El fin de Selb
21. Al final
Al final volví a ir.
¿Por qué? Ya lo sabía todo y, si no lo hubiera sabido, la plaza tampoco me lo habría dicho. Sabía que Welker había despedido a la mitad del personal y que había vendido la Sorbia; que había disuelto la entidad bancaria Weller & Welker; que su casa de la Gustav-Kirchhoff-Strasse estaba a la venta, y que él se había ido con los niños. Según Brigitte, a Costa Rica, porque está segura de que su mujer aún está viva y le espera allí.
También sabía que Ulbrich no había abierto la boca ante la policía ni ante el fiscal que instruye el caso. Brigitte me ha preguntado: «¿Tú no fuiste fiscal? ¿No puedes defenderle?». Me han dicho que podría obtener la autorización para hacerlo. Que Welker se haya ido facilita su defensa.
¿Qué buscaba yo en la Schlossplatz de Schwetzingen? ¿El final de la historia? La historia había acabado. Ya no quedaba ningún hilo del destino suelto. Pero a pesar de que tengo claro que al final de una historia no tiene por qué triunfar la justicia…, el que Welker se librara, mientras que Ulbrich estaba en la cárcel, y Schuler y Samarin bajo tierra, era algo que no podía aceptar como final, y volvía a torturarme la impotencia de no poder hacer nada más ni poner orden.
Hasta que comprendí que era yo quien tenía que decidir si quería considerar que el final era injusto e insatisfactorio, y sufrir por ello, o concluir que así, exacta y precisamente así, estaba bien. En cualquier caso, era yo quien debía tomar la decisión. Tampoco un Welker muerto o un Welker en la cárcel y un Karl-Heinz Ulbrich feliz, o incluso un Schuler que siguiera ocupándose de los viejos documentos y un Samarin que siguiera blanqueando dinero sería algo justo y satisfactorio. Tenía que tomar la decisión. Así que, lo intenté. Es cierto que no acepté el final de inmediato. ¿Pero no había realmente una cierta rectitud en que Samarin, que era un combatiente, hubiera muerto en un combate, y en que Schuler hubiese muerto por una verdad que encerraba su amado archivo? Para que Karl-Heinz Ulbrich no tuviese que estar mucho tiempo en la cárcel se podía hacer algo. ¿Y Welker? Brigitte y yo podríamos irnos de vacaciones a Costa Rica.
Si el médico lo permite. Es un viejo amigo de Philipp y fue colega suyo en Mannheim, antes de que se hiciera cargo del servicio en el Speyerer Hof. Cuando le pregunto cómo me encuentra y qué futuro tengo, mueve la cabeza y levanta los hombros: «¿Qué quiere usted, señor Selb? Su corazón está simplemente viejo». Viejo. Pero yo sé que la operación no ha sido un éxito. Si no, me lo habrían dicho. Si no, no estaría tan cansado. A veces tengo la impresión de que el cansancio quiere envenenarme.
Me alegré de que el taxi llegara.
El autor da las gracias al
Center for Scholars and Writers
de la New York Public Library,
que le acogió como fellow y donde escribió
en el invierno de 2000/2001
El fin de Selb.
OceanofPDF.com
Terminaste El fin de Selb
Bernhard Schlink
Libros como este
-
El engaño de Selb
-
La justicia de Selb
-
La trama de la telaraña
-
La crin de Damocles
-
Misterioso
-
Las manos de Kalman Teller
Después del libro
Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.