El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 14 de 58

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El fin de Selb

14. Con las manos vacías

 

Pero el conductor del Fiesta no me había olvidado. A la mañana siguiente, a las ocho y media, estaba en la puerta de mi apartamento tocando el timbre. Tocó varias veces. Más tarde me explicó que él era una persona especialmente respetuosa; que había tocado el timbre varias veces, aunque podría haber abierto la puerta con toda facilidad. El cierre era de chiste.

Estaba en la puerta como un vendedor ambulante, con la expresión a un tiempo desafiante y esperanzada, y una actitud acechante. Debía de tener unos cincuenta años; no era ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco; tenía las mejillas cubiertas de venitas rotas y el pelo ralo. Llevaba un pantalón negro de fibra, mocasines gris claro, una camisa azul clara con el bolsillo y la botonadura ribeteados de azul marino y un anorak sin cerrar. El anorak era del mismo color beige que el Fiesta.

—Así que era usted.

—¿Yo?

—Ayer me estuvo siguiendo.

Asintió.

—La maniobra que hizo en Schwetzingen no estuvo mal. Pero yo sabía adónde quería ir. ¿Se salió de la autopista por las buenas, bajando, por así decirlo, campo a través? —hablaba con un tono de condescendencia altanera—. ¿Y el Mercedes azul? ¿Le siguió campo a través?

No quería que se me notara que no sabía de qué me estaba hablando. Pero me lo notó.

—¡Vaya! Así que ni siquiera se dio usted cuenta. Y a mí no me descubrió hasta ayer.

—Lo mejor sería no descubrirle hoy tampoco. ¿Qué quiere usted?

Pareció ofendido.

—¿Por qué me habla así? No le he hecho nada. Sólo quería…

—¿Qué?

—Usted es… Yo soy…

Aguardé.

—Usted es mi padre.

Soy lento, siempre lo he sido y, con los años, no me vuelvo más rápido. A menudo mis emociones salen a relucir con retraso y hasta el mediodía no caigo en la cuenta de que, por la mañana, alguien me ha ofendido y hasta la noche no me doy cuenta de que, durante el almuerzo, alguien me ha dicho algo agradable de lo que debería haberme alegrado. No tengo hijos, pero ni me reí del hombre que tenía enfrente ni le cerré la puerta en las narices, sino que le invité a pasar al cuarto de estar y a sentarse en un sofá, y yo me senté en el otro.

—¿No me cree usted? —dijo moviendo la cabeza—. No, no me cree. Nosotros no existimos para usted.

—¿Nosotros? ¿Tengo más hijos?

—No debería hacerse el gracioso.

Me contó que con el cambio de régimen en la Alemania del Este, o después de él, había conseguido ver sus papeles y había descubierto que era adoptado y que su verdadera madre era Klara Selb, natural de Berlín.

—¿Qué papeles?

—Mi expediente.

—¿Su expediente?

—Yo trabajaba en el Ministerio de Seguridad Nacional y estoy orgulloso de ello. Hacíamos investigaciones sobre delincuentes importantes y alcanzábamos unos índices de esclarecimiento que ustedes, los del Oeste, no pueden ni soñar. No, no todo era malo en el Este y no permito que se nos difame ni tampoco que se me difame a mí.

Le hice un gesto de asentimiento con la mano.

—¿Cuándo nació usted?

—El 9 de marzo de 1942; cuando ustedes estaban atacando a la Unión Soviética con su Wehrmacht fascista.

Empecé a echar cuentas. El 9 de marzo de 1942 yo estaba en Heidelberg, en un hotel; había dejado atrás la campaña de Polonia, las heridas y el hospital; había hecho el examen de asesor y había empezado a trabajar en la fiscalía. Como aún no había encontrado casa, Klara vivía con sus padres en Berlín. ¿O se había ido de viaje a Italia, con su amiga Gigi? ¿O se había escondido en cualquier parte y había traído un niño al mundo? A mí me hubiera gustado tener niños, pero no que nacieran el 9 de marzo de 1942: desde mayo hasta agosto de 1941 estuve en Warthegau y no pasé con Klara ni una sola noche.

Sacudí la cabeza.

—Lo siento, pero…

—Ya lo sabía. Sabía que sacudiría la cabeza y diría: lo siento, pero yo no tengo nada que ver con usted. Hablar de que somos hermanos es algo que sí sabéis hacer los del Oeste, pero que seamos hermanos de hecho…, ante eso, sacudís la cabeza y levantáis las manos.

Sacudió la cabeza y levantó las manos, tal como imaginaba que lo hacíamos. Quería parecer sarcástico, pero parecía desalentado.

Yo no debería de haber dicho que lo sentía. No sentía no ser su padre y, además, mis disculpas provocarían otras acusaciones a las que reaccionaría mi reflejo de disculparme. Estaba a punto de pedir disculpas por todos los agravios que el Oeste había cometido con el Este y por los que no había cometido.

—A pesar de todo, no vengo con las manos vacías. Usted no reparó en el Mercedes azul, cuando iba a Schwetzingen, y, presumiblemente, tampoco lo ha visto esta mañana. —Vio el interés reflejado en mi rostro—. Ahora quiere saber más. Y yo también le voy a contar más. El Mercedes llegó cuando el viejo le había entregado el maletín y se subía a su coche. Se detuvo y, tras el desastre, el acompañante del conductor se bajó y miró primero en su oficina y, después, junto al coche del viejo. No hace falta que le diga qué era lo que buscaba.

—¿Y usted sabe quiénes eran esos hombres?

—Sólo sé que el Mercedes tenía matrícula de Berlín. Pero lo voy a averiguar. Sí, a partir de ahora, trabajamos juntos, usted y yo, quiero decir que, como los dos somos del mismo oficio y usted dentro de poco… ya no podrá…

Se quedó en suspenso.

O sea, que el hijo de su padre quería hacerse cargo de mi negocio. No de inmediato, pero sí después de un período de transición, en el que figuraríamos como «Gerhard Selb e hijo. Investigadores privados». No le sugerí «Gerhard Selb y el hijo de Klara Selb». No le aclaré que, tal vez, fuese el hijo de mi difunta esposa, pero en ningún caso hijo mío. No quería entrar en confidencias con él, ni hablar de mi matrimonio, ni darme a conocer, ni comprometer a Klara. Al final, nuestro matrimonio estaba vacío. Pero en aquel entonces, cuando empecé a trabajar en la fiscalía de Heidelberg y Klara estaba a punto de reunirse conmigo, nuestro matrimonio era joven y yo pensaba que estaba lleno de magia y prometía ser feliz y duradero. No me había dejado indiferente el hecho de que hubiera habido alguien con el que Klara hubiese tenido una relación y del que hubiera tenido un hijo. Alguien que no la había querido tanto como para empeñarse en que se separara de mí y se casara con él. ¿O habría caído en el frente? Me vino al recuerdo un oficial amigo, del que Klara hablaba mucho al principio y luego dejó de hablar, y que cayó en el frente de Moscú. Busqué en el rostro de mi interlocutor rasgos de aquel hombre, pero no los encontré.

—¿Cómo se llama usted?

—Karl-Heinz Ulbrich, con guión entre los nombres y sin «t» final en el apellido.

—¿Y dónde vive?

—En el Kolpinghaus de la… la calle se llama R7. ¡Qué locura! Ese nombre se le pone a unos cigarrillos, pero no a una calle. —Sacudió indignado la cabeza.

Renuncié a explicarle el sistema de cuadrícula de Mannheim y tampoco le pregunté si, como viejo comunista, no le daba vergüenza pernoctar en un Kolpinghaus, siendo esos albergues de ideología católica.

Como si todo aquello no fuera ya bastante terrible, en ese momento Turbo regresó de una correría por los tejados, saltó desde el alféizar de la ventana hasta el sofá y, de camino a la cocina, le pasó por encima de los pies a Karl-Heinz Ulbrich. Él dijo «bsss, bsss», miró a Turbo satisfecho y a mí con aire triunfal, como si siempre lo hubiese sabido y, por fin, tuviese la demostración palpable de que en el Oeste los animales son mejores que las personas. Afortunadamente, no dijo nada.

Se puso de pie.

—Ahora será mejor que me vaya. Pero ya volveré.

Sin esperar a que yo me despidiera, se fue por el pasillo hacia la puerta, la abrió y la cerró desde fuera con mucho cuidado.

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