El fin de Selb
15. Sin confesión no hay absolución
Llamé a Estrasburgo. Pero no di con Georg y, además, tras un día escaso en la ciudad, no tendría mucho de qué informarme. Así que habría de arreglármelas con lo que sabía por Schuler.
Pero el jurista de Estrasburgo, cuyo nombre o apellido empezaba por C, por L o por Z, dejó indiferentes a Welker y a Samarin. Cuando me senté frente a ellos y les hice el informe, en varios momentos me pareció que Samarin se estaba aburriendo y que Welker hacía gala de una paciencia ímproba.
Terminé.
—He emprendido la pista de Estrasburgo y puedo seguirla, pero también puedo abandonarla. ¿Ya no le interesa tanto ese socio secreto?
Welker me aseguró que no había cambiado de idea acerca de la búsqueda del socio secreto.
—Permítame que le extienda otro cheque. Estrasburgo no debe de ser barato.
Sacó el talonario y la pluma del bolsillo interior de la chaqueta y se puso a escribir.
—Señor Selb, parece que Schuler tenía acceso al banco y se llevó un dinero —dijo Samarin inclinándose hacia delante en su sillón y mirándome fijamente—. Le dejó ese dinero a usted y…
—Me trajo un maletín que tengo a buen recaudo. Aún no sé si debo dárselo a sus herederos o a la policía. Todavía no sé quiénes son sus herederos ni por qué murió Schuler.
—Tuvo un accidente de coche.
—Alguien le dio un susto de muerte.
Samarin sacudió la cabeza. Lo hizo lenta y pesadamente, al tiempo que bamboleaba de acá para allá la parte superior del cuerpo.
—Señor Selb —las palabras salieron de su boca como masticadas—, quedarse algo que a uno no le pertenece no está bien.
—Vamos, vamos… —dijo Welker intentando apaciguar los ánimos y mirándonos irritado a Gregor y a mí. Después, me dio el cheque—. Tiene que comprenderlo, señor Selb. El señor Schuler fue hace años nuestro maestro, un buen maestro, y eso es algo que no podemos olvidar. Su muerte nos ha afectado mucho y la sospecha acerca del dinero, también. La verdad es que yo no creo que…
Samarin saltó furioso.
—Tú creerás lo que…
—¿Lo que tú digas?
Durante unos instantes Welker nos miró a Samarin y a mí con aire triunfal. Samarin se puso tan furioso que, al levantarse, a punto estuvo de volcar el pesado sillón. Pero se dominó. Despacio y con tono amenazador me dijo:
—Señor Selb, ya tendrá noticias mías.
Me dirigí a casa de Schuler atravesando el parque del palacio. No entendía en qué había triunfado Welker; ni por qué parecía que el dinero desaparecido le inquietaba mucho menos que a Samarin. Lo que, en realidad, seguía sin cuadrar en el caso de los billetes usados de cien y de cincuenta marcos, tanto si Schuler los había cogido como si no, era que deberían haber puesto más nervioso al jefe que al ayudante, aunque el ayudante fuese el responsable de todas las cuestiones prácticas, además de un arrogante y un colérico. ¿O acaso estaban jugando conmigo a una variante del juego del poli bueno y el poli malo? Pero, en ese caso, Samarin tendría que haber explotado, en vez de dominarse.
Miré a mi alrededor, pero nadie me seguía, ni mi falso hijo ni ningún Mercedes azul. La mujer que me abrió era la sobrina de Schuler. Había estado llorando y volvió a ponerse a llorar tan pronto como empezó a hablar.
—Apestaba, era un criticón pedante y siempre estaba refunfuñando, pero era una persona tan buena, tan buena… Todo el mundo lo sabía y sus alumnos le apreciaban y venían a visitarle y él les ayudaba en lo que podía.
Ella misma y su marido también habían sido alumnos suyos. Se habían conocido al coincidir, por casualidad, cuando iban a visitarle.
Estábamos en la cocina. Ella había limpiado y ordenado un poco. Había hecho té y me ofreció una taza.
—Azúcar no hay. Eso, al menos, lo conseguí; pero del alcohol no se le podía decir ni una palabra.
Al recordarlo, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—No habría durado mucho más, pero eso no lo hace menos terrible, ¿sabe? No lo hace menos terrible.
—¿Y qué dice la policía?
—¿La policía?
Le conté que su tío había tenido el accidente delante de mi puerta.
—He venido inmediatamente a Schwetzingen para decírselo, pero ya estaba aquí la policía.
—Sí, la policía de Mannheim informó a la de Hiesing y ésta es la que ha venido. Ha sido una casualidad que yo estuviera en la casa. No vengo todos los días; él quiere… Quiero decir que él quería… —Rompió a llorar de nuevo.
—¿Y ha dicho alguna otra cosa la policía o le han preguntado algo?
—No.
—Cuando estuve con él, poco antes del accidente, su tío se encontraba mal; era como si hubiese sufrido un shock o como si le hubieran dado un susto horrible.
—¿Y por qué le dejó conducir? —me preguntó mirándome con los ojos empañados y llenos de reproches.
—Todo ocurrió demasiado deprisa. Su tío… se fue casi nada más aparecer.
—Podría haberle retenido, quiero decir que podría… —Buscó un pañuelo y se sonó la nariz—. Discúlpeme; ya sé lo difícil que era cuando algo se le metía en la cabeza. Casi le hago un reproche. No era ésa mi intención.
Entonces su mirada sólo traslucía tristeza, pero era yo mismo quién se hacía los reproches que no me hacía ella. Sí, ¿por qué no le había retenido? ¿Por qué no lo había intentado siquiera? En esa ocasión había sido demasiado lento no sólo con mis emociones.
—Yo… —comencé a decir, pero no supe qué añadir. Me quedé mirándola: su figura encorvada, agarrando el pañuelo con las manos juntas, en actitud resignada, su rostro cálido y confiado. Ni siquiera me había preguntado quién era yo; simplemente, me había tomado por amigo de su tío y compañero de su aflicción. Sentí como si no sólo le hubiera fallado a Schuler, sino también a ella, y busqué la absolución en su rostro. Pero no la hallé. Sin confesión no hay absolución.
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