El infinito en un junco

Irene Vallejo · Capítulo 14 de 45

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El infinito en un junco

El primer libro

 

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No hay restos arqueológicos de los libros más antiguos de Europa. El papiro es un material perecedero y frágil que no sobrevive en climas húmedos más allá de unos doscientos años. Hoy solo podemos rastrear en los textos griegos las primeras menciones a libros concretos, reales, que alguien vio y tocó en un lugar de cuyo nombre quiso acordarse. Esa búsqueda me lleva al tránsito del siglo VI al V a. C. Se cuenta que en aquella época el filósofo Heráclito depositó un ejemplar de su obra Sobre la naturaleza en el templo de Artemisa en Éfeso.

Éfeso era una ciudad-estado situada en Anatolia, la antigua Asia Menor, hoy Turquía. Lo que ahora entendemos por filosofía brotó a comienzos del siglo VI a. C., de repente, sin ninguna causa visible, en aquella estrecha franja costera que ocupaban los griegos, al borde del mundo asiático. Los primeros filósofos fueron hijos de la frontera, de la mezcla de sangres, del umbral. Mientras la Grecia continental seguía anclada en el pasado, los habitantes de la periferia mestiza se aventuraron a idear novedades radicales.

El nacimiento de la filosofía griega coincidió con la juventud de los libros, y no por azar. Frente a la comunicación oral —basada en relatos tradicionales, conocidos y fáciles de recordar—, la escritura permitió crear un lenguaje complejo que los lectores podían asimilar y meditar con tranquilidad. Además, desarrollar un espíritu crítico es más sencillo para quien tiene un libro entre las manos —y puede interrumpir la lectura, releer y pararse a pensar— que para el oyente cautivado por un rapsoda.

A Heráclito lo apodaron «el enigmático» y, más tarde, «el oscuro». En su obra, la opacidad de la vida y sus asombrosas contradicciones parecen infiltrarse en el texto, impregnándolo. Con él empieza la literatura difícil, en la que el lector debe esforzarse por arrebatarle el significado a las frases. Es el padre de Proust, con sus oraciones laberínticas llenas de recovecos; de Faulkner y sus monólogos confusos, a menudo dislocados; y de Joyce, que en Finnegan’s Wake da la impresión de escribir en varios idiomas a la vez — algunos de su invención—. No quiero decir que haya parentesco entre ellos porque sus estilos se parezcan. En realidad, de Heráclito ha llegado hasta nosotros solo un conjunto de breves máximas, extrañas y poderosas. No, lo que tienen en común es su actitud hacia la palabra: si el mundo es críptico, el lenguaje adecuado para representarlo será denso, misterioso y difícil de descifrar.

Heráclito pensaba que la realidad se explica como tensión permanente. Él lo llamaba «guerra» o lucha entre contrarios. Día y noche; vigilia y sueño; vida y muerte se transforman uno en otro y solo existen en su oposición; son en el fondo las dos caras de la misma moneda («La enfermedad hizo buena y amable la salud; el hambre, la saciedad; el esfuerzo, el descanso… Inmortales mortales, mortales inmortales, viviendo la muerte de otros y la vida de otros muriendo»).

A Heráclito le correspondía por herencia el rango de rey de su ciudad. Cedió a su hermano menor el cargo, que, desde la llegada de la democracia, era en realidad un sacerdocio. Al parecer, consideraba meros «traficantes de misterios» a los magos, predicadores y adivinos. Cuentan que se negó a hacer leyes para los efesios, prefiriendo jugar con los niños en el templo. Dicen también que llegó a hacerse muy altanero y desdeñoso. No le importaban los honores ni el poder, estaba obsesionado por encontrar el logos del universo, que significaba «palabra» y también «sentido». En la primera frase del cuarto evangelio —«en el principio era el logos»—, habla Heráclito.

Para él, la clave de todo era el cambio. Nada permanece. Todo fluye. No nos bañaremos dos veces en el mismo río. Esa imagen acuática de un mundo siempre cambiante, que ya impresionó a Platón, forma parte de nosotros. La hemos reescrito y reformulado miles de veces. Desde Manrique —«nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir»— hasta Bauman y su modernidad líquida. Borges, fascinado por el río de Heráclito, le dedicó, entre otros, este poema: «Heráclito camina por la tarde de Éfeso. La tarde lo ha dejado, sin que su voluntad lo decidiera, en la margen de un río silencioso. Su voz declara: “Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río”. Se detiene. Siente que él también es un río y una fuga. Quiere recuperar esa mañana y su noche y la víspera. No puede».

Creo que las frases extrañas de Heráclito atrapan el misterio y el asombro que dieron origen a la filosofía. Y también el presente. Para escribir este capítulo, he releído los escasos restos que han llegado hasta nosotros de sus pensamientos abruptos. Me han parecido una explicación de la actualidad que nos sacude como un seísmo. Al borde de la violencia, nos debatimos entre extremos opuestos: la globalización y la ley de la frontera; el mestizaje y el miedo a las minorías; el impulso de acogida y la furia de expulsar; el ansia de libertad y el sueño de construir refugios amurallados; el afán de cambio y la nostalgia de la grandeza perdida.

La tensión de estas contradicciones puede llegar a ser casi insoportable. Por ese motivo, nos sentimos atrapados. Pero, según las tesis de Heráclito, una pequeña alteración en los dinámicos equilibrios de fuerzas lo cambia todo. También por eso, la esperanza de transformar el mundo siempre tiene razón.

 

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Quiere ser famoso a cualquier precio. Nunca ha destacado en nada pero se rebela contra la idea de ser uno más. Sueña en secreto que la gente lo reconoce por la calle, cuchichea y lo señala. Una voz interior le susurra que algún día se convertirá en una celebridad, como los campeones olímpicos o los actores que seducen al público boquiabierto.

Ha decidido que hará algo grande; solo le falta descubrir qué.

Un día trama por fin un plan. Incapaz de realizar proezas, siempre puede pasar a la historia como destructor. En su ciudad se encuentra una de las siete maravillas del mundo, que vienen a visitar reyes y viajeros desde tierras muy lejanas. En un promontorio rocoso, encaramado entre nubes, el templo de Artemisa domina todos los barrios de Éfeso. Hicieron falta ciento veinte años para construirlo. La entrada es un espeso bosque de columnas. En su interior, forrado de oro y plata, descansa la imagen sagrada de la diosa que cayó del cielo, además de las valiosas esculturas de Policleto y Fidias, y fantásticas riquezas.

La noche sin luna del 21 de julio del año 365 a. C., mientras en la remota Macedonia nacía el gran Alejandro, él se desliza entre las sombras y trepa por los escalones que llevan al Artemisio. Los guardianes nocturnos duermen. En el silencio roto por los ronquidos, se apodera de una lámpara, derrama aceite y prende fuego a las telas que adornan el interior. Las llamas lamen el tejido y suben hacia el techo. Al principio, el incendio repta lentamente pero cuando consigue herir las vigas de madera empieza la rápida danza del fuego, como si el edificio llevase siglos soñando con arder.

Él mira hipnotizado las llamaradas que rugen y se enroscan. Luego sale tosiendo del edificio para ver cómo ilumina la noche. Allí, los guardias lo capturan sin problemas. Lo arrojan encadenado a un calabozo, donde es feliz durante unas horas solitarias, aspirando el olor a humo. Cuando lo torturan, confiesa la verdad: que había planeado incendiar el edificio más bello del mundo para ser conocido en el mundo entero. Cuentan los historiadores que todas las ciudades de Asia Menor prohibieron, bajo pena de muerte, revelar su nombre, pero no lograron borrarlo de la historia. Figura en todas la enciclopedias, incluidas las virtuales. El escritor Marcel Schwob fue su biógrafo en un capítulo de las Vidas imaginarias. También Sartre le dedicó un relato corto. Ha prestado su nombre al trastorno psicológico de quienes, solo por aparecer unos minutos en televisión o ascender a los más vistos en YouTube, son capaces de hacer cualquier barbaridad gratuita. El exhibicionismo a toda costa no es un fenómeno exclusivamente contemporáneo.

Su nombre maldito era Eróstrato. En su memoria, el deseo patológico de popularidad ha venido a llamarse síndrome de Eróstrato.

El incendio que provocó para catapultarse a la fama dejó reducido a cenizas aquel rollo de papiro que Heráclito había regalado a la diosa. Irónicamente, el filósofo creía que de manera cíclica el fuego aniquila el universo y en su obra profetizaba una conflagración cósmica final. No sé el universo, pero los libros —que en todas sus formas arden bien— tienen un triste historial de destrucción entre las llamas.