El egiptólogo
Diarios de Ralph Trilipush, 1922
Diarios de
Ralph Trilipush,
1922
Martes, 10 de octubre de 1922. Hotel de la Esfinge, El Cairo
Diario: Llegada a El Cairo por ferrocarril desde Alejandría. Puesto a trabajar inmediatamente. He programado cinco días de estancia en El Cairo para la logística y escribir los detalles preliminares antes de dirigirme al sur, al emplazamiento.
Notas para el libro: Para empezar adecuadamente, el libro terminado ha de tener un frontispicio, protegido por una hoja de papel de seda.
Frontispicio: «El cartucho real del rey Atum-hadu, último rey del Imperio Medio de Egipto, XIII.ª dinastía, 1660-1630 a. C.» ¿Se supone que sólo lo van a leer eruditos? No —aclarar para los lectores en general que un cartucho o figura oval es el sello real, uno de los cinco nombres del rey (el nombre de Hijo de Ra), escrito en jeroglifos y encerrado en un óvalo.
Epígrafe después del frontispicio «La inteligencia y la resolución del hombre en superar las dificultades físicas serán la fuente de nuestro placer y objeto de nuestras alabanzas». John Ruskin, Las piedras de Venecia.
O: «Aunque no hemos descubierto todavía la tumba de Atum-hadu, podemos estar seguros de que está a nuestro alcance». Ralph M. Trilipush, Deseo y engaño en el Antiguo Egipto (Collins Amorous Literature, 1920; nueva edición de la Harvard University Press proyectada para 1923).
O: «Ralph Trilipush nunca convencerá a nadie con cerebro de que el rey Atum-hadu existió alguna vez, y menos aún de que escribió los llamados Consejos Atum-haduanos». Profesor Lars-Philip Thürm, en el Diario de Estudios Egiptológicos, 1921. Este epígrafe tendría un divertido efecto colocado junto a una fotografía mía de pie frente a la tumba del rey Atum-hadu, sosteniendo un papiro de sus Consejos.
O: quizás un extracto de los Consejos, desde la profunda mente y pícaro pincel de caña del propio rey Atum-hadu. Por ejemplo, el primer verso del cuarteto 30 (hallado en los Fragmentos B y C solamente): «Atum-hadu dedica una sonrisa a su hermano». Realmente, un poquito confuso en cuanto a su contexto, ya que el cuarteto 30 completo describe el descubrimiento de un impostor que pretende ser pariente del rey:
Atum-hadu dedica una sonrisa a su hermano;
¡lleno de alegría al encontrar a otro surgido de la misma madre!
Hasta que se entera de que esa pretensión es una mentira,
y ahora con fuego y áspides matará al mentiroso.
(De Deseo y engaño en el Antiguo Egipto,
Collins Amorous Literature, 1920;
nueva edición de la
Harvard University Press
proyectada para 1923).
No, mejor aún, para iniciar esta aventura adecuadamente, abramos el libro con una prometedora ojeada al descubrimiento que se ha de producir y ofrezcamos como epígrafe un emocionante episodio no demasiado alejado en el futuro, un extracto de los acontecimientos descritos en el libro mismo. Extraeremos un momento triunfante y lo pondremos delante, una impresionante joya de la corona, un sabroso aperitivo para despertar el apetito del lector con vistas al enorme festín que va a venir y preparar su digestión, revistiendo su estómago de una capa protectora para unas riquezas a las que su insulsa comida diaria no le ha preparado. Usaremos provisionalmente —para hacer una conjetura conservadora y presentarme en esa fecha con un bonito regalo de cumpleaños— los hechos del 24 de noviembre; seis semanas y media a partir de ahora, ni demasiado optimista, ni demasiado pesado, algo así como: «Página II: 24 de noviembre, 1922. En el yacimiento de Deir el Bahari. Apartélas rocas sueltas y me puse de rodillas; entonces empecé lentamente —de forma cuidadosamente lenta, pese a que el corazón me latía con fuerza— a ensanchar el agujero en los escombros amontonados durante milenios. La luz temblaba en las manos del irracionalmente asustado Abdullah. “Todo va bien, hombre. Pásame la antorcha”, susurré mientras mantenía mi vista fija en la estrecha abertura. “Sí, sí… Por favor, ¿qué ve Su Señoría?”. “Inmortalidad, Abdullah, veo inmortalidad”».
Diseño de portada: Foto de RMT de pie al lado del dorado (ya con certeza) sarcófago de Atum-hadu. Trabajadores nativos en ropa de faena se encuentran situados a un lado. Ralph M. Trilipush y el descubrimiento de la tumba de Atum-hadu por Ralph M. Trilipush. Subtítulo: Incluye el diario íntimo, notas y bocetos del arqueólogo. Harvard University Press, 1923.
Dedicatoria: Un descubrimiento de esta magnitud sencillamente no podía haberse realizado sin la infatigable ayuda e inspirador ejemplo de algunos colaboradores. Ofrezco mi sincera gratitud a mi equipo de casi 500 obreros egipcios, cuya diligencia era equiparable sólo a su devoción por mí y por nuestro común esfuerzo, que dejó a un lado lo que para ellos debió de haber sido una insoportable incredulidad y en su lugar mostró una sencilla fe en que los objetos que yo desenterraba tenían importancia más allá de su lustroso brillo. Y, en particular, a mi capataz, Abdullah, que sabía cómo aplicar la disciplina y la baksheesh (gratificación) en la adecuada proporción, y cuya ardiente lealtad hacia mí y cuyos singulares esfuerzos para luchar con las complejidades del inglés me conmovieron y divirtieron en igual medida durante nuestras semanas de gran trabajo y peligro, le ofrezco un cordial «¡salaam!». Mr. Chester Crawford Finneran, de Finneran's Finer Finery, es un caballero de magnífico corazón y talento, un perspicaz coleccionista de arte antiguo, un hombre de acción pero también de delicadeza, en absoluto lo que uno hubiera esperado hallar en un americano, y menos aún en un encomiado «magnate del comercio». Pero nuestro «C. C. F.» se ha mostrado merecedor del noble y antiguo título egipcio de Maestro de Generosidad, ese dadivoso y digno de confianza dispensador de sabiduría y riqueza en tiempos de necesidad, un título que el propio Atum-hadu usaba en sus poéticos Consejos para referirse a su primer ministro. La tumba de Atum-hadu nos es conocida gracias a C. C. F., mi Maestro de Generosidad, así como mis otros socios de Hand-of-Atum Explorations, Limited. A mi amada prometida Margaret Finneran, las palabras no son suficientes para expresarle mi amor, admiración y gratitud. A mis compañeros de exploración, que trabajan en las ardientes arenas de nuestra amada madre adoptiva, les doy mis gracias por su ejemplo colectivo, su incansable y demasiado a menudo no recompensada dedicación. En particular, deseo mencionar al modelo de exploración egiptológica, mi querido amigo Mr. Howard Carter, el cual, mientras yo tomo la pluma aquí, está inmerso en una, al parecer, infructuosa búsqueda de una quimérica tumba, la de un rey de escasa relevancia de la XVIII.a dinastía llamado Tutankamón. Afirmo públicamente en estas páginas que —tanto si fracasa como si triunfa— la casi insensata dedicación de Mr. Carter (¡seis años!) es un modelo para todos nosotros, y por ello yo le he admirado, incluso antes de conocerlo y llamarlo amigo mío. Saludo a mi superior camarada en las arenas, mi mentor y la figura dominante de la generación anterior, que con reluctancia nos entrega la antorcha. Finalmente, este libro debe sin duda ir dedicado al gran rey Atum-hadu, y a su dios-patrón, el primer Creador, Atón. La existencia de la tumba de Atum-hadu (y del propio Atum-hadu) fue puesta en duda largo tiempo por parte de muchos, pero el genio de Atum-hadu, su reino, su poesía… yo los honro mientras lo saludo a él a través de más de 3.500 años, yo, que nunca dudé de él. Majestad, el mundo os mira ahora, en vuestra dorada tumba, entre vuestros vastos tesoros, en vuestras pardas y deterioradas envolturas de momia. El mundo se maravilla ante vuestra vida, vuestras palabras, vuestro resplandor. El mundo contempla con respetuoso asombro vuestros nobles órganos en sus canopes. Ésta es la verdadera inmortalidad que perseguíais y merecíais, gloria y celebridad eternas.
Sobre el autor: El profesor Ralph Trilipush nació el 24 de noviembre de 1892, hijo único del famoso soldado y explorador Ecgbert Trilipush, y fue criado como un adorado, cuando no decididamente mimado, hijo único en el verde idílico confort de Trilipush Hall, en Kent, Inglaterra. Educado en su casa por tutores, mostró ya a una edad precoz una asombrosa aptitud para las lenguas, así como una misteriosa capacidad de inmersión en el antiguo Egipto. A la edad de diez años, dominaba las tres formas escritas del egipcio antiguo, y había empezado a traducir viejos documentos al inglés. A los doce, había calculado nuevamente las fechas aceptadas de las dinastías egipcias y regímenes reales, determinando con mayor precisión que cualquier erudito reconocido las lagunas existentes en el moderno conocimiento egiptológico. Admirado por sus iguales, observado por sus superiores, asistió desde una época muy temprana al Balliol College de Oxford, donde fue considerado la mayor esperanza en egiptología, junto con su querido amigo, Hugo St. John Marlowe. En Oxford, los dos estudiantes trabajaron bajo la guía del difunto profesor Clement Wexler, participando en sus esfuerzos por demostrar o refutar definitivamente la existencia del entonces apócrifo rey y poeta erótico de la XIII.a dinastía, Atum-hadu. Habiendo completado la obra de su mentor, los estudios doctorales de Trilipush se vieron cortados en seco por la Gran Guerra, durante la cual tanto él como Marlowe fueron destinados a Egipto como oficiales de contraespionaje. Allí, bajo el fuego enemigo, los dos exploradores consiguieron desenterrar el Fragmento C de los Consejos de Atum-hadu en un sendero situado junto a un farallón cerca de Deir el Bahari, dando un paso de gigante en la demostración de la existencia del rey y de su identidad como el poeta de los anteriormente traducidos Fragmentos A y B. Poco después de este descubrimiento, Trilipush fue enviado a asesorar a las fuerzas australiano-neozelandesas que desembarcaron en Gallípoli, acción en la que fue herido y por algún tiempo dado por desaparecido y muerto. Enteramente solo, realizó un penoso viaje de vuelta a Egipto, llegando después del armisticio, sólo para enterarse de que su gran amigo Marlowe había muerto cuando se encontraba en una expedición en algún lugar desprotegido del desierto egipcio. Tras la desmovilización, Trilipush puso a salvo el Fragmento C, llevándolo a los Estados Unidos de América, donde emprendió una brillante carrera académica. Ofreció la definitiva, si bien controvertida, traducción y análisis de los tres fragmentos Atum-haduanos, publicados bajo el título Deseo y engaño en el Antiguo Egipto (Collins Amorous Literature, 1920). Las extraordinarias ventas de esta breve obra maestra confirmaron la posición única de Trilipush como impecable erudito y a la vez divulgador de los estudios egipcios.
El título de catedrático y rápido ascenso a la cátedra del departamento de Egiptología de la Universidad de Harvard siguió a su descubrimiento —el día de su trigésimo cumpleaños, el 24 de noviembre de 1922— de la tumba del propio Atum-hadu, y la publicación del apasionante pero académicamente perfecto trabajo que tiene usted ahora en sus sudorosas manos. El hallazgo de la tumba de Atum-hadu fue pronto acogido como algo sin precedentes. El descubrimiento financiera y científicamente más gratificante de la historia de las excavaciones egipcias.
El profesor Trilipush fue armado caballero en el año 1923 y ha sido honrado por gobiernos y universidades en todo el mundo civilizado.
Está casado con Margaret née Finneran, de Boston, Massachusetts, EE.UU., la increíblemente acaudalada heredera de los grandes almacenes.
Miércoles, 11 de octubre de 1922
Diario: Me levanto tarde. Almuerzo en la ciudad. Renuevo mis cálidos recuerdos del espléndido El Cairo. Exploro mercados. Compro mapas de la ciudad, Luxor y del Valle Tebano. Compro dominós de repuesto. Increíbles puestos de fruta, con sus redondos frutos apilados en perfectas filas multicolores como un gigantesco ábaco. Amarillos dátiles frescos. Ciruelas casi negras cuya piel parece un mapa del firmamento nocturno, vagas nubes y parpadeantes estrellas. Descubro una tienda donde venden agujas de gramófono, que el estrafalario hombre del bazar pretende que encajarán con mi modelo de maleta Victrola 50, pero que en realidad, a mi regreso al hotel, no hacen más que arruinar los primeros segundos de Eres un sueño (y si me despierto lloraré). Vuelvo a escribir; continúo preparando documentación y planos, corrijo el trabajo de ayer.
Una carta al lector: El libro que sostienes ahora es diferente de cualquier otro de la historia de la egiptología, porque, a fin de proporcionar un contexto para el descubrimiento que ha realizado nuestro equipo, este volumen ofrece tanto una introducción histórica al reino del rey Atum-hadu como el diario que llevé durante toda la expedición, diariamente —casi hora por hora—, desde mi llegada a El Cairo hasta que hubimos limpiado, aseado y catalogado cada uno de los impresionantes hallazgos de la tumba de Atum-hadu.
Lector, mientras me siento hoy, ante la vibrante conclusión de esta aventura, con mi querido amigo y colega, el explorador Howard Carter, huéspedes ambos en la casa de nuestro querido amigo Pierre Lacau, elegante director general del Servicio de Antigüedades egipcio, a unos cinco kilómetros del Hotel de la Esfinge, donde inicié mi viaje en octubre, hace tres meses, contemplo el Nilo de noche y te invito a unirte conmigo en la magnífica aventura de una vida entera, que ha tardado 3.500 años en realizarse.
Profesor Ralph Trilipush
18 de enero de 1923
Residencia del director general del Servicio de Antigüedades
El Cairo, Egipto
[RMT —Verificar 24 de noviembre y 18 de enero antes de composición].
Diario: Estamos a 11 de octubre, y acabo de terminar la composición de algunos elementos necesarios de este trabajo, para reunirlos en el orden apropiado más tarde. Ahora puedo empezar mi diario desde el comienzo. Bienvenido, querido lector, a Egipto.
Llegué a El Cairo ayer, mi primera visita a esta maravillosa ciudad desde 1918. Vine por ferrocarril desde Alejandría, después de desembarcar del Cristoforo Colombo, barco que me trajo hasta aquí (después de un trayecto en tren desde Boston) desde Nueva York, vía Londres y Malta, donde pasé una relajante semana preparándome para mi futuro trabajo. He establecido ahora temporalmente mi cuartel general aquí, en la Suite Faraónica, color oro y rosa, del Hotel de la Esfinge de El Cairo, un edificio de mármol veteado. Aunque no soy aficionado al lujo, necesito cierto espacio para realizar el sinnúmero de tareas que tengo pendientes, así como los millones más que vendrán, y el consorcio de los sapientísimos y riquísimos expertos y coleccionistas egiptológicos de Boston que financia esta expedición no desearía ver a su líder extenuado —antes de haberse siquiera trasladado al sur, al emplazamiento — por residir en un alojamiento deficiente.
Porque la extensión de las tareas de un arqueólogo a veces sorprende al profano. A guisa de ejemplo, yo seré, cuando me halle en el yacimiento, el director de una vasta empresa, al mando de un ejército de obreros, responsable de sus salarios, comportamiento, honradez, eficiencia y bienestar. Tendré que medir, hacer los diagramas, catalogar y a menudo preservar con cierta premura varios centenares de objetos, cuyo tamaño varía desde un pendiente adornado con piedras preciosas hasta las exquisitamente esculpidas y pintadas paredes de un inmenso sepulcro. Tendré que negociar con departamentos del gobierno egipcio, que, por su propio interés, es todavía supervisado, cuando ello es necesario, por la sabiduría rectora y probidad financiera de los gobiernos francés y británico. Estaré al mismo tiempo realizando un trabajo erudito, pormenorizando acontecimientos de 3.500 años de antigüedad, y probablemente traduciendo unos recién hallados textos eróticos y políticos, mordazmente ingeniosos, escritos por un genio en una lengua que no ha sido de uso común desde hace más de dos mil años. Y me dedicaré a preparar informes destinados a la docta sociedad que financia todo este frenético esfuerzo. Por tanto, si bien he iniciado mi aventura con cierto estilo, éste ha sido dictado por la necesidad científica.
Dicho esto, pese a todo su cacareado lujo, el Hotel de la Esfinge muestra la progresiva decadencia de Egipto. Es un hotel para turistas (en una tierra que para mí siempre ha sido una frontera de explorador o un puesto avanzado de soldado), y representa el innato y aparentemente insuperable impulso del egipcio moderno a trocar su noble patrimonio por cuatro monedas. El emblema del hotel —cosido en toda superficie imaginable— muestra a un absurdo grupo de buitre, esfinge y cobra, rematado por un lema… un extracto de jeroglifos que advierte (a quién, no logro imaginarlo, pues, ¿quién, entre los huéspedes del hotel, podría leer jeroglifos?):
HORUS CONSUME LOS CORAZONES DE LOS MALVADOS.
Horus, antiguo dios egipcio del cielo, de cabeza de halcón, personificado por cada uno de los reyes egipcios, vacilaría quizás en respaldar este hotel, y sin embargo, aun aquí, entre los falsos adornos faraónicos de una imaginaria antigüedad, a través de las abiertas ventanas que dan al patio, desde más allá del Nilo, el olor a la sensación del verdadero Egipto —mi Egipto— llega a ráfagas por el aire, y todo el moderno luxe de la suite se arruga y se desintegra bajo la ardiente exhalación del reino tal como fue, cuyos suspiros oigo a través de los milenios. Atum-hadu, en su poder y su gloria, me llama incluso aquí, mientras sorbo (sin la preocupación que uno siente, aun en el bar privado de Finneran, por los agentes de la ley seca) limonada y ginebra en una copa de cristal tallado en la terraza que domina mi Nilo, y girando a setenta y ocho revoluciones por minuto en el magnífico, colosal, gramófono Victrola XVII que he instalado junto a la puerta de la terraza, está sonando Es un tipo que se sale con la suya (¿y quién puede censurarlo?).
En este respiro de mis tareas, acaricio con pura alegría el recuerdo de mi reciente despedida de Boston, aunque parece que haga siglos, una fiesta entre cuyos invitados figuraban los patrocinadores de la expedición y sus damas, celebrando tanto nuestra próxima buena fortuna en Egipto como mi compromiso con la hija de la casa. Las imágenes se funden en un claro recuerdo: elegantes trajes de noche y los nuevos vestidos livianos de mujer, resplandecientes linternas de papel, y una negra orquesta de jazz instalada en el patio del jardín, su música entrando y saliendo por las abiertas puertas y ventanas de la mansión de la Commonwealth Avenue, propiedad de Chester Crawford Finneran, bajo el calor, impropio de la estación, de principios de septiembre.
Canis y hombre son
una gran combinación.
¡Anda, mi perro es fenomenal!
La ya densa decoración de la mansión Finneran se multiplicó para la fiesta: C. C. F. había instalado en el fondo del salón de baile dos tronos dorados sobre una tarima de falso ladrillo. Como climax de los acontecimientos de la noche, nos hizo subir a Margaret y a mí los tres escalones hasta nuestros asientos, antes de cubrirnos con extravagantes (y estructuralmente incorrectas) coronas faraónicas, luego le frunció el ceño al director de la banda, le dijo que «diera un respiro al ruido de la jungla», y levantó su copa, arrancando una alcohólica lagrimita a uno o dos ojos con las palabras: «Ahora, dejando aparte las arenas del desierto, no hay ningún tesoro en todo este ancho mundo que signifique más para mí que esta muchachita que está ahí, en el trono al cual pertenece». Un frenesí de «¡aahhs!» y «¡oohhs!» y «C. C. es tan dulce» revolotearon por el aire antes de que el sonriente y viejo oso aplacara, batiendo sus zarpas, el ruido, y éste se redujera. «Pero eso no significa que te vayas a ir con las manos vacías, ¡muchacha!». Diversión generalizada. «No, vamos, vamos, en serio ahora, lo que papá no dejaría escapar es la oportunidad de cazar a un yerno como éste, ¡oigan! Un caballero inglés, bien educado, explorador. Sinceramente, Margaret y yo estamos completamente de acuerdo en esto: ¡Los dos nos sentimos como la chica más afortunada del mundo! Ahora bien, ve por nuestro oro, Pushy, hijo mío, y si vuelves con montones de él, lingotes y joyas y coronas, en fin —astutas miradas a través de espirales de humo de cigarro—: ¡eso servirá para pagar la dote de Margaret!». Su espléndida oratoria arrancó el justo homenaje del grupo reunido, mientras mi prometida y yo saludábamos desde debajo de nuestros inestables tocados, y yo apretaba la mano de Margaret para mantenerla despierta, ya que la excitación, de forma nada sorprendente, la había agotado, dada su frágil salud. Sonrió a través de sus pesados párpados y murmuró: «Todo esto es fenomenal, ¿no, amor? Toda esta fiesta. No me vendría mal una siesta». Incluso en su fatiga, se mostraba celestial, agradecida a su padre y a mí. La multitud ovacionó nuestras nupcias y el éxito de nuestra misión, tal vez no precisamente en ese orden, pues C. C. F. había intentado que algunos miembros de la fiesta se convirtieran en socios de la Hand-of-Atum Explorations, de la cual él es presidente y yo asesor técnico con participación accionarial. La banda empezó a tocar nuevamente, esta vez un peculiar fox-trot, supuestamente adecuado a la exploración egipcia, así como una pieza mundanal de trivialidades zoológicas:
Si prefieres no viajar sobre una sola giba
mejor será que evites al dromedario.
Pero si te gusta saltar y divertirte y moverte rítmicamente
entre dos grandes jorobas…
«No tan deprisa, chicos», interrumpe C. C. F., y la música se va silenciando, un instrumento cada vez, hasta que un chisporroteante címbalo es el último en captar el mensaje, «porque tenemos una pequeña sorpresa», y C. C. F. llama a Kendall y Hilly Mitchell, una alegre pareja de Beacon Hill que yo había conocido en una reunión de inversores y con la que me encontré otra vez cuando, a petición de C. C. F., asistí a algunos discretos cócteles con Kendall en su muy discreto club. Allí él me preguntó acerca de mi pasado y de Egipto con alarmante tenacidad y cautela, un interrogatorio que yo sencillamente no pude comprender hasta este momento, cuando Hilly, riendo, sacudió sus escasamente cubiertas caderas y echó de un golpe al negro de la banqueta del piano, y Kendall se aflojó la corbata y adoptó una postura boulevardière. Mientras Margaret se esforzaba por sostener sus pesados párpados, yo escuché nuestro tributo musical, compuesto por esas dos personalidades festivas, borrachos de dinero líquido y propiedad heredada, indesmayables donantes de letras de canción personalizadas para funciones de gala en Beacon Hill y en Back Bay. Transcribo aquí la copia manchada de bebida de la letra de la dedicatoria que a continuación se me ofreció: «¡A Ralphie! ¡Aquí se espera que desentierres una “momia” para tu nuevo papi! ¡Que tengas mucha, mucha suerte, de parte de tus compadres yanquis H. & K. Mitchell!». Kendall cantaba gorjeando mientras Hilly aporreaba el teclado con torpes puños:
Salió muy pronto de Oxford,
con los pantalones bajados hasta los tobillos,
llegó el joven Ralph M. Trilipush
y admite que el recuerdo le duele.
Pues, se fue a Egipto,
donde tenía que luchar contra el káiser,
pero al cabo de unos años de guerra
el káiser no se había enterado.
En vez de ello sudó en el Oriente
en sus rodillas y manos.
(Ahora, no seamos lascivos,
¡quiero decir que cava en la arena!).
Cavó y cavó con otro inglesote.
Hasta que, mientras las armas boches los atacaban,
aquellos dos británicos gritaron: «¡Caray!»,
porque sus negros seguro que no les habían fallado.
(«¡A diferencia de los nuestros!», recuerdo que bramó C. C. F. en ese momento, refiriéndose, creo, a algunos camareros que se mostraban lentos en servir las copas. «Papi, por favor», le regañó suavemente mi Margaret, sus rodillas recogidas bajo la barbilla).
Lo que encontraron aquel día
todos nosotros seguramente lo sabemos.
Mantiene despierta a nuestras esposas por la noche
y hace que nuestra (¡ejem!) imaginación crezca.
Encontraron terribles jeroglíficos,
los escritos de algún faraón,
que Pushy publicó en inglés llano,
y entusiasmó al mercado hasta la médula.
(En su club, yo había corregido a Mitchell varias veces, explicando con creciente frustración que «jeroglífico» era un adjetivo y «jeroglifo» el nombre, y que su utilización del término «faraón» para un rey egipcio anterior a la XVIII.ª o XIX.a dinastía era completamente anacrónico y, francamente, me hacía daño al oído. El Atum-hadu de la XIII.a dinastía habría sido calificado como «rey» no por el hebraizado recurso metonímico per-o, el origen etimológico de «faraón». Repetí esto sin duda una docena de veces mientras coctelera de plata tras coctelera de plata llegaban a la mesa, llenas de (anunciaba en voz alta el camarero cada vez, ignoro en beneficio de quién) «¡su té helado, Mr. Mitchell!». Dicho eso, su uso de «jeroglífico» cuando quería decir «jeroglifo» lo reconozco ahora a regañadientes como una posible concesión a la versificación).
Bien, el viejo Trilipush hizo algo de dinero y un nombre.
Y al otro lado del charco ganó su fama mundial.
Harvard le proporcionó jóvenes a los que enseñar, y luego encontró una chica.
¡Y ahora todos sabemos que es el mejor compinche de C. C. F.!
Así que nuestro Pushy vuelve al Nilo con el corazón de Margaret a cuestas.
Así como con el dinero de Chester.
(La música se detiene, Kendall grita las palabras).
¡Y el mío también! ¡El mío también!
¡Y el mío también! ¡Y el mío también!
(señalando a los invitados que, como él, habían invertido en Hand-of-Atum).
Porque hay que ver cómo vino a implorarnos,
y durante una hora o así nos aburrió.
Pero ahora, por Isis, Ra y Horus,
¡el viejo Pushy nos recompensará!
(Debería discutir la palabra «implorar», porque, si no fue utilizada simplemente para facilitar la tarea de rimar de Mitchell, merece que se aclare. Como mínimo. Volveré a este punto, en lo que se refiere precisamente a quién estaba implorando a quién).
Por Isis, Ra, y Horus,
¡el viejo Pushy nos recompensará!
La multitud pronto dominó este pareado y lo cantó durante algunos estimulantes minutos, mientras para mi infinitamente más profundo placer, Margaret brillaba y resplandecía bajo la luna llena que se filtraba a través del techo de cristal, salpicando la sala de baile; la plateada luz lamiendo sus azules y centelleantes párpados (un efecto Cleopatra que ella e Inge habían diseñado para aquella noche), y tanto si se había quedado dormida, como si estaba simplemente saboreando el espectáculo detrás de sus cerrados ojos, su belleza era entonces, como siempre, abrumadora. Sentí en aquel instante como si hubiera logrado todo lo que siempre había soñado. Una paradoja, desde luego, pues aún no había partido para esta expedición. Y acunaba su delicada y flexible mano en la mía, cada uno de sus largos y esbeltos dedos articulado en el gracioso arco de narcisos ribereños, y ella era entonces, en su soñadora languidez, la personificación de tantos antiguos dibujos, repantigadas bellezas esculpidas en calcita y cal que revestían las salas de los palacios, las sirvientas y diosas de largos dedos pintadas en las paredes de las tumbas para atraer, incitar, acompañar, a los añorantes difuntos al otro mundo.
Tras haber llevado a mi exhausta belleza escaleras arriba y haberla besado para que se durmiera, y subido las ropas de la cama hasta su cincelada barbilla de marfil, volví a bajar y bailé con Inge y las esposas de los socios, algunas de las cuales encontraron el íntimo contacto con un explorador egipcio bona fide un sorbo más bien demasiado embriagador para su natural recato bostoniano, y más de una vez sentí la necesidad de recordar de manera firme aunque delicada a las damas la adecuada postura para ciertas danzas populares.
Después de medianoche, el grupo salió de la sala de baile de Finneran y se desparramó por Arlington Street. (Una imagen para conservar toda la vida: mi futuro suegro, descrito por sí mismo como «manso como un cordero», dando puntapiés entre gruñidos de esfuerzo y alegría infantil a la figura boca abajo de un hombre que, cuando el grupo cruzaba hacia los jardines públicos, había intentado apoderarse de su reloj de bolsillo a la carrera. El arrepentido ladrón pedía ayuda a gritos a la policía. «Aquí estamos, hijo, no te preocupes», gritaron inmediatamente cuatro agentes de la policía de Boston a los que Finneran había invitado a la fiesta para protegerse de cualquier inspección debida a la ley seca. Y con un «gracias, agentes», Finneran se retiró y permitió a los polis entregarse a su más profesional paliza al carterista, interrumpiéndolos sólo una vez, a fin de retirar del bolsillo de su gimiente asaltante suficiente dinero para pagar «la limpieza de mis botas manchadas de sangre, gamberro»).
C. C. F. había hecho montar tiendas y asadores en los jardines públicos. Los visibles aromas de lechón asado ascendían hacia las delgadas nubes azul-grisáceas, y los invitados rodeaban a las camareras vestidas con sus escasos atuendos de criadas egipcias, echando mano a —según su apetito dominante— las bandejas de las camareras o sus nalgas, mientras otros, alcohólicamente más calmados bajaban al estanque de patos a apoderarse de los patines a pedal con forma de gigantescos cisnes, o —con las mangas de la camisa arremangadas y en ceñidas combinaciones— se metían en las frías aguas, cayendo en brazos unos de otros, brazos resbaladizos y piel de gallina.
Yo permanecía a su lado, satisfecho con el papel natural de explorador observador, liberado, por el momento, de mis deberes como invitado de honor, y me sentía feliz, muy feliz, cuando desde mi izquierda, en las sombras, entre las bajas ramas de los sauces que se balanceaban como gigantescas medusas, oí gritar roncamente mi nombre. Bajo una cúpula de ramas de sauce, tan completamente encerrados como si fuéramos enanos de circo esperando una señal para salir de debajo del anticuado miriñaque de la dama barbuda, me encontré agradablemente hipnotizado por el perfecto círculo anaranjado pulsátil del extremo del cigarro de Finneran, que iluminaba unos hilillos de humo azul (y probablemente mi propio rostro), pero nada más. «Quería desearte buena suerte», dijo mi invisible amo, y el círculo anaranjado se fue debilitando hasta convertirse en una espiral de un gris cada vez más apagado. «Todos nos hemos formado una opinión de ti. No nos defraudes». El círculo anaranjado se hincha y disminuye, una y otra vez. «Nunca lo haré, C. C.». «Haré lo que sea mejor para mi Margaret, sabes. Soy el padre y la madre para esa niña». «Por supuesto, C. C, por supuesto». «Me siento feliz de tenerte en la familia». «Muchas gracias». «Ella te eligió, y yo lo aprobé. Yo te elegí y ella lo aprobó. No importaba cuál, sabes». «Desde luego, C. C.». El círculo anaranjado brilla intensamente y se desvanece. «No sabemos mucho sobre vuestra aristocracia inglesa, pero la familia en nuestro país es una cuestión seria». «Sin duda, C. C.». Círculo anaranjado. Pausa. «Tenlo presente. Eso es todo». «Desde luego, C. C.». «La gente cuenta contigo, Ralph. Mucha gente. Muchas cosas dependen de ti. Muchos confían en ti». Todo lo cual era el tímido preámbulo de C. C. F. para regalarme aquel gran humedecedor de tabaco de madera, incrustado con retorcidos adornos negros y lleno de cigarros, cada uno de ellos elegido especialmente por el mejor estanquero de Boston y fajado con la negra etiqueta del plateado monograma: C. C. F. Y el círculo anaranjado de la punta de su cigarro se apaga y se enciende, se apaga y se enciende…
… del mismo modo que esta mañana, en esta aurora del 12 de octubre, en la que una luz anaranjada aparece ahora sobre la orilla del Nilo. He pasado la noche entera trabajando aquí, en mi terraza, sostenido por ginebras con limonada y dulce té de menta en vasos de cristal ribeteados de oro, resiguiendo con el dedo los incrustados remolinos de ébano de mi humedecedor, el cual contiene ahora una serie de finos pinceles y tintas para copiar las pinturas murales que espero encontrar en la tumba de Atum-hadu. (Yo no fumo cigarros, pero serían una excelente baksheesh, y la caja es preciosa). Me siento en la terraza aún cálida, contemplo mi salida del sol y el terrón de azúcar medio disuelto en el té, que recuerda la piedra angular en proceso de desmenuzamiento de un templo en ruinas.
Tendré, dentro de unas seis semanas, treinta años, una edad que durante mucho tiempo he estado esperando celebrar en esta tierra, el país de mis sueños. Y he logrado, en esa edad crucial, la victoria necesariamente incomparable que justifique treinta años de vida. Y, mientras pienso en la fiesta dada en mi honor en Boston, así como en el rey que ha permanecido sin descubrir desde hace 3.500 años, podría casi desear que este momento —en la terraza de mi hotel de El Cairo, una terraza que se va iluminando rápidamente— no terminara nunca.
Con esto, quiero expresar algo más que simplemente el hecho de que no deseo hacerme más viejo, que preferiría ser excusado de ir a parar indefectiblemente a una obesa mediana edad y una cansada madurez. Quiero decir, más bien, que aquí, en la flor de la vida, con una gloria preliminar resonando aún a mis espaldas y un espectacular triunfo quizás sólo para dentro de unas semanas, uno desea oír la voz de soprano de este particular mosquito cantándole en el oído para siempre; ver esas precisas moscas enanas titubear para siempre en su nerviosa indecisión, hipnotizadas por el mismo sol que pronto las chamuscará, sentir el punzante calor de esta taza de té de menta, que calienta cada grieta de las yemas de mis tres dedos para siempre, ver que esa desintegración del azúcar se detiene para siempre. Mi sangre se enciende con el deseo de que, de algún modo, este instante de posibilidad y potencialidad sea capturado y retenido, el vibrante y resplandeciente color naranja en mi levemente cerrado puño. Que uno pudiera acariciar y examinar este momento captado, sentir su toque aterciopelado en la palma, que pudiera permanecer temblando en el borde, en vez de caer hacia el futuro, hasta saciarme del presente. O, piensa en ello así, lector: uno asciende por una alta y empinada colina. Luego, después de años y años de escalar, ve que la cima está a su alcance y se da cuenta de que, al llegar a esa cima, sólo restan dos posibilidades: trasponer esa cima, bajar por el otro lado, iniciando un descenso acelerado, o… continuar moviéndose en la misma dirección a la que uno se ha ido acostumbrando y aficionando, continuar el camino que uno ha abierto, seguir hacia arriba y arriba, ignorar la falible tierra que ha dejado de subir, seguir subiendo a pesar de todo.
Y si te levantaras por un momento de tu cómodo sillón y preguntaras: ¿Por qué? ¿Por qué Egipto? ¿Por qué ese deseo de rebuscar en el polvo? Sólo puedo sugerir que los reyes de Egipto siguieron subiendo. Dominaban aquellos livianos y efímeros momentos que los aprisionaban en suaves jaulas. En sus envueltos cadáveres con sus órganos depositados en canopes, y en su alfabeto pictográfico y sus dioses de cabeza de animal, los mejores egipcios vivían con la certeza de que eran acreedores de la eternidad, de que vivían y vivirían para siempre en un presente elegido por ellos, sin estar obsesionados por el pasado, ni amenazados por el futuro, lujosamente mantenidos en un presente que ellos podían extender tanto como quisieran, viviendo esos sabrosos momentos en sus propios términos, no sometidos a la imperiosa exigencia de simples días, noches, soles, lunas.
Margaret, ¿puedo compartir contigo un recuerdo algo más oscuro de mi brillante juventud? No es del tipo que a ti te gustaría, pero llama la atención sobre un punto. De niño, recuerdo a un párroco del pueblo que me regañaba (o pegaba) por mi obsesivo interés por los egipcios. (Esto, por supuesto, ocurría sólo cuando mi padre se encontraba en el extranjero y no podía protegerme del malvado clérigo, y yo me alejaba de la mansión, y vagaba hasta el pueblo cercano a nuestra propiedad, donde el párroco no era capaz de reconocerme, tan lejos me encontraba de mi finca familiar). En todo caso, una y otra vez él aparecía sin anunciarse. Yo era fácil de sorprender, pues desde muy temprana edad generalmente me inclinaba sobre mi trabajo, maravillosamente ignorante de todo lo que ocurría a mi alrededor. Y él me arrebataba lo escrito, y arrugaba unos jeroglifos trazados con mucha dificultad. Y, con una voz ebria y llena de amenaza, soltaba su usual cantinela: «Muchacho, ¿cómo puedes considerar juicioso tratar con esta cultura de muerte?». Incluso a los diez años, yo conocía la respuesta correcta a ese apocalíptico catecismo: «Tiene razón, padre. Es mucho mejor aferrarse a la imaginería de un culto que adora un cadáver ensangrentado clavado en unos maderos». Por supuesto, yo tenía que estar de humor para recibir unos azotes, o algo peor, si escogía aquel camino.
Pero la cuestión, lo cual yo comprendía incluso a aquella edad, es que Egipto no fue —debo repetir para aquellos lectores que aún no lo saben— una cultura de muerte, pese a todas las momias y pulmones en vasijas, a los hombres chacal y a las reinas cobra. Los egipcios fueron los inventores de la inmortalidad, los primeros hombres que dijeron que podían vivir para siempre.
Atum-hadu escribió:
Los dioses y yo paseamos lentamente cogidos del brazo
y a veces no paseamos en absoluto,
sino que nos sentamos en una piedra y observamos el encanto
de dos cabras j…iendo detrás del muro de un campesino.
(Cuarteto 13, Fragmento C solamente,
de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto,
de Ralph M. Trilipush,
Collins Amorous Literature, 1920).