El fin de Selb
13. Tarta de manzana y capuchino
El domingo por la tarde vino Ulbrich. Ya no se tomó a mal que siguiera negando que era su padre. Yo había leído en algún sitio que a los de la Alemania del Este les gustaban los ambientes hogareños y, el sábado, había preparado una tarta de manzana. Se la tomó encantado y me preguntó si tenía chocolate en polvo para añadírselo al café y a la nata, y hacerse un capuchino. Turbo se dejó pasar la mano por el lomo. Yo no podía imaginarme que bajo el régimen socialista se pudiera disfrutar de un ambiente más hogareño en la zona oriental.
Le tenía preparadas unas cuantas fotos de Klara. Tengo cinco álbumes de fotografías en un estante: uno de Klara de pequeñita, con sus padres y sus hermanos; otro de Klara, en todo su esplendor, jugando al tenis, esquiando y en clase de danza; otro de nuestro compromiso, nuestra boda y nuestra luna de miel; otro de nuestros últimos meses en Berlín y nuestros primeros años en Heidelberg. Todos me ponen triste, pero el que mayor tristeza me deja es el último, el de la posguerra, los años cincuenta y sesenta. Klara, que había soñado con tener una vida deslumbrante junto a un fiscal de brillante carrera, lo cual le habría permitido brillar y deslumbrar a su vez, tuvo que conformarse con una vida mucho más humilde que, poco a poco, le fue amargando el carácter. En aquellos momentos me sentí ofendido por su amargura y sus reproches. Yo ya no podía seguir siendo fiscal; primero, porque no se aceptaba a alguien con un pasado como el mío, y después, porque algo en mi interior se resistía a actuar, junto con los demás, como si careciéramos de pasado, aunque se nos instase a ello. Yo era detective privado. ¿Por qué no podía aceptarlo? ¿Por qué no podía amarme tal como era? Ahora sé que el amor puede depender no sólo de la cara, la risa, el ingenio, la inteligencia o los desvelos del otro, sino también de su posición en el mundo y de sus circunstancias personales. ¿Habría sido una madre feliz? Después de Karl-Heinz Ulbrich no pudo tener más hijos; algo debió de salir mal durante el parto.
Pero en las fotografías no lo dejaba traslucir. En la que le hice en abril de 1942, delante de la casa de la Bahnhofstrasse, tras la vuelta de las supuestas vacaciones en Italia con Gigi, se está riendo. Y en la de junio de 1941, caminando por Unter den Linden, también parece feliz. ¿Le haría esa foto el otro? Además de ésas, yo había sacado una de la época de colegiala; otra de los años cincuenta, en la que por fin está jugando otra vez al tenis, porque, a pesar de todo, yo volvía a ganar lo suficiente, y otra de poco antes de su muerte.
Ulbrich miró las fotos despacio, sin decir palabra.
—¿De qué murió?
—De cáncer.
Puso un gesto apesadumbrado y meneó la cabeza.
—De todos modos, no es justo. Quiero decir que un niño no sólo quiere que lo traigan al mundo, sino que… —No continuó la frase.
¿Qué habría hecho yo si Klara hubiese querido quedarse al niño? ¿Se lo habría preguntado ella y se habría respondido, acto seguido, que yo no podría soportarlo?
Ulbrich volvió a sacudir la cabeza.
—No, no es justo. ¡Era una mujer preciosa! El hombre… El hombre también debió de ser un hombre guapo. Y, ahora, míreme. —Alzó el rostro como si yo no le conociera—. Si fuera usted mi padre, todavía podía pasar, pero…
No pude evitar reírme.
Él no entendió la razón. Se preparó otro capuchino y se sirvió otro trozo de tarta.
—He leído el Mannheimer Morgen y he de decir que su policía no se complica mucho la vida. La nuestra lo habría llevado de otra manera. Pero puede que aquí también funcionen las cosas de otra manera, si se la ayuda un poco. —En ese momento dejó su gesto apesadumbrado y volvió a mirarme con aire desafiante, como cuando nos vimos por primera vez. ¿Sería porque se sentía en superioridad de condiciones por lo que aquel día no se estaba tomando nada a mal?
No contesté.
—En realidad, usted no ha hecho nada; pero el otro, el del banco… — Se detuvo un momento esperando, pero al ver que yo callaba, se aventuró a continuar—. Quiero decir que es evidente que ha preferido no decirle a la policía que él… Así que tampoco querrá que nadie les diga que…
—¿Se lo va a decir usted?
—No hace falta que hable en ese tono, como si yo… Lo único que quiero decir es que no debería dejar nada al azar. ¿Sigue usted trabajando para él?
¿Querría chantajear a Welker?
—¿Tan bajo ha caído usted?
—Yo…
—Debería volverse al lugar del que ha venido. Allí, como en todas partes, también prosperará el negocio de la seguridad; las empresas también buscarán allí representantes y agentes de seguros con experiencia. Aquí no tiene nada que ganar. Es su palabra contra la nuestra. ¡Qué se ha creído!
—¿Mi palabra? Pero ¿qué he dicho? Si sólo he hecho una pregunta. Quiero decir… —Un momento después continuó hablando en voz baja—. Ya he intentado encontrar trabajo en la Asociación de Agentes de Vigilancia y de Escolta, como agente de seguros y como cuidador de animales. Pero no es tan sencillo.
—Lo siento mucho.
Asintió.
—Ya nada es gratis.
Cuando se hubo marchado, llamé a Welker. Quería prevenirle. En el caso de que Ulbrich se presentara a verle, debía estar preparado.
—¡Muchas gracias por haberme llamado!
Anotó el nombre y la dirección. Su voz sonaba distendida.
—¡Hasta el sábado!
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