El egiptólogo
Diarios de Ralph Trilipush, 1922
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Diarios de
Ralph Trilipush,
1922
Miércoles, 25 de octubre de 1922
Diario: Hoy el botones me entrega un souvenir que merece figurar en mi diario, una pequeña notificación procedente de la farsa burocrática de nuestra época depravada, en la cual todos debemos aceptar nuestro papel, aunque seamos elegidos al azar.
M. Trilipush:
Deseo aclarar que en las actuales circunstancias, la totalidad de la zona de Deir
el Bahari, tal como aparece trazada en el adjunto mapa, debe ser considerada
concesión exclusiva del profesor Winlock y el Museo Metropolitano de N. Y. Su
solicitud ha sido debidamente anotada y revisada. Tan pronto se produzca un
cambio en la situación de la concesión del Metropolitano nos pondremos en
contacto con usted. Si se muda usted del Hotel de la Esfinge, por favor, infórmenos
del lugar de Estados Unidos donde puede ser localizado. Asimismo, lamento
informarle de que la semana pasada telegrafié al profesor Ter Breuggen, de la
Universidad de Harvard, para confirmar su condición de cosolicitante de su
petición, y él —estoy seguro de que se trata de un malentendido— declinó vincular
su nombre o el de Harvard a su solicitud, aunque me pide que le mande a usted sus
«buenos deseos» (sic).
Su humilde corresponsal,
P. Lacau, director general,
Servicio de Antigüedades.
En cuanto a Claes Ter Breuggen, ninguna sorpresa en absoluto de mi querido catedrático. Esto se merece Cena con el diablo, pero usa una cuchara larga en el Victrola XVII.
Ter Breuggen, Claes Ter Breuggen, el Bufón Valón, verborrea belga, flema flamenca, preside catastróficamente (de momento, sólo por unos meses) el departamento de Egiptología de Harvard, es conservador de la minúscula colección de la universidad y maleduca a los hijos de la opulencia bostoniana; los pobres chicos salían vacilantes de las farfulladas y a menudo inaudibles charlas de Ter Breuggen para entrar titubeantes en mi despacho en busca de una muy necesaria clase privada.
—A ver, Pushy —empezaba a decir un imbécil de sonrosadas mejillas atontado por una clásica charla de Ter Breuggen, toda húmedos carraspeos y resoplidos, durante la cual la primera fila acabará con los rostros humedecidos, ya que no despertada su curiosidad—. ¿Qué es todo eso de los portadores del sello faraónico? Seguramente había calor y arena allí, desierto y todo lo demás, ¿tengo razón? No
parece que sea el clima más adecuado.[1]
Los últimos días de Ter Breuggen como sumo sacerdote de la egiptología de Harvard están rodeados de cierta atmósfera de condena, de fin de interludio, de que pronto va a llegar un héroe, mientras él intriga mediante mensajes escritos para desacreditar a sus rivales durante un período de incertidumbre. Seguramente surgirá alguno dentro de su corte que ganará victorias en el extranjero y regresará al perturbado reino a restaurar el orden y la gloria.
Ese diablo enmascarado mostró sus afilados dientes en mi más reciente solicitud ante el comité de revisión interdepartamental de nombramientos de Harvard, en el cual Ter Breuggen lanzó sus últimas y graves acusaciones contra mí y armó sus ruinosas defensas por última vez. Varios de los miembros del comité — escandalizados por las ultrajantes acusaciones de Ter Breuggen y su inclinación a prescindir de cualquier apariencia de dignidad personal en su espantosa campaña personal— me dijeron después de la audiencia que yo había sido el preferido del comité, pero que Ter Breuggen había amenazado, adulado y hasta sollozado para mantenerme en un modesto lugar. Incluso el propio Dean Warren, que presidía la escandalosa reunión, me llevó aparte al terminar para animarme, deseándome suerte en la expedición, garantizándome prácticamente un puesto permanente si hacía un descubrimiento que contribuyera a la eterna gloria de Harvard.
Los despreciativos modales de Ter Breuggen tienen una fácil explicación; era el resentimiento que albergaba debido a que, cuando me incorporé a la facultad, me negué a ceder el Fragmento C a ninguna colección que estuviera bajo su tutela, mientras él miraba con ojos desorbitados, cayéndosele la baba, mi papiro. No importa. Ahora, aun marcado con la bola negra del corrupto sacerdote, yo aguardo el momento oportuno. Lucho por el reino en el extranjero, ganar la gloria y regresar.
En el banco, nada.
En correos, nada.
En el banco, nada.
Jueves, 26 de octubre de 1922
Diario: Mediodía, última jornada de la Primera Fase. El teatro de operaciones de la expedición se traslada al sur. Un nuevo comienzo, y puedo sentir que la fuerza y la inspiración vuelven a correr en mí. Iba a volverme completamente loco esperando en este hotel, mi entusiasmo menguado por la ciudad y el lujo. Hoy es un día ocupado, ultimar detalles. Carta a Lacau, de Antigüedades, dándole las gracias por su notificación, y facilitándole mi dirección de la villa donde estaré de vacaciones y esperando «cualquier fortuito cambio en el estatus de Mr. Winlock vis-à-vis Deir el Bahari». Visita al banco para averiguar finalmente la cuestión del primer pago.
Ninguna noticia allí, sin embargo, lo que es profesional y personalmente decepcionante, pero evidentemente hay un problema con el sistema, y éstos son los difíciles obstáculos que nos castigarán en todo viaje. Confirmar que tienen la dirección y la información cablegráfica de mi corresponsal bancario en el sur. Decirle también unas palabras mayores al empleadillo que me ha hecho sentirme tan incómodo estas últimas semanas. Había, por desgracia, unos barrotes de hierro pintados de negro entre mi puño flexionado y su pulcra carita (sin duda por esta razón, los banqueros de la clase media inglesa no son totalmente insensibles al efecto que ejercen sobre los demás).
Voy a recoger mis nuevos trajes, pero descubro que, dado lo confuso que es el sistema de transferencia de dinero internacional, sólo puedo, después de una selección condenadamente difícil, quedarme con dos… un traje de sarga y un ligero guardapolvo. Tranquilicé al pobre sastre diciéndole que le pagaría el resto cuando enviara a buscarlos.
El retratista no ha terminado su trabajo todavía. En su actual estado, estoy lleno de color desde la parte superior de mi cabeza hasta el labio superior, en cuyo momento me voy difuminando en líneas marrones esbozadas. Me ha pintado mirando al frente, pero con la cabeza un poco vuelta a un lado. Bellamente realizado. Sin embargo, el artista ha imaginado cierto hundimiento bajo mi ojo derecho que ningún espejo puede confirmar y ninguna galería tolerar. De modo que le doy instrucciones para que el cuadro sea entregado, después del retocado y su terminación, al Club de Exploradores, de quienes recibirá el pago.
Y regreso al hotel, donde el director del turno matinal —un egipcio— quiere saber por cuánto tiempo más deben contar con el placer de mi presencia, pues he alargado mi reserva original. El sistema internacional de giro telegráfico es exasperante: los nativos hacen lo que pueden, dirigiendo un hotel no del todo malo lo mejor que saben, y resulta completamente descorazonador que tengan que estar a merced de un banco. Pero yo necesitaré una base de operaciones en El Cairo, por supuesto, aunque esté trabajando en el sur… para remitir el correo, preparar mi suite con antelación, un lugar donde almacenar algunos artículos, un pied-à-terre para mi prometida o mis patrocinadores cuando vengan a la ciudad, un local con capacidad para las celebraciones del gobierno proyectadas para comienzos de diciembre. De manera que, excelentes noticias para el director: su más cara suite estará ocupada hasta bien entrado el invierno. La reservo hasta el 1 de enero, por ahora, y tal vez más; telegrafiaré desde Luxor para indicar las fechas finales. Pago una pequeña parte de mi propio dinero para reservar la suite hasta entonces. Distribuyo ejemplares de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto al conserje, a los botones, a las doncellas africanas, etcétera. Artículos que debo dejar en la suite: el Victrola XVII, el mayor de mis gramófonos. Artículos que debo llevar en mi viaje al sur: más papel con membrete para el diario, juegos de toallas y de cama adecuados: el absurdo emblema y lema del hotel resultarán muy divertidos en el yacimiento. Hacer que lleven el equipaje al muelle, disfrutar de una última copa en mi terraza mientras pongo al día este diario. Echaré de menos la cama acolchada. Echaré de menos el Sakhmet Bar del vestíbulo, decorado con pinturas de antiguas diosas con cabeza de león que, si alguna vez estuvieran sobrias, destruirían a la humanidad. Echaré de menos el servicio. Soy más viejo ahora que cuando estaba en el ejército, sabe, amigo lector, y no puedo decir que estos pequeños placeres de la vida no signifiquen nada. Oh, no se equivoque, estaré encantado de yacer otra vez en un catre de campaña bajo las estrellas, guardando mi hallazgo, luchando contra el calor y el frío en rápida alternancia, cantando y charlando con los nativos que me tratarán como uno de los suyos y al mismo tiempo como su jefe natural. Pero no soy tan aficionado a la vida al raso como eso, ya no. Dieciséis noches en el esplendor del Hotel de la Esfinge, en mis suaves ropas de cama estampadas con el buitre, la esfinge y la cobra, y Horus devora los corazones de los malvados… bueno, me calentaré con ellas (y los recuerdos que me traen) durante las frías noches del desierto.
Una última comprobación en el banco: nada.
Y por fin, por fin, mi gran viaje ha empezado. Escribo ahora desde la cubierta del vapor Keops. Ante mí, un viaje de ochocientos kilómetros hacia el sur, ochocientos kilómetros Nilo arriba, hasta donde me espera mi rey, hasta donde Marlowe y yo hallamos el Fragmento C, y donde más tarde él perdió la vida.
Mi partida y la puesta de sol coinciden, y desde la blanca cubierta bajo el cielo púrpura y sobre el ardiente, y cada vez más negro Nilo, puedo ver cómo se aleja El Cairo. Contemplo a la multitud en el muelle, las luces de la plaza, el humo que se levanta de las casas y las ahwas y tiendas, mezclándose con el humo que emana del barco. Casi se pueden ver desde esta distancia las caras sonrientes de los mozos de cuerda mientras se sientan en el malecón a iniciar sin demora la lectura de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto (Collins Amorous Literature, 1920). Llevo un traje de sarga, confeccionado por uno de los más grandes artistas de la aguja en Egipto. Me apoyo en el pulido parapeto de madera de babor de un excelente barco. Observo con ilusión y relajamiento cómo el buque avanza lentamente por delante de ensimismadas palmeras y campesinos casi desnudos, prácticamente iguales a los que se reproducen en los antiguos papiros. Admiro a las damas de a bordo —casi todas americanas, descubro— y pienso en el hogar (tan lejos) y en el destino (tan cerca), y percibo con frustración el inminente desencadenamiento de un tremendo dolor estomacal. Desciendo al camarote.
Más tarde, y un poco más tranquilo, abajo. Pronto fui capaz de subir al salón, garantizándome el dios de los trastornos intestinales un pequeño respiro al cabo de sólo una hora más o menos de obligada adoración. Bebidas calmantes encima y debajo de las cubiertas. Y un trío de jazz en el salón. Egipcios tocando de forma bastante competente. Mientras bailaba con unas damas, turistas, extasiadas por mis historias de exploración, el nativo director de la banda, ataviado con chaqueta de esmoquin roja y fez, tocaba un banjo, mientras otro soplaba una abollada corneta y un tercero canturreaba, con un maravilloso acento, canciones como Eres un tipo afortunado y Amo a ese hombre y lo conservaré, sólo Aziz y:
Al Antiguo Egipto del faraón,
llegaron los hebreos para quedarse,
hasta que el viejo Moisés se levantó
para guiar a su pueblo a la libertad.
«Deja marchar a mi pueblo», dijo Moisés,
y el faraón dijo, «¡No, señor!».
Y luego ofreció al niño Jesús
oro, incienso y mirra.
En efecto. Eso y la oleosa agitación de detrás del barco le dan a uno un sentido de peculiar desorientación que la ginebra no puede superar del todo.
Margaret: Esta noche, en el barco que se dirige a Luxor, mis compañeros de cena en la pequeña mesa para tres fueron una anciana pareja de americanos, que supuse realizaban su primer viaje al extranjero, la sabrosa recompensa de una vida de pequeños ahorros, con sus hijos y nietos viéndolos marchar a su vertiginosa aventura, la penúltima. Pero no, resultaron ser algo mucho más sustancial, difícil de explicar mientras yazco aquí, en el camarote, tratando de captar sus encantos a medida que el sueño se apodera de mí lentamente y los recuerdos de lo que ellos me mostraron esta noche nublan mi pensamiento. No se parecen a nadie que haya conocido. Hay en ellos una inmensa dulzura.
Proceden de Minneapolis, o de alguna apartada aldea de las extensiones cubiertas de maíz de tu América profunda. Allí, Len y Sonia Nordquist son pilares de la sociedad, tal cual. Él es ejecutivo en una empresa de molido de grano de algún tipo y está fascinado por la forma en que los egipcios cosechan y procesan el lino y el mijo. Ella forma parte de la junta del pequeño museo de la población, de su teatro, de su escuela para sordomudos, de toda clase de cosas. Por supuesto no parecían peces gordos. Con su ropa de viaje (él con ligeros tweeds de caza escoceses, ella con un estilizado salacot provisto de una especie de simbólica red para mosquitos bajo la barbilla), los dos pájaros grises se mostraban peculiarmente americanos en su simpatía. Se sentaban cogiéndose de la mano siempre que era posible, pero ella a menudo me cogía la mía entre sus viejos dedos, o Len me daba unos golpecitos paternales en la espalda. Cuando uno de ellos hacía enfadar al otro, éste lo regañaba moviendo exageradamente los ojos y sacudiendo la cabeza, asombrado ante la estupidez del compañero, y luego, un momento más tarde, volvían a cogerse de las manos, o acariciaban la caída mejilla de su pareja. Len sufría terriblemente por el clima o el polvo; era una fuente constante de distracción, pero Sonia le tendía un pañuelo sin ni siquiera mirarle ni perderse una palabra de la conversación. Cuidar de él parecía haberse convertido para ella en algo así como respirar. Era una visión notable, M., absolutamente magnética, y pensé en ti y en mí cuando seamos viejos.
Hacían preguntas sobre Oxford y sobre ti, así como sobre mis exploraciones e hipótesis. Rebosaron de entusiasmo ante los versos de Atum-hadu, e incluso me pidieron que recitara uno o dos cuartetos.
—Oh, debe usted ofrecernos el más escandaloso de todos —suplicaba Sonia, y Len se mostraba de acuerdo estornudando—. Sí, por favor. No se preocupe por herir nuestra sensibilidad.
Los inicié con algo suave, tu favorito, el cuarteto 35 («Ella será mía»). Pero cuando llegué al final, la mujer parecía más bien perpleja:
—¿Eso es todo? ¿De veras? No entiendo todo ese jaleo. Seguramente los hay más picantes, ¿no?
—Verdaderamente escandinavo —coincidió Len—. ¿Era luterano su Atum-hadu?
—Muy bien, entonces —dije yo—, probemos con el 57: «Despertada del sueño la cobra cornuda».
Después de esta más tranquila recitación (la banda de jazz estaba descansando y algunas de las damas más jóvenes del comedor parecían estar mirando hacia nosotros, inclinándose para oír mejor), los ancianos se limitaron a sacar el labio inferior y mover la cabeza de un lado a otro, un gesto idéntico en ambos.
—Ssssí —dijo Len, dubitativo—. Supongo que algunos podrían considerarlo un poco subido de tono, la imagen de la serpiente, pero por su descripción del hombre, yo me imaginaba algo más.
—Bien, entonces, señores, veamos el n.º 48.
Me incliné mucho y susurré, mientras los demás comensales habían cesado de hablar por completo. Ahora Sonia quedó convencida, una mano sobre la boca, y Len asentía suavemente.
—¡Oh, madre mía! ¡Oh, sí! —suspira Sonia—. ¡Tiene usted que encontrar la tumba de ese tipo! ¡Es encantador!
—Tendré que recitar eso en la siguiente reunión de mi logia —dice el anciano, y Sonia se muestra de acuerdo.
—Por favor, escríbalo. Yo pertenezco a un club de poesía en Minneapolis, y las demás damas me juzgarán muy inteligente por haber encontrado eso.
Les prometí ejemplares de Deseo y engaño antes de que desembarcaran; su placer y gratitud por el regalo fueron absolutamente abrumadores. Pronto lanzaron simpáticas invitaciones para explorar juntos Tebas y el Valle de los Reyes, y para visitarlos en Minneapolis, pasar un verano en su casa situada sobre un lago que lleva un enormemente largo nombre piel roja.
Comimos cordero y cuscús, y bebimos un clarete bastante bueno, y tras los postres (un pegajoso pastel nativo de miel, sésamo y agua de azahar), Sonia le pasó a Len un pañuelo limpio, esperó hasta que él se hubo limpiado ruidosamente la nariz otra vez, y luego le preguntó: «Bueno, ¿se lo proponemos a nuestro nuevo amigo?», y Len dijo: «Naturalmente. Creo que Ralph pegará un brinco ante la posibilidad. Además, quiero conocer al viejo libertino».
Y Sonia se volvió hacia mí, me acarició el dorso de la mano y me miró a los ojos con una maliciosa sonrisita. Luego, suavemente preguntó si me gustaría saber algo más sobre mi Atum-hadu, o sobre mis perspectivas de encontrarlo, quizás incluso saber dónde estaba en aquel mismo instante.
Oh, qué lástima, pensé con auténtica tristeza, haber perdido tan rápidamente algo de valor; esos viejos están chiflados.
—¿Tienen ustedes acceso a esa información? —pregunté, disimulando mi horror lo mejor que supe.
—Tal vez sí —dijo Sonia, y sonrió con clara alegría y excitación, mientras Len asentía y repetía:
—Oh, sí, lo tenemos, querido amigo.
¿Podrían tener alguna conexión con eruditos? ¿Uno de los jóvenes Nordquist era quizás egiptólogo en la universidad agrícola de Minneapolis?
—Paciencia, Ralphie, paciencia —dijo Sonia maliciosamente mientras yo los seguía, ligeros pese a su avanzada edad, fuera del comedor, por el pasillo, subiendo por la escalera principal y a lo largo de un corredor que vibraba bajo nuestros pies hasta su puerta.
Habían tomado un camarote que podría equivaler a seis veces el mío, y eso que yo había alardeado de posibles (confiando todavía en tu padre y en la sociedad, como sigo haciendo, sin la menor duda). Cerca de un piano de cola, sobre una mesa redonda cubierta por un orlado tapete verde que llegaba casi hasta el suelo, descansaba un candelabro de plata de tres brazos entrelazados, cada uno de ellos con una vela pintada a franjas, que Len encendió antes de apagar las luces eléctricas del techo y cubrir la portilla.
—Siéntese, querido muchacho —dijo Sonia, empujando tres pequeñas sillas hasta la mesa.
Len se unió a nosotros, y mis vecinos me cogieron las manos.
—Oh, qué adorable sensación esta noche, ¿no es verdad, osito? —preguntó ella.
Y Len replicó:
—Así es, querida, el aire vibra.
—Por favor, diga su nombre y su objetivo, corazón —dijo ella y me apretó los dedos con sorprendente fuerza—. Para que todos lo oigamos.
—Me llamo Ralph M. Trilipush, y soy profesor auxiliar de Egiptología en la Universidad de Harvard, así como autor de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto, Collins Amorous Literature, 1920, nueva edición prevista de la editorial de Harvard para el año próximo. Soy el especialista más destacado del rey Atum-hadu de la XIII.a dinastía de Egipto. He venido…
Y al decir eso las velas se apagaron por sí solas. Ni Len ni Sonia las soplaron. Y, Margaret, no se apagaron como si las hubieran soplado, inclinándose primero la llama hacia el lado opuesto de donde viene el viento. No, se apagaron solas, oscureciéndose desde arriba hacia abajo, sin ningún olor a humo. Yo estaba atónito, como le habría pasado a cualquiera, e imaginé algún truco, aunque no soy capaz de decir qué, o cómo.
—¡Oh, eso es muy bueno! —dijo Sonia, apretándome tanto los dedos que los privó de circulación—. ¡Le han oído muy pronto, verdaderamente!
—¿Sois Vuestra Majestad, el gran rey Atum-hadu? —entonó el jefe de ventas de la más gran fábrica de alimentos de Minnesota. Y, Margaret, la mesa se levantó ligeramente por un instante del suelo, volviendo a caer con brusquedad. Un truco, por supuesto, Margaret, y, sin embargo, el efecto fue realmente asombroso. Y ellos son muy viejos para estar levantando mesas con las rodillas.
—¿Tienes un mensaje para nuestro amigo, el profesor? —preguntó, y la mesa volvió a rebotar sobre el suelo.
—¿Deseas ser encontrado por el profesor? —Golpe.
—¿Quieres decirle dónde puede hallarte? —Golpe.
—¿Tendrá éxito en encontrarte? —Golpe.
—¿Alguien lo ayudará? —Golpe.
—¿Alguien de este barco? —Golpe.
—¿Deseas hablar a través de la mesa? —Golpe.
—Tus deseos son órdenes para nosotros, gran rey —dijo Len, encarnando muy bien al refinado cortesano.
—Por favor espere un segundo ahí —dijo Sonia, pidiendo a Su Majestad el rey Atum-hadu que se mantuviera a la línea mientras ella iba a buscar un pedazo de papel para tomar nota del mensaje. Me soltó la mano, se apartó de la vibrante mesa y hurgó en la oscuridad de la habitación. Volvió a encender una de las velas y dejó sobre la mesa una especie de tabla; es difícil describirla, una cosa extraña. Era un trozo plegable de madera pintada con un adornado alfabeto y unos números. Encima de la tabla colocó una especie de lente con una retícula en su centro, cuyo tamaño sólo le permitía enfocar uno de los caracteres pintados cada vez. El cristal estaba colocado dentro de un disco de marfil provisto de unas diminutas ruedas, así como de unas delicadas muescas lujosamente forradas de terciopelo en las que colocar las yemas de los dedos. Sonia puso mis manos sobre el disco, y a la débil luz de una vela de franjas negras y blancas, las cuatro viejas manos de mis anfitriones parecían muy pálidas y blandas sobre el peculiar artilugio, como si estuvieran hechas del mismo marfil.
—Bueno, pues, pregunta, pregunta, querido muchacho. Él está esperando tu pregunta.
Yo no entendía lo que se suponía que debía hacer.
—Oh, haré que la bola ruede —dijo Len—. Gran rey Atum-hadu, ¿quién será de gran ayuda para tu amigo Ralph en su búsqueda de ti?
El artilugio de cristal y marfil empieza a deslizarse a través de la mesa por debajo de nuestras manos, deteniéndose aquí y allá, centrando con precisión su retícula sobre las letras A H A H R T N W.
—Ah, bueno —dijo Len en tono de reprensión—. Su Majestad parece estarse divirtiendo un poco a nuestras expensas.
—Majestad, no estamos aquí para tu diversión. Quizás ignores cómo consideramos a los reyes en nuestra época (no hay intención de ofender a usted ni a los suyos, Ralphie). Si no quieres hablar con nosotros, sea, pero no vamos a tolerar ninguna… —Y Sonia riñó al espíritu del último rey de la XIII.a dinastía por hacer «bromas inmaduras». Hubo un momento de silencio y calma, y entonces el disco voló otra vez haciéndome saltar casi los dedos en su apresuramiento: A H A H R T N W.
—Quizás no quiere definirse —sugirió Len.
—No, no. —Finalmente pude hablar—. Déjeme probar. Señor del Nilo, Amo de los Dos Reinos, ¿dónde te encontraré?
R X K S T.
—Oh, esto es demasiado —exclamó Sonia, quitando las manos del marfil, el cual entonces se volcó hacia un lado por el peso, no equilibrado, de los dedos de Len y míos—. Lo siento de veras, querido Ralph —dijo mientras encendía la luz eléctrica y todos entrecerrábamos los ojos bajo el resplandor de los años veinte—. Tenía esperanzas, sabe usted.
—Por favor, me ha parecido fascinante —dije—. Yo tengo más bien una actitud científica en estas materias, así que no puedo decir que me sentara con ustedes como un creyente convencido.
—Por supuesto que no, querido, por supuesto que no —dijo Sonia, y sonrió como quieres que tu madre sonría cuando te permite que una mentira tuya pase alegremente sin comentarios.
Les deseé las buenas noches, los dejé saludándome desde la puerta, sus manos unidas, haciendo planes para desayunar al día siguiente, y me encuentro ahora en mi vibrante camarote (irritantemente espartano después de lo que ahora sé que está disponible en el barco… Tengo ciertas ganas de volver a El Cairo a tenérmelas con el individuo de la agencia de viajes).
No quiero alentar a los charlatanes, Margaret, pero estas adorables personas deben de haber sido unos maestros del fraude muy entrenados y sincronizados, y a la vez útiles egiptólogos aficionados ambos, y ansiosos por verme triunfar, porque ¿cómo, si no, explicar que A H A H R T N W, más algunos espacios, nos dé «aHA Hr Tnw», que significa «un combatiente por el honor» en la transcripción estándar al alfabeto latino de los jeroglifos, y que «rx-k st» se traduzca, al pie de la letra, como un muy alentador «tú conoces el lugar»? ¿Qué puedo escribir aquí, Margaret? Yo vi lo que vi. No creo en ello más que tú. No puede haber sucedido. Pero sucedió.
Acabo de despertarme; las 4:15 de la mañana, según mi reloj. En mi sueño, ahora mismo, el zumbido de las máquinas se convierte en el murmullo de un auditorio impaciente en una repleta sala de conferencias, como aquella en que te conocí, aunque infinitamente más grande. Miles de personas están esperando mis palabras. Me siento a la mesa, sobre el estrado, con mi conferencia ante mí, varias holandesas en una mano, donde reconozco mis esfuerzos infantiles para trazar la escritura demótica. Me siento un poco incómodo debido al peso de mi yelmo, cargado con sus figurillas doradas en la frente que representan un buitre, una esfinge, una cobra, a ti, a tu padre, a Inge y a los Nordquist. A mi lado en la tarima, se sienta Carter, muy parlanchín, aunque bajo el creciente ulular que procede de la lejanía, del remoto auditorio de Boston, le resulta cada vez más difícil concentrarse en sus halagos: «Es de la máxima importancia, desde luego, que siempre mantengamos el mismo método para avanzar de cámara en cámara dentro de la tumba. Mi admiración se extiende mucho más allá de sus descubrimientos y abarca también su corazón». Los aullidos se van haciendo más fuertes y avanzan invadiendo a la multitud, fila tras fila de damas bostonianas que se ponen repentinamente de pie gritando con sus caras contorsionadas, lanzando hacia mí sus brazos y programas en actitud de súplica. «¿Cómo consigue usted mantener la calma frente a estas presiones?», le pregunto a un visiblemente nervioso Carter. La mitad de la multitud está lanzando gemidos ahora, tirando violentamente de cuellos y cinturones, el gutural aullido, un ruido tan viejo como Egipto, resonando en las damas de Boston, Dean Warren, el profesor Ter Breuggen, todos los pelotilleros y criminales socios de Finneran. Inge se ha arrancado las ropas de su magnífico cuerpo, e incluso tú te pones de pie ahora, liberándote del espeso aturdimiento de los calmantes para gemir como todo el mundo está gimiendo, y yo me levanto de la mesa y avanzo a grandes zancadas, desnudo y poderosamente dotado de tres miembros, sosteniendo mi conferencia en una mano y el todavía palpitante corazón de Carter en la otra.
Estoy cansado. Los ojos me pesan, pero me siento muy fuerte, extrañamente fuerte.
Viernes, 27 de octubre de 1922
Me desperté tarde esta mañana y me enteré por uno de los sobrecargos que anoche se había producido una reyerta entre dos miembros del personal de la cocina, en la que uno de los diablos había cortado al otro con un cuchillo del pan antes de que un par de camareros pudieran dominarlo. Me enteré también de que la pelea se había iniciado por un insulto de uno de los negros a un turista americano, y que el otro egipcio se había sentido impulsado a luchar porque no podía soportar la grosería con los occidentales. Defendía al ofendido americano contra su propio compatriota. Un combatiente por el honor.
Convencí finalmente al sobrecargo de que me llevara a ver al pobre tipo que yacía en su catre, vendado, recuperándose de los cortes producidos en sus brazos y espalda. Su inglés no era malo, pero hablamos la mayor parte del tiempo en árabe. Yo me presenté, le conté una parte de mis planes, le regalé un ejemplar de Deseo y engaño en el Antiguo Egipto (dedicado a un «combatiente por el honor») y le describí un simple pedacito de lo que esperaba encontrar en mi tumba. Le hice algunas preguntas, y las respuestas fueron muy satisfactorias: nativo de Luxor, conocía los senderos y caminos apartados de las zonas del oeste del Nilo como la palma de su velluda mano. ¿Tenía amigos fieles en quienes confiar? Sí, los tenía. ¿Deseaba ganar más dinero del que había visto en su vida? En efecto, lo deseaba. ¿Quería participar en una aventura más importante que vaciar ceniceros en un barco fluvial? No era muy charlatán, ni tampoco sonreía con facilidad, pese a todo su ardor por defender a los occidentales insultados, pero Ahmed me miró de arriba abajo y severamente se mostró de acuerdo (exactamente como un sargento mayor que una vez conocí, cabello muy corto y hoscos silencios). En cualquier caso, mi expedición tenía ahora un capataz, aunque fue precisa cierta negociación para convencerle de que trabajara por un salario y una baksheesh, no por «una parte del tesoro». Y cierto que no se puso a dar brincos, a hacer reverencias de gratitud, a aceptarme sin reservas, o a jurar lealtad por su vida. Pero bueno, había sido herido sólo unas horas antes.
Le di la dirección de mi villa e instrucciones para realizar las compras y los alquileres preliminares. Hice hincapié en la discreción. Él respondía asintiendo con la cabeza. Pidió, y obtuvo, dos días para recuperarse y atender asuntos personales en tierra. Y nuestra reunión terminó. Esperé un poco, aguardando un estallido de gratitud o de placer infantil, pero recibí sólo una mirada fija, sin pestañear.
Desayuno con los Nordquist, cariñosas despedidas, les doy la dirección de mi villa, les invito a venir a menudo, a visitar mi yacimiento cuando estemos con todo montado en marcha y a la vista. Están justificablemente emocionados.
Diario: ¡Desembarco en Luxor! El representante de la agencia inmobiliaria espera con un carro y burros para transportar mi equipaje a la villa, y acepta el pago hasta el 30 de noviembre. El tema bancario es ahora una cuestión de la máxima urgencia. Los bancos están cerrados hasta el domingo.
Con el equipaje instalado y las llaves en mano, tomo el ferry que cruza el Nilo, alquilo un burro, y monto en él para llegar hasta la tierra sagrada que no he visto en siete años, desde 1915, una tierra sagrada en igual medida para los antiguos y para mí. Es difícil expresar la emoción mientras paso al trote por delante de inimaginables cambios: los turistas desfilando ante unas vistas que, en 1915, no existían; eran simples dunas de arena que albergaban ocultos misterios; vigilantes del Servicio de Antigüedades llevando a cabo sus rondas; el complejo del templo de Hatshepsut en Deir el Bahari; y la acordonada parcela donde Winlock, del Museo Metropolitano, estará excavando de nuevo dentro de unos días. Pasé frente a todo esto, recorrí trotando por delante y por detrás el emplazamiento de Winlock, colina tras colina, interminablemente, por la tierra que subía y bajaba suavemente a lo largo de la cara del farallón, hasta que finalmente reconocí las marcas que Marlowe y yo dejamos siete años antes, el día que descubrimos el Fragmento C y huimos con él de forma tan apresurada y osada.
Este paseo preliminar por el terreno le proporciona al ojo experimentado una idea del cambio al que se enfrenta, del alcance del problema: cuántos posibles lugares por donde empezar a abrir la tierra, cuántos hombres se necesitarán, cuánto tiempo cabe esperar que trabajemos, qué clase de equipo especializado será necesario. Tracé a pluma un mapa topográfico de la cara del farallón, anotando cada posible hendidura en su fachada, planeando una estrategia, considerando, según sus posibilidades de éxito, todas las zonas que puedo abarcar, estableciendo prioridades en función de las exigencias de tiempo y dinero.
Suponiendo que mi respaldo financiero sea seguro, pienso que un equipo de diez hombres será suficiente para las primeras exploraciones, y que este número se irá incrementando rápidamente a medida que las excavaciones se intensifiquen. No creo, si las suposiciones de Marlowe y mías son correctas, que esto acabe suponiendo varios centenares de hombres removiendo enormes cantidades de tierra. Sé dónde debería estar el rey, al menos pienso que lo sé. Suponiendo que mi respaldo financiero sea seguro. Cuestión que se resolverá el domingo.
Esta noche, duermo en mi villa, situada en las aisladas orillas del Nilo, cada vez más cerca de mi rey y mi destino.
Sábado, 28 de octubre de 1922
Sobre «cómo adivinar» dónde encontrar una tumba: Se preguntará el lector, nada irrazonablemente, cómo se pierde una tumba durante 3.500 años y cómo sabe uno dónde ir a buscarla.
Incluso si una tumba era públicamente conocida, después de 3.500 años se puede perder. Hasta una pirámide, aunque no resulta fácil de perder, ha sido hallada de vez en cuando donde nadie recordaba haberla dejado. Una hipótesis de la invisibilidad de Atum-hadu: Estamos buscando demasiado abajo; su tumba (como el primer intento de la de Hatshepsut) fue construida en una hendidura a medio camino en la cara de un farallón, y luego cubierta con escombros, y ya cerca del olvido. El clima y la erosión pueden conspirar para cubrir una tumba con piedras y barro. Los esclavos que construyen otra tumba a su lado pueden verter la tierra que excavan sobre la tumba más antigua, ocultando así su entrada. O pueden construir sus propias chozas directamente sobre la entrada de una tumba vieja. Incluso hoy día, torpes arqueólogos podrían excavar y echar su tierra sobre otra tumba, sin darse cuenta. O la entrada de la tumba podría parecer otra cosa, una irrelevante fachada tras la cual no vale la pena mirar.
Y, recuerda, lector, quizás la tumba no estaba destinada a ser vista, característica ya propia de Atum-hadu. Porque, considera los últimos días de su vida: invasión de los hicsos por el norte y de los africanos por el sur. Traicionado por sus nobles. Reyes rivales instalándose en algún lugar del Nilo. El fin del mundo, en resumen, y no se trata de ninguna exageración: el fin de toda tradición, cultura, vida cotidiana, legítima autoridad. Echando una sabia ojeada retrospectiva, nosotros o algún recién llegado principito de cucharilla de plata de la XVIII.a dinastía siempre puede venir y decir: «Chorradas, era sólo un período intermedio, y mirad, sólo de noventa a cien años más tarde los deslumbrantes príncipes Ahmosis y Kamosis terminaron de expulsar a los invasores y de reinstaurar la adecuada administración». Pero cuando has visto cómo se desploma tu mundo, el futuro es sólo una débil esperanza entre una multitud de otros, más probables, destinos calamitosos, y sólo puedes ver una eternidad de desesperación que se extiende ante tus ojos.
Atum-hadu contempla con ojos enfurecidos
cómo los extranjeros saquean su tierra.
Y se llevará consigo bajo las arenas
todo el oro y dioses y esposas y (fragmento).
(Cuarteto 17, A solamente,
Deseo y engaño en el Antiguo Egipto,
Collins Amorous Literature, 1920,
Universidad de Harvard, 1923,
si no están absolutamente envenenados
por Ter Breuggen).
Ahora, veamos. Atum-hadu evidentemente trataba de ser discreto con su tumba. Estaba obligado a serlo, a diferencia de anteriores y posteriores reyes, porque no era sólo su inmortalidad lo que se llevaba con él: Estaba trasladando a su agujero la totalidad de un Egipto que él consideraba acabado. No sólo necesitaba defender su lugar de reposo de los saqueadores de tumbas y manirrotos sucesores; toda una raza extranjera, los llamados hicsos (un término griego posterior), estaban arrasando la tierra de Horus, Isis y Ra. Por lo tanto su tumba estaría (estará) oculta y a la vez rebosante de riquezas, objetos artísticos y demás.
Maat me ha abandonado; me arranco los cabellos.
Cuando la necesito, debería tomarla, abrirla de piernas,
ella se comporta como una veleidosa mujerzuela,
apta sólo para ser poseída por detrás.
(Cuarteto 72, ABC,
Deseo y engaño en el Antiguo Egipto,
Collins Amorous Literature, 1920,
Universidad de Harvard, 1923).
Las duras palabras de Atum-hadu para Maat, diosa de la verdad y la justicia, mientras todo su mundo se está desintegrando, nos permiten hacernos una idea del carácter de los tiempos y del hombre. Pero quizás sea necesaria una lectura menos literal de este verso (aunque no necesitamos ir tan lejos como Harriman: «El orden se colapsa y yo estoy perdido. / La justicia se aparta de mí, desleal y cruel, / mostrándome sólo su hundida espalda». Vassal y Wilson: «Ah, pero es una maliciosa, esa Maat, / poniéndome la zancadilla, burlándose, una vrai coquette, / haciendo ostentación de sus formas ante mí / cuando los asuntos de Estado me apremian.»).
La genialidad de Atum-hadu en ningún lugar aparece con más claridad que en su complejo verso: Oíd a este rey, hecho una furia, gritando, no para escapar cobardemente (trocando reinos por un caballo, un simple caballo) sino —en inútil combate contra el Destino mismo, su vida eterna contra sus amorales maquinaciones — nuestro intrépido héroe expresa su disgusto ante la inutilidad de confiar en la verdad y la justicia, como si dijera: «Esos ideales sólo merecen una frecuentación secreta».