El fin de Selb
6. Bueno, pues ¡adelante!
Volvía a tener fiebre y le pedí dos aspirinas a la enfermera del turno de noche.
—No tiene buen aspecto. Váyase a casa y métase en la cama.
Negué con la cabeza.
—¿No puedo dormir aquí un par de horitas?
—Al fondo del pasillo tenemos otro trastero. Le pondré una cama.
Cuando me tumbé, me puse a pensar en Samarin. ¿Sería el aire de su cuartucho tan asfixiante como el del mío? ¿Se le haría a él también tan angosto? ¿Oiría él también el zumbido de la calefacción? El cuarto no tenía ventanas y estaba sumido en una oscuridad absoluta. Me puse las manos delante de la cara, pero no me las veía.
A veces pienso que una cosa se ha acabado cuando, en realidad, está empezando. Eso era lo que me había ocurrido por la mañana, cuando Welker y Samarin me acompañaron al coche. Otras veces pienso que estoy en el meollo de la historia cuando, en realidad, ya se ha terminado. ¿Habría sucedido ya, en realidad, lo que queríamos llevar a cabo por la noche? Claro que aún no había tenido lugar, pero ¿no estaban ya repartidos los papeles, y establecidas las entradas y salidas, de tal modo que lo que imaginábamos y lo que queríamos convenir no podía suceder más que de una única manera?
No era más que una sensación. Un temor. El temor a ser, una vez más, demasiado lento y no percatarme con la suficiente rapidez de lo que ocurría en realidad. Así que me puse a repasarlo todo: qué quería Welker, qué quería Samarin, qué conseguirían en el mejor de los casos, qué perderían en el peor, y con qué podrían sorprenderse entre sí o sorprendernos a los demás.
Pensando en eso me quedé dormido. A medianoche me despertó la enfermera.
—Los otros ya han vuelto.
Philipp, Nägelsbach y Welker estaban en el cuarto de enfermeras y discutían sobre dónde debía llevarse a cabo el intercambio. Welker quería un sitio retirado y discreto, a ser posible en las afueras.
Nägelsbach se inclinaba por un lugar abierto y bien iluminado o una calle céntrica.
—Quiero poder ver a esa gente.
—¿Para estar seguro de que no nos van a tender una trampa? Les diremos dónde y cuándo nos encontramos, calculando la hora de manera que no tengan tiempo de prepararnos ninguna trampa.
—Pero si es un sitio abierto y bien iluminado…
—En el sitio en que se haga deberíamos tener una o dos personas en reserva, que puedan verlo todo sin ser vistas, y que, si es necesario, puedan actuar por sorpresa.
Nos decidimos por el Luisenpark. Allí había árboles y arbustos para esconderse y, al mismo tiempo, una amplia superficie cubierta de césped. Los otros tendrían que subir por la Werderstrasse y nosotros llegaríamos con Samarin por la Lessingstrasse. El intercambio podría hacerse en medio del parque.
—¿Lo hacemos nosotros, Philipp, mientras ustedes dos se quedan de reserva?
Los demás estuvieron de acuerdo con mi decisión. Nägelsbach también se mostró dispuesto a volver a ponerse el uniforme y la gorra.
—A lo mejor estaría bien que pudiéramos actuar como si la policía estuviese de nuestro lado.
Después, ya sólo nos quedaba esperar. El viejo y gran despertador manual del cuarto de enfermeras desgranaba los minutos. Nägelsbach había encontrado dos cajas de cerillas y se puso a hacer una torrecilla, colocando dos a lo ancho y dos a lo largo, con las cabezas dispuestas de forma regular en todas las direcciones. Welker tenía los ojos cerrados; su expresión era tensa y concentrada, como si estuviera resolviendo una complicada operación matemática. Philipp disfrutaba por anticipado del intercambio como si de una aventura se tratase.
Fui al cuarto trastero, encendí la luz y Samarin llamó a su gente.
—Están desde hace diez minutos en la Augustaanlage.
—Dígales que esperen allí a recibir instrucciones.
A continuación lo desaté y le ayudé a bajar de la cama.
—¿Y qué hacemos con esto? —preguntó mirando la camisa de fuerza que le sujetaba los brazos por delante del pecho.
Le eché el abrigo por los hombros.
—Ya se la quitarán luego sus hombres.
Incluso con ella puesta, tenía un aspecto peligroso; como si pudiera aplastarme contra la pared con aquel cuerpo fornido y voluminoso. Me mantuve a cierta distancia de él hasta que llegamos al coche. No dijo una sola palabra al ver a los demás, entre ellos Nägelsbach de uniforme; ni cuando Nägelsbach y yo le hicimos sentarse entre nosotros en el asiento trasero; ni tampoco durante el trayecto.
Aparcamos en la Lessingstrasse, y Welker y Nägelsbach se bajaron y se pusieron en camino. Yo le expliqué a Samarin dónde debían aparcar sus hombres y adónde debían dirigirse con los niños, una vez en el parque, y él se lo transmitió.
Después nos bajamos también nosotros y nos quedamos esperando a la entrada del parque: Philipp, a la derecha de Samarin, y yo, a la izquierda. No veía a Nägelsbach ni a Welker, pero sí los arbustos del otro lado del parque entre los que habían decidido esconderse. En el cielo, una media luna proporcionaba claridad suficiente como para distinguir con nitidez árboles, arbustos y bancos y daba una tonalidad gris a la amplia superficie del césped. Volví a sentir el temor de que algún detalle se me hubiera pasado por alto y traté de volver a repasarlo todo. Nosotros soltaríamos a Samarin y ellos soltarían a los niños. ¿O nos matarían de un disparo a Philipp y a mí? ¿O, en vez de acudir a entregárnoslos, se quedarían observándonos y esperarían a que nos marcháramos, agotados y con los nervios de punta, para caer sobre nosotros? ¿Irían a…? Pero la fiebre no me permitía pensar con claridad. De pronto, la situación me pareció ridículamente irreal. Por allí delante, Nägelsbach y Welker estaban espiando como dos niños dispuestos a saltar gritando «¡Uhhh!» y asustar a los demás. A mi lado estaba Samarin como un oso con una argolla en la nariz y una cadena sujeta a la argolla. No me hubiera extrañado oír el tintineo cada vez que se movía. En la oscuridad, a Philipp se le veía tenso y satisfecho a un tiempo, como un cazador al acecho.
Al otro lado del parque primero se vieron unos faros. Luego, se detuvo un coche grande; dos hombres se bajaron, abrieron las puertas traseras y ayudaron a bajar a un niño y a una niña. Ellos empezaron a caminar y nosotros, también. No se oía nada, salvo nuestras pisadas sobre la gravilla.
Cuando no nos separaban más de veinte metros, le dije a Samarin:
—Dígales que se queden donde están y que manden a los niños para acá.
Él dio unas órdenes en ruso. Los hombres se quedaron quietos, les dijeron algo así como «¡Andando!» a los niños y ellos se dirigieron hacia nosotros.
—Bueno, pues ¡adelante!
Samarin asintió y se puso en marcha. Llegó a donde estaban sus hombres, intercambiaron unas palabras y se fueron hacia la Werderstrasse. Los niños preguntaron: «¿Qué pasa? ¿Dónde está papá?». Philipp, refunfuñando, les dijo que se callaran y se dieran prisa. Cuando llegábamos a la puerta de entrada del parque, miramos hacia atrás. Fue justo entonces cuando ocurrió todo.
No vimos de dónde había partido el disparo. Sólo lo oímos. Y después de ése, otro. Vimos cómo Samarin se desplomaba, cómo los otros dos se agachaban para ver qué le había pasado o para ponerse a cubierto, o para ambas cosas. Yo pensé: ¡Dios mío!; luego oí el silencio del parque, el eco de los disparos retumbó en mi cabeza, y después, empezó todo el jaleo. Los hombres de Samarin se enderezaron; dispararon; echaron a correr hacia el coche, sin dejar de disparar, se metieron dentro de un salto y desaparecieron.
Llevar a los niños al coche, que uno de nosotros se quedara con ellos…, antes siquiera de poder ordenar mis ideas, ellos ya habían echado a correr.
—¡Papá!
Welker había salido de detrás de los arbustos del fondo del parque; fue a su encuentro y los estrechó en sus brazos. Philipp corrió hacia Samarin. Al llegar yo también, sin aliento, él se incorporaba.
—Está muerto.
—¿Dónde está Nägelsbach?
Philipp se dio la vuelta y se dirigió a Welker:
—¿Dónde está Nägelsbach?
Welker señaló hacia los arbustos al final del camino.
—Estaba allí…
Entonces le vimos. Venía hacia nosotros arrastrando los pies y apretándose el costado con una mano.
—Es usted un idiota —le dijo Philipp a Welker. Nunca le había visto tan furioso—. Venga, Gerd, tenemos que llevarle al coche.
Corrimos hacia Nägelsbach, le agarramos por debajo de los brazos y nos dirigimos hacia el coche despacito, paso a paso.
—¿Y qué hago yo? —preguntó Welker caminando a nuestro lado.
—¡Espere a que llegue la policía!
En algunas casas se encendieron las luces.
OceanofPDF.com