El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 18 de 58

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El fin de Selb

18. Miedo a volar

 

 

La mujer que iba sentada a mi lado tenía miedo a volar. Me pidió que le diera la mano y yo se la di. Cuando despegamos, la tranquilicé diciendo que la mayor parte de los accidentes de los aviones no se producían en el despegue, sino durante el aterrizaje. Y cuando, una hora y media más tarde, empezamos a descender, le confesé que la había engañado: en realidad, la mayor parte de los accidentes de avión no se producen durante el aterrizaje, sino durante el despegue. Como ese momento ya lo habíamos dejado atrás hacía un buen rato, podía relajarse. Pero no lo hizo y, al llegar al aeropuerto de Tempelhof, salió muy deprisa y sin despedirse.

Yo no había vuelto a Berlín desde 1942 y no hubiera ido tampoco entonces de no haber sido porque ir en avión vía Berlín era la manera más rápida de llegar a Cottbus. Sabía que el edificio de cuatro plantas en el que yo me había criado había sido destruido en 1945, junto con los edificios vecinos, y que, en la década de los cincuenta, habían construido en su lugar un bloque de apartamentos de cinco plantas. Mis padres habían muerto durante el bombardeo. Los padres de Klara se habían mudado, antes de terminar la guerra, de la villa en la que vivían a orillas del Wannsee a otra villa junto al Starnberger See. Los amigos de la infancia y de la juventud se habían dispersado por los cuatro puntos cardinales. En los años setenta se celebró una reunión de antiguos alumnos. Yo no asistí. No tenía ganas de recordar.

En el cruce de la Friedrichstrasse con Unter den Linden encontré un hotel barato. Cuando me asomé a la ventana y observé la circulación, me entraron ganas de salir corriendo, darme una vuelta, y encontrar, tal vez, una fonda donde la comida tuviese el gusto de antes, el sabor a comida casera. Fui a la puerta de Brandeburgo y en la Pariser Platz vi cómo crecían los edificios y cómo se estiraban las grúas por el cielo. En la Potsdamer Platz le habían abierto el tórax a la ciudad y la operaban a corazón abierto: reflectores, excavadoras, grúas, andamios, esqueletos de casas y, a veces, una planta sobre otra con muros, balcones y ventanas. Seguí caminado y reconocí el Ministerio del Aire, los restos de la estación y, a orillas del Tempelhof, la casa en la que trabajé haciendo prácticas con un abogado. Evité la calle de mi infancia.

No encontré ninguna fonda en la que ofreciesen comida con el gusto de antes; pero encontré un restaurante italiano en el que la perca con cecina y salvia y las natillas caramelizadas estaban como debían estar y el vino blanco de la casa, procedente de Cerdeña, dejaba en un segundo lugar a todos los Frascati, Soaver o Pinot que se sirven en garrafa. Me sentí satisfecho, pregunté cuál era la estación de metro más cercana y emprendí el camino de vuelta al hotel.

En la Halleschen Tor quise bajarme, pero, al salir del último vagón del metro, me topé con siete u ocho skins con chupas oscuras y botas militares. Parecía como si me estuviesen esperando.

—¡Eh, abuelo!

Quise seguir mi camino, pero no me dejaban pasar y cuando traté de esquivarlos, me lo impidieron. Me arrinconaron contra el borde del andén. En ese punto el metro es aéreo y va sobre el canal Landwehr, así que bajo mis pies veía el agua oscura.

—¿Adónde vamos, abuelo?

En el andén de enfrente vi a un par de jóvenes que miraban con curiosidad. Aparte de ellos, los andenes estaban vacíos.

—Al hotel y a la cama.

Se rieron como si les hubiera dado la más divertida de las respuestas. «Al hotel», repitió uno de ellos adelantándose a los demás y dándose palmadas en el muslo, «a la cama». Luego me preguntó:

—Tú estuviste allí, ¿eh, abuelo?

—¿Allí? ¿Dónde?

—Con el Führer, ¡con quién va a ser! ¿Le viste alguna vez?

Asentí.

—Dale al abuelo un poco de cerveza. ¡Ha visto al Führer! —dijo el que llevaba la voz cantante al que estaba a su lado, dándole con el codo. El otro me alargó una lata de cerveza.

—Muchas gracias, pero por esta noche ya he bebido bastante.

—Escuchad, ¡ha visto al Führer! —dijo el que llevaba la voz cantante y se lo gritó también a los jóvenes del andén de enfrente. Después me preguntó:

—¿Y cómo le saludaste?

—Ya lo sabe usted.

—Enséñamelo, abuelo.

—No tengo ganas.

—¿No tienes ganas de enseñarme cómo se hace? Entonces, te lo enseñaré yo. —Entrechocó los tacones, levantó el brazo derecho y exclamó «Heil, Hitler!». En el andén del otro lado nadie emitió el menor sonido. Él bajó el brazo—. ¿Qué?

—Que no tengo ganas.

—¿Prefieres nadar un poco, ahí abajo?

—No, sólo tengo ganas de irme a mi hotel y a mi cama. —En esa ocasión ninguno se rió. El cabecilla se acercó más a mí, y yo retrocedí hasta que noté la barandilla a mis espaldas. Levantó las manos y se puso a cachearme como si estuviera buscando armas.

—No llevas chaleco salvavidas, abuelo. Podrías ahogarte. Una vez que el agua te entre en la nariz… —De un solo movimiento me metió el índice y el corazón en los agujeros de la nariz y me echó la cabeza para atrás hasta que estuve a punto de perder el equilibrio—. ¿Qué tal? —dijo, y me soltó.

Me dolía la nariz. Tenía miedo. No podía pensar con suficiente rapidez. ¿Debía seguirles el juego? ¿Sería más hábil hacerlo? ¿Sería una cobardía? ¿Sería una traición? ¿Merecía la pena una contusión o un enfriamiento por aquello? Pero, entonces, me agarraron y yo balbuceé: «Heil, Hitler!», y como el cabecilla me exigió que lo dijera más alto, lo dije más alto y cuando me dijo: «¡Más alto!» y me soltaron, allí, en el andén, grité todo lo alto que pude: «Heil Hitler!».

Entonces volvieron a reírse y aplaudieron.

—¡Bravo, abuelo! ¡Bravo!

Pero el cabecilla se puso a mover la cabeza en silencio, hasta que los demás también enmudecieron, y dijo:

—¿No lo habéis visto? No ha levantado el brazo. Sin levantar el brazo, no vale.

Los demás le miraron, me miraron a mí, volvieron a mirarle a él y comprendieron antes de que yo comprendiera. Me cogieron de los brazos y de las piernas, me balancearon de acá para allá, jalearon «a la de una, a la de dos y a la de tres» y, mientras el metro entraba rugiendo en la estación, me lanzaron al aire por encima de la barandilla. Cuando asomé a la superficie, aún seguían jaleando.

En la orilla más cercana el talud de piedra era demasiado empinado, pero conseguí subir por el otro lado y por un camino de maderos llegué hasta la calle. Después de que dos taxis pasaran de largo, el tercero llevaba plástico en los asientos. Así que veinte minutos más tarde estaba en el hotel bajo una ducha bien caliente.

No me había producido ninguna lesión seria. El lado sobre el que había caído en el agua era a la mañana siguiente una gran mancha morada. También moqueaba y tenía un poco de fiebre. Pero lo que me dolía era otra cosa. Había tenido la oportunidad de hacer bien lo que en su momento hice mal. ¿Cuándo se tiene semejante oportunidad? Sin embargo, había vuelto a hacerlo mal.

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