El fin de Selb
16. Ninguna clase
Cuando Brigitte y yo llegamos a Pfaffengrund, a la fiesta de despedida, Nägelsbach ya traslucía una alegría ebria y desesperada.
—¿Qué tal, señor Selb? Al principio, mis colegas no querían enviar a su amigo al Anatómico-Forense. Pero he hablado con ellos y lo han hecho. A propósito…, ahora tendrá que hacer su trabajo solo, yo ya no podré ayudarle.
Su mujer nos llevó a Brigitte y a mí aparte.
—Su jefe ha preguntado qué le haría ilusión. Temo que aparezca por sorpresa. Si viene, ¿podrían ustedes ocuparse de él? No quisiera que cayera directamente en manos de mi marido.
Llevaba un vestido negro largo. Yo no sabía si era por el duelo de la despedida del trabajo de su marido, porque era bonito y le quedaba bien, o porque quería representar a alguien, a Virginia Woolf, a Juliette Gréco, o a Charlotte Corday camino del patíbulo. A ella le da por hacer cosas así.
Los invitados se agolpaban en el salón y en el comedor, que se comunicaban entre sí por una puerta corredera. Reconocí y saludé a algunos de los policías de la jefatura de Heidelberg. Brigitte me susurró:
—¿Anatómico-Forense? ¿Ha dicho algo del Anatómico-Forense? ¿Tú tienes algo que ver con el Anatómico-Forense?
La señora Nägelsbach nos trajo dos copas de ponche de albaricoque.
El timbre no paraba de sonar y seguían apareciendo invitados. La puerta que daba al recibidor estaba abierta y oí una voz conocida.
—No, no estoy invitado. Soy de la oficina del señor Selb y tengo que hablar con él.
Era Karl-Heinz Ulbrich, con su anorak beige sobre una camisa blanca de perlón y una corbata de flores. Vino directo hacia mí; me tomó del brazo y me condujo, a través del recibidor, hacia la cocina, que estaba vacía.
—Son los rusos —me dijo en un susurro, como si estuviesen a su lado y no quisiera que le oyesen.
—¿Quiénes?
—Los hombres del banco y del Mercedes azul. Rusos o chechenos, o georgianos o azerbayanos. —Me dirigió una mirada significativa y expectante.
—¿Y qué?
—La verdad es que no se entera usted de nada —dijo meneando la cabeza—. Con esa gente no se juega. La mafia rusa no es tan inofensiva como las que tenéis en el Oeste; no es como la italiana o la turca. Es mala de verdad.
—Lo dice como si estuviera orgulloso de ello.
—Tiene que andarse con cuidado. Cuando esa gente quiere algo, lo consigue. Sea lo que sea lo que contenga el maletín, no merece la pena enfrentarse a ellos.
¿Se estaría dando importancia? ¿O acaso era uno de ellos, fueran quiénes fuesen? ¿Estaría empleando, junto a la bronca actitud externa, otra interna más sutil para recuperar el maletín?
—¿Qué hay en el maletín?
Me miró apesadumbrado.
—¿Cómo vamos a trabajar juntos, si no confía en mí? ¿Y cómo quiere que haya una oportunidad de conseguir algo si no trabajamos juntos?
Brigitte entró en la cocina.
—Ha llegado el jefe, y la señora Nägelsbach…
Pero ya era demasiado tarde: oímos cómo Nägelsbach saludaba a su jefe con una cortesía exagerada. ¿Quería una copa de ponche, o dos o tres? Hay algunas situaciones que sólo se pueden soportar borracho. Y a algunas personas, también.
Brigitte y yo nos fuimos al cuarto de estar, aunque Ulbrich seguía tratando de convencerme. Como regalo de despedida, el jefe le había llevado a Nägelsbach una fotografía de la jefatura de policía de Heidelberg, de la época en la que el edificio aún era el Grand Hotel. Se esforzaba en ser amable y no entendía las emociones que provocaba. Estuve hablando con él sobre la policía de los distintos estados federales y sobre los servicios de espionaje y me pareció que estaba bien informado, así que le pregunté sobre la mafia rusa y él se encogió de hombros.
—¿Sabe qué me dijo hace poco uno de la RTL? Que las cadenas privadas buscan como locas argumentos para hacer películas, pero saben que lo que no se le puede ofrecer al público, en ningún caso, es el asunto de la mafia rusa. No porque no exista, sino porque no tiene ninguna clase, ni el menor estilo, ni tradición ni religión, o sea nada de todo lo que gusta de los italianos. La mafia rusa sólo es brutal. —Movió la cabeza como lamentándose—. También en ese aspecto el comunismo ha destruido toda la cultura.
Cuando Brigitte y yo salimos para irnos a casa, Ulbrich había desaparecido. Confiaba en que los faros que iba viendo por el espejo retrovisor durante el trayecto de vuelta fuesen los de su Ford Fiesta. De lo contrario, aquella gente ya sabría de la existencia de Brigitte.
OceanofPDF.com