El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 11 de 58

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El fin de Selb

11. Dinero fácil

 

 

Emmertsgrund queda más arriba de Leimen am Hang. Los bonitos apartamentos del Augustinum dan al oeste y la vista se extiende sobre la llanura del Rin, igual que las bonitas habitaciones de la clínica del Speyerer Hof. Al pie de la montaña hay una fábrica de cemento que echa un polvillo fino y claro.

El viejo Weller y yo estábamos junto a la ventana. Había amueblado las dos habitaciones de su apartamento con sus propios muebles, cuya historia me contó antes de sentarnos. También me había hablado de sus vecinos, que no le caían bien; de la comida, que no le gustaba, y de las actividades organizadas, que iban desde los grupos de baile hasta la pintura sobre seda, y que no le interesaban. A causa de su mala vista ya no podía conducir; tenía que estar anclado en el Augustinum y se sentía solo. No creo que se tragase que yo recolectaba fondos para la Unión Alemana para los Cementerios de Guerra. Pero estaba tan solo que le daba igual quién fuese yo. Y, además, los dos habíamos sido heridos en la campaña de Polonia.

Yo me inventé un hijo, una nuera y un nieto, y él me habló de su familia y de la muerte de su hija.

—¿Y no vienen su yerno y sus nietos a visitarle?

—Desde que Stephanie murió, él ya no viene. Yo no le he hecho ningún reproche, pero él tiene mala conciencia. Y mis nietos están en un internado en Suiza.

—¿Y por qué tiene él mala conciencia?

—Tendría que haberse preocupado de ella y haber dejado a un lado ese disparate del banco de la zona oriental. —Mientras había estado hablándome de sus condiciones de vida, su tono de voz había sido lastimero, pero en ese momento sonaba decidido y comprendí cuánta autoridad debió de haber irradiado en su juventud.

—Yo creía que nuestros bancos se estaban forrando en los nuevos estados federales.

—Mire, joven —era un hombre de mi edad y se dirigía a mí llamándome «joven»—, usted no procede del negocio de la banca y no entiende nada de eso. Nuestro banco subsistió porque se hizo más pequeño, no más grande. Administramos capitales, asesoramos a inversores, tenemos fondos, y los gestionamos a nivel internacional. Los pocos clientes de Schwetzingen que aún mantienen cuentas con nosotros ya no encajan en ese esquema, en realidad. Los mantenemos por sentimentalismo. Y los clientes de la Cooperativa Sorbia de Banca tampoco encajan en el esquema, aunque sean muchos y grano a grano se haga granero.

—¿Y su yerno no piensa lo mismo?

—Ése… —Soltó una risa breve y desdeñosa—. No sé lo que ve ni si ve algo. Es un chico listo, pero el banco no es lo suyo y nunca lo ha sido. Estudió medicina y Welker debería haberle dejado que fuese médico, en vez de forzarle a entrar en el negocio de la banca porque era la tradición familiar. ¡La tradición familiar! Como si lo que ahora se hace tuviese algo que ver con la tradición familiar… Ahora, lo único que importa es hacer dinero rápido, nuevos amigos, nuevo personal. Ya no sé si sigue existiendo el negocio de fondos y depósitos que Welker y yo levantamos. Hasta ahí hemos llegado: ya no lo sé.

Cuando iba a irme me enseñó una foto de su hija. No era la belleza exuberante que yo me había imaginado por la descripción de Nägelsbach y por el retrato de su tía abuela, que había visto en casa de Schuler. Tenía el rostro delgado, pelo negro liso, labios severos y, aunque bien es cierto que tenía fuego en la mirada, también se reflejaba en ella una inteligencia despierta.

—Estudió derecho y trabajaba en el banco. Había heredado todo ese sexto sentido que nuestra familia ha desarrollado para las finanzas. Si aún siguiera viva, el banco iría de otro modo. —Sacó la cartera del bolsillo y me dio cincuenta marcos—. Para los cementerios de guerra.

De camino a casa pasé por Schwetzingen. El camarero del café me saludó como si fuera un cliente habitual. Eran las tres y media, hora de tomarse un chocolate con bizcocho y, al ser viernes, hora también de salida del banco Weller & Welker. A las cuatro salieron las cuatro jóvenes del banco. Se quedaron un momento juntas y luego se despidieron; dos de ellas se fueron por el Schlossgraben y las otras dos se dirigieron a la estación. A las cuatro y media salieron los tres jóvenes y se fueron por el Schlossgraben, pero en sentido contrario. Dejé un billete de veinte marcos sobre la mesa, hice una seña al camarero y los seguí. Fueron caminando un buen trecho: pasaron junto al recinto ferial y bajo las vías del ferrocarril hasta llegar a un barrio con almacenes de cables, instalaciones de lavado de coches, naves de materiales de construcción y de bebidas. Allí entraron en un hotel de siete plantas y pude ver que en la recepción les entregaban las llaves de sus habitaciones.

En mi oficina parpadeaba la luz del contestador del teléfono. Mensaje de Georg, que había oído el mío y quería pasar por mi casa; que si me iba bien el sábado o el domingo. Mensaje de Brigitte diciendo que le apetecía ir al cine el sábado por la tarde. La tercera llamada era de Schuler. «Siento haber sido tan brusco antes por teléfono. Entretanto he hablado con Bertram y Gregor y ya sé que usted no dijo nada negativo sobre mí. Simplemente es que Bertram está hasta arriba de trabajo, pero me ha dicho que se pasará hoy a última hora por mi casa. ¿No quiere usted también pasar por mi casa otra vez? ¿Qué tal la semana que viene? ¿Qué tal le va el lunes? —Se rió, pero no era una risa alegre—. Este viejo tejón todavía está vivito y coleando. Y ha cazado un ganso».

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