El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 21 de 58

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El fin de Selb

21. Caras de niños

 

 

Cuando me desperté era pleno día. Mi traje estaba perfectamente colocado en la silla. Sobre la mesa había una nota: «Intentaré estar de vuelta en casa a las cuatro. ¡Qué se mejore!». Me preparé un té en la cocina, me lo tomé en el sofá y volví a tumbarme.

Había recuperado los cinco sentidos. Pero la nariz me moqueaba, el cuello me dolía y me encontraba tan débil que hubiese querido quedarme tumbado y pasarme todo el día dormitando; mirando por la ventana y viendo cómo el viento arrastraba las nubes grises por el cielo azul y agitaba las ramas desnudas de los plátanos; y cómo las gotas de lluvia resbalaban por los cristales de la ventana; escuchando la lluvia; sin pensar en Schuler, al que podría haber salvado, si no hubiese sido tan lento; ni en los skins, a los que había permitido que se burlaran de mí; ni en Karl-Heinz Ulbrich, que me conmovía, aunque no me gustase. Pero si me ponía a dormitar, aparecían todos ellos: Ulbrich, en busca de mi reconocimiento paterno y mi solicitud paternal; los skins y mi miedo, y Schuler tambaleándose con el maletín. Así que me levanté, me senté junto a la estufa y me puse a pensar en lo que Vera Soboda me había contado. Tenía razón: cuando se tiene un banco, no es difícil blanquear dinero. El dinero sucio iba a las cuentas ficticias de los clientes de la Cooperativa Sorbia, que se llevaban con un sistema paralelo, y desde allí se invertía en empresas que sólo arrojaban pérdidas y que, tal vez, ni siquiera existiesen de verdad. Así, los clientes se deshacían de un dinero de cuya existencia nada sabían, y aquellos a los que pertenecía tanto el dinero sucio como las empresas, ya lo tenían limpio. La señora Sellmann tenía cien mil marcos de más en su cuenta… Aunque, la idea general no fuese acreditar cien mil a cada uno de los clientes, sino sólo tres o cuatro veces su saldo, con unos miles de clientes se podían blanquear miles de millones.

Schuler debió de haberse enterado de dónde se guardaba el dinero sucio. Pero ¿por qué no se había dirigido a la policía? ¿Por qué había ido a verme a mí? ¿Sería porque le desazonaba delatar a Welker, su antiguo alumno, el hijo de su amigo y benefactor?

Eran las doce. Me puse a recorrer la casa. En otro tiempo, la cocina había sido parte del cuarto de baño; el cuarto de estar era también el dormitorio, y el sofá era también la cama. Aquella noche la señora Soboda había dormido en la terraza acristalada, que también era su cuarto de trabajo, con su máquina de escribir, su ordenador y su hamaca. Con su sueldo de directora de banco, debería poder permitirse algo mejor. ¿Qué haría con su dinero? Junto a su escritorio había colgadas varias fotografías de ella, con y sin marido, y con y sin hija, una niña de frente alta y pelo rubio, tan delicada como fuerte era la señora Soboda. Tal vez no fuese su hija, sino una sobrina. Saqué una hoja de papel de su escritorio.

Querida señora Soboda:

Le agradezco mucho todo lo que ha hecho por mí. He pasado un

rato muy agradable en su compañía, aunque me haya molestado

parecer un miembro de la Brigada Social.

He dormido mucho; la fiebre casi me ha desaparecido y estoy

contento de haber recuperado la cabeza.

No soy policía. Soy detective privado y —no lo va a creer—

estoy trabajando por encargo del señor Welker. Estoy investigando

para él un asunto, del que estoy casi seguro que es sólo un pretexto.

Pero no sé con qué objeto.

Me gustaría saberlo y me gustaría saber más cosas antes de ir a

contarle a la policía lo que sé. Cuando lo haya averiguado, se lo haré

saber.

Con mis saludos más cordiales,

Gerhard Selb

Añadí mi dirección y mi teléfono. Después llamé a un taxi y le pedí que me llevara a la estación. A última hora de la tarde estaba de vuelta en Berlín.

No sé qué mosca me picó. En vez de cambiar el vuelo del día siguiente para ese mismo día, o incluso de perderlo y tomar el tren, volví a establecer mis cuarteles en Unter den Linden, volví a caminar por Berlín y volví a aterrizar en la Halleschen Tor. ¿Qué andaba buscando? Sí, también estuve en la calle en la que viví de niño. La boca de riego de la que bombeé agua, por el gusto de hacerlo, accionando su gran palanca, podía ser la misma con la que había bombeado agua siendo niño. Aunque no estaba seguro.

En esa ocasión, en la Halleschen Tor estaban los otros: pantalones y chaquetas de color negro y un par de chicas con ropa negra más bien informe. Yo no les reconocí. Pero ellos a mí sí.

—Ése es el viejo que el otro día gritó «Heil Hitler!». Un viejo nazi, ¿no?

No contesté nada. ¿Acaso no habían visto que no lo había hecho de forma voluntaria y que, al final, había acabado en el canal? ¿Sería que el metro, al entrar en la estación, les había impedido verlo?

Se acercaron y me arrinconaron contra la barandilla. ¡Qué caras de niños!, pensé, ¡qué caras de niños bobos y vehementes! Además, pensé que por el «Heil Hitler!» de hacía dos días ya había recibido suficiente castigo. Por los «Heil Hitler!» de muchos años atrás y por los daños que causé entonces como fiscal… Tal vez, por eso mereciera un castigo mayor. Pero no por parte de aquellos niños.

—Hagan el favor de dejarme pasar.

—Somos de los Grupos Antifascistas. —Ellos también tenían un cabecilla, un tipo flaco y larguirucho, con gafas. Cuando intenté deslizarme entre ellos, me puso la mano en el pecho—. No queremos fascistas en nuestra ciudad.

—¿Y no hay bastantes jóvenes a los que pueda demostrárselo?

—Primero, una cosa, y luego, la otra. Antes de los jóvenes, van los viejos —dijo, sin quitarme la mano del pecho.

En ese momento perdí el control. Le aparté la mano de un golpe y le propiné dos bofetadas, una en la mejilla derecha y otra en la mejilla izquierda de aquella cara de bobo. Se me echó encima y me empujó contra la barandilla. No hubo «a la de una, a la de dos y a la de tres»; los demás le ayudaron en silencio y sin cejar; y yo me defendí en silencio y sin cejar, hasta que acabé suspendido cabeza abajo. Caí y choqué contra el agua.

Cuando llegué al borde de la calle, vi pasar varios taxis, uno tras otro; primero lentamente, cuando el conductor me veía hacerle señas, y después, cuando comprobaba que yo estaba todo mojado, acelerando para pasar de largo. El coche de la policía hizo exactamente lo mismo. Por fin, una mujer joven se apiadó de mí; me dejó subir a su coche y me depositó delante de mi hotel. Volvía a estar de servicio el mismo portero de dos noches atrás. Me reconoció y soltó una carcajada en alto. A mí, aquello no me parecía nada cómico.

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