El fin de Selb

Bernhard Schlink · Capítulo 1 de 58

Páginas del PDF

El fin de Selb

Primera parte

 

OceanofPDF.com

1. AL FINAL

 

Al final volví a ir.

No se lo dije a sor Beatriz. Ni siquiera me permite recorrer los caminos cortos y llanos que van del Speyerer Hof al Ehrenfriedhof y al Bierhelder Hof, así que mucho menos el largo y empinado que lleva al Kohlhof. En vano le cuento que mi mujer y yo fuimos a esquiar hace años al Kohlhof. Por la mañana subíamos al autobús repleto de gente, de esquís, bastones y trineos, y, hasta que oscurecía, nos apiñábamos a cientos en lo alto de la pendiente, más parda que blanca, a la que habíamos ascendido y que tenía un desvencijado trampolín de madera. En el Kohlhof, a mediodía, servían potaje de guisantes. Klara tenía mejores esquís que yo, los manejaba mejor, y se reía cuando me caía. Yo ataba los cordones de cuero a las fijaciones y apretaba los dientes. Amundsen había conquistado el Polo Sur con unos esquís aún más arcaicos. Al llegar la noche nos sentíamos cansados y felices.

—Déjeme ir hasta el Kohlhof, sor Beatriz; iré despacito. Me gustaría volver a verlo y recordar viejos tiempos.

—También lo recuerda sin ir, señor Selb. Si no, no podría hablarme tanto de ese lugar.

Lo único que sor Beatriz permite, tras catorce años en el hospital del Speyerer Hof, son unos pasos hasta el ascensor, ir a la planta baja, unos cuantos pasos hasta la terraza, cruzarla, subir los peldaños y llegar hasta el césped que hay alrededor de la fuente. Sor Beatriz sólo es generosa con la vista.

—Mire qué vista tan amplia y tan hermosa.

Tiene razón. La vista desde la ventana de la habitación que comparto con un funcionario de Hacienda, enfermo del estómago, es amplia y hermosa, y se extiende, por encima de los árboles, sobre la llanura y las montañas del Haardt. Miro afuera y pienso que esta tierra, a la que el azar me trajo durante la guerra, se me ha metido en el corazón y se ha convertido en mi patria chica. Pero ¿he de pasarme todo el día pensando en eso?

Así que esperé a que el funcionario de Hacienda se durmiera a la hora de la siesta y, deprisa y sin hacer ruido, saqué el traje del armario, me lo puse, emprendí el camino hacia la puerta, sin encontrarme con ninguna enfermera o médico conocidos, y le pedí un taxi al portero, al que tanto le daba que yo fuera un paciente en fuga o un visitante que se marchaba.

Bajamos hacia la llanura, pasando primero por entre praderas y árboles frutales; luego, bajo los altos árboles del bosque, entre cuyas copas dibujaba el sol manchas claras sobre la carretera y la maleza, y después, junto a una cabaña de madera. En otro tiempo, desde allí, aún quedaba un buen trecho hasta la ciudad y los caminantes se tomaban un último descanso, antes de emprender el regreso. Hoy en día, tras pasar dos curvas más, empiezan las casas a la derecha y, un poco más allá, a la izquierda, se encuentra el cementerio. Al pie de la montaña esperamos en el semáforo, junto al viejo quiosco que siempre me encantó: un templo griego con su atrio construido sobre una terracita y su cornisa sostenida por dos columnas dóricas.

La carretera, toda recta, que lleva a Schwetzingen estaba despejada y avanzamos deprisa. El taxista me habló de sus abejas. De su charla deduje que fumaba y le pedí un cigarrillo. No me supo bien. Enseguida llegamos; el taxista me dejó allí y prometió recogerme una hora más tarde para llevarme de vuelta.

Estaba en la plaza que hay ante el palacio y que llaman Schlossplatz. El edificio había sido reconstruido. Aún tenía el andamiaje, pero habían puesto ventanas nuevas y habían limpiado la piedra arenisca de la base y los tiradores de puertas y ventanas. Sólo faltaba la última capa de pintura para que volviese a ser tan bonito como los demás edificios de la plaza, todos ellos de dos plantas, muy cuidados y con flores en las ventanas. No había ninguna indicación de qué iba a albergar, si un restaurante, un café, un bufete de abogados, un consultorio médico o una empresa de informática y, al mirar a través de las ventanas, sólo vi suelos cubiertos, escaleras de pintor, botes de pintura y rodillos.

La plaza estaba vacía exceptuando los castaños y el monumento a la vendedora de espárragos desconocida. Me acordé del tranvía que antiguamente terminaba allí su recorrido, trazando un círculo sobre la plaza. Miré el palacio, que estaba al otro lado.

¿Qué esperaba? ¿Que se abriera la puerta y salieran todos, se pusieran en fila, hicieran una reverencia y se separasen riendo?

Una nube pasó por delante del sol y en la plaza sopló un viento helado. Sentí frío. En el aire se notaba el otoño.

OceanofPDF.com