El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 12 de 58

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El fin de Selb

12. Hasta los bordes

 

 

Durante el fin de semana, la primavera nos aseguró que había venido en serio, que se iba a quedar y no se iba a dejar ahuyentar ni por hielos ni por nieves. En el Luisenpark había tumbonas en las praderas y yo dormía envuelto en una manta, como si el mundo estuviera a salvo y mi corazón, sano. Cuando Brigitte y yo salimos del cine, la luna llena brillaba sobre calles y plazas. En la explanada unos punkis jugaban al fútbol con una lata de cerveza. Los vagabundos que estaban delante del Ayuntamiento hacían circular la botella de vino tinto y bajo las pérgolas de la Rosaleda, las parejas de enamorados se hacían carantoñas.

—Me alegra que se acerque el verano —dijo Brigitte rodeándome con su brazo.

Con Georg comí el domingo a mediodía en el Kleiner Rosengarten. Estaba dispuesto a ir a Estrasburgo a buscar al socio secreto en viejas guías de calles y de teléfonos, documentos del colegio de abogados y del de notarios, y catálogos de conferencias impartidas, y quería irse para allá aquel mismo lunes. Le nombré ayudante de detective y pedí champán, pero él sólo quiso cerveza sin alcohol.

—Bebes demasiado, tío Gerd.

Por la tarde, me encontraba de nuevo sentado en mi oficina leyendo la historia de la banca. A la Cooperativa Sorbia de Banca también se le dedicaba un capítulo. Era un caso único. Las cooperativas de banca surgieron, en realidad, como instituciones de autoayuda de grupos gremiales. Con los bancos populares, Schulze-Delizsch pretendió convertir en cooperativistas a los artesanos, y Raiffeisen, a los agricultores. Hans Kleiner, natural de Cottbus y fundador en 1868 de la Cooperativa de Banca, quiso aprovechar el concepto de las cooperativas para que la minoría eslava de los sorbios cobrase mayor fuerza. Su madre era sorbia, llevaba el traje típico sorbio, le contaba al pequeño Hans cuentos sorbios y le enseñaba canciones sorbias, y eso hizo que él convirtiera la cuestión sorbia en la tarea de su vida. Mientras vivió, el banco sólo contó con clientes sorbios. Tras su muerte se abrió también a otra clientela, se expandió, prosperó y sobrevivió a la inflación y a la crisis económica mundial. Y, después, se acabó: a los nazis no les importaba el asunto sorbio y transformaron aquella institución en un banco popular normal y corriente.

Saber cuándo y cómo se recuperó la Cooperativa Sorbia de Banca de aquel revés podía esperar hasta el día siguiente. La banca Weller & Welker lo había adquirido, lo cual quería decir que se había recuperado y había tenido un final feliz. Durante el regreso a casa, ya de noche, el concepto de cooperativa me pareció algo tan convincente que, de pronto, los habituales esfuerzos de bancos y banqueros por conseguir más y más dinero me resultaron extraños. ¿Por qué esa acumulación de dinero? ¿Sería porque el afán coleccionista de los niños ya no puede contentarse, cuando se hacen adultos, con las chapas, las canicas y los sellos, y ha de satisfacerse por ello con el dinero?

A la mañana siguiente, nuevamente estaba sentado a mi mesa de la oficina antes de que los niños fueran de camino al colegio. El panadero de unos pocos portales más allá había abierto ya y ante mí humeaba una taza de café junto a un croissant. Ya no quedaba mucho de la historia de la Cooperativa Sorbia de Banca. Mientras que los bancos populares tuvieron que cerrar por orden de los soviéticos, las oficinas de la Cooperativa Sorbia de Cottbus y sus alrededores continuaron con su actividad. De ella ya no quedaba más que el nombre; la institución había entrado de lleno en el sistema de las cajas de ahorros nacionalizadas. Pero el nombre lo siguió conservando. El respeto por el pueblo eslavo de los sorbios, pueblo hermano del victorioso pueblo soviético, impidió su supresión. Y el nombre llevaba emparejada suficiente independencia como para que el Instituto Fiduciario, que se encargó de las entidades financieras de la Alemania del Este después de la caída del Muro, pudiera disponer libremente de la Cooperativa Sorbia de Banca y, finalmente, se la vendiera a Weller & Welker.

Eran las nueve. El tráfico mañanero de la Augustaanlage se había calmado. Oía pasar a algunos niños que, por algún motivo, iban al colegio más tarde. Luego oí cómo un coche se paraba junto al bordillo y se quedaba con el motor encendido. Pasado un rato, aquel ruido, un penetrante runrún y un traqueteo, me empezó a irritar. Me levanté y me puse a mirar por la ventana.

Era el Isetta verde de Schuler. Tenía la puerta abierta y no había nadie en su interior. Salí a la calle. Schuler estaba en la entrada de la casa contigua leyendo los nombres que figuraban junto a los timbres. «¡Señor Schuler!», le llamé y él se dio la vuelta y movió la mano. La movió como si quisiera que retrocediese y que volviera a mi oficina. Yo no entendía nada y, a pesar de que me hacía muecas como si me estuviese gritando algo, tampoco oía lo que me decía. Con pasos titubeantes se dirigió hacia mí, sin dejar de hacer gestos con la mano derecha, mientras se apretaba la izquierda contra el vientre. Me di cuenta de que llevaba agarrada el asa de un maletín negro que, al caminar, le iba golpeando las piernas. Di unos pasos hacia él y se me echó encima; noté su mal olor, oí que susurraba «fuera» y «aquí»; me pasó el maletín y yo lo cogí. Con la mano con la que me había dado el maletín se apoyó en mí, se enderezó, se fue hacia el coche, se subió, cerró la puerta y arrancó.

Trazó una larga línea diagonal desde el bordillo hasta el carril de la derecha y desde éste al carril de la izquierda; se fue contra los bolardos que delimitan la zona verde del centro de la Augustaanlage, rozó uno, rozó el siguiente, rozó el semáforo que hay antes de la confluencia con la Mollstrasse, aceleró sin prestar atención a que el semáforo se había puesto en rojo ni a los coches que, justo en ese momento, arrancaban en la Mollstrasse, ni a los niños que, justo en ese momento, iban a atravesar la Augustaanlage. Al principio pareció que iba a chocar con el semáforo o con el árbol del extremo de la zona verde que hay tras la Mollstrasse. Pero dio contra el bordillo, sorteó el semáforo y se golpeó ligeramente contra un árbol. De todos modos, bordillo y árbol bastaron para que el Isetta se ladease y volcara. Fue deslizándose ladeado sobre el césped y acabó estrellándose contra otro árbol.

El impacto sonó fuerte y, en ese mismo instante, chirriaron los frenos en el carril contrario, que había estado a punto de invadir, se pusieron a sonar las bocinas de los coches cuya prioridad no había respetado, y el niño, cuyos pies había estado a punto de atropellar, empezó a gritar. Aquello se convirtió en un infierno. Mi vecino, el turco, que había salido de su tienda a todo correr, me quitó el maletín de la mano y me dijo: «Vaya a ver qué ha pasado. Yo llamo a la policía y a la ambulancia». Eché a correr, pero ya no soy tan rápido y, cuando llegué, los curiosos ya se amontonaban alrededor del Isetta. Me abrí paso. El árbol había aplastado la puerta y se había incrustado entre el suelo y el techo. Desde arriba miré hacia el interior a través de la ventanilla; todo estaba lleno de cristales y de sangre; la chapa de la puerta, que se había aplastado, aprisionaba a Schuler contra su asiento y el volante se le había incrustado en la caja torácica. Estaba muerto.

Después llegó la policía y la ambulancia y, como no se podía desempotrar el Isetta del árbol, también acudieron los bomberos. La policía no tomó ninguna medida para interrogarme como testigo, así que yo tampoco tomé la iniciativa de presentarme como tal. Volví a mi oficina, que había dejado abierta. Desde lejos vi que, en ese momento, alguien salía de ella. No se me ocurría qué podía haber ido a buscar allí ni qué habría estado buscando. No faltaba nada. La tienda de mi vecino turco estaba viviendo un pequeño auge; los curiosos miraban los trabajos que se estaban llevando a cabo para quitar de allí el Isetta de Schuler, hacían comentarios de expertos y compraban barritas de chocolate, leche y cereales.

Hasta que no hubo pasado todo y volvió la calma, no pensé en el maletín de Schuler. Entonces lo fui a buscar a la tienda de al lado, lo coloqué sobre el escritorio y me quedé mirándolo. Era un maletín de imitación de piel, de color negro mate, que tenía un cierre dorado con combinación de seguridad: un horrible maletín normal y corriente. Eché mano a la botella de sambuca y a la lata de café del escritorio, me serví una copa y le añadí tres granos de café. Encontré un paquete de Sweet Afton en el archivador, prendí el sambuca y el cigarrillo, y me quedé mirando las llamas azuladas y el humo, también azulado.

Me puse a pensar en Schuler. Me hubiese gustado volver a oírle contar historias: por qué habían llegado a tirarse de los pelos el teniente Welker y el prusiano; qué había sido de la joven Weller, después de que su amor hubiera ido en busca de la muerte, casi como Romeo (sólo que en este caso las familias no eran enemigas sino demasiado amigas); cuándo se habían enamorado Bertram y Stephanie. Apagué las llamas de un soplo y bebí. Hubiese deseado que, antes de morir, Schuler hubiera podido recobrar el gusto y el olfato.

Luego abrí el maletín. Estaba lleno de dinero hasta los bordes: de billetes usados de cincuenta y de cien marcos.

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