El fin de Selb
23. El ratón y el gato
Pero, a las nueve, me despertó la llamada de Welker.
—¿De dónde ha sacado usted mi número? —Hace cinco años que ya no aparezco en la guía.
—Ya sé que es domingo y que es temprano, pero tengo que pedirle encarecidamente que se pase por aquí. Aparque en el patio; así, por lo menos… —No acabó la frase. Entretanto, yo ya me conocía el juego: Welker empezaba la conversación; luego tapaban el auricular, y después, seguía Samarin—. Le esperamos a mediodía, a las doce.
—¿Cómo hago para entrar en el patio?
Dudó.
—Dé tres timbrazos.
En fin, nada de dormir y descansar lo que me apeteciera, ni cocinar, ni leer ni jugar al ajedrez. Abrí el grifo y dejé correr el agua en la bañera; eché un poco de romero y me metí dentro. Turbo vino al cuarto de baño y yo le hice rabiar con unas cuantas gotas de agua bien dirigidas. Se pone agua en el dedo gordo y se lanza con el índice… Con un poco de entrenamiento, se puede conseguir gran maestría. Yo me he entrenado durante muchos años.
¿Por qué dudaba de cómo comportarme sobre el blanqueo de dinero de mi cliente? En realidad, no había elección. La mafia rusa, que, ¡desde luego! no tenía ninguna clase ni el menor estilo, ni tradición, ni religión y, probablemente, tampoco el menor sentido del humor, podía no interesarle a la cadena de televisión RTL, pero a la policía sí le interesaría y estaba bien que así fuera. Entonces, ¿por qué no la llamaba? ¿Por qué no lo había hecho ya el día anterior? Comprendí que, simplemente, no podría hacerlo mientras Welker siguiera siendo cliente mío.
Así que la llamada temprana y la cita a las doce tenían su parte positiva. Podría concluir mi cometido. Alcancé el teléfono desde la bañera y llamé a Georg, que me contó el triste final de la familia Laban. La sobrina había muerto de tuberculosis a principios de los años treinta, en Davos. El sobrino se había suicidado, junto con su mujer, en la Noche de los Cristales Rotos. El hijo del sobrino y su mujer habían muerto en Londres, sin haber tenido descendencia. La hija, que no había conseguido salir del país, había desaparecido cuando empezaron las deportaciones y, desde entonces, no se sabía nada de ella. No quedaba nadie que pudiese hacer valer derechos hereditarios.
Salí de la bañera y me sequé. Me parece que Dorian Gray exageró un poco. Cuando se envejece, uno no debería empeñarse en querer parecer siempre un chico de veinte años, así que no es de extrañar que acabara mal. Pero ¿por qué no puedo yo parecer un hombre de sesenta y seis? ¿Con qué derecho se me han puesto tan delgados los brazos y las piernas? ¿Con qué derecho ha abandonado su antiguo hogar la carne que los cubría y ha encontrado un nuevo hogar debajo de mi ombligo? ¿No podría haberme consultado antes de emprender esa excursión por mi cuerpo?
Metí la tripa sin una sola queja mientras me ponía los pantalones de pana que no había usado desde hacía tiempo. Con el jersey de cuello alto y la chaqueta de cuero, ya casi parecía que tuviera sesenta y seis. Mientras desayunaba, me puse un disco de Udo Jürgens. A las doce y cuarto estaba en Schwetzingen.
Samarin me condujo al piso construido en la buhardilla. Mientras cruzábamos el antiguo patio de operaciones y las nuevas salas de oficinas, jugamos al ratón y al gato.
—He oído que estuvo usted en la policía.
—Seguí su consejo.
—¿Mi consejo?
—Sí, su consejo de que no hay que quedarse con algo que a uno no le pertenece. Se lo llevé a la policía. Allí lo puede reclamar quien lo haya perdido.
Welker estaba nervioso. Apenas prestó atención a mi informe sobre el socio secreto. Miraba el reloj una y otra vez, y mantenía la cabeza como si tratara de escuchar algo que estaba esperando. Cuando acabé de hacerle el informe, pensé que me haría algunas preguntas. Preguntas que, si no se referían al socio secreto, podrían tener que ver con Schuler, el maletín negro, mi escapada a la policía o mi desaparición de Mannheim. Asuntos urgentes que, por eso, debían obtener una respuesta un domingo por la mañana. Pero no hubo ninguna pregunta. Welker permanecía sentado como si, en realidad, fuese otra cosa lo que le preocupaba, algo de lo que ni siquiera confiaba que se llegara a hablar. Pero no dijo nada, sino que, simplemente, se levantó.
Yo también me levanté.
—Bueno, pues eso es todo. Le enviaré la factura.
De todos modos, al día siguiente, tal vez mi antiguo cliente estaría ya en la cárcel y no vería la factura hasta pasados unos años. ¿Seis? ¿Ocho? ¿Cuántos eran por pertenecer a una organización delictiva?
—Le acompaño al coche.
Primero Samarin, luego yo, y por último Welker. Atravesamos la zona de las oficinas y bajamos la escalera. En el antiguo patio de operaciones me despedí de las viejas ventanillas con sus barrotes de madera y sus incrustaciones de marquetería, y de los asientos con los almohadones de seda verde. Era una lástima no poder pasar un rato sentado en uno de aquellos asientos y pensar en el transcurso del tiempo y en los cambios que se habían producido. Me despedí de Welker en el patio. Se encontraba en un estado de extraña excitación, le sudaban las manos, tenía manchas rojas en la cara y la voz le temblaba. ¿Sospecharía lo que yo iba a hacer? Pero ¿cómo iba a sospechar?
Samarin no respondió a mis palabras de despedida. Se limitó a apretar el botón inferior de los dos que había junto a la puerta y el portón del patio se abrió. Me dirigí a mi coche, me senté al volante y me puse el cinturón de seguridad. Miré hacia atrás y vi a Welker con un gesto tan tenso y tan desesperado que casi me asustó, y a Samarin, fuerte, con una expresión de furia y de satisfacción al mismo tiempo… Me alegré de irme de allí.
Puse el motor en marcha y arranqué.
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