1642 y 1630 a.C. Más comprensibles que las columnas, son los doce lienzos de las paredes que cuentan, mediante texto e imagen, una parte de la vida de Atum-hadu, desde su concepción, pasando por su reinado, hasta el fin de su vida terrenal.
Lienzo de la Pared A:
«El nacimiento de Atum-hadu, último rey del País Negro»
Texto jeroglífico: La lista de títulos del gran rey ha sido completada y así será para siempre: Horus —Hijo de Osiris y de Seth. El de las Dos Damas —Restaurador del Reino Perdido. Horus de Oro —Feroz Amante de Maat. El de Juncia y Abeja — Mano de un Escriba, Toro Victorioso, Pez de un Dios. Hijo de Ra —Atum-Está-Excitado. Pero el rey había nacido con un nombre oculto.
Nace muy lejos de la capital, cerca de las aguas. [Su] madre es elegida por su gracia, belleza e inteligencia especiales para recibir la semilla de Seth [dios de la confusión y del desorden —RMT]. Estando el verano en su cenit, Seth se disfrazó de pescador y yació con esta mujer. En el momento en que entregaba su semilla, el dios reveló su verdad, y la mujer vio su cabeza de asno y se asustó. Seth se marchó y ella decidió matar la vida que nacía en su útero. Seth frenó su mano. Seth convirtió los dedos de la mujer en la garra de un animal. El dios tomó de la ingrata su belleza, y la mujer se volvió gris y su nombre fue olvidado por todos. A partir de entonces, la mujer lavaba ropas y bebía cerveza. Fue preñada por tantos hombres como estrellas hay en el cielo. Su primer hijo le preguntó quién era su padre. Ella señaló a un pescador que se parecía a Seth cuando éste se había disfrazado. «Este hijo de la vagina de una prostituta es tu padre». El pescador dijo que no, que ella había copulado con un asno y sus hijos eran todos hijos de asno.
Seth vio crecer y hacerse fuerte al niño y lo visitó. Seth se lo contó todo y el pequeño comprendió. El chico había sido hecho, no por hombres, sino por dioses y por él mismo. Se creó a sí mismo. El dios al que más se parecía no era Seth sino Atum, el gran creador de todo, en el momento en que el dios se afanaba en el acto de creación. Se llamó a sí mismo Atum-Está-Excitado, y Seth se acercó a Atum-Está-Excitado y lo alabó. Con un centelleo cegador del disco solar, Seth hizo olvidar al niño su falso nombre de nacimiento para siempre.
En esta época, el sacerdote del templo de Amón estaba celoso. Sus deseos lo dominaban, y a menudo empalaba al muchacho, como una ternera dispuesta al sacrificio, y el muchacho era mortificado con pasión, y el muchacho juraba que algún día el sacerdote vería su propio corazón latir en un fuego alimentado con estiércol de camello mientras Atum-Está-Excitado yacía con las hermanas y sobrinas del sacerdote ante los sangrantes ojos del mismo.
Ilustración: Ilustraciones extraordinarias: aquí vemos a Seth copulando con una hermosa mujer bajo un sol de pleno verano, sufriendo su cabeza un inicio de transformación —mitad asno, mitad hombre— en el instante mismo de producirse la fecundación de la madre de Atum-hadu. Y aquí la vemos a ella con un niño dorado en su transparente barriga. Aquí la vemos tratando de golpear su barriga con los puños, y el castigo de Seth por este crimen, transformándola en una fea lavandera, carente de encanto. Aquí vemos al niño —de dorada piel y hermoso— rodeado de innumerables niños más —rechonchos y morenos—, mientras su madre yace borracha. Aquí vemos al niño brutalmente violado («mortificado con pasión») por el sacerdote del templo. Aquí vemos al niño visitado por Seth. Aquí vemos al niño aprendiendo por sí mismo a leer y a escribir, a cazar y a pescar. Aquí lo vemos manteniéndose aparte del pueblo de pescadores y su familia, y lo vemos contemplando fijamente el disco solar, desde donde Horus y Ra lo admiran.
Las ilustraciones no son de una precisión impresionante, según los patrones artísticos occidentales, ni tampoco son completamente típicas del arte egipcio; ¡sin embargo, cuán conmovedoras son!
Análisis: Pese a mi cómoda infancia, los hombres a los que más admiro en este mundo son los hombres que han triunfado por su propio esfuerzo, una descripción que parece encajar con el rey.
Con este propio esfuerzo, no me refiero a hombres pobres que se han enriquecido, sino más bien a esos hombres que supieron reunir los fragmentos que estaban a su disposición cuando eran niños abandonados o maltratados y luego, con la vibrante, creativa fuerza de sus mentes, forjaron un yo marcado por la fuerza, y, más importante aún, por el estilo. Tales hombres crean personalidades que no muestran huella alguna de sus oscuras herencias, ninguna huella de unos padres estúpidos o de polvorientos pueblos de su infancia o de las injusticias cometidas contra ellos, ninguna huella de las privaciones (dinero, afecto, alimento, amistad), ninguna huella de material original en absoluto, sino una creación estética y práctica, divina en su sencillez y en su totalidad. Sencillez: todo surge de una única cabeza, sin ninguna influencia paterna, ni de tradición plebeya, nada que no proceda de la mente autocreadora misma. Totalidad: todo debe ser creado, cada actitud, cada peculiaridad, cada creencia y valor y cada ademán elegante. No puede aceptarse nada heredado de un pasado inaceptable.
Y no obstante, irónico que es nuestro mundo, tales hombres con frecuencia no reciben honores, mientras que hombres como yo —nacidos con amor, con guía, con todas las ventajas— sí los reciben. Yo admiro, quizás más que los demás poemas, su cuarteto 24 (Fragmentos B y C):
Atum-hadu mira tras de sí y se maravilla por la excelencia.
Atum-hadu mira todo lo que ha superado con gran complacencia.
Atum-hadu no debe nada, no está en deuda con nadie,
y por lo tanto se comporta como no puede comportarse otro hombre.
Cabe imaginarse al joven componiendo este verso no mucho después de haberse convertido en rey de Egipto.
Sobre el Nombre de Atum-hadu: Bajo la mitología típicamente egipcia de la historia, encontramos dos detalles de importancia histórica crucial: Atum-hadu vino de la nada y Atum-hadu se dio a sí mismo su nombre. La leyenda no permite otra explicación. No era de estirpe real, sino campesina. En el caos que marcó el final de la dinastía, un ascenso así era posible. Toda la serie de los cinco títulos del rey —que inicia el texto y termina con el nombre de Atum-hadu (Atum-Está-Excitado). «Hijo de Ra»— se ofrece aquí por primera vez. Generalmente, el nombre de «Hijo de Ra» era el nombre de nacimiento del rey y tenía el carácter regio, cosa nada sorprendente, que se daba a un recién nacido de sangre real. Pero parece que, en este caso, esta extraordinaria mente surgida de humildes comienzos tenía algún otro nombre al nacer.
Uno siente piedad de él cuando era niño, por supuesto, contándose a sí mismo cuentos para dormir, creando un soñado padre celestial. Un análisis de Atum-hadu se beneficia evidentemente de la sociología moderna: En esos terribles casos de los que uno oye hablar, la investigación revela que generalmente hay un momento crítico, la edad en la que el niño se da cuenta por primera vez de su situación, cuando comprende finalmente su relación con la madre, por ejemplo, y con el mundo entero. En ese momento es demasiado fácil, al mirar atrás, pasar de lo sublime a lo prosaico, tal como yo mismo acabo de hacer ahora, más arriba, pero en verdad, uno no necesita tener compasión de estos niños. Por el contrario, veamos los aspectos hermosos y heroicos: Un niño de ocho años irrumpe por última vez en su destartalada casa (porque debe de haber sido una última vez, tanto si entonces lo sabía, como si no), y expresa a gritos su orgullo por algún logro, esperando (restos de su deseo infantil de amor) recibir elogios de la dama de la casa. Grita orgullosamente que ha aprendido a hacer esto o aquello, algo académico o atlético. Y recibe, como testimonio de la definitiva indiferencia que la mujer siente hacia él, o bien un golpe, o una generosa maldición marinada en alcohol, o un simple silencio lleno de vómitos y toses, mientras nuevos medio hermanos lloriquean y corretean por la habitación. ¡Y semejante momento, en la floreciente mente del niño, no ha de ser necesariamente trágico! En absoluto: ¿por qué suponer que ese momento representa una puerta que se cierra, en vez del sonido igualmente chirriante que hace una puerta al abrirse? ¿Cómo puede el oído no adiestrado notar la diferencia? Tú cierra los ojos y si, después de ese rechinante gemido, sientes una brisa de comprensión, si ves una oportunidad, entonces es que sabes. Como Atum-hadu aparentemente sabía. Algo se había abierto para él, algo que el niño decidió recordar como una visita nocturna de Seth.
La sociología moderna enseña que los niños más brillantes comprenden el significado de este momento, y su adaptación a él sólo puede ser calificada de segundo nacimiento: un nacimiento a la independencia total, libre de cualquier lazo ilusorio, libre de toda ilusión de vínculo. Un nacimiento en el cual el niño se convierte en sus dos padres al mismo tiempo. A partir de ese día, él se hará a sí mismo, por sí solo. No puede caber duda de lo que pasaba por la mente del gran rey cuando eligió el nombre por el que el mundo lo conocería más tarde: el mayor acto de creación empezará ahora, la creación del mímismo.
Y, por supuesto, sólo gracias a este superficialmente torturador segundo nacimiento, es capaz incluso de aspirar al tercer nacimiento, que escapa a la mayor parte de los hombres, incluso a los que se han hecho a sí mismos (que no haya ninguna duda de las enormes probabilidades en contra que están en juego aquí). El tercer nacimiento es el de la inmortalidad, en el cual, tras una productiva vida guiada únicamente por los propios instintos autoparentales, tu nombre es recordado y amado para siempre, en el inframundo o simplemente en festejada gloria. Pero si no eres capaz de seguir tu camino al margen de las decepciones infantiles, si metes la pata, confiando en el amor de una madre, o en el fiable interés del cura, o del maestro, o del patrón, o de la amante, o del empleado, o en la caritativa preocupación del rico por el pobre, o en el jovial compañerismo y lealtad en los tiempos difíciles de unos colegas de confianza, bueno, entonces estás condenado a vivir siempre en la infancia. No serás realmente un adulto, y tampoco tendrás esperanza alguna de realizar un logro importante y de carácter permanente.
Todo esto hace de Atum-hadu un valioso modelo de estudio. Porque, si una cosa está clara en el cuarteto 80 (Fragmento C solamente) es cuán fielmente la vida del gran rey ilustra los principios que acabo de resumir:
El corazón de la madre se cierra excluyendo a su hijo.
No puede ofrecerle mayor regalo, aunque él llore y gima,
porque nosotros lloramos en nuestro lecho de muerte como una doncella
desflorada;
pero cuando se cierra la puerta de nuestra tumba nuestra alma prevalece.
El dios Seth, de cabeza de asno —sexualmente agresivo, malicioso, hambriento de poder—, aparece pintado en estas paredes también como un ser compasivo y protector, casi como un perro doméstico, más que como un burro. La anónima madre, el sacerdote, los vecinos, son todos —incluso en los contenidos perfiles y formalismos del arte egipcio, incluso cuando son poco más que unas figuras de palo cuya pintura se ha corrido— claramente depravados y disolutos.