El infinito en un junco

Irene Vallejo · Apéndice

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El infinito en un junco

Agradecimientos

 

Muchas personas me ayudaron, de distintas maneras, en la travesía de la escritura. Vaya mi agradecimiento a todas ellas:

 

Rafael Argullol, que imaginó este libro antes que yo misma, y desplegó ante mis ojos el mapa de este viaje.

Julio Guerrero, por tenderme la mano.

El equipo editorial de Siruela, por su prodigiosa magia en el viejo oficio de los juncos infinitos.

Alfonso Castán y Francisco Muñiz, por su insólita generosidad.

Carlos García Gual, que me ha guiado con sus señales de luz.

Agustín Sánchez Vidal, que compartió conmigo sus conocimientos y la llave maestra.

Luis Beltrán, por aguzarme la mirada.

Ana María Moix, que me acogió en un jardín entrevisto desde el exterior.

Guillermo Fatás, por sus lecciones de historia, periodismo e ironía.

Encarna Samitier, por las primeras oportunidades y la amistad duradera.

Antón Castro, que sostiene nuestro frágil paisaje de letras.

Fergus Millar, por abrirme las puertas de Oxford y por los viajes en el tiempo.

Mario Citroni, por su hospitalidad florentina, su sabiduría y su atención.

Ángel Escobar, por enseñarme el rigor.

El personal de las bibliotecas de Oxford, Cambridge, Florencia, Bolonia, Roma, Madrid y Zaragoza, por facilitarme la exploración de esas regiones de papel.

Mis maestras inolvidables Pilar Iranzo, Carmen Romeo, Inocencia Torres y Carmen Gómez Urdáñez.

Anna Caballé, que ensancha horizontes con sus palabras.

Carmen Peña, Ana López-Navajas, Margarita Borja, Marifé Santiago, por inspirarme.

Andrés Barba, por las conversaciones sobre la risa y el futuro.

Luis Landero, por creer en mí.

Belén Gopegui, por los ecos de una conversación y por el misterioso principio de la amistad.

Jesús Marchamalo, por la jovialidad y un sombrero compartido.

Fernando López, por los días dionisiacos.

Stefania Ferchedau y Natalie Tchernetska, presencias en la distancia.

Mis amigas creadoras Ana Alcolea, Patricia Esteban, Lina Vila, Sandra Santana y Laura Bordonaba.

Las personas que hacen la vida más acogedora: María Ángeles López, Francisco Gan, Teresa Azcona, Valle García, Reyes Lambea, Leticia Bravo, Albano Hernández, María Luisa Grau, Cristina Martín, Gloria Labarta, Pilar Pastor, María Jesús Pardos, María Gamón, Liliana Vargas, Diego Prada, Julio Cristellys y Ricardo Lladosa.

Los primeros lectores, los libreros Pepe Fernández, Julia Millán y Pablo Muñío.

Todos esos profesores de instituto que son sembradores de entusiasmo, en particular Chus Picot, Ana Buñola, Paz Hernández, David Mayor, Berta Amella, Laura Lahoz, Fernando Escanero, José Antonio Escrig, Marcos Guillén, Amaia Zubilaga, Eva Ibáñez, Cristóbal Barea, Irene Ramos, Pilar Gómez, Mercedes Ortiz, Félix Gay y José Antonio Laín.

El fabuloso equipo de pediatría neonatal del Hospital Miguel Servet de Zaragoza, las enfermeras que nos regalaron tanta vida y todos esos niños que, hoy también, estarán luchando con todas sus fuerzas por agarrarse a la vida.

Las cuidadoras: Esther, Pilar, Cristina, Zara, Nuria y mi tata María.

Mi madre, Elena, la domadora del caos.

Enrique, mi faro y mi brújula.

El pequeño Pedro, doctorando en sabotaje, que me ha enseñado en qué consiste la esperanza.

Mi familia, mis amigos y los lectores, que sois otra familia de amigos.