El egiptólogo
Correspondencia: B. Quint a R. Trilipush, 1922
Correspondencia:
Beverly Quint a Ralph Trilipush, 1922
PERSONAL para el Profesor R. M. Trilipush
A cargo del departamento de Estudios Egipcios
Universidad de Harvard
Cambridge, Estados Unidos de América
29 de septiembre de 1922
Mi queridísimo Ralph:
Acabo de pasar una tarde decididamente pesada (y ello en uno de los raros días soleados con que nuestro malhumorado, por no decir malintencionado, Padre Celestial nos ha obsequiado últimamente). Me vi obligado a perder un par de agotadoras horas con un pequeño individuo australiano, todo él pecoso y de color anaranjado, una cabeza del más absurdo pelaje. En el mismo momento en que se marchó, me puse a escribirte, ya que fue lo bastante amable para darme tu dirección en la querida y adorable Harvard. ¡Harvard! ¡Qué maravilla! Por supuesto, para los antiguos chicos del Balliol como tú y yo, quizás un poco provinciana, ¿no? ¿Recuerdas a Marlowe llamándola con nombres más bien divertidos, «El último refugio de los inútiles»?
Bueno, veo que te he dicho una mentirijilla. No me puse a escribirte en el momento en que se fue, querido. Esperé hasta que estuve seguro de que se había marchado del edificio y se encontraba de camino, y entonces primero lloré un poquito. Ya no tengo tendencia a sobreactuar, Ralph, al menos no por mucho rato, pero el espantoso Mr. Ferrell, un detective del tipo más lerdo, me aportó la confirmación de algunas noticias muy malas. No era nada que no hubiera sospechado durante años, pero una cosa es pensar que sabes algo y otra completamente distinta saberlo, si entiendes lo que quiero decir. Cuando vi tu querido libro autografiado para los padres de Hugo, bueno, entonces supe lo que tú has sabido durante años, lo que temía a diario pero trataba en vano de no creer.
Cálmate, querido, puedo imaginarte subiéndote por las paredes. Siento pena y agravio, pero no tengo ninguna queja verdadera que hacerte, considerando los hechos con imparcialidad. Rasgarme las vestiduras mientras cuento mis tonterías a la policía, y a la espantosa familia de Hugo, no tiene el menor atractivo. En lo que a mí concierne, eres libre. Mientras no vuelva a encontrarme nunca más contigo, puedo imaginar su cara en ti y decirme a mí mismo que él sigue viviendo en ti; pero hay algunas cosas que deberías saber antes de que cometas más errores fatales. Detestaría ver que la creación de Hugo se encuentra con su creador demasiado pronto. Para empezar, los insoportables padres de Hugo se llaman Hector y Regina, pese a las insistentes pretensiones de Hugo en sentido contrario. Toma asiento, ángel mío, la historia es cada vez más sorprendente.
Más bien cargué las tintas para Ferrell ahora, pero la verdad es que lo estaba pidiendo. Generalmente ofrezco a mis visitantes más conservadores una atmósfera suave e inofensiva, pero ése, ese asqueroso granjerito aussie, tardó apenas un momento en soltar sus referencias a Wilde y mofarse intolerablemente, afirmando su gusto por las damas. Si no hubiera sentido curiosidad por enterarme de lo que sabía sobre Hugo y sobre ti, le hubiera dado una paliza hasta dejarlo inconsciente, y lo habría vestido con una falda y abandonado en la calle. Pero actué para él. La cara que puso ese hombrecillo cuando —al ir a tirar de un cordón de terciopelo conectado únicamente a una cortina— le pregunté si no «le apetecía saborear a un niño árabe junto con su café», fue toda la diversión que he tenido en varias semanas.
También estoy un poco triste porque durante años he atesorado las páginas que te adjunto, pese a las preguntas de la familia de Hugo y de nuestro vulgar sabueso de las antípodas. Pero ¿de qué me sirven ahora? Tú pudiste salir de Egipto, él no.
Estos últimos años me he convertido en un insoportable pelmazo. Debería ser un héroe para los jóvenes de Londres y todo lo que hago es estarme sentado en mis habitaciones, haciéndome más viejo cada día. El otro día me visitó un colega del Balliol, que muy correctamente me reprendió por convertirme en una vieja, una especie de personaje de Balzac. ¿Has leído a Balzac? Hugo te describía como alguien bastante afanoso por lo que se refería a tu campo, pero no mucho para lo demás. Hay más cosas en la vida que… Oh, mira, como si tuviera algún derecho a apremiarte a que amplíes tus horizontes, cuando los míos se han encogido hasta un puñado de cartas de un joven soldado muerto.
Te adjunto cinco de ellas. Te explicarán todo lo que necesitas saber, excepto, supongo, dónde empezó todo. Originalmente, en Oxford, él era una especie de broma, sabes, servía de camuflaje fácil, un nombre aceptable ratificado por todos, un individuo que podíamos utilizar todos cuando manteníamos correspondencia con las motos y los poters. Se había convertido en un dogma, sabes, en nuestros círculos, que éramos incurables, aunque seguía habiendo entre nosotros algunos tristes chicos que intentaban resistir, o maldecir nuestra naturaleza, a hacer como los ancianos padres nos pedían y hablar con algún horrible especialista de Londres, en Harley Street, que prescribía psicoanálisis, duchas, viajes, boxeo. («¿Y qué tal la lucha libre, amor?», le pregunté). Cómo es que todos los padres parecían conocer al mismo curandero es algo que se me escapa. En todo caso, el más osado de nosotros —Hugo, por supuesto — simplemente dijo un día mientras los de nuestro pequeño club estábamos cenando en nuestras habitaciones, «¿Qué tenéis de malo, chicas? ¿Os vais a someter a esto? Yo rechazo el tratamiento. ¿Por qué no buscan ellos tratamiento?». Delicioso. La idea de nuestros incómodos padres tratando de hallar una cura para su persistente ginofilia con algún delicado doctor de nuestra elección. Todos queríamos a Hugo, sabes. Nunca pude tenerlo todo para mí, ni siquiera entonces. Pero él era con mucho lo que yo deseaba ser. Las mujeres nunca lo miraban, claro; no estaba hecho para ellas, las malas bestias lo olían a distancia, mientras que mi aparición siempre las confundía y las hacía dejar caer sus novelas de Jane Austen cerca de mí, con miradas significativas.
«Bueno, negaos», decía nuestro Hugo. Pero algunos de los más jóvenes no eran tan valientes, así que Hugo nos sugirió que todos dijéramos a nuestras familias que ya estábamos curados, mucho mejor, gracias, y pensando seriamente en hacer proposiciones de matrimonio a alguna joven de buena familia que habíamos conocido recientemente en una fiesta. ¿Cuál era el nombre que se nos ocurrió? Qué extraño, ahora sólo puedo recordar el de Gwendolyn, pero no era ése. Y, lo mejor de todo, madre y padre, hemos conocido al tipo más maravilloso, el mejor de los amigos, el individuo al que uno espera conocer al ir a Oxford, que será probablemente mi testigo si logro armarme de valor para decirle a esa chica adorable cuán genial creo que es. Y él, bueno, él era moldeable, ése era su encanto; era todo lo que tú pensabas que tus padres deseaban oír. Si ellos o aquella sanguijuela de Harley Street tenían la audacia de disuadirte de que frecuentaras tu habitual círculo de amigos, los tranquilizabas diciendo que ahora pasabas tus momentos de ocio en compañía de un gran tipo, un muchacho de buena cuna y extraordinariamente digno de confianza que remaba como Ulises aquella temporada, que corría como Hermes, que estaba seguro de sacar sobresaliente en Egiptología (Hugo insistía que todos mencionáramos esto), que se había comprometido con lady Tal y cual, que se disponía a regresar a Kent y devolver la mansión familiar a su anterior condición, a hacerse cargo de sus propiedades, o mostrar o los pequeños terratenientes locales cómo era un caballero rural del siglo XX, y así sucesivamente, al gusto de cada uno, al gusto de los padres de cada uno, para ser exactos. Estoy seguro de que tú lo habrás oído todo, querido muchacho. Hugo proporcionaba una extensa biografía para aquellos individuos que no eran muy creativos, hasta arreglaba las cosas para que unos pocos muchachos consiguieran su fotografía, vestidos con ropa de caza, con un hombre de la zona que encajara en el cuadro. Incluso acudíamos a Hugo para que nos diera ideas: «Madre quiere conocerlo el mes que viene. ¿Qué voy a hacer?». Hugo se ocupaba de todo, nos tranquilizaba, escribía los cuentos que necesitábamos, y nuestros padres respiraban tranquilos. Nuestro molesto defecto adquirido en la escuela se había desvanecido completamente en la universidad.
Sigo sin poder aclarar exactamente lo que pasó aquel día de noviembre en el desierto. Sé lo que Hugo pensaba hacer, querido Ralph. Espero que lo hayas perdonado, camarada. ¿Puedes realmente censurarlo? No, no más de lo que yo puedo censurarte a ti por el resultado. (O censurarme a mí mismo: Hugo interpretó mi consejo al revés). Pero ¿podrías escribirme y recordarme los hechos? Creo que me debes ese pedacito de consuelo.
¿Lo amabas un poco? Tengo que pensar que sí. ¿Cómo podría haber sido de otro modo? ¿Cómo podía no inspirar amor? Especialmente en alguien cuyo corazón está un poco abierto, tú que no te atreves a pronunciar tu nombre. Tú fuiste el último que lo conoció. Podrías escribirme y hablarme sobre Hugo en la guerra, describir lo que hacía.
Bueno, con este fajo de cartas, tú quedas de golpe informado. ¡Pero no dejes de ser tú mismo! ¡Ésa sería, sin duda, la moraleja equivocada de esta historia! No, no tengo intención de desanimarte, Ralph, no más de lo que pienso perseguirte, o pedir a la policía que pierda el tiempo con nuestras vidas. Estoy simplemente dándote el conocimiento que te hace falta para seguir adelante, porque, a fin de cuentas, tú eres el fruto de nuestro amor, nuestra culminación, querido muchacho, así que sigue tu camino… Tus continuados éxitos nos honran. Eres la viva expresión de Hugo, su Adán sobreviviéndolo, pero todavía comportándote tal como él te hizo. Oh, por supuesto, sigue adelante, viejo Ralph, tu Creador está orgulloso de ti, incluso si en un momento de debilidad intentó destruirte. Los dioses pueden comportarse así. Y cuando oiga hablar de tus triunfos (como este divertidísimo librito de indecencias, que Hugo habría admirado sinceramente), gritaré en mi interior que, en ti, Hugo sigue caminando por la tierra, tan vivo como la última vez que lo abracé.
Él te elaboró a partir de trozos de tela y relleno de crin, sólo para hacerme reír, sabes. Fueras lo que fueses para él, fuera lo que fuese lo que olvidara decirme, no es nada comparado con lo que nosotros fuimos y con el regalo que me hizo de ti, su Guignol, cuyo escenario está en todas partes y cuyos hilos se extienden hasta algún paraíso buche de buen gusto. Puedo imaginarte hoy, chico anónimo, hablando lo más parecido a Hugo que puedes. ¿Recortas y alargas los «buenos días», convirtiéndolo en «bns dííías»? ¿Llamas a las personas «Sven» cuando no puedes recordar su nombre? ¿Hostigas a los ginófilos y los llamas «queridos»? Por supuesto que lo haces, cariñito.
Solamente, como un favor a este entusiasta seguidor, dedica un recuerdo, de vez en cuando a lo que dejaste morir en un lejano desierto. Espero que no seas cruel.
Tu admirador,
B. Quint