El fin de Selb
2. En la zanja
Todo había empezado un domingo de febrero. Yo volvía de Beerfelden a Mannheim con mi amiga, Brigitte, y su hijo Manuel. Una amiga de Brigitte, que se había trasladado de Viernheim a Beerfelden, nos había invitado a merendar, para estrenar su nueva casa. Los niños se llevaban bien, las amigas charlaban sin parar y, cuando quisimos ponernos en marcha, ya se había hecho de noche.
Apenas había conducido un trecho, cuando empezaron a caer unos copos de nieve grandes y espesos. La carretera era estrecha y atravesaba el bosque en dirección a las cimas. Íbamos solos, no había coches ni delante ni detrás de nosotros, y tampoco nos cruzamos con ninguno. Los copos eran cada vez más densos; el coche daba bandazos en las curvas; las ruedas patinaban en las cuestas y la visibilidad era tan escasa que sólo me daba para no salirme de la carretera. Manu, que había estado charlando animadamente, había enmudecido, y Brigitte tenía las manos entrelazadas sobre el regazo. Sólo su perro, Nonni, dormía como si no pasara nada. La calefacción no estaba fuerte, pero a mí el sudor me corría por la frente.
—¿No podríamos pararnos y esperar a que…?
—Puede nevar durante horas, Brigitte. Si nos detenemos en la nieve, no podremos movernos de aquí.
Si vi aquel coche parado, fue sólo porque había dejado los faros encendidos. Era como si su luz dibujase una barrera sobre la calzada. Me detuve.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No, déjalo.
Me bajé del coche, me subí el cuello de la chaqueta y eché a andar sobre la nieve. Un Mercedes se había metido por equivocación en un camino lateral al tomar una curva y, en su intento de volver a la carretera, había ido a parar a una zanja. Oí música de piano con orquesta, y tras las ventanillas cerradas, en el interior iluminado, vi a dos hombres: el uno, en el asiento del conductor, y el otro, en el asiento trasero, pero a la derecha. Parece un barco de vapor varado, pensé, o un avión tras un aterrizaje de emergencia. La música sigue sonando como si nada hubiese ocurrido, pero el viaje ha terminado. Di unos golpecitos en la ventanilla del conductor, que bajó un poco el cristal.
—¿Necesitan ayuda?
Antes de que el conductor pudiese contestar, el otro se inclinó echándose a la izquierda, estiró el brazo y abrió la puerta trasera.
—¡Gracias a Dios! Entre y siéntese.
Volvió a enderezarse mientras hacía un gesto con la mano invitándome a entrar. El interior del coche estaba bien caldeado y olía a cuero y humo. La música estaba tan fuerte que tuvo que alzar la voz al dirigirse al conductor:
—¡Baja la música, por favor!
Subí al coche. El conductor se tomó su tiempo. Extendió la mano lentamente hacia la radio hasta alcanzar el botón, lo giró y la música se fue oyendo cada vez más baja. El jefe esperó, arrugando la frente, hasta que dejó de oírse por completo.
—No conseguimos salir de este atolladero y el teléfono no funciona. Temía que estuviéramos en el fin del mundo.
Se rió con una risa amarga, como si no sólo hubiera sufrido un percance técnico, sino también una ofensa personal.
—¿Quieren que les llevemos?
—¿Podría ayudarnos a empujar? Si conseguimos salir de la zanja, podremos continuar. El coche no está averiado.
Miré al conductor, esperando que dijera algo. Al fin y al cabo, él era el responsable de aquella contrariedad. Pero no dijo nada. A través del espejo retrovisor vi sus ojos fijos en mí.
El jefe había notado mi mirada inquisitiva.
—Lo mejor será que yo me siente al volante y que Gregor y usted empujen. Así, cuando…
—No. —El conductor se volvió. Tenía un rostro de persona mayor y una voz grave y ronca—. Yo sigo al volante y vosotros empujáis. —Noté que tenía un acento extranjero, pero no pude identificarlo.
El jefe era más joven pero, al ver sus manos delicadas y su rostro delgado, me extrañó la propuesta del conductor. Sin embargo, el jefe no le contradijo. Nos bajamos. El conductor arrancó; nosotros empujamos; las ruedas chirriaron al patinar esparciendo nieve, agujas de abeto, hojas y tierra. Seguimos empujando; la nieve siguió cayendo; se nos mojó el pelo, y las manos y las orejas se nos quedaron tiesas. Entonces llegaron Brigitte y Manu. Les dije que se sentaran sobre el maletero y, al sentarme yo también, las ruedas se adhirieron y, dando un tirón, el coche salió de la zanja.
—¡Buen viaje! —les dijimos en señal de despedida y nos fuimos.
—¡Espere! —dijo el jefe, corriendo hacia nosotros—. ¿A quién debo el rescate?
Busqué una tarjeta de visita en el bolsillo de la chaqueta y se la di.
—Gerhard Selb —leyó en alto, quitando los copos de nieve de la tarjeta —. Investigaciones privadas. ¿Es usted…? ¿Es usted detective privado? Pues entonces, tengo un trabajo para usted. Pase a verme —dijo, mientras buscaba en vano una tarjeta de visita—. Me llamo Welker y puede encontrarme en el banco que hay en la Schlossplatz de Schwetzingen. ¿Se acordará?
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