El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 10 de 45

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El infinito en un junco

La revolución apacible del alfabeto

 

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Nosotros, habitantes del siglo XXI, damos por hecho que todo el mundo aprende a leer y escribir en la infancia. Nos parece un conocimiento asequible, al alcance de cualquiera. Ni siquiera imaginamos que pueda haber entre nosotros personas analfabetas, como Hanna.

Pero existen (670.000 en España, en 2016, según datos del Instituto Nacional de Estadística). Yo conocí a una. Fui testigo de su impotencia ante situaciones cotidianas como orientarse por la calle, encontrar el andén correcto de una estación, descifrar la factura de la luz —aunque me pregunto si alguno de los que sabemos leer entendemos el embrollo de las tarifas eléctricas—, dar con la papeleta escogida para votar o elegir un plato en un restaurante. Tan solo los lugares conocidos y las rutinas repetidas tranquilizaban su angustia ante un mundo en el que era incapaz de desenvolverse como los demás. Dedicaba un esfuerzo agotador a ocultar su condición de analfabeta —he olvidado las gafas en casa; ¿podría leerme esto? —, y esa necesidad de fingir acababa marginándola de las relaciones normales con los demás. Recuerdo sobre todo el desamparo, el repertorio de pequeñas mentiras necesarias para pedir ayuda a los desconocidos sin pasar vergüenza, la minoría de edad sin fin. En La ceremonia, el cineasta Claude Chabrol captó el lado oscuro e inquietante de esta silenciosa exclusión, mostrando la violencia reprimida de la protagonista, irónicamente llamada Sophie. Se basaba en una novela negra de Ruth Rendell, Un juicio de piedra, que describe la obsesión desesperada —y, al final, sangrienta— de una mujer analfabeta por proteger su secreto.

Leemos más que nunca. Estamos cercados por carteles, rótulos, publicidad, pantallas, documentos. Las calles rebosan palabras, desde los grafitis de las paredes hasta los anuncios luminosos. Parpadean en los teléfonos móviles y las pantallas de los ordenadores. Textos en distintos formatos conviven con nosotros en nuestra casa como tranquilos animales de compañía. Nunca había habido tantos. Nuestros días están atravesados por continuas ráfagas de letras escritas y alarmas que anuncian su llegada. Dedicamos varias horas de nuestra jornada y de nuestro ocio a tamborilear sobre distintos teclados. Cuando nos requieren rellenar un formulario ante una ventanilla, nadie tiene nunca la cortesía de preguntarnos si sabemos leer. Hasta en las situaciones más corrientes quedaríamos excluidos si no fuéramos capaces de escribir con rapidez.

Ana María Moix me contó una vez que en los años setenta, un mediodía quedó a comer con la prodigiosa camada del boom latinoamericano: Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Bryce Echenique, José Donoso, Jorge Edwards… Entraron en un restaurante de Barcelona donde había que apuntar el pedido y entregárselo por escrito al camarero. Pero ellos, bebiendo y conversando, se desentendieron del menú y de las aproximaciones interrogativas de los camareros. Al final tuvo que interrumpir el maître, irritado por tanta cháchara apasionada y tan poco interés gastronómico. Se les acercó y, sin reconocerlos, preguntó con voz enojada: «¿Es que nadie sabe escribir en esta mesa?».

Hoy asumimos que, a nuestro alrededor, la inmensa mayoría de la gente lee y escribe. Detrás de esta situación hay una larguísima ruta de siglos. Igual que la informática, la escritura fue al principio el coto cerrado de unos pocos expertos. Sucesivas simplificaciones han permitido que millones de personas utilicen esas herramientas en su vida cotidiana. Para esta progresión —que en el caso de los ordenadores se ha cumplido en solo unas décadas—, hicieron falta miles de años en la historia de la escritura. La rapidez de los cambios no es uno de los rasgos distintivos del pasado remoto.

Hace seis mil años, aparecieron los primeros signos escritos en Mesopotamia, pero los orígenes de esta invención están envueltos en el silencio y el misterio. Tiempo después, y de forma independiente, la escritura nació también en Egipto, la India y China. El arte de escribir tuvo, según las teorías más recientes, un origen práctico: las listas de propiedades. Estas hipótesis afirman que nuestros antepasados aprendieron el cálculo antes que las letras. La escritura vino a resolver un problema de propietarios ricos y administradores palaciegos, que necesitaban hacer anotaciones porque les resultaba difícil llevar la contabilidad de forma oral. El momento de transcribir leyendas y relatos llegaría después. Somos seres económicos y simbólicos. Empezamos escribiendo inventarios, y después invenciones (primero las cuentas; a continuación los cuentos).

Los primeros apuntes eran dibujos esquemáticos (una cabeza de buey, un árbol, una jarra de aceite, un hombrecillo). Con esos trazos, los antiguos terratenientes inventariaban sus rebaños, sus bosques, su despensa y sus esclavos. Al principio, imprimían esas formas en la arcilla con pequeños sellos y más tarde las trazaban con cálamos. Los dibujos tenían que ser sencillos, y siempre los mismos, para que se pudieran aprender y descifrar. El siguiente paso fue dibujar ideas abstractas. En las primitivas tablillas sumerias dos rayas cruzadas describían la enemistad; dos rayas paralelas, la amistad; un pato con un huevo, la fertilidad. Me gusta imaginar a nuestros ancestros saboreando la excitación de plasmar por primera vez sus pensamientos; cuando descubriesen que el amor, el odio, el terror, el desaliento y la esperanza podían escribirse.

Pronto se planteó un problema: hacen falta demasiados dibujos para dar cuenta del mundo exterior e interior —desde las pulgas a las nubes, desde el dolor de muelas al miedo a morir—. El número de signos no dejaba de aumentar, sobrecargando la memoria. La solución fue una de las mayores genialidades humanas, original, sencilla y de incalculables consecuencias: dejar de dibujar las cosas y las ideas, que son infinitas, para empezar a dibujar los sonidos de las palabras, que son un repertorio limitado. Así, a través de sucesivas simplificaciones, llegaron a las letras. Combinando letras hemos conseguido la más perfecta partitura del lenguaje, y la más duradera. Pero las letras nunca han dejado atrás su pasado de dibujos esquemáticos. Nuestra «D» representaba en origen una puerta, la «M» el movimiento del agua, la «N» era una serpiente y la «O» un ojo. Todavía hoy, nuestros textos son paisajes donde pintamos —sin saberlo— el oleaje del mar, donde acechan peligrosos animales y miradas que no pestañean.

 

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Los primitivos sistemas eran verdaderos laberintos de símbolos. Mezclaban dibujos figurativos —pictogramas e ideogramas—, signos fonéticos y marcas diferenciadoras que ayudaban a resolver ambigüedades. Dominar la escritura exigía conocer hasta un millar de símbolos y sus complicadas combinaciones. Ese conocimiento —intrincado y maravilloso— estaba solo al alcance de una selecta minoría de escribas que ejercían un oficio privilegiado y secreto. Los aprendices, de origen noble, tenían que sobrevivir a una despiadada enseñanza. Un texto egipcio dice: «el oído del muchacho está en su espalda; ¡solo escucha cuando le pegas!». En las escuelas de escribas, los chicos, con las espaldas cosidas a cicatrices, se endurecían durante años a fuerza de palizas y violenta disciplina. No se consentía remolonear, y el castigo para los malos estudiantes podía llegar a ser el encarcelamiento. Sin embargo, si soportaban la crueldad y la monotonía del aprendizaje, escalaban a la cumbre de las jerarquías religiosas. Los maestros de la escritura formaban una aristocracia a veces más poderosa que la de los cortesanos analfabetos o el propio soberano. La consecuencia de ese sistema de enseñanza fue que, durante muchos siglos, la escritura dio voz solo al poder establecido.

La invención del alfabeto derribó muros y abrió puertas para que muchas personas, y no solo un cónclave de iniciados, pudieran acceder al pensamiento escrito. La revolución se gestó entre los pueblos semíticos. Partiendo del complicado sistema egipcio, llegaron a una fórmula de asombrosa simplicidad. Retuvieron únicamente los signos que representaban las consonantes simples, la arquitectura básica de las palabras. Los vestigios más antiguos del alfabeto se encontraron en una pared rocosa llena de grafitis, cerca de una árida carretera en Wadi el-Hol («el Valle Terrible»), que atraviesa el desierto entre Abidos y Tebas, en el Alto Egipto. Estas sencillas inscripciones de emigrantes, fechadas en el año 1850 a. C., están relacionadas con la antigua escritura alfabética de la península del Sinaí y del territorio cananeo en Siria-Palestina. Hacia 1250 a. C., los fenicios —cananeos que habitaban en ciudades costeras como Biblos, Tiro, Sidón, Beirut y Ascalón— llegaron a un sistema de veintidós signos. Atrás quedaron las escrituras antiguas que exigían una agotadora carga para la memoria y una larga especialización al alcance solo de mentes privilegiadas. Usar menos de treinta letras para representar todas las palabras de la lengua le parecería un método muy tosco a un escriba egipcio, acostumbrado a emplear centenares de signos. Habría arrugado la nariz y enarcado las cejas ante nuestra anodina letra «E», derivada de un bello jeroglífico egipcio —un hombre levantando los brazos— que tenía un poético significado: «das alegría con tu presencia». En cambio, para los astutos navegantes fenicios, la cuestión adquiría un cariz muy distinto. La simplificada escritura alfabética liberaba al comerciante del poder del escriba. Gracias a ella, cada uno podía llevar sus propios registros y dirigir sus negocios.

La onda expansiva del invento no afectó solo a los mercaderes, alcanzó también a muchos que, fuera de los círculos del gobierno y los colegios sacerdotales, lejos de los centinelas de la ortodoxia, pudieron por primera vez acceder a las historias de la tradición por escrito, distanciarse de su embrujo oral y empezar a dudar de ellas. Así nacieron el espíritu crítico y la literatura escrita. Ciertos individuos se atrevieron a dejar huella de sus sentimientos, sus incredulidades y su propia visión de la vida. Los libros se convirtieron poco a poco en vehículo de expresión individual. En Israel, las voces de los combativos profetas, que no eran necesariamente escribas ni sacerdotes, irrumpieron en la Biblia; en Grecia, personas sin orígenes aristocráticos se convirtieron en buscadores curiosos de respuestas para explicar el mundo circundante. Aunque los rebeldes y revolucionarios seguían saliendo tan malparados como antes, sus ideales tenían nuevas posibilidades de sobrevivirles y difundirse. Gracias al alfabeto, algunas causas perdidas se han ganado con el paso del tiempo. Incluso si la mayoría de los textos continuaron apuntalando el poder de reyes y señores, se abrieron intersticios para voces indómitas. Las tradiciones perdieron algo de su solidez inamovible. Ideas novedosas sacudieron las vetustas estructuras sociales.

En torno al año 1000 a. C., encontramos la escritura fenicia en un poema esculpido en la tumba de Ahiram, rey de Biblos (hoy llamada Jubayl), ciudad famosa por su comercio de exportación de papiros, y de donde procede la palabra griega con la que se designa el libro: biblíon. De este sistema de los fenicios descienden todas las posteriores ramas de escritura alfabética. La más importante fue la aramea, de la cual a su vez provenían la familia hebrea, árabe e india. También derivó de esa misma matriz el alfabeto griego, y más tarde el latino, que ha arraigado en los territorios que se extienden desde Escandinavia hasta el Mediterráneo, así como en los grandes espacios antaño colonizados por occidentales.

 

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Los griegos adoptaron la escritura fenicia en completa libertad, sin imposición alguna. Acomodaron el invento a sus necesidades y, al lento compás de un cambio deseado, fueron poniendo por escrito las tradiciones orales que más amaban, salvándolas de las fragilidades de la memoria. Disfrutaron de la misma independencia en su época oral y en su vida alfabética. Es un caso excepcional; muchas culturas orales, por el contrario, han terminado en una brusca colisión, cercadas o invadidas por pueblos que les han impuesto por la fuerza su lengua y la palabra escrita. Los antropólogos y etnólogos han podido encontrar testigos vivos de este cambio hacia la escritura en países colonizados donde la irrupción del alfabeto, unida al trauma de las invasiones, está recorrida por una estela de violencia.

La novela Me alegraría de otra muerte, del escritor nigeriano Chinua Achebe, reflexiona sobre ese conflictivo amor a las letras invasoras. Tras el desembarco occidental y los primeros vislumbres de la aniquilación del mundo milenario en el que nacieron, los personajes de esta historia descubren fascinados la escritura. Al mismo tiempo presienten con dolor que, en manos de los colonos, ese mágico instrumento los despojaría de su propio pasado. La civilización extranjera posee el hechizo para perpetuarse; mientras tanto, el universo indígena se desmorona. «El símbolo del poder blanco era la palabra escrita. Una vez, antes de irse a Inglaterra, Obi había oído hablar con profunda emoción sobre los misterios de la palabra escrita a un pariente analfabeto: Nuestras mujeres antes se hacían dibujos negros en el cuerpo con la savia del uli. Era bonito, pero duraba poco. Si duraba dos semanas de mercado ya era mucho. Pero algunas veces nuestros mayores hablaban de un ulique no se decoloraba, aunque ninguno lo había visto. Hoy lo vemos en la escritura del hombre blanco. Si vas a los tribunales nativos y miras los libros de los escribanos de hace veinte años o más, están todavía como el día que los escribieron. No dicen una cosa hoy y otra mañana, o una cosa este año y otra el que viene. En un libro, Okoye hoy no puede ser Okonkwo mañana. En la Biblia, Pilatos dice: “Lo escrito, escrito está”. Es un uli que nunca se destiñe».

 

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No sabemos su nombre, ni dónde nació, ni cuánto tiempo vivió. Lo llamaré «él» porque lo imagino hombre. Las mujeres griegas de la época no tenían libertad de movimientos, les estaban prohibidas la independencia y la iniciativa para hacer algo así.

Él vivió en el siglo VIII a. C., hace veintinueve siglos. Cambió mi mundo. Mientras escribo estas líneas, me siento agradecida a ese desconocido olvidado que con su inteligencia consiguió un avance maravilloso, aunque quizá no fue consciente de la trascendencia de su hallazgo. Lo imagino viajero, tal vez isleño. Con seguridad fue amigo de curtidos mercaderes fenicios de rostro bronceado. Seguramente bebió con ellos en las tabernas de los puertos, de noche, aspirando el olor del salitre en el aire mezclado con el humo que subía de un platillo de sepia sobre la mesa, mientras escuchaba historias de mar. Barcos cabalgando en las tormentas, olas como cordilleras, naufragios, costas extrañas, misteriosas voces de mujer en la noche. Pero lo que a él le fascinaba sobre todo era un talento de los marinos en apariencia humilde y sin épica. ¿Cómo podían escribir tan deprisa unos sencillos mercaderes?

Los griegos habían conocido la escritura en la época del apogeo cretense y de los reinos micénicos, con sus constelaciones de signos arcanos al servicio solo de la contabilidad palaciega. Sistemas silábicos de gran complejidad y un uso muy limitado, elitista. Los tiempos de saqueos e invasiones, junto a la pobreza de los últimos siglos, casi habían sepultado en el olvido aquellos laberintos de signos. Para él, para quien el arte de la escritura era un símbolo de poder, los rápidos trazos de los marinos fenicios fueron una revelación. Sintió asombro, vértigo, deseos de poseer su secreto. Decidió descifrar los misterios de la palabra escrita.

Consiguió uno o varios informantes letrados, tal vez pagándoles de su propia bolsa. El lugar donde sucedieron los encuentros probablemente fuera una isla (las mejores candidatas son Tera, Melos y Chipre) o incluso la costa libanesa (como, por ejemplo, el puerto de Al Mina, donde los mercaderes eubeos estaban en trato constante con los fenicios). Aprendió de sus improvisados maestros la mágica herramienta que permitía atrapar la huella de las infinitas palabras con solo veintidós simples dibujos. Supo apreciar la audacia del invento. Al mismo tiempo, descubrió que la escritura fenicia contenía acertijos: solo se anotaban las consonantes de cada sílaba, dejando al lector la tarea de adivinar las vocales. Los fenicios habían sacrificado la exactitud en aras de una mayor facilidad.

A partir del modelo fenicio, él inventó, para su lengua griega, el primer alfabeto de la historia sin ambigüedades —tan preciso como una partitura—. Comenzó por adaptar en torno a quince signos fenicios consonánticos en su mismo orden, con un nombre parecido (aleph, bet, gimel… se convirtieron en «alfa», «beta», «gamma»…). Tomó letras que no eran útiles para su lengua, las llamadas consonantes débiles, y usó sus signos para las cinco vocales que como mínimo se requerían. Solo fue innovador allí donde se vio capaz de mejorar el original. Su logro fue enorme. Gracias a él se difundió en Europa un alfabeto mejorado, con todas las ventajas del hallazgo fenicio y un nuevo avance añadido: la lectura dejó de estar sujeta a conjetura y, por tanto, se volvió todavía más accesible. Imaginemos cómo sería leer esta frase sin vocales: mgnms cm sr lr st frs sn vcls. Pensemos por un instante en la dificultad de identificar la palabra «idea» a partir de la consonante «D», o «aéreo» desde tan solo una «R».

No sabemos nada sobre ese desconocido; solo nos queda la fantástica herramienta que nos regaló. Su identidad es una huella borrada por las olas, pero no hay duda de que existió. Los expertos piensan que la invención del alfabeto griego no fue un proceso anónimo a cargo de una colectividad sin nombre ni rostro. Fue un acto individual, deliberado e inteligente que exigió una gran sofisticación auditiva para identificar las partículas básicas — consonantes y vocales— que componen las palabras. Un acontecimiento único que se realizó en un momento determinado y en un único lugar. En la historia de la escritura griega no hay indicios de un tránsito gradual desde un sistema menos completo a uno más acabado. Tampoco hay rastros de formas intermedias, ensayos, vacilaciones ni de retrocesos. Hubo alguien —ya nunca averiguaremos quién—, un sabio anónimo, asiduo de tabernas hasta el amanecer, amigo de los navegantes forasteros en un lugar bañado por el mar, que se atrevió a forjar las palabras del futuro dando forma a todas nuestras letras. Y nosotros seguimos escribiendo, en esencia, de la misma manera que imaginó el creador de este instrumento prodigioso.

 

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Gracias al alfabeto, la escritura cambió de manos. En la época de los palacios micénicos, un reducido grupo de expertos y escribas registraban en tablillas de barro la contabilidad de palacio. Los monótonos inventarios de riquezas son el único rastro escrito de aquella época. En cambio, en la Grecia del siglo VIII a. C., el nuevo invento reveló un paisaje distinto. Los primeros restos alfabéticos que conocemos aparecieron en vasos de cerámica o sobre piedra. Las palabras que los alfareros y canteros grabaron ya no hablan de ventas y posesiones —esclavos, bronce, armas, caballos, aceite o ganado—. Eternizan instantes especiales de las vidas de personas comunes que participan en banquetes, que bailan, beben y celebran sus placeres.

Han sobrevivido unas veinte inscripciones fechadas entre el año 750 y el 650 a. C. La más antigua es el vaso de Dípilon, encontrado en un antiguo cementerio de Atenas. El ejemplo más remoto de escritura alfabética, aunque incompleto, es un verso sensual y evocador: «El bailarín que dance con mayor destreza…». Esas sencillas palabras nos trasladan a un simposio celebrado en una residencia griega, con risas, juegos, vino y un concurso de baile para los invitados cuyo premio es el vaso mismo. Homero describió en la Odisea este tipo de competiciones festivas, que eran frecuentes en los banquetes y para los griegos formaban parte de su concepto de la buena vida. A juzgar por los términos de la inscripción, el tipo de danza sería acrobática, enérgica, cargada de erotismo. Por eso imaginamos que el ganador del concurso debía de ser muy joven, capaz de realizar el gran esfuerzo físico, las volteretas y los saltos que el baile exigía. Se sintió tan orgulloso que siempre conservó el recuerdo de aquel día feliz y, muchos años después, pidió que lo enterrasen con el trofeo de su victoria. En su tumba, tras veintisiete siglos de silencio, hemos encontrado el vaso y, grabado en él, ese verso que conserva ecos de música y huellas de unos bellos pasos de baile.

La segunda inscripción más temprana —de alrededor del 720 a. C.— fue hallada también en una tumba de la isla de Isquia, en el extremo oriental del mundo griego. Dice: «Yo soy la deliciosa copa de Néstor. Quien beba de esta copa pronto será presa del deseo de Afrodita, coronada de belleza». Es un homenaje a la Ilíada, escrito en hexámetros. La copa de Néstor demuestra que incluso en una isla periférica, en un mundo de comerciantes y navegantes, el conocimiento de Homero era impecable. Y nos revela que la magia de las letras convertía sencillos objetos cotidianos, como una copa o una vasija de cerámica, en posesiones valiosas que acompañaban a sus propietarios hasta la tumba. Una nueva época estaba empezando. El alfabeto sacó la escritura fuera de la atmósfera cerrada de los almacenes de palacio, y la hizo bailar, beber y sucumbir al deseo.