El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 38 de 58

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El fin de Selb

Tercera parte

 

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1. DEMASIADO TARDE

 

¿Por qué no podía quedarse todo tal y como estaba? Tan apacible y animado, con un punto de tristeza y otro de melancolía. Tristeza por Stephanie Welker, Adolf Schuler y Gregor Samarin; sí, también por la vida devastadora y devastada de Gregor Samarin. Y melancolía por no haber descubierto hasta entonces la naturalidad con la que nuestros pies encontraban los pasos acertados, nos movíamos al unísono y nos gustaba estar juntos. ¿Por qué no podíamos pasar bailando ese año, y otro más, y otro más, y todos los muchos o pocos años que nos fuera dado vivir?

En los rostros de los demás veía reflejada la misma felicidad que yo sentía: los Nägelsbach sonreían como si compartiesen un valioso secreto; del semblante de Philipp había desaparecido el disgusto que le causaba envejecer, y del de Füruzan, el cansancio del largo camino que la había llevado desde Anatolia a Alemania y de los muchos turnos de noche con los que ganaba el dinero para enviar a los suyos; Brigitte estaba resplandeciente, como si, por fin, todo marchase bien. Welker no bailaba. Apoyado en el quicio de la puerta, con los brazos cruzados, nos dirigía una mirada afable, mientras esperaba que llegara el momento de irnos. Cuando llegó la hora límite para los niños, nos pusimos en marcha.

Unos días más tarde, me fui a Cerdeña con Brigitte. Manu tenía vacaciones y su padre apareció de improviso para llevarle a esquiar. Brigitte, que no esperaba que el padre de su hijo apareciera, y no había concertado ninguna cita en su gabinete para poder estar con él, me dijo: «Ahora o nunca». Hasta ese punto habíamos llegado: para lo que hiciéramos o dejáramos de hacer, ya no contaba mi agenda, sino la suya.

Diez días en Cerdeña. Nunca habíamos pasado tantos días juntos. En el hotel, el antiguo lujo se había ido desvaneciendo: el cuero rojo oscuro de sofás y butacas estaba resquebrajado; los candelabros del comedor ya no ardían y, cuando se abrían los grifos de latón del cuarto de baño, el agua salía con herrumbre. Pero nos atendían con esmero y la comida era buena. El hotel estaba situado entre los árboles de un parque frondoso, junto a una calita de guijarros y, nada más pensar en instalarnos en un punto, ya fuera en el parque o en la playa, alguien aparecía con dos tumbonas, una mesita y, en caso necesario, una sombrilla, además de lo que quisiéramos beber: café expreso, agua, Campari o vino blanco de Cerdeña.

Los primeros días nos limitamos a estar tumbados, guiñando los ojos al sol, que se filtraba entre las hojas, o soñando de cara al mar, con la mirada perdida en el horizonte. Luego, alquilamos un coche; recorrimos la costa y subimos a las montañas por carreteras estrechas y llenas de curvas hasta llegar a pequeños pueblos, con su iglesia, su plaza del mercado y vistas al valle, e incluso, algunas veces, hasta el mar. En las plazas estaban sentados los viejos. Me habría gustado sentarme a su lado, escucharles contar qué bandidos tan peligrosos habían sido en su juventud, hablarles de qué detective tan incansable había sido yo en otro tiempo y darme postín ante Brigitte. En Cagliari subimos una escalera tras otra, hasta llegar a la terraza del bastión, desde la cual se veía el puerto y los tejados desiguales de toda la ciudad. En el puertecito de un pueblo había una fiesta con procesión, orquesta y coro; tocaban y cantaban de un modo tan desgarrador que a Brigitte se le saltaron las lágrimas. Los últimos días los volvimos a pasar tumbados bajo los árboles y en la playa.

En Cerdeña me enamoré de Brigitte. Ya sé que parece una tontería. Hace años que estamos juntos, ¿y qué otra cosa puede ser lo que me ha mantenido junto a ella, sino el amor? Pero fue en Cerdeña donde se me abrieron los ojos. ¡Qué hermosa era Brigitte cuando no tenía prisas ni preocupaciones! ¡Qué gracia tenía al correr, ligera y perseverante! ¡Qué madre tan maravillosa era, llena de confianza en Manu, a pesar de todos sus miedos! ¡Qué sentido del humor podía tener! ¡Con qué delicadeza se agarraba de mi brazo! ¡Con cuánto cariño me trataba, aceptando mis manías y mis costumbres! ¡Cómo me masajeaba la espalda, cuando me dolía! ¡Cuánta alegría y luminosidad aportaba a mi vida!

Intenté recordar los deseos insatisfechos que alguna vez había manifestado, para complacerla: decirle, sin razón especial, algo cariñoso, regalarle flores, leerle algo, pensar en algo bonito que todavía no hubiéramos hecho, sorprenderla con una botella de vino que le hubiera gustado en un restaurante o con un bolso que le hubiera encantado en un escaparate; siempre se trataba de cosas tan pequeñas que me avergoncé de habérselas escatimado como un avaro durante tanto tiempo.

Los días pasaron volando. Me había llevado varios libros, pero no leí ninguno hasta el final. Mientras estaba en la tumbona, prefería mirar a Brigitte, sumida en su lectura, a leer yo mismo; o mirar cómo dormía y se despertaba. A veces no se daba cuenta de inmediato de dónde estaba. Miraba el cielo azul, el mar azul, y se quedaba un poco desorientada, hasta que caía en la cuenta y entonces me sonría, somnolienta y feliz.

Yo le devolvía la sonrisa feliz. Pero, al mismo tiempo, sentía una leve tristeza. Una vez más había sido lento; había precisado años para lo que deberían haberme bastado unas semanas o unos meses. Y como sé por experiencia que siempre me he dado cuenta de lo lento que soy cuando, a causa de mi lentitud, he perdido algo de modo irremediable, también entonces me asaltaba la sensación de que, en realidad, ya era demasiado tarde para nuestra felicidad.

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