El fin de Selb
4. Dentro del armario
—Sólo como ejercicio de imaginación… ¿Se podría irrumpir en la Sorbia al amparo de la noche?
Se lo pregunté mientras estábamos desayunando y me contestó con tal rapidez que supuse que también ella debía de haberlo estado pensando por la noche.
—No habría que hacerlo aprovechando la oscuridad de la noche. Lo único que tendría que hacerse es abrir el office con una ganzúa y esconderse en el armario donde está el cuadro eléctrico, hasta que todos se hubieran ido; entonces, uno podría moverse tranquilamente por el banco. Lo complicado no sería entrar, sino salir. Por la mañana, a las siete, cuando llegan las mujeres de la limpieza, habría que volver a esconderse, hasta la hora en que se abre al público, momento en que uno puede mezclarse con los clientes. Pero en ese armario no puede ser: es donde se guardan los utensilios de la limpieza. Tampoco en los lavabos, ni en el cuarto de las fotocopias, ni detrás de las ventanillas ni debajo de los escritorios, porque las mujeres de la limpieza le verían al ir a limpiar; y a la sala de las cajas fuertes o a la cámara acorazada no se puede acceder.
—¿Cómo entran las mujeres de la limpieza?
—Tienen una llave de la entrada lateral.
—Y en el momento en que abren ¿no se podría salir disparado, pasando entre ellas?
Se puso a darle vueltas. Teníamos delante huevos con panceta frita y patatas, además de café y panecillos con mermelada. La señora Soboda comía como si hiciera mucho tiempo que no se alimentara y contara con que iba a pasar otro tanto sin hacerlo. Cuando capitulé ante el segundo huevo, también se comió todo lo que me había dejado en mi plato.
—Por la mañana, como un rey; a mediodía, como un príncipe y, por la noche, como un mendigo. Las mujeres de la limpieza se llevarían un susto y llamarían a la policía. ¿Por qué no? —dijo, mientras rebañaba los platos con un trozo de pan.
—¿Seguimos imaginando?
Se rió.
—Con eso no se hace daño a nadie, ¿no?
—Una vez dentro del banco, sentado frente al ordenador, si no se lograra avanzar con los programas y los ficheros, pero se dispusiera de un móvil y se pudiera llamar a alguien que entendiera de eso, se tendría que poder…
Volvió a reírse. Se reía de tal manera que el vientre se le agitaba, y se sujetaba a la mesa como si, de no hacerlo, fuera a caerse de la silla.
Esperé hasta que se hubo calmado.
—Señora Soboda, ¿puede enseñarme en su ordenador lo que he de hacer esta noche? ¿Me ayudará si me atasco y la llamo desde el móvil? Sé que no tengo muchas posibilidades de encontrar nada, pero, aun así, no me quedaré tranquilo si no lo intento.
Ella miró el reloj.
—Disponemos de seis horas. ¿Tiene usted móvil?
Me explicó cómo llegar a la tienda, y me fui a comprar uno. Cuando volví, se sentó a mi lado, frente al ordenador. Ella me enseñaba y explicaba; yo le preguntaba y hacía ejercicios. Encender. Introducir la contraseña. ¿Cuál podía ser la contraseña adecuada? ¿Cómo podría pasar del sistema operativo al fichero histórico? ¿Qué hacer para consultar el estado de las cuentas en el sistema operativo y los procedimientos previos en el histórico? ¿Cómo se podría continuar dentro del sistema del blanqueo de dinero? A las tres, ya no sabía dónde tenía la cabeza.
—Todavía tiene unas horas para volver a repasarlo todo. El nuevo jefe se queda hasta muy tarde, así que yo no saldría del armario en el que está el cuadro eléctrico antes de las ocho.
Me explicó cómo llegar al office.
—¡Mucha suerte!
Aparqué en una calle lateral y entré en la Cooperativa Sorbia. Cruzar el patio de operaciones, pasar junto a las ventanillas de caja y meterme por el pasillo, que era corto y llevaba a la entrada lateral, y en cuyo inicio se encontraban los aseos y el office, no me resultó tarea difícil. Nadie se fijó en mí mientras atravesaba lentamente el patio de operaciones ni cuando abrí rápidamente con la ganzúa la puerta que daba al office y la volví a cerrar a mis espaldas.
El armario estaba a rebosar y tuve que amontonar y apilar, con sumo cuidado, cepillos, fregonas, trapos, cubos y artículos de limpieza para hacerme un sitio. Confortable no era. Tenía que mantenerme en posición de firmes, con la caja de los plomos incrustada en la espalda, los pies juntos y los brazos pegados a ambos lados del cuerpo. El olor a productos de limpieza era muy intenso; no era un aroma a limones frescos, sino una mezcla de jabón de fregar, amoníaco y fruta podrida. Al principio dejé la puerta del armario abierta; pensé que, si alguien entraba en el cuarto, lo oiría con el suficiente tiempo como para cerrarla. Pero cuando, efectivamente, alguien entró, no me di cuenta hasta que no estuvo dentro y, si hubiese mirado hacia donde yo estaba, habría sido el final. Así que la mantuve cerrada. A las cuatro de la tarde, cuando la Sorbia cerró al público, el office se animó. Los empleados que habían estado atendiendo las ventanillas y aún tenían que acabar algunos trabajos administrativos, hicieron una pausa para tomarse un café. Oí los silbidos y borboteos de las máquinas de café, el tintineo de tazas y cucharillas, observaciones sobre clientes y chismes sobre compañeros. No me sentía bien allí dentro del armario, pero el tiempo iba pasando.
Se me hacía muy lento. Empecé a repasar mentalmente lo que había aprendido sobre el ordenador. Pero, al poco rato, ya no podía pensar sino en cómo mover las piernas un centímetro más allá o cambiar mínimamente la postura de los brazos para que me dolieran menos. Sentía admiración por los soldados que hacen guardia ante el palacio de Buckingham o el del Elíseo. Pero, al final, acabé por envidiar sus espaciosas garitas. A veces oía algún ruido, pero no sabía si provenía del patio de operaciones o de la calle; si era una silla que había dado contra una mesa, un coche que había chocado con otro o una tabla que había caído de un andamio. La mayor parte del tiempo, sólo oía el zumbido de la sangre en mis oídos y un pitido tenue, apenas perceptible, que tampoco provenía del exterior sino del interior de mi oído. Había decidido que, a las ocho, saldría del armario, abriría la puerta y escucharía a ver si había alguien en el patio de operaciones.
Pero, a las ocho menos cuarto, todo acabó. Oí un ruido. Mientras me preguntaba de dónde vendría y qué sería, alguien abrió la puerta del office de manera brusca y ruidosa. Durante unos instantes reinó el silencio; quienquiera que fuese el que había entrado se quedó quieto, como si estuviera dejando que su mirada se paseara por el fregadero, la cocina, el frigorífico, la mesa y las sillas, el armario que había sobre el fregadero y el armario del cuadro eléctrico, que estaba al lado de la cocina. A continuación dio unos pasos enérgicos hacia mi armario y abrió la puerta.
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