El fin de Selb
14. Uno más uno suman dos
Los que más disfrutaron en la fiesta de Welker fueron los niños. Estaban en la edad apropiada para ello: Manu y Max, el hijo de Welker, eran un poquito mayores que Anne, la hija de la compañera de Füruzan que nos había ayudado a llevar a cabo lo de la Wasserturm, e Isabel, la hija de Welker. Al principio los chicos no hicieron caso a las chicas y se dedicaron al ordenador. Las chicas se retiraron y se pusieron a emperifollarse. Brigitte hubiera preferido que tecleasen en el ordenador a verlas recurrir a las armas femeninas y frunció el ceño. Pero, cuando los chicos las vieron aparecer todas emperifolladas, se olvidaron del ordenador y se pusieron a flirtear con ellas: Manu con Isabel, que había heredado el pelo negro y la mirada ardiente de su madre, y Max con Anne, rubios ambos. El jardín era grande, y cuando Brigitte y yo nos fuimos a dar un paseo hasta el peral que había junto a la valla, vimos a una de las parejitas haciéndose carantoñas en el banco, bajo el ciruelo silvestre, y a la otra, subida al muro, junto a las rosas. Era una escena dulce e ingenua. A pesar de ello, Brigitte empezó a inquietarse cuando oscureció y no vio a los chicos por los alrededores de la mesa, que estaba instalada en el jardín, y se fue a buscarlos. Estaban sentados en el balcón, bebiendo Coca-Cola, comiendo patatas fritas y hablando del amor y de la muerte.
Estaban los Nägelsbach, Philipp y Füruzan, la compañera de Füruzan con su amigo, Brigitte y yo. Por la expresión de alivio de Philipp deduje que Nägelsbach no había ido a la policía. Además, había una mujer joven que Welker nos presentó como profesora de Max en el Instituto Kurfürst-Friedrich y a la que trataba con la admiración que puede demostrar un joven viudo decente con dos hijos. A los demás invitados, los he olvidado. Eran vecinos, amigos o conocidos del club de tenis.
Al principio, la conversación se desarrollaba a trompicones, pero el vino, un Chardonnay del Palatinado que entraba muy bien, la comida, un menú tan sencillo como convincente, que consistió en sopa de trigo verde, perca al estilo Victoria y postre de requesón con moras, y la luz de las velas, que creaba un ambiente íntimo, hicieron que desapareciera la inhibición. Welker pronunció un discurso breve; dijo que se alegraba de estar de regreso en su casa, y con sus hijos, y dio las gracias al comando de la Wasserturm. Prefirió no dar explicaciones del porqué de su ausencia ni del motivo por el que nos daba las gracias. Pero todos quedaron satisfechos.
Cuando empezó a refrescar y en la casa se encendió la chimenea, Welker me llevó aparte.
—¿Le parece que demos una vuelta por el jardín, antes de entrar?
Atravesamos la pradera para ir a sentarnos en el banco que había bajo el ciruelo silvestre.
—He pensado mucho en Gregor… y en nosotros, los Welker. Sí, es verdad que le acogimos, pero todo lo que le dimos fueron limosnas. Y, como se las dábamos, nos creímos con derecho a exigir sus servicios. De niños, yo tenía una habitación en el ático y él, en el sótano, para que pudiera ocuparse de la calefacción en invierno, y entonces no era todavía de gasóleo, sino de carbón. —Movió la cabeza lentamente de un lado a otro—. He intentado recordar en qué momento de nuestra infancia noté, por primera vez, que me odiaba. No lo he conseguido. Debe de ser porque entonces, simplemente, no me interesaba y por eso no me fijé. —Me miró —. ¿No le parece horrible?
Asentí.
—Ya sé que haberle matado es aún peor. Pero, de algún modo, es el mismo tipo de horror. ¿Comprende lo que quiero decir? Lo que ocurrió en nuestra infancia ha dado sus frutos, como dice la Biblia; en su caso fue la muerte de mi mujer y todo lo demás y, en el mío, no haber encontrado otra manera de librarme de él.
—Él dijo que le tenía cariño a su mujer.
—El cariño que le tenía a Stephanie era como el que un criado pueda tener a la hija del amo, al que detesta. A fin de cuentas, ella está en el otro bando y, si las cosas se ponen serias, eso es lo único que cuenta. Y, cuando Stephanie se enfrentó con él, las cosas se pusieron serias.
Dentro de la casa se encendieron las luces y su resplandor cubrió la pradera, aunque bajo el ciruelo seguía estando oscuro.
«Uno más uno son dos», se oyó; alguien había puesto un disco de Hildegard Knef y me entraron ganas de tomar a Brigitte entre mis brazos y bailar el vals con ella.
—Cuando Stephanie… ¿La estarían esperando al lado de la cabaña? No tengo ni idea de cómo pudieron seguirnos sin que nos diéramos cuenta. Creíamos estar solos. —Se apretó los ojos con las palmas de las manos y suspiró—. Sigo sin librarme de esa pesadilla. Y es todo lo que quiero: despertarme y olvidarla.
Me dio pena. Pero, al mismo tiempo, no quería saber, en realidad, lo que me estaba contando. Yo no era amigo suyo. Sólo había resuelto un caso que me había encargado. Ahora tenía que resolver otro.
—¿De qué estuvo hablando con Schuler cuando fue a visitarle aquella noche?
—Schuler… —Si le molestó que yo cambiase de tema, no lo demostró —. Gregor y yo fuimos juntos a visitarle. Nos habló de su trabajo con los documentos y de la pista del socio secreto en Estrasburgo, la que luego siguió usted. Aparte de eso…
—¿Le preguntó algo sobre el dinero que había en el maletín?
—Algo dijo de eso, pero en aquel momento no entendí bien el asunto. Dijo que uno se volvía desconfiado cuando encontraba dinero en el sótano; que uno se preguntaba de quién sería; que si habíamos olvidado que los bienes mal adquiridos no le hacen bien a uno y miró a Gregor.
—¿Y usted qué le…?
—Yo no estuve todo el tiempo con ellos. Tenía… tenía diarrea y tuve que ir varias veces al cuarto de baño. Schuler debió de encontrar el dinero que Gregor había dejado en una zona del sótano, en la que, en realidad, Schuler no tenía por qué ir a buscar nada. Le daría vueltas al asunto y sospecharía de Gregor, porque yo soy un Welker y él no era miembro de la familia. Y, luego, trataría de que su antiguo alumno volviera al buen camino —dijo, con una risa burlona y triste a la vez—. Querrá usted saber también en qué estado se hallaba Schuler. Pues olía mal, pero estaba bien. Por otra parte, no profirió ninguna amenaza. Ni siquiera dijo que tuviera el dinero. Gregor no lo descubrió hasta el día siguiente.
La canción se había terminado; se oyeron aplausos, risas, gritos y luego volvió a empezar, a un volumen más alto. Ya que no bailaba, al menos me hubiese gustado corear con todos los demás «Y Dios, que todo lo ve, te ha descubierto hace tiempo».
Welker me puso una mano en la rodilla.
—No olvidaré lo que ha hecho por mí. En algún momento, el recuerdo de estos últimos meses se irá borrando, gracias a Dios. Hasta ahora, siempre se me han quedado más en la memoria las cosas buenas que las malas y lo que ha hecho por mí, como detective privado, ha sido una buena cosa. —Se puso de pie—. ¿Vamos?
Cuando Hildegard Knef cantó la canción por tercera vez, bailé con Brigitte.
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