El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 32 de 58

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El fin de Selb

9. Reversi

 

Me quedé todo el día en la cama. Turbo se me enroscó en las piernas ronroneando. Brigitte vino a eso del mediodía y me trajo caldo de gallina. A última hora de la tarde llamó Philipp. Se reprochaba no haberme mandado a casa el domingo; me preguntó si mi corazón lo había aguantado todo y me dijo que Nägelsbach evolucionaba bien y que el miércoles podía ir a visitarle. Entonces tendríamos también que hablar los tres.

—La policía no ha venido hoy por aquí. ¿Te imaginas que pudiéramos mantenernos al margen? Yo, no.

Pero pudimos. El único al que interrogó la policía fue a Welker, quien les informó del origen ruso de Samarin, de sus viajes a Rusia, del medio año que había pasado allí, de sus oscuros contactos y de sus intentos de abonar grandes cantidades de dinero en efectivo a supuestos clientes rusos en la banca Weller & Welker. En un cubo de la basura del Luisenpark, cerca de la entrada de la Werderstrasse, la policía encontró el arma con la que habían matado a Gregor… Era una Malakov. Tenía puesta una camisa de fuerza y le habían disparado por la espalda… Había sido una ejecución. Los vecinos habían oído disparos, puertas de coches que se cerraban, coches que se iban a toda prisa… Había sido un ajuste de cuentas entre bandas rivales.

El martes el Mannheimer Morgen llevaba en titulares «Ejecución en el Luisenpark» y el miércoles, «Guerra entre bandas rivales en Mannheim». Unos días más tarde el periódico se preguntaba si la mafia rusa no se habría introducido en los bajos fondos de Mannheim y Ludwigshafen. Pero ya era sólo una breve reseña.

Philipp y yo estábamos sentados junto a la cama de Nägelsbach en el hospital, totalmente desconcertados. Como chiquillos que han hecho una travesura sin consecuencias para ellos, pero con la que otro ha sufrido un daño que no pretendían; pero que ya no tenía arreglo. Probablemente Welker merecía ser condenado; probablemente Nägelsbach y Philipp merecían una sanción disciplinaria y yo merecía un no sé qué por imprudencia temeraria.

—¡Qué demonios! En realidad, cada día que pasa me siento más convencido de que la policía no va a querer nada de nosotros. Hoy ya me siento cuatro veces más optimista que el lunes y mañana lo estaré ocho veces más —dijo Philipp con una sonrisa irónica.

—No lo van a entender —dijo Nägelsbach con una mirada de disculpa —, pero no quiero dejar a la policía al margen. Siempre he estado en paz conmigo mismo y con la ley. Bueno, he hablado con Reni de los casos que llevaba, cosa que no debería haber hecho, aunque ella es de una discreción absoluta y, además, algunos casos los he resuelto sólo gracias a su ayuda. Pero esto es diferente. Welker se merece comparecer ante los tribunales. Lo que Samarin le haya hecho será, sin duda, un atenuante. Pero debe ser un juez el que decida si le corresponden unos años de prisión, la libertad condicional o la absolución.

—¿Y qué dice su mujer?

—Dice que… —Se puso colorado—. Dice que es una cuestión de conciencia, que aguantaremos las consecuencias y que, si es necesario, se pondrá a trabajar.

—¿Una cuestión de conciencia? —Philipp miraba a Nägelsbach como si no estuviera en su sano juicio—. ¿Y qué pasa con la mía?

Nägelsbach le miró desolado.

—No puedo pasarme la vida trabajando para que la gente tenga que asumir la responsabilidad de lo que ha hecho, y de pronto…

—La ley no le obliga a ir a la policía ni a llevar a Welker ante los tribunales. Puede seguir en paz consigo mismo aunque no lo haga.

—Bueno, señor Selb, usted ya sabe a qué me refiero.

Philipp se puso de pie, se dio con la palma de la mano en la frente y salió de la habitación.

Como Nägelsbach no juega al ajedrez, yo me había llevado el Reversi.

—¿Quiere que juguemos?

Nos sentamos, pusimos las fichas y las fuimos cambiando de la parte roja a la verde y de la parte verde a la roja. Cuando terminamos la primera partida, jugamos otra, en silencio, y luego, otra más.

—Sí, sé a qué se refiere. Y también entiendo lo que ha dicho su mujer. Es que… ir a la policía también tiene su… ¿Recuerda usted al tipo que se presentó en su fiesta de despedida? ¿El que quería hablar conmigo? Nos estuvo observando y es posible que quiera chantajearnos. Probablemente más a Welker que a usted, a Philipp o a mí.

—No, no me acuerdo —dijo sonriendo abochornado—. En mi fiesta de despedida no estaba yo del todo sereno.

—De nosotros tres soy yo el que menor riesgo corre en el caso de que vaya usted a la policía. Se podría considerar homicidio involuntario, puesto que le permitimos a Welker quitarle la pistola a Samarin… Pero ¿no le parece, en realidad, algo traído por los pelos? A diferencia de usted o de Philipp, yo no tendría que enfrentarme a un expediente disciplinario. Y para un detective privado no sería un problema que se diera publicidad a nuestra actuación; más bien, al contrario. Pero la cosa cambia tratándose de un policía jubilado o de un cirujano del Hospital Municipal. Por mí no tiene que preocuparse. Pero como nos embarcamos los tres, lo planificamos y lo llevamos a cabo los tres, ahora hemos de ser los tres quienes decidamos si informamos o no a la policía. Así que o convence usted a Philipp o tendrá que tragar con que a Welker no lo juzgue un tribunal.

Esperé a que dijera algo, pero no dijo nada. Estaba tumbado, con los ojos cerrados.

—Por otra parte, sobre la justificación de Welker…, creo que tiene razón. Samarin no le habría dejado en paz. ¿Qué ayuda le habrían prestado la policía o los jueces? Ninguna en absoluto… Usted lo sabe tan bien como yo.

Abrió los ojos despacio.

—Tengo que volver a pensar en todo eso. Yo…

—Y en cuanto a lo de la conciencia, quisiera añadir algo. Uno no pierde la conciencia por no estar alguna vez en paz consigo mismo o con la ley. Es exactamente al contrario: cuando uno está siempre en paz consigo mismo y con la ley no se necesita tener conciencia. La conciencia existe para que podamos ponernos en paz con nosotros mismos, cuando realmente no lo estamos. A mí no me gustan los policías corruptos; pero conozco a varios que en alguna ocasión han hecho algo indebido, y aunque no lo hayan podido digerir, han asumido su culpa y precisamente por eso se han convertido en unos policías incuestionables. Policías con verdadera conciencia.

—Yo también conozco a alguno. Pero siempre los he despreciado un poco.

Se incorporó y extendió el brazo mostrándome la habitación: la cama de al lado, vacía, el televisor, el teléfono y las flores, e intentó hacer una broma.

—Mire, yo también me dejo corromper. Es Welker quien paga todo esto; yo no podría hacerlo.

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