El fin de Selb
16. Una bromita
Así que me terminé la botella yo solo. Hacer algo que Welker no olvidara… Si se tratara de la vida de Welker, Ulbrich se habría expresado de otra manera. ¿De qué se trataría? ¿Qué podía ser algo que Welker, que recordaba siempre las cosas buenas y olvidaba las malas, no olvidaría?
Pensé en Schuler y en Samarin. Si Welker no los había olvidado ya, pronto lo haría. Nada de lo bueno que le había ocurrido con ellos ni de lo que había hecho con ellos. ¿Hacer algo para que no los olvidara? ¿Matarlo? Los muertos no olvidan.
No dormí bien. Soñé con Korten precipitándose por el acantilado con el abrigo ondeando al viento. Soñé con nuestra última conversación, con mi «He venido para matarte» y su burlón «¿Para devolverles la vida?». Soñé con Schuler, que venía hacia mí tambaleándose, y con Samarin con la camisa de fuerza. Luego, todo se entremezcló. Welker se precipitó por el acantilado y Schuler se burlaba de mí diciendo: «¿Para devolverme la vida?».
Por la mañana llamé a Welker y le dije que tenía que hablar con él.
—¿Quiere hacer una imposición? —me preguntó con un tono alegre.
—Hacer un ingreso, una imposición, retirar fondos…, depende de cómo se quiera ver.
Con dos pilas nuevas, mi viejo magnetófono volvió a funcionar. Hoy en día pueden encontrarse aparatos más pequeños, con mejor calidad, más capacidad y una línea más elegante. Pero mi viejo aparato me sirve. También mi vieja chaqueta de pana me sirve. Tiene un agujerito en la parte posterior de la solapa, y otro, en el bolsillo de la pechera, de modo que el cable que va desde el aparato, que meto en el bolsillo interior, hasta el micrófono, que coloco en la solapa, no queda visible. Cada vez que saco el pañuelo del bolsillo interior, para secarme el sudor de la frente o limpiarme la nariz, puedo encender o apagar el aparato.
A las diez estaba en el despacho de Welker. Él hizo un gesto abriendo los brazos.
—Mire, aquí todo sigue como la última vez que vino. Yo quería renovarlo, cambiarlo, ponerlo más bonito, pero no encuentro el momento.
Miré a mi alrededor. Efectivamente, nada había cambiado. Sólo los castaños que se veían desde la ventana empezaban a mudar de color.
—Como ya sabe, el viejo Schuler, antes de estrellarse con su Isetta contra el árbol y morir, estuvo conmigo. No me llevó sólo el dinero. Añadió lo que había averiguado sobre Laban y Samarin.
Welker no dijo nada.
—Se lo reveló a usted la tarde en que usted fue con Samarin a verle, en un momento en que Samarin había salido.
Tampoco a eso contestó Welker. Cuando no se dice nada, no se corre el riesgo de cometer errores.
—Más tarde, cuando salió usted, vio que Schuler tomaba unas pastillas contra la hipertensión cuya ingesta no se puede suspender bruscamente. Usted entiende de eso. Entonces fue al armarito en el que Schuler guardaba su arsenal de medicinas a buscar algunas pastillas que fueran parecidas, y las encontró. E hizo el cambio, simplemente. Tal vez aquello acabara con Schuler… Eso sería lo mejor. Tal vez sólo le perturbara a la larga, a la corta o para siempre… Tampoco estaba mal. Tal vez se diera cuenta y las volviera a cambiar. Eso tampoco entrañaría un riesgo para usted. Schuler se atribuiría el error a sí mismo o a su sobrina, pero nunca se le ocurriría sospechar de usted.
—Por supuesto.
Lo dijo con el mismo tono que se emplea en una conversación cualquiera para demostrar que uno está atento y ha entendido. Y mientras hablaba, me miraba con aquellos ojos suyos, inteligentes, sensibles y melancólicos, como si fuese yo quien tenía un problema y estuviese pidiendo ayuda.
—Que usted era médico ya lo sabía, pero hasta el momento en que comprendí sus motivos no relacioné ese hecho con lo que sabía acerca de las pastillas que Schuler tomaba para la hipertensión y con el estado en que estaba antes del accidente. Fue entonces cuando se me ocurrió llevar a analizar las pastillas que contenía el frasquito.
—Mmm.
No me preguntó: «¿Mis motivos? ¿Y cuáles pueden ser mis motivos? ¿Dónde ve usted mis motivos?. —Sólo dijo—: Mmm», y siguió sentado, tranquilamente, mirándome.
—Fue un asesinato, señor Welker, aunque no tuviera usted la seguridad de que el cambio de pastillas acabaría con la vida de Schuler. Fue un homicidio debido a su codicia. Es cierto que el abuelo de Samarin había renunciado en 1937 o 1938 a todos los derechos y pretensiones derivados de la aportación del socio secreto, pero la renuncia hecha entonces por un judío en favor de su socio ario no tendría hoy mucha validez jurídica. Las pretensiones que pudiera tener Samarin le habrían resultado poco agradables.
Sonrió.
—Sería una ironía que el socio secreto, que fue el pretexto que utilicé para que usted entrara en el juego, se convirtiera en un peligro para mí, ¿no?
—Yo no lo encuentro gracioso. Como tampoco encuentro gracioso el asesinato de Samarin, que usted planificó con toda frialdad y lucidez. Y tampoco encuentro gracioso que siga usted con el mismo negocio que organizó Samarin. No, no lo encuentro nada gracioso.
—No he dicho gracioso sino irónico.
—Irónico, gracioso… Da igual, en cualquier caso, no encuentro en ello nada como para reírme. Y cuando pienso que Samarin no asesinó a Schuler y que, probablemente, tampoco asesinara a su esposa, tal como usted, embargado de emoción, me hizo creer, se me acaban las ganas de reírme. ¿Qué es lo que ocurrió con su mujer? ¿Le pareció que, ya que había muerto, aún podría serle útil haciéndola pasar por la víctima de un crimen? ¿O, acaso, no se trató de un accidente? ¿La mató usted?
Yo estaba furioso. Pensé que, por fin, se defendería. Tenía que defenderse. Lo que le había dicho no podía haberle gustado. Y, en efecto, cambió la posición de las piernas, que tenía cruzadas, y las colocó paralelas. Apoyó los brazos en las rodillas, adelantó los labios con un gesto de enojo y disgusto, y moviendo lentamente la cabeza dijo:
—Señor Selb, señor Selb…
Esperé.
Pasado un momento, se enderezó en el sillón y me miró fijamente.
—Es un hecho que Gregor murió de un disparo, con una camisa de fuerza, en el Luisenpark. El cómo llegó a morir en el Luisenpark con una camisa de fuerza… ¿Por qué no va usted a la policía, si tiene algo que decir al respecto? Por otra parte, es un hecho que Schuler tenía la tensión alta y que chocó contra un árbol delante de su oficina y murió. Si, antes de eso, le llevó algo a usted, si usted le vio justo antes y le pareció que su estado no era normal… ¿Por qué le dejó subir al coche? Lo que quiero decir es que hay algunas incongruencias. Tal vez también las haya en la muerte de mi mujer. Naturalmente, de quien primero sospechó la policía fue de mí, aunque, luego, quedé absolutamente libre de sospecha. Pero hemos de vivir con algunas incongruencias. No podemos lanzar acusaciones sin una base…
Volvió a mover la cabeza. Yo quise intervenir, pero él siguió hablando.
—Eso es lo primero que quería decirle. Lo segundo es que… Mire usted: a mí no me interesan las viejas historias. El Tercer Reich, la guerra, los judíos, los socios secretos, los herederos muertos, los antiguos derechos…, todo eso es agua pasada. Yo no tengo nada que ver con eso. Yo no entro en eso. Me aburre. Y el Este tampoco me concierne. Si se queda donde está, tanto mejor. Pero si cruza a este lado y se instala y se inmiscuye y quiere incautarse de lo mío, he de demostrarle que no lo logrará más que haciendo lo contrario. Samarin vino aquí con sus rusos a incautarse de lo mío. No lo olvide.
»El pasado, el pasado… Ya no soporto seguir oyendo hablar del pasado. Nuestros padres nos aburrieron con sus sufrimientos durante la guerra y sus heroicidades durante la reconstrucción y el milagro económico; los profesores, con sus mitos de 1968. ¿Tiene usted también un mito que proponerme? Déjelo. Lo que yo tengo que hacer es ver cómo consigo sacar a Weller & Welker a flote. Somos anacrónicos. En el ancho mar de la economía, entre los petroleros, los cargueros, los destructores y los portaaviones no somos más que una lanchita que, cuando llegan esas marejadas que los grandes navíos atraviesan sin dificultad, se ve lanzada de acá para allá. No sé cuánto tiempo podremos resistir. Tal vez nuestros hijos no tengan ganas de seguir. Tal vez yo tampoco le encuentre la gracia un buen día. De todos modos, esto no es lo mío. Hubiera preferido ser médico y coleccionar cuadros o pintar, incluso. Soy un hombre a la antigua, ¿sabe? No en el sentido de que me interese lo antiguo, sino en el de que me hubiera gustado vivir una vida contemplativa, a la antigua. Que obedeciera y siguiese la tradición familiar y dirija ahora el banco también es algo a la antigua. Pero en esto es todo o nada y, mientras yo dirija el banco, mientras sigamos existiendo, nadie podrá fastidiarnos. Nadie —repitió con firmeza. Luego, volvió a sonreír—. ¿Entiende usted lo que quiero decir? ¿Acaso es posible seguir siempre las normas establecidas?
Se levantó y yo me levanté también. Estaba harto de escucharle, de sus mentiras, de sus verdades y de sus medias verdades bien pensadas y bien colocadas en la conversación.
Ya en la escalera dijo:
—Hay que ver cómo una vieja costumbre puede resultar fatal.
—¿Qué quiere decir?
—Que si Schuler no hubiera llenado el frasquito con Catapresan, nadie podría haberlo cambiado por otra cosa.
—No lo rellenaba porque fuese una vieja costumbre. Se lo hacía su sobrina porque, con la artrosis que tenía en los dedos, él no podía sacar las pastillas de los envases de plástico.
Entonces me di cuenta de que le había hablado de una medicina para la hipertensión, pero que no había dicho Catapresan. ¿Se había traicionado a sí mismo? Me detuve.
También él se detuvo. Se volvió hacia mí y me miró amablemente.
—El medicamento se llamaba Catapresan, ¿verdad?
—Yo no…
Pero no tenía ningún sentido registrar en mi casete: «Yo no he dicho Catapresan». Eso no probaría nada. Decírselo a Welker tampoco tenía ningún sentido. Él lo sabía y se había permitido una bromita.
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