El fin de Selb
Segunda parte
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1. ¡SIGA! ¡SIGA!
Arranqué y, en ese mismo momento, Welker dio un salto y vi su cara, los ojos desorbitados y la boca abierta, en la ventanilla del otro lado, al tiempo que golpeaba con los puños en la puerta. ¿Qué querrá?, pensé. Frené, me incliné hacia el asiento de al lado y bajé la ventanilla. A través de ella, Welker levantó el seguro, abrió violentamente la puerta, saltó dentro, se dejó caer en el asiento, se inclinó hacia mi lado, bajó mi seguro, hizo lo mismo con el de su puerta y subió su ventanilla, al tiempo que gritaba: «¡Siga! ¡Siga! ¡Maldita sea!».
Yo no reaccioné de inmediato. Pero luego me di cuenta de que el portón del patio se cerraba; metí enseguida la marcha atrás y logré salir en el último segundo haciéndome un par de arañazos en las aletas delanteras. Samarin fue corriendo hacia el coche e intentó abrir la puerta.
—¡Siga! —volvió a gritar Welker sujetando la puerta desde dentro, como si eso le fuera a servir de algo si el seguro fallaba—. ¡Siga!
Cambié la velocidad y atravesé la plaza hasta llegar a la Schloss-Strasse. Welker alargó la mano.
—¡Rápido, deme el móvil!
—No tengo móvil.
—¡Pero, bueno! —dijo dando un puñetazo en el salpicadero—. ¿Cómo es que no tiene móvil?
Giré en el aparcamiento de la Hebelstrasse con la intención de pararme junto a la cabina de teléfonos y prestarle mi tarjeta.
—¡No se pare! ¡Siga hasta donde haya gente!
El aparcamiento estaba vacío; lo normal un domingo por la mañana. ¿De qué tenía miedo Welker? ¿De que Samarin apareciese con un par de tipos con traje oscuro y le secuestraran? Seguí hasta la estación de Schwetzingen, que no era un sitio de mucha animación, pero donde había taxis, un autobús esperando, un quiosco abierto, una ventanilla que atendía al público y algunos viajeros. Welker agarró mi tarjeta, miró con cautela en todas direcciones y se fue hacia el teléfono. Le vi descolgarlo, meter la tarjeta, marcar, esperar y hablar. Luego colgó y se apoyó en la pared. Se apoyó y, de no haber habido allí una pared, creo que se habría desplomado.
Esperé un poco. Luego bajé y fui hacia él. Estaba llorando. Lloraba en silencio. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, se le juntaban en la barbilla y le goteaban sobre el jersey. No se las enjugó. Los brazos le colgaban como si hubieran perdido las fuerzas y ya no le sirvieran para nada. Se dio cuenta de que yo estaba delante de él y me dijo:
—Tienen a los niños. Hace media hora que han salido.
—¿De dónde han salido? ¿Adónde van?
—Han salido de Zurich; iban de vuelta al internado. Pero sólo llegarán, si yo regreso. —En ese momento se repuso y se enjugó las lágrimas.
—¿Puede usted decirme qué está pasando? ¿En qué está usted metido? ¿De qué se trata?
—¿Tienen los detectives privados obligación de guardar secreto, como los médicos o los curas? —No esperó a que le contestara. Empezó a hablar y ya no paró. Hacía frío y, pasado un rato, las piernas y el vientre me empezaron a doler de tanto estar de pie. Pero él no interrumpió su relato ni yo le interrumpí a él. Entonces una señora quiso usar el teléfono, nos fuimos y nos sentamos en el coche. Encendí el motor y puse la calefacción al máximo. ¡Al cuerno con tanto que si el medio ambiente por aquí, que si el medio ambiente por allá! Al final, se puso a llorar de nuevo.
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