El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 57 de 58

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El fin de Selb

20. Delitos por la pérdida del honor

 

Por la tarde vino Philipp y, con mucha paciencia, me explicó qué ocurre cuando se hace un angiograma. ¿No me lo habían explicado? Se introduce un catéter que se lleva hasta el corazón para tomar imágenes. Imágenes del corazón latiendo, de las arterias en buen estado, de las arterias angostadas y de las arterias obstruidas. Si se tiene mala suerte, el catéter irrita de tal manera el corazón que éste no puede recuperar su ritmo normal. O bien, suelta un trombo, que se pone en marcha y tapona un vaso en algún punto crítico.

—¿Tengo elección?

Philipp negó con la cabeza.

—Entonces no hace falta que me lo expliques.

—Creí que te interesaría.

Asentí.

También asentí cuando, tras haberme hecho el angiograma, el cirujano me explicó que había que hacerme dos bypasses. No quise saber por qué ni cómo ni dónde. No quise que nadie creyera que tenía algo que decir a los médicos ni a las enfermeras ni siquiera a mí mismo.

El cirujano me habló de un colega suyo de Mosbach, al que le habían hecho nueve bypasses, y después, había ascendido hasta la cumbre del Katzenbuckel, el monte más alto del Odenwald. Me dijo que no me preocupara. Sólo había que esperar unos días a que el corazón se recuperara y no estuviera tan vulnerable para llevar a cabo la operación.

Así que esperé y el agotamiento fue cediendo. Seguía cansado. El cansancio me hizo aceptar la pérdida de la autonomía, la cánula en la muñeca, el rostro que me miraba en el espejo, y el hecho de que, al orinar, la mitad caía fuera. Estaba somnoliento.

A veces Brigitte estaba sentada junto a mi cama y me ponía una mano sobre la mía o en la frente. Me leía algo y, tras unas pocas páginas, me cansaba. O intercambiábamos unas frases, de cuyo contenido me olvidaba poco después. Me enteré de que Ulbrich seguía en Mannheim o que había vuelto y me había estado buscando en vano y que había dado con ella; que estaba muy excitado; que quería hablar conmigo como fuera, incluso en el hospital. Pero los médicos no dejaban que me visitara nadie, excepto Brigitte y Philipp, y a mí me parecía bien.

Y luego tuve que volver a andar. Iba por el pasillo arriba y abajo, por el jardín, alrededor del estanque, y tenía miedo de que, en un movimiento inadvertido, se soltara lo que taponaba mis arterias y fuera a dar a otro punto más peligroso. También tenía miedo a que me volviera el dolor, a que el corazón entrara en una arritmia, a que cesara de latir. Tenía miedo a morir.

Naturalmente que, mientras esperaba el momento de la operación, reviví imágenes y escenas de mi vida. Mi infancia en Berlín, la carrera de fiscal, el matrimonio con Klara, el trabajo de detective privado, los años pasados con Brigitte. También pensé en mi último caso, que no había conseguido terminar como hubiese querido.

—Me alegra que no le hicieras nada a Welker. Eso te sacudió, pero no acabó contigo. Todo se arreglará.

Sólo algo más adelante comprendí el significado de las palabras de Brigitte. Yo no leía los periódicos, ni veía ni escuchaba los informativos. Pero, un día, sobre un banco del jardín encontré un viejo ejemplar del Mannheimer Morgen y el titular me saltó a los ojos: «Explosión en Schwetzingen». Leí que una bomba había estallado en un banco de Schwetzingen. No había heridos graves, pero los daños materiales eran cuantiosos. El autor del atentado, un antiguo empleado del banco, despedido hacía poco, había sido atrapado por otros empleados en el lugar de los hechos, con heridas leves, y más tarde, entregado a la policía. Parecía que la bomba había estallado antes de lo planeado. El artículo editorial estaba dedicado a la explosión. Era tajante al afirmar que una bomba no podía ser la respuesta a un despido, ya fuese procedente o improcedente. Pero ponía de relieve que el autor del atentado procedía de Cottbus, que los ciudadanos de los nuevos Lander, tras cuarenta y cinco años de régimen comunista, tenían muchas dificultades para afrontar el mercado libre de trabajo, y que para ellos los despidos eran una afrenta a su honor. Acababa haciendo unas reflexiones sobre los delitos por la pérdida del honor.

Sentado en el banco, me puse a pensar en Karl-Heinz Ulbrich. Le pediría a Brigitte que fuese a visitarlo a la cárcel, que le llevara un buen libro, un buen vino de Burdeos y fruta fresca. También debería llevarle un tablero de ajedrez, las piezas, y las partidas entre Spassky y Kortschnoi. En el Este se jugaba al ajedrez. Y también debería pedirle a Nägelsbach que dijera algo en su favor a sus viejos colegas. Delitos por la pérdida del honor. El editorial no sabía hasta qué punto tenía razón.

Luego, tuve que volver a mi habitación, dejar que una doctora me preguntara todo lo que venía en un formulario, me informara y me hiciera firmar que sabía todos los riesgos que corría y que renunciaba a todo tipo de cosas. Pensé que ya estaba, pero aún me auscultó, me tomó la tensión, una muestra de sangre y me examinó el ano.

Al día siguiente una enfermera me rasuró el pecho, el vientre, el pubis e, incluso, los pelos de los muslos, que ya me habían rasurado para hacerme el angiograma. Entretanto, Brigitte tuvo que permanecer fuera, como si aquella desnudez definitiva pudiese revelar algo horroroso. Cuando me incorporé y miré hacia abajo, me conmovió mi sexo carente de pelo e indefenso. Me conmovió tanto que las lágrimas me asomaron a los ojos. Me di cuenta de que me habían puesto un tranquilizante en la infusión.

Brigitte pudo acompañarme hasta la puerta del ascensor. El camillero me introdujo de tal manera que pude verla hasta que la puerta se cerró. Me mandó un beso.

En el ascensor me entró sueño. Pero aún recuerdo cómo me sacaron del ascensor, me llevaron por un pasillo hasta el quirófano y me colocaron en la mesa de operaciones. Lo último que recuerdo es la intensa luz de la lámpara que tenía encima, los rostros de los médicos con la mascarilla y el gorro, y entre ambas cosas, los ojos, cuya expresión no podía descifrar. Probablemente no había nada que descifrar. Estaban haciendo su trabajo.

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