El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 56 de 58

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El fin de Selb

19. Con luces giratorias y sirena

 

 

Me desperté cuando aún estaba oscuro y me di cuenta de que algo no iba bien. Sentía en el pecho una cosa rara, que ocupaba el espacio en el que respiro y en el que se me expande el corazón al latir. No era un dolor, pero era algo que estaba ahí; un algo opresor, persistente, amenazador.

De golpe, la frente y las palmas de las manos se me cubrieron de sudor. Sentí miedo y me pareció que aquella cosa rara que tenía en el pecho también era miedo, una angustiosa materia líquida, viscosa, en descomposición.

Me levanté, di unos cuantos pasos, abrí primero la ventana, y luego, la puerta que da al balcón, y respiré profundamente. Pero aquella cosa rara que tenía en el pecho no se iba sino que se hacía más espesa. Se transformó en una opresión. Y, al mismo tiempo, el miedo se convirtió en pánico.

Después, la opresión fue cediendo y me tranquilicé. ¿Con el último infarto, no se me había extendido el dolor hacia el brazo izquierdo? No sentía nada especial en ese brazo. En el mismo instante decidí que, en el futuro, llevaría una vida más sana, no fumaría, no bebería y haría ejercicio físico. Philipp iba a ganar una medalla de oro deportiva. ¿Conseguiría yo una de bronce? Me sumí en pensamientos amables y optimistas. Hasta que volvió la opresión y comencé a sudar de nuevo, y noté, presa del pánico, que la presión persistía e iba en aumento despacio, en oleadas ascendentes y descendentes. Me senté en la cama, me sujeté el pecho con los dos brazos, balanceándome atrás y adelante, y me oí gemir bajito.

Pero la presión no había hecho más que prepararle la entrada al dolor. También éste llegó en oleadas; unas veces lentas, otras rápidas; sin un ritmo al que pudiera ceñirme. La primera andanada de dolor fue como una descarga eléctrica que me convulsionó el pecho. También me electrizó el cerebro. Pude pensar con claridad y comprendí que debía hacer algo. Si no lo hacía, moriría. Eran poco más de las cinco de la mañana.

Llamé al servicio de urgencias y veinte minutos más tarde llegaron dos enfermeros de la Cruz Roja con una camilla. Veinte minutos durante los cuales los zarpazos del dolor me atravesaron como olas. Como dolores de parto o, por lo menos, como yo me imagino los dolores del parto. Cada vez que llegaban, yo inspiraba profundamente. Los enfermeros me hablaron de un modo tranquilizador, me ayudaron a tumbarme en la camilla y me pusieron un gotero del que iba cayendo un anticoagulante. Me bajaron los cinco pisos y me metieron en la ambulancia. Encendieron las luces giratorias; las vi reflejadas en el muro de casa, a través de la ventanilla. Luego, activaron también la sirena y arrancaron. No íbamos muy deprisa. El gotero y el tubo de plástico iban balanceándose tranquilamente.

¿Habría también un tranquilizante en el gotero? El dolor no cedía, pero las impresiones se ahogaban en sus oleadas y el miedo se disolvía en una resignación lacrimosa.

En urgencias la doctora mandó poner en el gotero medicamentos más fuertes para disolver el coágulo que tenía en el corazón. Vomité bilis y me asombró que a la vesícula no le gustase mi sangre fluida. A la enfermera no le asombró; cogió una batea con forma de riñón, que estaba a un lado, y me la colocó bajo la barbilla.

Al cabo de un rato me llevaron a la UCI. Techos de pasillos, puertas batientes, ascensores, médicos con batas verdes, enfermeras con batas blancas, pacientes y visitantes… Era consciente a medias, como si me deslizase a bordo de un tren silencioso a través de un torbellino y una congestión incomprensibles. Durante el recorrido fuimos por un pasillo muy largo, vacío, donde encontramos a un solo paciente en pijama y bata, que me miró sin curiosidad ni compasión, con aire aburrido. A veces conseguía vomitar en la batea con forma de riñón, colocada junto a mi cabeza; otras veces vomitaba al lado. El olor era repulsivo.

El dolor se me había instalado en el pecho. Como si le hubiese tomado las medidas en sus oleadas ascendentes y descendentes, y supiese ya que le pertenecía del todo. Se había hecho uniforme. Era una tracción uniforme de entrada y salida en el pecho. Pasadas unas horas cedió y también cesaron los vómitos. Yo ya sólo estaba agotado; tan agotado que me parecía posible extinguirme, simplemente de agotamiento.

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